Testimonio inédito de una morelense que observó los atentados a las Torres Gemelas en Nueva York.
El martes 11 de septiembre de 2001, a eso de las 8:55 de la mañana, Ada Omaña Márquez se encontraba en Manhattan, a una cuadra la Quinta Avenida.
En esa época, esta mujer originaria de Cuernavaca, Morelos, trabajaba en el área de administración en una empresa que se dedicaba a la renta de edificios y tenía un jefe con el que se llevaba muy bien.
Esa mañana conversaba con una amiga suya, afuera del edificio donde prestaba sus servicios.
Su jefe interrumpió la plática para decirles que como a 50 cuadras, en el complejo Word Trade Center, vio unas llamas que salían de un edificio.
Ada y su amiga y el hombre caminaron unos metros y observaron que, efectivamente, había fuego y humo saliendo de la parte alta de una de las dos emblemáticas torres.
Ada afirmó, sin apartar la vista del punto de atención, que no tardarían en apagarlo: “en esta ciudad, si alguien prende un cigarro, no pasan ni 30 segundos y ya llegaron los bomberos a apagarlo”, repitió la frase que usan los neoyorquinos para referirse a estos incidentes menores.
Su jefe les dijo que según había escuchado, la torre estaba siendo atacada, pero ni él mismo creyó esa historia, porque al menos hasta donde ellos estaban no se había oído ningún ruido raro.
En los alrededores se percataron que las calles comenzaron a llenarse de peatones de manera inusual.
Mientras miraban el fuego y el humo a lo lejos, esperaron en vano el sonido de las sirenas de los bomberos.
De pronto, vieron asombrados cómo un avión se impactó contra la segunda torre y oyeron una especie de explosión apagada, luego enormes bolas de fuego, nubes grandes de humo gris, paredes completas de cristal explotando, quebrándose y cayendo.
No podían creer lo que estaban viendo: personas incendiadas, lanzándose en llamas al vacío.
No era posible que esos edificios de acero, indestructibles, estuvieran incendiándose.
Ada no pudo más y rompió en llanto.
Tenía más de 10 años que había llegado de la capital de Morelos, México, a Nueva York, buscando mejorar la calidad de vida de su hijo y suya, y realizó diversos trabajos relacionados con la administración y como cajera.
Su habilidad innata para relacionarse con las personas la llevó a conocer a mucha gente, no sólo latinos y mexicanos, a morelenses, a quienes ayudaba (y continúa haciéndolo) en varios trámites en el consulado de México en la ciudad imperial que “nunca duerme”.
Todos los días caminaba esas calles, todos los días se subía a los trenes subterráneos, a los autobuses; todos los días pasaba por los mismos lugares y saludaba a las mismas gentes.
Nueva York era su casa y las víctimas eran como su familia. La estaban atacando, la estaban destruyendo.
No recuerda cuánto tiempo estuvo ahí, llorando, resistiéndose a aceptar la realidad que estaba presenciando, sólo vio a muchas personas que pasaban por la calle, corriendo.
En este desconcierto, el olor en la ciudad se cargó de humo, de sustancias extrañas, de químicos que salían de las instalaciones eléctricas y que se expandían por la zona de muerte.
Su jefe le dijo a ella y a su amiga que lo acompañaran a su departamento, que estaba en el segundo o tercer piso de las oficinas frente a las que se encontraban y lo siguieron, todavía desconcertadas.
En el lugar pusieron la televisión y desde ahí siguieron las transmisiones en vivo del atentado a las Torres Gemelas. Una y otra vez, los canales de noticias repetían los impactos de los aviones sobre las torres, y daban información sobre algunas actividades del gobierno.
Como lo pudieron observar por televisión, 1 hora y 42 minutos después del primer ataque, las torres y otros edificios aledaños se derrumbaron.
Ada, su jefe y su amiga pensaron salir del departamento y dirigirse a la zona de desastre para ayudar en lo que pudieran, pero lo platicaron y decidieron quedarse, esto era demasiado peligroso, además de que nadie sabía si continuarían los ataques.
Ada no paraba de llorar. Pensó en lo que había quedado en aquella zona alrededor del Word Trade Center, imaginó los cuerpos de las personas despedazadas sobre el pavimento y sabía que no podría soportar este horror, además de que la policía ya había tomado el control.
La ciudad se había vuelto un caos, se cerraron calles. Nadie podía salir ni entrar en la zona de desastre.
Nueva York se mueve principalmente por medio del transporte subterráneo y el servicio de trenes estaba suspendido.
Después de varias horas, por la tarde-noche, las fuerzas del orden comenzaron a permitir que las personas regresaran a sus domicilios, caminando, al Bronx, a Brooklyn, a Queen.
Como días después se reportó de manera oficial, 2 mil 996 personas dejaron de existir y jamás regresarían a su casa; hubo alrededor de 25 mil heridos que tampoco volvieron.
Había un dolor en toda la ciudad, un silencio que jamás se había sentido.
No había servicios de telefonía y no hubo forma de comunicarse dentro de la ciudad, menos hacia otras partes del país y del mundo, hasta dos días después.
“Dos o tres semanas después, llamé a México, le regresé la llamada a un amigo muy querido. Cuando comenzamos a platicar del ataque a las torres se cortó la llamada, intenté marcarles varias veces y no pude: ni él ni yo pudimos comunicarnos sino hasta semanas después”, platicó Ada.
El desconcierto de los habitantes de Nueva York, y en especial de esa zona donde ocurrieron los atentados, fue tal que pasaron los meses y no se acostumbraban a la ausencia de esos dos íconos urbanos, y tampoco al dolor de las familias que había perdido a un ser querido, habían resultado heridas o su patrimonio había quedado aplastado entre toneladas de acero, hormigón y vidrio.
“Cuando me iban a visitar o encontraba paisanos allá, los llevaba a las torres, les tomaba fotos. Yo no tengo ninguna porque pensé que toda la vida, incluso hasta después que yo me muriera, las torres iban a quedar ahí, como muestra de la grandeza y poder de Estados Unidos”, relató Ada Omaña.
Y recordó que tres semanas antes, Ada y una amiga suya tuvieron una entrevista con una mánager para aplicar para un puesto en el primero o segundo piso de la torre que el avión deshizo; la hora de entrada era a las 7 de la mañana. Si les hubieran dado el trabajo, sin duda, no hubiera podido contar esta historia.
La magnitud del daño sólo se pudo saber muchos meses después. En Wikipedia se puede leer que tres edificios del complejo del World Trade Center se derrumbaron debido a fallos estructurales el día de los ataques. La Torre Sur cayó a las 9:59 (GMT-4 hora local de Nueva York), tras estar en llamas durante 56 minutos en un fuego causado por el impacto del vuelo 175 de United Airlines a las 9:03. La Torre Norte cayó a las 10:28, tras estar en llamas aproximadamente 102 minutos en un fuego causado por el impacto del vuelo 11 de American Airlines, a las 8:46. Un tercer edificio, el World Trade Center 7 (WTC 7), se derrumbó a las 17:20, al parecer tras haber sido seriamente dañado por los escombros de las Torres Gemelas al caer, junto con una serie de incendios. Numerosos edificios adyacentes al complejo también sufrieron daños sustanciales, se incendiaron y tuvieron que ser demolidos. El edificio del Deutsche Bank fue la única estructura grande que sufrió daños e incendios en la zona cero, que en 2006 aún no había sido totalmente demolida. La demolición se llevó a cabo en febrero de 2011.
El impacto de estos ataques tuvo consecuencias mediatas e inmediatas en todo el mundo.
En los resúmenes que circulan en internet se puede leer que dañó seriamente la economía de la ciudad de Nueva York y creó una recesión económica global. Muchos países fortalecieron su legislación antiterrorista y ampliaron los poderes de los organismos encargados de hacer cumplir la ley y de inteligencia para prevenir ataques terroristas.
Los espacios aéreos civiles de Estados Unidos y Canadá estuvieron cerrados hasta el 13 de septiembre, mientras que las operaciones de Wall Street se cerraron hasta el 17 de septiembre. Muchos cierres, evacuaciones y cancelaciones siguieron, por respeto o temor a nuevos ataques.
La limpieza del sitio del World Trade Center se completó en mayo de 2002. La construcción del reemplazo del complejo World Trade Center comenzó en noviembre de 2006, y el edificio se inauguró en noviembre de 2014.
En el lugar donde la desgracia puso su enorme planta se construyó un complejo, que incluye el National September 11 Memorial & Museum, con los nombres de las personas que dejaron de existir el 11 de septiembre de 2001.
Cada año se rinde homenaje a las personas que perdieron la vida allí. Y en la memoria de muchos habitantes que presenciaron este desastre, también resuenan las últimas palabras del discurso de Osama Bin Laden en el video que hizo llegar el domingo 7 de octubre de ese mismo año a la televisora de Qatar, Al–Jazeera, grabado después de los ataques del 11 de septiembre:
“Juro por el Altísimo [...] que ni esa nación ni los que viven en ella disfrutarán ya más de seguridad alguna hasta que [...] los ejércitos de infieles hayan abandonado la tierra de Mahoma, que las plegarias de Dios le acompañen”.