Máximo Cerdio

Máximo Cerdio

Lunes, 18 Enero 2021 05:17

Abogan por vacuna para migrantes

 

Organizaciones sociales solicitan que morelenses en Estados Unidos también sean vacunados contra el coronavirus.

Manuel Castro Salcedo, vicepresidente de la Coalición de Migrantes Mexicanos (CMM), denunció que a pesar de que la comunidad migrante en Estados Unidos está más expuesta al contagio de covid-19, el gobierno estadounidense no tiene contemplado aplicarles la vacuna.

Esto lo dio a conocer durante su visita a Morelos, donde se reunió con el director Atención a Migrantes de la Secretaría de Desarrollo Social del Estado de Morelos (Sedeso), Rodrigo Abelardo Botello Martín.

“En Chicago, Illinois, en donde yo radico, y muchas ciudades habitadas por migrantes morelenses y en general mexicanos, los connacionales hacemos trabajos que nos ponen en riesgo de contagio, como la recolección de basura, limpieza doméstica y en empresas, etcétera, y como la gran mayoría se encuentra en una situación migratoria irregular no puede exigir los derechos que tienen los ciudadanos americanos, entre ellos a resguardarse en su casa con un sueldo seguro, ni derecho a los servicios de salud  y a ser vacunados contra cualquier virus”, denunció Manuel Castro.

Castro Salcedo, quien radica en Estados Unidos desde hace más de 20 años, explicó que el temor de que los morelenses y en general los mexicanos en Estados Unidos no reciban la vacuna del coronavirus es fundado, porque no son ciudadanos norteamericanos y la gran mayoría tienen una situación migratoria irregular.

Manuel Castro afirmó que es a todas luces injusto porque la mano de obra mexicana es necesaria en Estados Unidos; realizan trabajos que por lo común no hacen los estadounidenses y, al menos, deberían brindar los mínimos derechos, como es el derecho a la salud, más en esta situación de pandemia.

Expuso que otro problema, entre los migrantes, es que muchos no se quieren aplicar la vacuna por miedo a sus efectos, ya que existen rumores en redes sociales sobre diversas consecuencias negativas, desde la instalación de un “chip”, la supuesta “esterilización” o la “muerte”.

Rodrigo Abelardo Botello Martín reconoció que el gobierno federal es el que define las políticas de distribución y aplicación de las vacunas contra el covid-19 y que de manera conjunta y coordinada con las organizaciones de mexicanos en el exterior como la CMM, trabajarán para solicitar al gobierno federal de México que la vacuna contra el coronavirus sea aplicada a los morelenses residentes en Estados Unidos.

Aseguró que solicitaría que la vacunación se extendiera a los mexicanos en general y a todos los centroamericanos y latinos que viven en Estados Unidos, porque la pandemia es una situación que está afectando a la población mundial y se trata de seres humanos que están en riesgo de perder la vida.

Sobre la negativa de los connacionales a vacunarse, propuso que, en su momento, se elabore y lance una campaña de concientización para que los migrantes morelenses y mexicanos en general conozcan más sobre la vacuna contra el covid-19 y sus beneficios

El titular de la dirección de Migrantes expuso que desde la Sedeso se podría ayudar a esa campaña y que el trabajo conjunto con las organizaciones de migrantes, como la Coalición de Migrantes Mexicanos que representa Manuel Castro Salcedo, ayudaría mucho porque ellos son los que radican en Estados Unidos y están en contacto directo con los paisanos y saben y conocen de sus problemas, de sus carencias, de las necesidades de este grupo poblacional.

Rodrigo Abelardo Botello Martín reconoció la importancia que tienen los migrantes que radican en el vecino país del norte, no nada más por las remesas que envían a nuestros país y que, según el presidente de México Andrés Manuela López Obrador, rebasaron los 40 mil millones de dólares, sino porque son embajadores naturales de nuestra riqueza cultural.

 

 

Lunes, 18 Enero 2021 05:14

Los perros covid-19 de San Antón

Vinieron con el coronavirus y posiblemente se irán con él…

Los tres animales llegaron al barrio por ahí de junio del año pasado, cuando la gente de veras tuvo miedo de salir de sus casas porque podía quedar muerto ahí, en la banqueta, víctima del virus que amenazaba con extinguir a la humanidad y que puso por primera vez en un semáforo color rojo a todo el estado.

Por el cielo, las parvadas de cotorras firmando el cielo azul eran más frecuentes y su graznido en pleno vuelo o sobre las copas de algunos árboles altos subía a primer plano entre el aparente silencio que se había instalado en San Antón.

Pocos autos y camiones transitan durante el día por la calle H. Preciado, los canes se podían distinguir muy bien porque eran tres y andaban siempre juntos.

Cuando el mayor y más gordo se ponía en cuatro patas, los demás lo imitaban e iban hacia donde él se dirigía.

Después de algunos meses de haber llegado, los vecinos les pusieron trastos con agua en la banqueta, luego les daban de comer sobras de comida casera en cacerolas vieja. Los perros comían y bebían cerca de la panadería del barrio, frente a una puerta de una vieja casa en ruinas.

Hace como cuatro meses, al pie de un portón de metal de una casa no habitada, los vecinos acondicionaron una tarima de madera y sobre ésta unas cajas de plástico con cojines. También arrimaron algunos botellones de plástico reciclados para agua. Allí los perros duermen.

Los animales son de raza criolla, de estatura mediana. El de color café, blanco y amarillo es el jefe, es el más grande y se ve más viejo. No mueve la cola con las personas que le dan de comer o lo saludan. Siempre está observando a su alrededor y decide cuándo hay que parar o cuándo hay que caminar en su territorio que comienza en Chulavista y acaba antes de la privada de Los Zorros; ahí hay otros perros resguardan zona.

El otro es el más chico, es de color rojo o amarillo. Él es despreocupado, se dedica a ser perro, come, olisquea, orina, defeca y se tira en medio de la banqueta a dormir como cualquier canino de cualquier barrio de Cuernavaca.

El otro es el Negro. Carece de cola, tiene una parte de la cara y el pecho y las patas de color amarillo o blanco. En realidad, por él fueron aceptados sus dos compañeros en el barrio y hasta les pusieron cama, comida y agua.

El negro no parece perro, es muy inteligente.

Por la mañana, cuando las vecinas sacar a pasear a sus canes, casi todos de raza pequeña, el negro, seguido por sus dos amigos, protege a los perros y a las vecinas. Camina a la zaga de los animales y se detienen cuando ellos se paran, olisquean u orinan.

Al principio, algunas vecinas arrojaban piedras invisibles al negro y a los dos perros, pero con el tiempo vieron que lo único que querían era proteger o hacer compañía en esas caminatas y desde entonces se dejan seguir. Ahí, todos se vuelve una verdadera manada: la vecina con las correas y los perros delante. Al lado va el negro, vigilando, y atrás los dos perros avecindados. Así van hasta que las vecinas entran a su domicilio y los perros guardianes se regresan para buscar a más personas y más perros que acompañar.

Durante todo el día los animales recorren la calle H. Preciado, se acuestan al sol en las banquetas o en el arroyo vehicular y ahí permanecen por mucho tiempo como si fueran cadáveres, o se acercan a las personas a mediana distancia en las bancas del costado de la capilla.

Por la noche se divierten correteando a los autos y camiones.

Nunca se ha oído que estos perros ladren.

No se sabe si alguien les ha puesto un nombre.

La gente piensa que en cualquier momento se van a ir a otra colonia. Vinieron con el coronavirus y posiblemente se irán con él.

 

 

Mi sangre, aunque plebeya, también tiñe de rojo”.

El viaje de Puebla a Tuxtla Gutiérrez, Chiapas fue mortal. Superó por mucho al éxodo maldito que hicimos el año pasado al Nevado de Toluca.

El día 26 de diciembre salí a las 7:30 de la mañana de Morelos. Recién el gobierno estatal había decretado el regreso al semáforo rojo; iría a Puebla, que estaba en anaranjado para llegar a Chiapas, cuyo semáforo estaba en verde. Con esta escala quise evitar el peligro de contagio por coronavirus covid-19 en la Ciudad de México, que también estaba en rojo.

En 13 horas estaría en casa de mi padre, con mi familia, cenando algo rico y después dormiría más de ocho horas para reponerme del viaje.

Llevaba una mochila grande, corriente, que se descompuso del cierre cuando subí al transporte que me llevaría a Puebla. También cargaba una caja de cartón con dulces de Huazulco para mi padre.

Iba solo y con poco dinero, así que tomé un camión en Cuernavaca y antes de las 10:30 ya estaba en la entidad vecina.

La terminal de Puebla a donde llegó el Estrella Roja estaba a la mitad de su capacidad. Había varios policías en la estación viendo que todos estuvieran cubiertos: muchos niños, gente joven, adultos mayores arribaron después de navidad. La gente portaba cubrebocas pero no guardaba la sana distancia. Muchos irían hacía el sur y el sureste. Probablemente había infectados por covid-19.

Llegando a la terminal pregunté por una estación de autobuses que me llevara a Tuxtla Gutiérrez, Chiapas y me indicaron que caminara algunas cuadras para llegar. Más adelante volví a preguntar y me dijeron que la terminal estaba frente a mí.

Aquello era un corral o chiquero o un estacionamiento. Leí en una lona que había corridas a mi lugar de destino y un hombre bajito, con aspecto de teporocho, me dijo que lo siguiera, que había boletos. Entré a una galera. Un hombre gordo y calvo acompañado por una mujer comían pedazos de pollo en el escritorio. Cuando me vieron me preguntaron que a dónde viajaba. A Tuxtla, respondí.

-Hay una salida a las 1 y la otra es hasta la 8 de la noche, pero la de la 1 cuesta 750 pesos porque no hay corridas hasta mañana a las 11.

Pagué el boleto que se me hizo caro. Me extendieron un recibo de esos que venden en las papelerías, sin membrete. Me quedaban sólo 400 pesos en la cartera.

Me senté en una banca de madera a esperar, luego salí a buscar algo de comer, pero se me hizo antihigiénico lo que vendían en una fonda.

Mientras estuve ahí, llegaron más pasajeros, algunas familias de tres o cuatro integrantes llevaban comida en las manos; no eran personas de dinero, sino gente “sencilla”, es decir, gente pobre.

Regresé a mi banca de madera y le pregunté al calvo, que hablaba por celular con alguna persona, si el transporte era puntual y si entraba ahí, a la terminal. Sí, me respondió enfático.

A la 1 de la tarde el calvo me dijo que ya había llegado el camión, me quería ayudar a cargar mi caja pero le dije que no y cargué con las cosas. Pensé que el transporte era de dos pisos, con espejos negros grandes. Me imaginé los asientos de adentro cómodos para descansar, algún contacto para cargar mi celular que tenía sólo 20 por ciento de batería. Como a las 11 de la noche llegaría a mi destino, pagaría un taxi y dormiría en casa de mi padre.

Salimos de la estación y cruzamos un bulevar. Ahí había una camioneta Chevrolet destartalada y tres hombres, morenos, uno de ellos llevaba guantes negros, bajo de estatura, con un tremendo abdomen me dijo que me subiera. Voltee para reclamar al calvo y éste ya se había ido. Subí en el espacio del copiloto porque los dos hombres subieron al asiento de atrás. El del abdomen grande subió al espacio del piloto y encendió la camioneta. Hice unas fotos discretas.

-El autobús no pueda llegar hasta acá, vamos a esperarlo, es de paso –explicó a los tres pasajeros.

Mientras avanzábamos por esa avenida grande sentí que me había llevado la chingada. Recordé las fotografías de secuestradores y asaltantes que manda la Fiscalía a mi correo y a mi celular. Pensé en abrir la puerta y correr en cualquier oportunidad.

El piloto, por teléfono, iba contestando a alguien.

-Ya van conmigo, dejó a los dos y llevo al otro a la estación de gas.

Llegamos a un entronque y bajaron los dos pasajeros. El piloto me dejó sólo y los acompañó, los vi por el retrovisor. Amarré la correa de mi cámara a mi mano, como si con ella fuera yo a golpear a alguien. Saldría corriendo y dejaría la caja, cargaría nada más con la mochila porque ahí llevaba mi laptop y accesorios, además de ropa y libros. En eso pensaba cuando llegó el chofer y se subió.

-Ellos van a Oaxaca, ahorita te voy a llevar con los que van a Chiapas –me dijo.

El comentario del conductor me tranquilizó un poco, además ya no iban atrás los otros pasajeros. En pocos minutos llegamos a un estacionamiento donde había varias gasolineras, a orillas de una carretera amplia. Me bajé y pregunté al chofer a qué hora pasaría mi camión y me dijo que en un momento. Se acercó un hombre como de sesenta años con un celular en la oreja y lo saludó.

-Él se va encargar que te subas a tu autobús –me dijo el conductor y se despidió.

El hombre con el que me encargaron se me acercó y me dijo que mi camión a Tuxtla venía retrasado una hora, que tendría que esperar.

El espacio era amplio, como para un estacionamiento. Había un comedero, cafeterías y otros negocios, la mayoría cerrados. Más allá estaba la carretera con un segundo piso por donde pasaban camiones y tráileres de doble remolque.

Transcurrieron dos horas y el autotransporte no llegaba, el hombre que me ayudaría a abordarlo ya no estaba allí: me habían hecho pendejo y pensé en parar un taxi para que me llevara a alguna línea con salidas al sureste, sacaría dinero en el banco y llegaría a Tuxtla.

Quería golpear a alguien. El pelón era el responsable, pero si regresaba a reclamarle me madrearía, me robarían y me quedaría ahí, en Puebla, sin dinero y sin saber dónde chingados estaba yo.

Me convenía quedarme callado y esperar a que el vehículo rumbo a Tuxtla pasara como de nuevo habían prometido. No pasó, lo que pasó fue el tiempo.

En eso pensaba cuando el hombre que me embarcaría llegó.

-El autobús ya no va a pasar. Hay que esperar a que salga el de las 8 de la noche. Hay cuatro pasajeros más que se van a ir en ese. Si quiere que le regresemos su dinero necesita hablar con el encargado, le doy el teléfono para que venga a dejarle su dinero, pero no hay corridas ya ahorita, hasta mañana.

-Si me asegura que en ese me voy sentado, espero, no me queda otra –contesté.

Me sentí impotente y encabronadísimo. No podía reclamar, había riesgo de que me dejarán ahí, con el poco dinero que tenía.

Fui a caer en una red de enganchadores. El lugar donde compré mi boleto era sólo un sitio desde donde estos sujetos buscaban asientos en los distintos camiones de pasajeros que no pertenecían a ninguna línea de transportes, no tenían seguro para viajeros y las condiciones mecánicas de las unidades eran deplorables.

Me resigné, quería llegar a casa en el transporte que fuera.

Me dirigí al comedero a comprar dos tortas, sin aguacate, y me las comí con hambre pero con coraje. Luego vi una cafetería y fui a comprar un café americano grande y un pay, y regresé al sitio donde me había dejado mi contacto. Me senté en mi caja de cartón y me hablé a mí mismo: ¿cuántas pendejadas no has pasado? No hagas corajes, resuelve este problema y no llames a tu familia, no le des más preocupaciones.

Conforme fue oscureciendo, el lugar en donde me habían dejado se fue llenando de personas y camiones, iban a Oaxaca, Veracruz, Tabasco, Campeche, ninguno a Chiapas; dieron las 9 de la noche y nosotros no salíamos.

Se me acercaron un muchacho con su esposa y una niña de tres años. El joven me preguntó si iba a Chiapas y le contesté que a Tuxtla. Nosotros vamos a Huixtla, pero de ahí a Mazatán, de donde soy originario, precisó.

Ahí comenzamos una plática de paisanos, hablando un poco en chiapaneco para reconocernos.

El chavo me dijo que había como ocho que iban a Tuxtla y a Tapachula y que esperaban también el autobús.

-Quiero pedirle un favor –me dijo el joven.

-No tengo dinero y mi hija y mi esposa necesitan comer. Quiero pedirle que me preste un dinero, le voy a hablar a mi hermano para que le transfiera; él me dice que yo busque un Oxxo pero aquí cerca no hay y no quiero dejar a mi esposa y a mi hija solas, qué tal si viene el bus y me deja. Si me da el dinero en efectivo le digo a mi hermano que le ponga en su cuenta ese dinero.

No estaba yo para andar confiando en la gente, después de la chinga que me estaban poniendo los poblanos, pero había una necesidad y no tuve más que darle al muchacho el dinero.

Lo recibió y fue a comprar tortas, un jugo y comieron allí, parados.

Yo no pensé en recuperar mi dinero. Me quedaban un poco más de doscientos pesos en efectivo y pensé que en cuanto paráramos a cenar durante el viaje a Chiapas podría yo invitarle a esa familia una buena cena, si aceptaban tarjeta de crédito.

A eso de las 9:30 de la noche mi contacto se acercó y me dijo que el transporte ya había llegado.

Lo que se estacionó frente a nosotros no era ni por mucho lo que el pelón hijo de su pinche madre había prometido; se trataba de un camión viejo que, según mi contacto, tenía sólo la apariencia de viejo porque tenía una máquina recién ajustada y era cómodo, además de que tenía televisión y WC.

Éramos como 10 pasajeros, subimos de prisa. A mí me dieron el asiento número 4 y a la familia costeña asientos en medio. Queríamos salir ya, pero al parecer iban a esperar hasta que se llenara.

Subieron el operador y una mujer menudita, de unos cincuenta años, pelo rojo; ocuparon el asiento del piloto y el cuarto asiento de los pasajeros.

Una hora después subió una familia de ocho integrantes, había tres hombres que iban en estado de ebriedad.

Eran paisanos, lo supe por el acento. Diez minutos después que se subieron comenzaron a gritar – en chiapaneco- al piloto para que saliéramos de allí; a la media hora el transporte arrancó y más delante se estacionó en la gasolinera para cargar combustible; de allí, 20 minutos después salió rumbo a Chiapas.

No tenía baño y había un solo monitor viejo que apenas servía.

Se desplazaba muy lento: en esta chingadera vamos a llegar en tres días, pensé.

El autobús era un animal enfermo, había librado sus mejores batallas treinta años atrás.

Ahora le sonaba todo. La carrocería, el guarda equipaje, las ventanas chirriaban. La caja de velocidades sonaba en los cambios como una tina de peltre con piedras: tatarateaba. Avanzábamos como si fuéramos de culo, entre la antología de ruidos del camión que se iba convirtiendo en un sonido raro. Yo me entretenía tratando de adivinar de dónde salían esos ruidos, como cuando iba a la sala Nezahualcóyotl a escuchar los ensayos de la sinfónica y cerraba los ojos para adivinar qué instrumento estaba sonando.

De pronto, detrás de mí un poderoso sonido como un carburador ahogado en un mar de gasolina o como una enorme bestia a punto de morir por asfixia. Voltee y era un hombre con olor a alcohol. Dormía en el asiento con la boca abierta hacia arriba y se abrazaba a sí mismo.

En ese hocico y en esa garganta cabían todos los felinos del mundo.

El hombre león callaba por minutos, como agarrando fuerza y después soltaba un rugido más poderoso que el anterior.

Mientras el felino consolidaba su poderío entre todos los demás ruidos menores, la caja vieja de velocidades le hacía segunda matraqueando el fondeo de la carrocería del viejo carro.

Un niño asustado preguntó:

-Mamá qué es ese ruido –nadie le dio respuesta e insistió dos veces.

La madre entre sueños contestó:

-Es un ronquido.

-¿Cómo es ese ronquido mamá?

Los ronquidos, el ruido del transporte, la luz de los camiones y autos en contrasentido y mis dolores de rodilla y cadera no me dejaron descansar.

El chofer hizo varias paradas durante el viaje, el bus no llevaba WC y muchos teníamos ganas de orinar.

En una estación de gasolina el conductor hizo parada para cargar combustible y muchos bajamos. Algunos fuimos al baño y otros a comprar chatarra en una tienda. Él se bajó con una herramienta en la mano y fue a ver el ruido de la caja de velocidades, se metió por debajo de la bestia como Jonás dentro de la ballena y con un martillo le dio algunos golpes a un fierro.

Cinco minutos después partimos. Una mujer se estaba quedando en la gasolinera y ante los reclamos de algunos pasajeros, el operador metió freno y esperó; la pasajera subió a los pocos segundos.

No sé cuántos minutos pude dormir, me dolía la cadera y las rodillas. Me volteaba como un feto enfermo dentro del vientre de su madre.

El temor de que en cualquier momento el armatoste se descompusiera y todos los pasajeros quedáramos a merced de los asaltantes de carreteras que abundan en temporada de vacaciones era una garrapata que me sorbía el sueño.

La luz del día iluminó el camino de la bestia. Había tramos en los que iba a vuelta de rueda por las reparaciones, en algunas zonas el operador se animaba a rebasar a los tráileres de doble remolque cargados.

Un anunció en el que se leía “Termina Tabasco y comienza Chiapas” me dio esperanzas; faltaban poco menos de media hora para llegar a mi destino: si esta chingadera se desarma, me voy caminando a mi casa, pensé.

Con el último latido de energía que quedaba a mi celular, avisé a mi familia que llegaría en dos horas y media o tres a Tuxtla.

¿Qué había yo hecho para merecer todo ese martirio? (Mi sangre, aunque plebeya, también tiñe de rojo, dice el tango.) Alguien se portó muy mal y Dios se equivocó y me estaba castigando a mí.

Llegamos a Tuxtla el domingo 27 de diciembre a las 9:55 de la mañana, a una calle abierta, no a una terminal; todos queríamos bajar de aquel instrumento de tortura. Yo me apresuré y fui el primero que puse mi pie en el asfalto y me sentí como un astronauta regresando a su planeta.

Salí casi corriendo a buscar un taxi o a esperar a que mis familiares fueran a rescatarme; y así lo hicieron.

Sólo una cosa celebré de ese viaje: había ido solo y mi familia estaba a salvo de todo el sufrimiento que yo había pasado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Miércoles, 06 Enero 2021 05:05

Pactú en Tuxtla Gutiérrez

No faltará alguien que le obsequie un pastel, un desayuno, una comida, unas monedas o una felicitación sincera…

Ana Laura Flores Hernández, amiga de la preparatoria, me había comentado que el mimo al que yo le hacía fotos en Cuernavaca se parecía mucho a uno que ella conoció en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.

Yo no le tomé mucha importancia a ese comentario. Sin embargo, este diciembre que viajé a Chiapas, mi amiga Maria Antonieta Castillejos, que varias veces ha mandado apoyos económicos para el mimo, me preguntó por él y también me dijo que conocía a Pactú. “Es más, déjame buscar un álbum de fotos, parece que sé dónde está”.

Entró a su casa y sacó un álbum. Lo abrió y extrajo una fotografías decoloradas en donde aparece el mimo Pactú actuando para su hijo y para un grupo de adultos. En otras está sin maquillaje junto a un hombre joven llamado Luis Ascari Lazos Becerra.

Fue raro verlo joven, con sus ojos vivaces, con su sonrisa franca, ajeno, como siempre ha sido, como viviendo en otro tiempo y lugar; tenía todos sus dientes en su sitio y el derrame cerebral no le había hecho un nudo las palabras en su boca hasta casi enmudecerlo. En aquella época la vida, que a veces es un perro con rabia, no lo había revolcado.

Cuando le mostré las fotos a Ana Laura me contó que conoció al mimo en Tuxtla Gutiérrez en 1997-1998 en un restaurante denominado La Carreta; allí se ganaba la vida haciendo y vendiendo figuras con globos (globoflexia).

Ana Laura también relató que Pactú le había comentado que quería una novia, pero que las mujeres no le hacían caso. También le confesó que su familia vivía en la Ciudad de México, pero que no tenía contacto con ella.

“Recuerdo que iba de mesa en mesa vendiendo sus figuras hechas con globos, y escuché como una tipa le gritó: ¡Ay qué asco! Yo dejé de ir a ese restaurante donde él vendía sus figuras y nunca lo volví a ver”.

Luis Ascari Lazos platicó que en esa época el mimo era muy popular entre los chavos y andaba de acá para allá en las fiestas y reuniones:

“Mi papá le rentaba una cuarto en la azotea, ahí vivía el mimo. En una ocasión le robaron todo, sólo le quedó un buró. Debía renta y quería dar el mueble por la renta y no se lo recibieron pero tampoco le cobraron”.

Según ha contado él mismo, nació el 6 de enero de 1960, en la Ciudad de México, donde vivió gran parte de su vida; después se fue a radicar a Tijuana 30 años; de ahí llegó a Cuernavaca durante el sexenio de Lauro Ortega, aunque después volvió a viajar fuera de la ciudad (incluso fue a España) y luego regresó a Cuernavaca hace doce años.

El mimo es un tlacuache, sobrevivió al sismo del 19 de septiembre de 2017, andaba en la calle a esas horas y no le calló ningún edificio encima.

El 14 de febrero de 2018 tuvo un derrame cerebral (“accidente vascular cerebral isquémico”), amigdalitis aguda e hipertensión, motivo por el que el doctor Rodolfo A. Arriaga González le extendió una receta médica que el artista de la calle no pudo pagar, pero que sus amigos surtieron. Se repuso.

A finales de septiembre el “señor del silencio” avisó a algunos de sus fans que se había salido del cuarto que le prestaba un familiar suyo y ahora ya vivía en uno de los hoteles (de mala muerte) de Aragón y León, donde pagaba a diario 135 pesos y tenía agua caliente y televisión. Dos semanas después alguien lo vio dormido en la calle: llevaba tres días pernoctando en la vía pública, cerca del Palacio de Cortés.

El 12 de octubre vieron a Pactú en el Jardín Juárez. Una mujer del DIF lo estaba entrevistando, querían saber si tenía familiares que se hicieran cargo de él. Los amigos solidarios le pagaron una habitación en un hotel, consiguieron medicinas y un restaurante le ofreció al menos una comida diaria; esto, mientras el DIF investigaba su situación.

Por las redes sociales, la gente que siempre lo ayuda se puso de acuerdo para abrir una cuenta de ahorros para depositarle algo de dinero mientras se conseguía acceso a un albergue para que se le diera la atención adecuada.

Dos o tres días después, alguien, por medio de un post en Facebook, aseguró que ya estaba viviendo en casa de un familiar suyo, hecho que fue confirmado por el mimo, a quien se le vio de nuevo, por el centro, ahora sin maquillaje y muy flaco.

Un mes después “escapó de su familia” (así lo dijo él mismo) y regresó a las calles a trabajar presentando su espectáculo de mímica. También se consiguió un cuartito en un hotel ubicado en la calle Arista en donde vive actualmente y cuyo alquiler es pagado por sus amigos y conocidos.

Pactú ha sobrevivido al coronavirus. La gente que lo ha adoptado le regala cubrebocas y micas para que se proteja de la microscópica amenaza y todos los días desde las 8 de la mañana anda por el centro de Cuernavaca recogiendo lo que le regalan y retando al tiempo, a la muerte, a las enfermedades y a todos los virus habidos y por haber.

Es un misterio el hecho de que siga de pie con las enfermedades que padece y alimentándose con una coca cola y un cigarro por la mañana, y lo que le regalen en el almuerzo y en la comida.

El miércoles 6 de enero de 2021 Pactú (en náhuatl piedra que arrastra) o Francisco José Helguera Díaz, el mimo, va a cumplir 61 años de vida. No faltará alguien que le obsequie un pastel, un desayuno, una comida, unas monedas o una felicitación sincera por motivo de su cumpleaños.

 

 

 

 

 

 

 

 

Lunes, 04 Enero 2021 04:13

POR MIS TIERRAS DOY LA VIDA

Me gusta echar desmadre, pero cuando me propongo algo no hay poder humano que me haga desistir y concluir los proyectos”.

Sentado en un banco de plástico, Leonardo Martínez junto a su esposa Guadalupe Anguiano observaba en una pantalla plana la película “Por mis tierras doy la vida”. Su rostro era el de un hombre que había cumplido su sueño.

No había más de treinta personas la primera vez que se exhibió el largometraje al público y aunque actuó en el filme y lo recibió editado siete días antes, estar ahí con la mayoría de actores, su familia y uno que otro invitado fue como verlo por primera vez:

“Ese miércoles 22 de diciembre de 2020 estaba cumpliendo el compromiso con todas las personas que dedicaron su valioso tiempo y todo su esfuerzo para realizar este proyecto; me sentía muy a gusto porque ya estaba cumpliendo con mis compañeros actores”.

El videohome, filmado en doce días, duró una hora con 15 minutos y durante su proyección mantuvo la atención de los espectadores. Los asistentes que habían actuado en ella se sintieron satisfechos. Cuando acabó, hubo aplausos y se prendieron algunas luces.

Leonardo y su esposa se pararon e invitaron a degustar un pozole a los actores Iván Morales, Leticia Cerón, Rubén Salgado Alemán, Ramón Escorcia, Antonio Morquecho y Ubaldo Martínez Soriano y a los demás invitados.

No estaban en un set en Hollywood ni en un lujoso salón o restaurante, era un patio de tierra improvisado como sala de proyección.

La propiedad se localiza cerca del centro de Tlaquiltenango y aún en la semioscuridad se podía observar un extenso terreno de cultivo con plantas verdes que había servido como escenario en algunas escenas de la película.

“Por mis tierras doy la vida” aborda el problema del cacicazgo en la entidad morelense. Según el productor, no se hizo inspirada en Emiliano Zapata aunque en la película hay referencias claras a la lucha del máximo líder del agrarismo en México:

“Mi padre siempre me dijo que la tierra es de quien la trabaja”, refiere uno de los actores principales.

Intervinieron en el largometraje Leonardo Martínez como actor principal y productor; gerente de producción Guadalupe Anguiano; sonido, José Luis Vera Aguilar y fotógrafo Marco Antonio Martínez Rivera; dirección y guión de José Luis Vera Alamillo; este último, con una amplísima trayectoria como director y guionista con películas como El primer bazukazo (2012), Los empleados de la mafia (2011), 500 Balazos 2 (El principio) (2011), Mi última misión (2011), La troca del moño negro (2008), Día de los malandrines (2006), Se les peló Camelia: La burrera (2006), etcétera. También es escritor y director de dos películas anteriores producidas y actuadas por Leonardo: Soy un tahúr (septiembre de 2019) y El panadero y sus biscochos (abril de 2020), las tres filmadas en Jojutla, Tlaquiltenango y Tlaltizapán.

Después de la proyección de la premier, en entrevista, el Chino dijo que buscaría donde “colocar” la película; la idea es que la gente la vea y que si quiere la critique, pero que la vea.

En los tres proyectos cinematográficos Leonardo se enfrentó a sí mismo: en algún momento lo pusieron a pensar su falta de experiencia y los comentarios de sus familiares, amigos, conocidos y detractores, que lo tiraban de a loco cuando dijo que iba a hacer una película en Jojutla; también combatió con la falta de dinero por la pandemia que causó el mortal bicho en Morelos, por la falta de actores y de personal que lo siguiera en su empresa. Pero, como el personaje del novelista español Miguel de Cervantes Saavedra, Alonso Quijano transformado en Don Quijote de la Mancha, se lanzó a hacer realidad las aventuras que le bullían en la cabeza y encontró quienes creyeron en él.

Al Quijote casi le quitan la vida los “gigantes” contra los que combatió, que en realidad eran molinos de viento, al León casi lo hacen desistir de su objetivo varios problemas técnicos que se suscitaron en Soy un tahúr, y en El panadero y sus biscochos casi lo aniquilan las dificultades personales que tuvo con un actor. En Por mis tierras doy la vida el León del acordeón logró lo que se propuso y se sintió contento con el resultado.

Leonardo Martínez Soriano, El León del Acordeón, nació en Jojutla, el 26 de noviembre de 1981. Ha compuesto más de 40 canciones, principalmente corridos. Toca varios instrumentos; inició desde los siete años en la música y desde hace diez es acordeonista.

Durante algún tiempo se fue a trabajar al norte de México y a Estados Unidos. Allá se tuvo que foguear con músicos muy buenos y aprender con grandes acordeonistas como Juan Villareal y Amador Lozano, el “Centavito”.

El Chino mide un poco más de 1.60, es robusto, moreno, su pelo es negro, ensortijado.

Ha producido ocho videoclips y ha protagonizado algunos largometrajes filmados en varias partes de México y el extranjero: Sicario del infierno, La verdadera historia de Jesús Malverde; Hambre, sed y muerte en el desierto, Matando asesinos, entre otras.

En la actualidad vive en Tlaquiltenango, tiene un taller familiar de pan y vende en un puesto en el mercado municipal de Jojutla; esa es la principal actividad de Leonardo y la combina con presentaciones en fiestas particulares con un grupo norteño que formó hace años.

El León del Acordeón no estudio música ni actuación, ha aprendido todo de manera autodidacta:

“Sí fui a la escuela, pero me dediqué más a echar desmadre. No me interesaba lo que los maestros me enseñaban y me la pasaba haciendo otras cosas. A mí me enseñó la vida y he aprendido de algunos maestros, viendo, oyendo, observando”.

En una entrevista con motivo de la composición del corrido La Virgen Migrante, de su autoría, se le preguntó qué le decían sus conocidos, sus amigos, su familia sobre todas estas actividades a las que se dedicaba y sobre sus iniciativas nada ordinarias en un pueblo como Jojutla, como producir películas:

“Muchos me dicen que estoy loco, me ven como alguien o algo raro. Me gusta echar desmadre, pero cuando me propongo algo no hay poder humano que me haga desistir y concluir los proyectos”, respondió.

 

 

 

 

 

 

 

Cuando suba el valor de las UMA no repercutirá en su deuda.

Dos trabajadores que adquirieron sus casas mediante los créditos hipotecarios que otorga el Fondo de la Vivienda del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (FOVISSSTE) obtuvieron una resolución de un juez federal para que se suspendan la revisión y actualización periódica de las unidades de medida y actualización (UMA) al saldo total hipotecario.

En entrevista, Elizabeth Chávez Benítez, directora de la firma de abogados Barocio y Asociados, dio a conocer que presentó dos demandas de amparo radicadas ante el Juzgado Octavo de Distrito en el Estado de Morelos, con los número 309/2019 y 1867/2018, en el que los quejosos Manuel Hernández Mendiola y Laura Patricia Gómez Castro, respectivamente, se opusieron a  los incrementos que realiza el FOVISSSTE, conforme a la Ley de Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado.

Cabe señalar que los créditos hipotecarios otorgados por el FOVISSSTE se incrementan cuando se da la actualización periódica de las Unidades de Medida y Actualización (UMA) al saldo total de la deuda inicial que adquieren los trabajadores el servicio del estado cuando adquieren sus casas.

Por eso, la noticia de que la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (Conasami) aprobó por mayoría un incremento salarial para el 2021 del 15% general, y del 15% para la Zona Libre de la Frontera Norte, lo que tendría como efecto inmediato un aumento a las Unidades de Medida y Actualización (UMA), lo que incrementaría la deuda a todos los derechohabientes que cuenten con créditos ante el FOVISSSTE.

Las resoluciones dictadas por los dos Tribunales Colegiados en Materia de Trabajo del Decimoctavo Circuito, coincidieron en conceder la suspensión definitiva en favor de los quejosos en los siguientes términos y para los siguientes efectos:

“En mérito de lo anterior, en la materia de la revisión se impone modificar la determinación tomada en el auto recurrido de negar la suspensión solicitada y, en consecuencia, al reunirse en el caso los requisitos establecidos en el artículo 128 de la Ley de Amparo, con fundamento en el artículo 138, fracción I, de la invocada, se concede la suspensión definitiva a la parte quejosa, para el efecto de que las responsables suspendan la revisión y actualización periódica de las unidades de medida y actualización (UMA) al saldo total del monto del mutuo que se plasmó en la escritura pública..:”

Con esa resolución lo quejosos seguirán pagando sus créditos hipotecarios en las condiciones y cantidades pactadas desde el momento de la firma de sus escrituras y el FOVISSSTE no podrá aumentar la deuda hipotecaria, hasta en tanto se resuelvan los juicios de amparo.

La abogada litigante  Elizabeth Chávez Benítez precisó que esa actualización es inconstitucional y que cualquier afectado, mediante amparo, puede logar que se suspenda dicha actualización del monto de los créditos hipotecarios.

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Lunes, 28 Diciembre 2020 05:04

Guayo, el cobrador

Algunas veces lo vi en el patio, sin camisa, huesudo, afilando su gigantesco machete.

Para un niño de nueve o diez años el tiempo es una moneda de oro inacabable. Las vacaciones en casa de tía Rosy eran increíbles, podíamos hacer y deshacer a nuestro antojo.

La casa era amplia, de tejas. En la entrada estaba la sala y los dormitorios, había un segundo nivel donde estaba la cocina y más abajo un techo con hamacas; después seguía el patio grande con árboles de mandarinas jugosísimas, mangos, chicozapotes y varios ejemplares del misterioso cacao.

La tía Rosy guisaba delicioso y nos llevaba al mercado, donde veíamos aves, iguanas, tortugas, vivas para cocinarlas, además pasábamos a comprar mantequilla, queso fresco y pan en el puesto de mi tía Conchita.

En esa casa y en la aledaña, donde vivía mi tío Maro, éramos nueve personas entre tíos y primos.

Con o sin niños de vacaciones, la familia era muy bulliciosa, la alegría era doble cuando llegábamos mi hermano y yo en los periodos vacacionales, sobre todo en diciembre.

En fechas decembrinas desentonaba el tío Guayo; él no vivía ahí, llegaba de visita sólo dos veces al año. Nunca vi que saludara, entraba a la casa y se metía a un camastro y no salía en horas.

El tío Guayo medía aproximadamente 1.54, muy delgado; muy moreno, usaba sombrero blanco, camisas de vestir manga larga y pantalones de vestir, huaraches, un morral de ixtle y un machete grandísimo de la marca Acapulco en su funda de cuero, que casi arrastraba.

Su rostro no comunicaba ninguna emoción o sensación; contrario a toda la familia, que hablaba “hasta por los codos”.

A los niños nos llaman la atención los secretos, y para mi hermano, mis primos y yo el tío Guayo era eso, un misterio.

Algunas veces lo vi en el patio, sin camisa, huesudo, afilando su gigantesco machete. Echaba agua a una piedra especial de color gris y luego pasaba una y otra vez la orilla del arma por un lado y luego por el otro. El metal al desgaste con el mineral emitía un sonido fino y el olor era penetrante. El filo obtenido era un espejo donde se pintaba los labios la muerte.

A mi mente de niño llegaban las anécdotas de mis tíos de los enfrentamientos a machetazos de los jornaleros. Mucha gente andaba sin un dedo, sin una mano, sin un brazo o con cicatrices de cortadas en la cara: “la gente arregla sus asuntos con el machete, porque somos pobres; en otros lados a balazos, porque tienen paga para comprar pistola y balas”.

Sus manos eran delicadas, hábiles, no duras y ásperas como la de los obreros que trabajaban en las fincas e ingenios de azúcar.

A él no le gustaba tener gente cerca, menos mirándolo, así que yo lo observaba a escondidas.

El tío Guayo llegaba una o dos veces al año, estaba a lo sumo dos o tres días en la casa de tía Rosy, luego se marchaba. Durante su estancia salía temprano y llegaba por la tarde, sin saludar ni avisar, siempre con su morral y su machete.

La curiosidad me llevó más allá de observarlo mientras afilaba su arma o descansaba.

Cierta vez que dormitaba en una de las hamacas, me metí a su dormitorio y escudriñé su morral. Tenía algo sólido y pesado envuelto en un paliacate de color rojo: saqué el objeto y comencé a desenvolverlo. Ante mí apareció una escuadra negra, muy similar a la que portaba mi abuelo Alberto en su cintura y que no dejaba ni a sol ni a sombra. La metí rápido y con miedo.

El tío Guayo era como un instrumento roto o una cuerda demasiado tensa de una guitarra o un sonido a punto de volverse un insoportable ruido, por eso cuando se marchaba, los habitantes fluíamos de una manera más armoniosa.

Sólo una vez tuvo un gesto humano para mí.

Mi tía Rosy le dijo en cierta ocasión:

-Mira, Guayo, él es Maximito, hijo de Licho.

El tío Guayo me miró con sus ojos duros, como de un animal, y me puso la mano en la cabeza. No más.

Con los años, los habitantes principales se fueron muriendo en la casa de tía Rosy hasta que sólo quedaron dos o tres familiares y el tiempo y el silencio llenaron los corredores y acabaron con los árboles frutales.

-Nunca supe a qué se dedicaba el tío Guayo –le dije una vez a mi padre.

-Era cobrador –respondió.

-¿Cómo?

-Sí, matón. Los productores de caña o ganaderos le encargaban que fuera a cobrar deudas; algunos sí pagaban, pero otros agredían a Guayo y éste se defendía. Dicen, los que lo vieron pelear, que era muy bueno para pelear con machete. Había algunos acreedores que ya no querían el dinero, sino que el deudor pagara con su vida y Guayo se encargaba de eso.

 

 

 

Sábado, 26 Diciembre 2020 05:51

En la calle, lo que somos

Lo que en verdad somos como sociedad no está dentro de nosotros, sino en la calle, con los que convivimos, a los que abrazamos o agredimos; con los que queremos estar y de quienes nos alejamos.


Lo que en realidad somos no está en lo que decimos, sino en lo que hacemos fuera de nosotros, con nuestros vecinos, con nuestros familiares, con nuestros detractores o enemigos, con los demás seres vivos y con los espacios que nos rodean y nos permiten habitar la Tierra.


Nuestras verdadera intenciones no están en los mensajes de navidad y año nuevo que enviamos, sino en la responsabilidad que asumimos y practicamos con los otros, nuestros semejantes que, como nosotros y con nosotros, comparten un espacio y hacen posible la vida gregaria.


La naturaleza  insiste y nos recuerda que  sólo somos invitados en este tiempo y espacio,  que el peligro no sólo está en lo gigantesco o en lo monstruoso que percibimos a través de nuestros sentidos, que podemos contra todo y que somos la especie más indefensa cuando sólo pensamos en nosotros mismos.


Imágenes de los primeros cuadrantes de la ciudad de Cuernavaca, la mañana del jueves 24 de diciembre de 2020, inicio de la alerta máxima por el coronavirus, decretada por el gobierno de Morelos, México.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Miércoles, 23 Diciembre 2020 16:04

Alta movilidad aún en el centro de Cuernavaca

*La tarde de este miércoles*

En el centro de Cuernavaca aún se observa alta movilidad, la tarde del miércoles, en comercios en donde hay filas y aglomeración de personas que realizan compras de última hora.

Lo anterior, luego de que el gobierno del estado anunciara este mediodía que mañana Morelos regresa al color rojo en el semáforo de riesgo epidémico; esta situación de alerta máxima se prolongará hasta el 10 de enero de 2021.

Así lo confirmaron hoy autoridades estatales, al sostener que es imperante reducir la movilidad ante el incremento de cifras en indicadores tales como la ocupación hospitalaria y la positividad.

Señalaron que el objetivo del semáforo rojo es evitar la movilización de personas, tomando en cuenta que el estado de Morelos se encuentra en nivel de alerta máxima por covid-19.

Las actividades laborales que se mantendrán operando son sólo aquellas que sean directamente necesarias para atender la emergencia sanitaria.

Únicamente abrirán bancos, notarías, gasolineras, alimentos y bebidas, siempre cuidando todos los protocolos de seguridad sanitaria; mercados y supermercados tendrán un aforo del 50 por ciento y sólo una persona por familia podrá entrar a realizar sus compras; hoteles con un aforo del 25 por ciento; restaurantes, cafeterías, cocinas económicas y peluquerías, sólo con servicio a domicilio.

—Fotonota—

En Tlaquiltenango, Morelos, la noche de este martes se llevó a cabo la premier de la película "Por mis tierras doy la vida", producida y filmada en el sur del estado con actores locales; el largometraje fue producido y actuado por Leonardo Martínez, el "León del acordeón", y aborda el problema del cacicazgo en la entidad morelense.

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