A él nunca le gustó el dinero mal habido, afirma.
Jojutla. Pantaleón Bustos Montes trabaja como checador en la parada del módulo de Policía de Galeana, y además es comerciante: compra y vende juguetes; años atrás fue columnista en un periódico local y ejerció algunos oficios; también estudió dibujo humorístico y fue investigador privado, por correspondencia.
Desde hace más de tres décadas realiza este oficio, que ha ido cambiando conforme la sociedad y el transporte en Jojutla se han desarrollado, pero esencialmente se encarga de apuntar los tiempos y avisar a los conductores qué unidad va delante de él y qué tiempo le lleva.
En el lugar donde labora de manera independiente y recibe lo que los choferes le dan por sus servicios, platicó parte de su vida.
Tiene 63 años. Fue el séptimo de ocho hijos; su papá era yuntero en la comunidad de Tlatenchi, en donde sembraban melones.
Después vivió en Zacatepec, luego en El Texcal.
Pantaleón relató que a los 8 años ya ayudaba en la economía familiar, pues eran muchas bocas que alimentar y su mamá quedó viuda: espantaba pájaros en los arrozales haciendo ruido con unas latas que los productores instalan en los campos para que las hurracas no se coman los granos; luego también ayudaba a su familia arrancando la guía a las jícamas.
Siempre ha trabajado sentado, ya que desde que era muy pequeño, por negligencia médica, le dejaron inutilizadas las dos extremidades inferiores. Desde hace unos diez años, usa un carrito de madera que le obsequiaron en el ayuntamiento de Zacatepec, con el cual se traslada a su centro de trabajo, aunque como vende juguetes en los tianguis, también usa el transporte colectivo.
Pantaleón recordó que tenía doce o trece años cuando se preguntó cómo sería su futuro si no podía trabajar como peón o como albañil, ni podía labrar la tierra ni alguna actividad en donde se necesitara la fuerza de las piernas, y además de esta desventaja no sabía leer ni escribir. Pero eso sí, tenía conciencia de su situación y eso le permitía ver más allá de donde estaba sentado.
Una tía suya le enseñó las primeras letras, y poco a poco, en meses, aprendió a leer y a escribir. Los certificados oficiales de primaria y secundaria los consiguió con la ayuda de un padrino, que le prometió que si llegaba a la presidencia municipal de Jojutla, le conseguiría un trabajo de planta.
Lino Ocampo, papá de Pedro Ocampo Álvarez, ganó la alcaldía, pero se olvidó de la promesa que le hizo a su ahijado Pantaleón, y una vez que éste lo pudo encontrar en sus oficinas, Lino ordenó a su secretario que le diera una plaza.
“Me dijeron que iba a ganar tanto y que me presentara cada quince días a cobrar, y cuando pregunté dónde iba a ser mi centro de trabajo y qué iba a hacer, me dijeron que no, que sólo iba a cobrar sin trabajar. Yo no quise, no acepté y nunca fui a cobrar mis quincenas. No sé si alguien las cobraba, pero yo no. Desde entonces odié al PRI y me volví de izquierda”, aseveró.
Pantaleón y sus hermanos fueron a trabajar a Guerrero, pero se regresaron y comenzó a buscar un trabajo que se acomodara a sus capacidades, fue ahí cuando le gustó la actividad de checador.
Acudió a una empresa buscando ese empleo, pero no lo consiguió porque el puesto estaba ocupado, sin embargo, le dieron trabajo barriendo camiones de transporte, en donde duró poco tiempo, ya que el titular le pedía ayuda pues iba crudo y se dormía.
A las pocas semanas despidieron a su compañero y le dieron el puesto a Pantaleón: tenía ya más de 20 años.
Recuerda que había pocas empresas que daban el servicio de transporte colectivo y eran unos camioncitos de 20 pasajeros, y poco a poco fue conociendo el oficio y a los choferes: además de anotar el número de las unidades, las horas en las que pasaban y los tiempos que se llevaban unas de otras, también conoció las trampas que hacían los choferes para ganar más dinero a costa de los patrones.
Estuvo un tiempo en Cuernavaca y después lo cambiaron a Jojutla. Sus amigos le advirtieron que lo habían mandado a la “boca del lobo”, él no entendió en un inicio por qué, más tarde se enteraría de la razón.
En la gasolinera anotaba el número de la unidad, a qué hora cargaba gasolina y cuántos litros le despachaban.
Pantaleón descubrió el gran negocio de los choferes y de los checadores: aumentaban los litros que en realidad cargaban y el patrón perdía todos los días miles de pesos.
Cuando el nuevo checador reportó el delito, muchos fueron castigados y despedidos; él, por su parte, resultó beneficiado porque le dieron más horas de trabajo y le pagaron casi el doble que cualquier checador. Eso sí, sus compañeros lo odiaron, lo amenazaron de muerte y muchas veces lo quisieron atropellar, pero Pantaleón fue más listo y pudo librarla.
Con el tiempo fue haciendo nuevos amigos que le regalaban monedas con las cuales podía sacar el día, su sueldo lo metió al banco y logró ahorrar una buena cantidad por muchos años de trabajo.
Pantaleón jamás aceptó negocios sucios. Le ofrecieron halconear, mover paquetes y vender droga, pero siempre dijo no; eligió ganar poco, pero honradamente; nunca le gustó el dinero mal habido ni las amistades raras.
En esa época se iba con sus amigos a divertirse a la zona roja de Jojutla y allí se gastaba sus buenos pesos; le gustaba escuchar los mariachis en vivo.
Finalmente, la empresa quebró y no logró que lo liquidaran conforme a la ley, pero afortunadamente había guardado un buen respaldo y con eso vivió varios años.
Fue por esas fechas que consiguió un trabajo como columnista en un pequeño periódico llamado El Correo del Sur, que dirigían Ignacio Suárez Huape y Julián Vences, ambos fundadores del Partido de la Revolución Democrática en Jojutla. Pantaleón también había sido fundador y fue Ignacio quien le dijo que escribiera como hablaba. Su columna, llamada “Desde la trinchera del Pueblo”, era del pueblo y para el pueblo: denunciaba las anomalías del gobierno y las afectaciones de la gente humilde.
“Yo no tenía charola, me daban un bonche de periódicos y lo que vendía era para mí. Pero llegó Jorge Carrillo Olea y clausuró el periódico y me quedé otra vez sin trabajo. Fui periodista por más de un año. Afortunadamente había yo ahorrado y con eso me mantuve más de cinco años”, platicó.
Después que estuvo trabajando como checador, las empresas lo boletinaron y no encontraba trabajo de lo que sabía: checador, así que comenzó a buscar algo que aprender para sobrevivir.
Por algún tiempo, un amigo suyo que tenía un taller de electrónica lo llamó para enseñarlo, pero a Pantaleón no le interesaba esa disciplina, iba más por la plática que por aprender, luego se inscribió a un curso por correspondencia de dibujo humorístico, pero la escuela tuvo que cerrar porque la sede se cayó con el sismo de septiembre de 1985.
“También estudié para detective privado. Me gustaba mucho y estudié por correspondencia por más de un año. Ese curso sí lo terminé y me dieron mi constancia. Pero no ejercí, es decir, no llevé ningún caso de otras personas, más que dos investigaciones que yo realicé por iniciativa personal. Pero a pesar de todo, fue un curso que me dio mucho y que me ha ayudado en la vida diario y en mi trabajo, ya que desarrollé la capacidad de observación”, dijo.
Por doce años vivió con una mujer que tenía cuatro hijos. Cuando la conoció, a la mujer no le alcanzaba lo que ganaba para pagar la renta y darle de comer a los chamacos: eran como las seis de la tarde y los niños aún no habían comido; la mamá les llevaba las sobras de los pollos y con eso les hacía caldo.
Pantaleón hizo vida en pareja y daba dinero para que los niños comieran, para la renta, pero ella era muy celosa, le reprochaba todo y un día le dijo que ya no quería vivir con él. “Hacía varios años que yo le quería decir eso mismo, pero no podía, así que cuando ella me lo dijo, le tomé la palabra”, relató. Desde entonces no tiene una pareja de planta.
En la actualidad es checador sin sueldo, vive de lo que los conductores le dan por llevar el control del servicio público de combis en esa ruta de Jojutla a Puente de Ixtla y comunidades de paso y aledañas; además, compra y vende juguetes, monedas y accesorios para damas y caballeros que vende en los tianguis de la zona.
