Viernes, 03 Abril 2020 05:43

La maravillosa digresión

Es fácil perder la concentración, lo sabes bien. En las empresas se da en alguna medida: un empleado se le va el santo al cielo, la cabra al monte. En ese modo, pierde un tiempo que ni suyo es, sino de su patrón, y eso resta productividad. Otro caso es el de un herrero que va a hacer una puerta y ya sabe qué hacer, pero se pone a pensar y a investigar en el diseño o las nuevas tendencias, ahí puede perder medio día. Al final hace el trabajo y estará satisfecho, pero ocupó tiempo en darle vueltas a las cosas.

La divagación o digresión —término que prefiero— está relacionada con la vagancia del pensamiento o el habla, pero en este caso quiero hablar de sus ventajas. O del contraste de esta herramienta en la vida cotidiana. Perder el tiempo —si es posible perder lo que no existe y cuando la pérdida es relativa— es solo eso, dejar de tener algo que se tenía —aunque el tiempo no puede tenerse, pero igual estamos en el ámbito de las metáforas— y ya no volver a tenerlo. No puede recuperarse el tiempo perdido.

Se pierde el tiempo de diversas formas, en una siesta, esperando algo u observando, eso no tiene nada que ver con la digresión. Incluso hay quien piensa que perdió el tiempo —y más cosas— en una relación amorosa o el cierto esfuerzo inútil.

La digresión puede ser positiva o práctica o una oportunidad cuando la ocupamos de forma metódica con una meta determinada. Es decir, estar por ahí haciendo nada no es divagar ni nada. Y por otro lado, descansar, entretenerse o distraerse tiene claros resultados, pero son otra cosa.

Volvamos al punto, que ya divago de nuevo. La digresión como herramienta: cuando escribo sobre un tema no suelo entrar de lleno a lo que voy. Asumo que sí poseo cierto bagaje en los temas en los que me ocupo, pero no soy un especialista, así que cuando me enfrento a un tema pienso en ello, hago acopio mental de lo que sé al respecto, leo un poco, veo un video, quizás hablo con alguien… me documento con indagación y estudio breve.

Ya con cierto corpus para trabajar, no escribo de facto, antes hay un ritual: sentarme, abrir un documento de Word, poner el título y pensar. Luego me preparo un café, tomo una botana, hago un mapa mental, lo tiro a la basura, ensayo un inicio, calculo el número de palabras y cómo estructurar el texto. Luego escribo ideas, una escaleta, pero vuelvo a salir, me acuesto unos minutos, observo la calle, atiendo un mensaje, reviso redes sociales rápidamente.

Puedo estar así un tiempo, incluso haciendo otras cosas con más éxito, como cocinar para otro día, hacer un presupuesto, limpiar la casa, acomodar libros, lavar ropa. La diferencia es que no dejo de pensar en el tema. Aunque parezca absurdo, aún estoy trabajando. Llega un punto —imposible determinar cuándo— que la máquina de la digresión se detiene y es tiempo, ahora sí: me siento y ya todo está más claro. Redacto, escribo, reviso, corrijo, termino un texto. Y quedo satisfecho con lo que hice.

Mi trabajo de escritura es constante y la etapa digresiva varía de acuerdo con diferentes factores: el estrés acumulado, la urgencia del trabajo, el pago que recibiré y cuándo, el tipo de texto, el clima ambiental y mis otras ocupaciones, pero siempre lo llevo a cabo.

Escribo contraportadas (o como quiera usted llamarle) de libros, cartas de recomendación, correos electrónicos con mis socias, propuestas, proyectos de trabajo, otros textos editoriales, esta columna, cuentos, poemas, la novela que tengo en proceso, minificciones, entre otras cosas. Podría vivir sentado frente a mi computadora —más bien frente al teclado y el mouse— y sería muy feliz, lo soy.

No veo por qué debería dejar la digresión fuera de mi metodología de trabajo, incluso veo que mientras más la use, mejor son mis resultados. No recomiendo usarla, ni lo contrario, es tema de cada quien, pero podría emplearla en esta época de contingencia para aquello que planea hacer.

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Viernes, 27 Marzo 2020 05:05

Tu crisis, mi crisis, la crisis

¿Hace cuánto tuviste una crisis? Me refiero a ti, no al exterior. ¿Qué es una crisis? Puede ser algo muy concreto, como un momento o espacio de ruptura o también puede ser interpretado como una oportunidad. ¿Oportunidad para qué? Veamos.

En México vivimos constantes crisis. La primera que recuerdo ya ni recuerdo cuál es. Todos los presidentes tienen un clásico discurso en su momento de crisis. La de 1994 fue tremenda para mi familia, a partir de eso perdimos nuestra casa. Las siguientes fueron un feo deja vu.

Otras crisis han sido de o por el petróleo, el desabasto, malas relaciones con otros países, el Fobaproa, fraudes electorales, huelgas, caída de los precios internacionales de algo, migrantes, pero la más cruda ha sido la de la violencia interna que nos tiene en un estado de guerra civil disimulada de aquí no pasa nada, joven, y a seguir adelante que de eso no se habla.

He vivido varias crisis personales. Más allá de mi familia disfuncional o la adolescencia, también atravesé periodos de incertidumbre, pobreza y miedo. Cuando entré a la universidad, vivía en una vecindad, pero no tenía ni para cubrir la renta. Vivía precariamente y trabajaba cada día por la supervivencia, lo mismo de cajero en un súper que lavando autos o vendiendo cosas en la pulga. Con todo, el aliento de esperanza que en ese entonces fue grande en mi vida, me impulsó hacia adelante y pasé mis primeros semestres con buenas calificaciones.

No pude sostener ese ritmo de superviviente y me di de baja temporal un año. Mis amigos me decían que quienes lo hacían ya no volvían. Ese año comencé a cantar. Fui a Chiapas a buscarme a mí mismo, como cuatro meses, trabajando en lo que fuera, con poco éxito económico, pero grandes reflexiones. Volví a Cuernavaca y sí me reinscribí en la escuela.

Vinieron tiempos mejores, pero otra vez, por un secuestro (una persona cercana), una traición, la migración necesaria y un robo descarado que sufrí caí como pelona en barranca. En un año perdí auto, muebles, 4 mil libros (mi biblioteca), clientes, dos trabajos free lance y 15 kilos de peso. Me fue de la chi… Había días que no sabía si comería al siguiente o en qué trabajaría. Hubo muchas situaciones vergonzosas y creo que esta fue mi peor crisis, algo que no pienso repetir nunca jamás.

Con mayor esfuerzo, y aún sumergido en la depresión por años, salí adelante y reconstituí los elementos más importantes de mi vida, que ahora son una fortaleza para lo que enfrente.

Otra crisis importante fue cuando me quedé temporalmente sin mi hija, después de 13 de acompañarnos cada día. De pronto estaba sin ella, soltero y con muchos pendientes que resolver. Decidí enfocarme en lo importante, más que en lo urgente. Me enfrenté a mí mismo y sané lo que faltaba. En un solo año resolví los problemas o pendientes de mi vida personal, algunos aplazados bastante tiempo. Quedé libre de líos y bastante más ligero de equipaje. Lo laboral también comenzó a fluir mejor, en especial la escritura, de ese tiempo a ahora he concluido cerca de 25 libros, así que veo resultados positivos.

La última crisis fue cuando una ex pareja me buscó y me propuso una vida en común, para luego huir cobardemente en vez de enfrentarse a las responsabilidades que ella misma había adquirido. Es vergonzoso y duele, por el esfuerzo que puse y también porque hice una pausa en algunos proyectos. Además, perdí dinero que invertiría en mi negocio. Y bueno, a seguir adelante y apechugar, como decía mi padre, que la vida sigue.

Con este rollo, quiero decirte que todos hemos tenido crisis, como la del coronavirus o la contingencia que enfrentamos, y que saldremos adelante. La crisis puede ayudarnos o perjudicarnos, pero siempre habrá una nueva, así que si estamos preparados emocional, laboral y socialmente será más fácil de pasar. Les deseo que pierdan poco y que aprendan mucho en esta época de quedarse guardados. Y les ofrezco mis libros en venta, para que se entretengan y aprendan, mándenme un correo y les paso la información: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. 

 

 

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Viernes, 13 Marzo 2020 05:00

Si no hubiera sido escritor

De niño quería ser cantante, no uno famoso, solo alguien que cantara. En mi familia cantan, les encanta (ja), mi abuela echaba gritos hasta el amanecer. Son mis genes. Si no hubiera sido escritor, creo que habría sido cantante. Así como soy, de cantante habría hecho música versátil, canciones para radio, jingels, tal vez un disco propio (con composiciones de otros), grabar poesía, ser animador, participar en shows en espacios públicos, producir.

Me habría gustado cantar rock pop o ska, pero lo mío lo mío habrían sido la cumbia, la salsa, el merengue, la bachata. También habría incursionado en lo tradicional mexicano, lo ranchero, pues. Y no olvidar las baladas románticas, que me gustarán siempre.

De ser cantante (porque lo fui por 5 años en las calles de mi vida en varias ciudades) me agrada que con unas notas puedes cambiar el ánimo de la gente: hacerlos llorar o reír o suspirar. El canto es un arte de proximidad, el espectador ve a quien lo ejecuta directamente, a unos metros cuando mucho y vive la experiencia estética de forma inmediata.

Me encantaría saber tocar bien un instrumento, pero la verdad es que no es así. En un momento quise estudiar guitarra, para tocarla con decencia, pero decliné, mejor estudié cómo escribir mejor y ahí la llevo. Tengo una guitarra que me regaló mi hermana Carmen hace como 5 años ahí colgada, a veces la toco, saco algunas canciones y canto un poco en privado, pero ya.

Quizás algún día me anime y me lance como cantante, pues la vida no es corta y yo estoy a la mitad de mi andar por este mundo. Porque incluso que hay otras cosas que quiero hacer o habría querido o así.

Ser comediante pasó por mi mente desde la secundaria, cuando nos reuníamos Rubén y yo a contar chistes y nos hacían semicírculo. Soy ocurrente, tanto que muchas veces he dicho cosas fuera de lugar (mejor enfoco esa creatividad en la escritura), así que no me son ajenos el chiste, la anécdota, la parodia, el sarcasmo. En mi adolescencia escuchaba a Polo Polo y a otros comediantes, y aunque lo disfrutaba, no era el tipo de comedia que me interesaba hacer.

Ser actor no es algo que pueda hacer de lo mejor (aunque hice algunas obras en la universidad, incluso un monólogo que adapté, dirigí y actúe, porque podía). Por eso, hacer comedia como actor tampoco me interesó. Mis respetos para los actores y los comediantes que lo hacen bien o más o menos. El humor es algo que siempre hay que agradecer y respetar.

En tiempos recientes ha habido un nacimiento del stand up en México, ya tropicalizado en temas y modos. Me gustan algunos representantes, como Escamilla, Talavera o Escobedo. Aunque no es el tipo de stand up que me gustaría hacer, sí quiero estudiar en un momento esta variable del humor, y hacer algunos shows, solo si puedo darle el toque personal, más bien elegante y medio petulante que quisiera. No sé si sea pronto, pero sería interesante aventarme a ese tipo de escenarios. A final de cuentas, hacer comedia requiere escribir (que lo hago), trabajar ante un público (tengo experiencia) y una actitud profesional y honesta.

Hace años, el finado César García (cineasta de Cuernavaca) me alentó e hice un show de stand up propio, que quedó más bien grotesco, pero del cual hice tres fechas (pagadas) y el público lo disfrutó. César era tremendo y me motivó a participar, aunque de forma amateur y lo disfruté bastante. Quizás sí haya un futuro para mí en el mundo de las carcajadas.

En profesiones universitarias, además de estudiar Letras, pensé estudiar Edición (hice una maestría), Derecho (estudié un año completo ya grande, lo dejé para escribir), Educación (estudié para guía Montessori y fui maestro 14 años, con lo que cubrí esa pulsión) o Economía (tema muy pendiente a la fecha). La vida no es corta, como ya decía, y hay tanto por hacer.

Además, expreso mi apoyo solidario con las escritoras Elizabeth Delgado Nazario y Tania Jasso, que se atrevieron valientes a denunciar la violencia de género en su contra. Les deseo lo mejor y les mando un abrazo.

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Viernes, 06 Marzo 2020 05:00

Mi vida laboral

Escuché varios comentarios sobre la vida laboral en México. Eso me llevó a reflexionar sobre mi condición de trabajador del arte en nuestro país. Y me di cuenta de que hay algunas ventajas.

En primer lugar, nadie puede correrme de mi trabajo de escritor. Porque es algo mío, lo que yo hago, es decir, porque creo (invento) algo a partir de la nada (en términos generales), por lo que nadie puede negarme esa nada desde la que hago todo lo que hago.

Además, el mío no es un trabajo determinado a un lugar en especial, lo mismo ando en eventos públicos, que escribo solo en mi casa o en un cafecito. Con ello, evito la nostalgia, el estrés, la frustración y otros males de una oficina fija y establecida bajo los criterios de alguien más.

Nunca me voy a jubilar. Esto parece contradictorio como ventaja o beneficio, pero no hay tal. Desde niño pensé que era terrible eso de no hacer nada, cuando sabía de alguien a quien ya le habían dado su jubilación o pensión y ahora se dedicaba —según decían— a disfrutar de la vida. En general, veía a esa gente algo decrépita y cascada como para conjugarla con los verbos disfrutar o descansar (se la pasaban en el médico).

La cosa empeoraba cuando me enteraba que esa gente había pasado la vida trabajando en algo que no le gustaba, por 25 o más años, solo para alcanzar la anhelada jubilación. ¿Entonces qué hizo en su vida, cuáles eran sus aspiraciones y gustos?, me preguntaba. Luego me contesté que aquello no era asunto mío, y en realidad no me interesaba, pero que —volteando al espejo— lo único que tenía en mis manos era mi propia vida. Y esa vida es la que quiero dedicar a hacer lo que hago hasta el final, porque lo amo. No veo cómo podría dejar de crear para dedicarme a descansar, si lo que hago cuando descanso es justo escribir.

Como artista no tengo un jefe. Y esto quizás lo he repetido o no, pero en un principio yo no escribo para un público, es decir, cuando me planteo una obra pienso en la obra misma y lo que tengo que hacer para lograrla. Cuando trabajo en mis obras, me esfuerzo, sin duda, para que si algún día llega a tener lectores, estos lo reciban con la mejor calidad de la que soy posible. Pero no hay un jefe como tal, que me diga “Vas a escribir esto o lo otro”. Incluso en esta columna que lees, hablo con libertad los temas que me interesan.

(En mi trabajo como editor tengo clientes y proveedores, pero tampoco tengo un jefe que me diga qué hacer. Suelo hacer yo mismo mi planeación, mi publicidad y mis trabajos sin consultar a nadie).

La autodisciplina es indispensable para escribir ampliamente, es por ello una obligación, pero también es un derecho que se alcanza. Debo aclarar que la gran ventaja es que uno establece su propia disciplina, con base en sus necesidades y principios.

Un tema más polémico es el prestigio social. Hay que decirlo, existe, es una realidad. El universo social mexicano aún reconoce en los artistas a alguien especial (creativo, inteligente, crítico, sensible…), aunque no puedo aclarar lo que especial significa para cada persona que me lo ha dicho en relación con mi oficio. Es interesante, siempre y cuando no se la crea uno tanto que piense que es tan especial que merezca recibir más de lo que trabaja.

A la par de ello, existe algo que muy bonito y que —cuando menos yo— suelo recibir con frecuencia: el agradecimiento. Me apena, pero he aprendido a recibirlo. Tampoco estoy seguro de por qué sucede, pero mi sociedad suele agradecerme por hacer arte y ofrecerlo con los medios que puedo a las personas a mi alrededor.

Por todas estas razones, agradezco a mi vez ser artista y poder serlo hasta morir. No hablaré de desventajas hoy, pero claro que las hay.

Además, los invito a sumarse a mi “Taller literario matutino y a distancia”, todos los viernes de 10 a 1 horas, tú desde tu casa o trabajo y yo desde la mía. Inscripción permanente. Informes: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. 

 

 

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Viernes, 28 Febrero 2020 05:00

El valor del optimismo

Nadie levanta las cejas frente a oficios como tablajero o carpintero, ni por empleos como consultor o analista (lo que eso signifique), pero sí frente a los artistas. Y es que eso de ser artista en México, hoy, está muy visto, muy comentado y bastante prejuiciado.

Todos parecen tener una opinión. En primer lugar, las familias, que tratan de evitar que uno de sus miembros caiga en tal desgracia. Claro que las familias adineradas no hacen eso, porque, como me dijo un día un escritor rico y desconocido: “mi familia se dedica a los bienes raíces, de otro modo no podría dedicarme a mi pasión de escribir”. Los artistas ricos viven en paralelo y no son criticados. Puedo añadir que, por la reverencialidad clasista, son más bien admirados, por el solo hecho de no tener que trabajar para vivir, aunque su obra en sí sea basura.

Sí, los juicios en este tema son cosa de clase social. Digo, para quienes critican, para quienes reciben esa crítica y para quienes aún creen en la falsa teoría (o doctrina) de las clases sociales. Ya que me desvié, ejemplifico: en la Facultad de Humanidades había dos estudiantes destacados, uno pobrecito y el otro un hippie ricachón que llegaba en auto del año. Yo vendía libros allá y escuchaba todo en los pasillos. Ambos eran populares y tenían sus fans, pero algo era claro: la mayoría pensaba que el pobre se había equivocado de carrera y que el rico estaba perfecto ahí, que podía ser sublime porque no se preocupaba de nada.

Vuelvo a la abstracción. El optimismo es necesario, pero no se crea que como una motivación falsa o un engaño sutil. El optimismo como lo que es (busque ahora la definición en su diccionario de confianza). El optimismo como realidad, como veracidad de la realidad.

Ignoro si en otra actividad profesional haga falta, pero yo creo que en las artes sí es necesario. El optimismo es una variable posmoderna del humanismo. Y no se pongan pesimistas o realistas o criticones conmigo, por favor, que como artista solo argumento mis puntos de vista. Como ya sabemos, el optimismo es un juicio de la realidad, en cuyo extremo (idealista o alarmista) todo es perfecto. Seamos un poco más serios que eso: el optimismo en el arte es algo que permite ser, que alienta a crear.

Se dice que el artista crea más desde el dolor que desde el placer, lo confirmo. Pero eso tiene que ver más con los sentimientos que con la técnica. Quizás sufro mucho o siento demasiado el mundo, eso es cruel, pero para escribir, para que la literatura sea posible no puedo atenerme a dichos conceptos. Cuando la emoción se calma, vale la pena respirar profundo y afrontar la hoja en blanco con alguna sensación contraria, como puede ser la seriedad (más bien neutra) o una sonrisa (hacia la alegría), pero con la idea de que el arte es posible, de que se puede escribir, que se puede terminar de escribir lo que se pretende. Porque, además, se puede, y quizás se debe. Sí, creo que el escritor debe escribir, a pesar de sí mismo y sus ridículas circunstancias.

Muchos escritores no terminan sus obras, digamos que su productividad se ve limitada por sus líos personales. Mmm… Entonces, eso, el optimismo permite apoyar al escritor por encima de la persona que es, a concluir su libro. ¿Los autores deben ser animosos motivadores de sí mismos y de la sociedad? No lo sé, tal vez, aunque de ese modo igual se vería ridículo, como, insisto, ya se le ve.

No se piense que creo en el optimismo solo, de ninguna manera, no soy político ni trovador, más bien creo que hay que ser tanto optimista como prudente. Veo en este binomio un equilibrio, quizás también tonto o maniqueísta, pero viable y hasta deseable. Vivir solo del optimismo puede llevar al ser humano a éxito infinito (algo nunca deseable); mientras que alcanzar la vida prudencial es una utopía de la perfección del ser (irreal). Entonces, si juntamos tales extremos (dañinos per se en su individualidad) podremos tener un punto medio: optimismo y prudencia. Algo así como cierta tibieza, que no quema ni enfría, pero que permite escribir y dejarse de tonterías.

 

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Viernes, 21 Febrero 2020 05:36

Leer en el camión

Hacia el año 2000 viajaba más de una hora de mi casa a la universidad (UAEM), donde estudiaba de 8 a 13 horas. Al principio, como era desvelado, me trepaba al camión que pasaba en la esquina de mi casa (ahí iniciaba su recorrido) y me quedaba dormido. Como buen viajante urbano, mi sentido de orientación me indicaba por dónde iba, aunque no era tan riesgoso, pues la ruta 13 terminaba en la universidad.

Llegaba a clases descansado, fresco y bostezando. Luego de las clases iba a la biblioteca a leer y a hacer tarea. Luego al trabajo en un supermercado y volvía  a casa. Era cansado, pero efectivo.

Un día me quedé con las ganas de leer un libro de la biblioteca o que me prestaron y me lo llevé a casa. Por la mañana, en vez de dormir en el bus, me puse a leerlo. Creo que se trataba de la novela Naná de Emile Zolá, o de Atala de Rene de Chateaubriand. A pesar de los saltos y frenones del autobús pude leer bastante.

Le ganaba tiempo al tiempo. Antes, en la preparatoria, solía leer en el Jardín Borda o en algún parque. Ya no podía darme esos lujos. Así comenzó mi carrera de pasajero-lector.

Un par de días después seguía leyendo la novela y un chico muy coqueto se sentó a mi lado y me hizo plática, precisamente acerca de mi lectura. Volteé a verlo y le dije brevemente de lo que iba la historia. Incluso se lo recomendé. Quería seguir platicando o intentando ligarme, pero yo no estaba interesado en él de ninguna manera, así que le dije: “Ahora, si me disculpas, voy a seguir leyendo”.

El camión ya iba lleno, así que se quedó en el mismo lugar, pero muy calladito. Yo me metí a la lectura y no vi cuando bajó. Eso fue interesante, pues el libro en el camión me hacía una persona interesante (me ha sucedido otras veces), pero a la vez era un buen pretexto para evadir una plática. No es que no me guste hablar con desconocidos, pero cuando voy muy metido en mi lectura y planeo leer durante todo mi viaje, no me agrada que me distraigan.

He leído tal vez (porque es un cálculo aproximado) unos 400 libros en autobuses urbanos y foráneos (micro, pesero, metro, metrobús, tren ligero). Eso representa un buen porcentaje de mis lecturas en 20 años. No leí más porque muchos años tuve auto propio y me desplazaba casi exclusivamente de ese modo.

Cuando me quedé sin auto recuperé la bonita costumbre de leer mientras viajaba, pero luego me hice más bien ciclista urbano y encima de una bici es imposible leer. Iba a muchos lugares pedaleando. Ese tiempo leía solo las nubes, el camino y a las personas en la ciudad. Claro que cargaba un libro en todo momento, pero leía hasta que me bajaba de la bicicleta.

Las ventajas de leer en el camión son muchas: la lectura misma, el no manejar, el aprovechar el tiempo para dos cosas, entre otros.

Acerca de las desventajas puedo decir que son circunstanciales. Por ejemplo, en el metro casi siempre hay luz interior y se puede leer muy bien, incluso yendo de pie; en la noche muchos choferes apagan la luz e impiden la lectura; si el zangoloteo es demasiado no se puede fijar bien la vista en las letras; a veces el sol entra con exceso por la ventana y se dificulta leer.

Un tema extraño es el “desprendimiento de retina”. Algo que he escuchado de varias personas cuando dicen por qué no leen en el camión, por el miedo a que les pase eso. Lo menciono pero soy ignorante, no sé si a alguien se le haya desprendido la retina o se le hayan caído los ojos o haya perdido neuronas por leer así. A mí después de 20 años no me ha ocurrido y estoy seguro de que no me pasará.

Debo añadir dos cosas, sin embargo: a) mi vista es perfecta, no uso lentes ni veo menos que cuando era un niño; y b) escribo casi al borde de la nostalgia, pues estoy por comprar un auto después de seis años y ya no podré leer tanto en los camiones. Quizás comience a leer de nuevo en el baño.

 

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Viernes, 14 Febrero 2020 05:05

Plática entre amigos

En esta semana conversé con Arielle Melgar, de la Distribuidora Mar de Libros, sobre varios temas. Parte de esa plática la expongo aquí porque puede ser interesante.

Daniel, ¿cómo pasaste de escribir libros, a crear libros para otras personas?

Fue un proceso natural, no lo busqué, se dio poco a poco. Primero hice corrección, luego me encargaron un libro, luego una revista, después diseño, impresión y así. No hubo un día en que decidiera ser editor como tal, solo me dejé llevar por mi gusto por los libros, mi necesidad económica y la confianza de la gente.

¿Cómo sucede la creación de Ediciones Zetina?

Todo empezó bajo la premisa “si no hay editoriales para publicar, hay que hacer una”, porque siempre me ha chocado la gente que se queja pero no hace nada. Antes había hecho la Revista Tabique, con el mismo principio. Los primeros libros los imprimía en mi vivienda y los hacía a mano.

¿Qué proyecciones tenías entonces y cuáles son tus planes ahora?

En 2004 tenía planes a corto plazo de aprender a hacer libros, incluso decía que EZ era un “laboratorio editorial”. Ahora planeo a largo plazo (los próximos 25 años), con un catálogo propio que ya estoy haciendo. Quiero ganar prestigio por aquello que publique, pero sobre todo poder inspirar a los lectores para mejorar nuestra realidad.

¿Cuántos autores has publicado bajo tu sello editorial?

No tengo la cuenta exacta, pero entre libros, antologías y revistas deben ser más de 400 autores, de todo tipo y en muchos géneros.

Muchos dicen que no es bien visto auto publicarse. ¿Tú qué opinas?

Opino que quien dice eso no escribe mucho o escribe mal o tiene baja autoestima o simplemente no publica. No me interesa mucho lo que digan otros escritores. Mi enfoque es el público lector, a ellos sí les hago caso.

¿Cómo nace Infinita?

En 2018 replanteé mi vida personal y mi trabajo. Reafirmé el camino de los libros en todos los sentidos. Infinita es la opción para que cualquiera publique con una asesoría personalizada y con calidad. Es un sello abierto, cuyo eslogan es “escritores en libertad”. Con ello continúo mi labor de ser medio para las personas que deseen probarse como autores.

¿Afecta editar libros a tu trabajo como escritor?

Hay afectación en todo lo que uno hace. A veces es cansado el trabajo editorial y me desconcentra de mi escritura, aunque esto se resuelve siendo más organizado. Pero hay grandes ventajas: leo cosas nuevas, que nadie ha publicado y eso es excitante; aprendo de otros autores; aprendo más de los diferentes enfoques de un libro; convivo con mucha gente interesante, porque como escritor uno se vuelve más bien solitario.

¿Cómo tomarías el hecho de que algunos títulos de tu mismo sello se vendan más que los de tu autoría? ¿Competencia o diversidad?

Es un honor, creo que cada libro encuentra a sus propios lectores por sí mismo. Es competencia y es diversidad a la vez, pero eso me reta a ser mejor como escritor.

Si pudieras pedir un deseo, lo que fuera, ¿qué pedirías?

Que haya paz social en México, que disminuya la violencia. En la literatura creo que no tengo deseo alguno más que hacer esto toda la vida y es un deseo que cumplo cada día.

¿Cuál es tu lugar favorito en el mundo?

Los brazos de la gente que amo.

¿Tu hija ha leído libros tuyos? ¿Eso te ha inhibido a escribir sobre algunas cosas o te limita en algún aspecto?

Ella ha leído algunos. Un tiempo me sentí cohibido de escribir libros sobre erotismo y otros temas “de adultos”, pero lo resolví en terapia y ahora no tengo restricciones. Además, ella es una gran lectora.

¿Cómo afectó ser papá tu trabajo de escritor?

Antes que mi obra, ser padre benefició mi vida de una manera luminosa. En mi obra, me permitió ser más concentrado, pues atender a mi hija y compartir la vida con ella me dejó menos tiempo, de ahí la necesidad de no desaprovechar los momentos libres para escribir.

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Viernes, 07 Febrero 2020 05:27

El bloqueo creativo

En una reunión con lectores adolescentes de mi obra, uno de ellos (después varios en otras reuniones), me preguntó acerca del tema, de si yo lo había padecido y cómo lograba salir de ello. Me sorprendió porque las preguntas eran casi afirmaciones y porque se trataba de jóvenes entre 15 y 18 años. Al parecer, sabían que el bloqueo existe y es un hecho del que nadie se salva.

No estoy seguro de que mi respuesta dejara satisfecho a nadie, no solo por sus caras de incertidumbre, sino porque a mí mismo me parecieron simples mis palabras. Además, como había otras preguntas, cualquier profundidad sobre el tema debió quedar para la posteridad, que ahora ha llegado.

“Yo nunca he tenido bloqueo creativo ni miedo a la hoja en blanco, no sé lo que se siente ni de qué se trata”, fue mi respuesta y creo que lo será siempre. Ahora mis argumentos:

Mi vida antes de la literatura, en mi adolescencia, no era sencilla ni serena. Trabajaba desde pequeño, pues en mi casa no abundaba el dinero y yo quería comprarme una bicicleta, dulces, alguna ropa o ir al cine, como lo desea cualquiera.

Entre los 15 y los 18 años ejercí varios oficios: vendedor de casa en casa, vendedor de perfumes, vendedor en tianguis de pulgas; también hacía mis playeras en batik y collares, entre otras cosas, y las vendía. Igual lavaba autos o ayudaba a personas a hacer algo o vendía mis pertenencias.

Incluso cuando entré a la universidad esas actividades no cesaron, pues tenía la costumbre de comer a diario y dormir calientito y salir a pasear a algún lado. Fue una temporada intensa y no recuerdo cómo, pero trabajé en varios supermercados como fuerza obrera mal pagada. Era lo que había.

Yo venía de Civac, donde la vida tampoco era tan fácil, y pretendía trascender mi realidad a través del arte. Estudié lo mejor que pude y a pesar de ello debí darme de baja un año, pues no lograba llegar a fin de mes sin deudas ni preocupaciones, que no me dejaban leer a gusto.

Un vuelco importante ocurrió cuando decidí ganar dinero cantando en la calle. Compré una guitarra, un libro de acordes de El Tri y allá voy. Hice eso durante cinco años. Ese nuevo oficio me permitió una mayor libertad, mejor ingreso y la satisfacción de vivir de un arte (música) mientras estudiaba otro (literatura).

Mi primera biblioteca personal comenzó hasta que tenía ya 22 años. Gracias a un breve apoyo de mi madre pude comenzar a comprar libros y a guardarlos en casa (antes de eso, los leía y los revendía). Leía mucho más, pero también trabajaba intensamente.

—Pero, entonces, señor Zetina, ¿cuándo escribía?

—En la noche o muy de mañana, entre las 6 y las 8 am. Me refiero a mi obra literaria, porque por las tardes, después de la escuela, lo que hacía eran las tareas diarias.

Meses después de que me gradué comencé a dar clases y renté un cuarto muy bonito. Ahí compré mi primera computadora. Ahí comencé a organizar mis archivos, pasé todo lo escrito a mano a Word y me planteé escribir con toda la frecuencia que pudiera. Y así lo he hecho desde entonces.

Creo haber aprovechado cada momento para escribir, no me debo nada. Y cuando me siento frente al teclado nunca he padecido la cosa rara esa del bloqueo, ¿cómo podría bloquearme para hacer lo que más me gusta en la vida? ¿Cómo quejarme si hago lo que amo y le dedico mucho tiempo? ¿Por qué habría de dejar de escribir si tengo tanto que decir y he estudiado cómo hacerlo por casi dos décadas?

Es obvio que por estas circunstancias no solo no lo he vivido, sino que ni siquiera puedo comprender lo que es el bloqueo. Escucho que a otros les ocurre y me pregunto: ¿eso qué es? Quizás se trata, como en las alergias: una vez escuché que si no sabía lo que eran, nunca me daría una, pero esto ya debe ser una comparación absurda. El día en que me quede sin saber qué escribir, me retiro. Mientras tanto, escribiré tanto como pueda, cada día, hasta el final.

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Viernes, 31 Enero 2020 05:00

Mis talleres literarios

Es hora de hablar de algo muy diferente a un problema, aunque no por eso sencillo. Dar talleres es un verdadero reto, que siempre he afrontado con emoción, sobre todo con entusiasmo.

No todos los que saben algo enseñan, sabrá dios por qué. Y no todos los que dan clases de escritura son escritores (no es obligatorio, ¿o sí?) Hace 6 años, un hombre me dijo con saña: “Pues quien pueda hacerlo, que lo haga; y quien no, pues que enseñe”. Eso me tuvo dubitativo y se lo comenté a mi hija, en especial, porque la crisis me llevó a dar clases (sí con pasión, pero un tanto obligado por las circunstancias) y en eso andaba por aquellos días.

Mi duda personal creció incluso después de que me dieron un reconocimiento por mi labor docente en el Tec Milenio (donde la pasé muy bien y aprendí mucho de mis interesantes alumnos, algunos de los cuales aún me siguen).

Mi hija, para reconfortarme me dijo: “Tú haces las dos cosas bien, la gente está feliz en tus salones y es feliz cuando te lee”. Confiaba en su criterio, pero la duda era mía, no suya. Como quiera, nunca le agradecí lo suficiente por sus palabras y ahora es el momento: gracias, hija, eres un ser maravilloso.

En fin, enseñar no era el problema. El tiempo me lo aclaró del todo. No era la enseñanza sino el contexto. Siempre di lo mejor en las aulas, con los alumnos, los padres, los directivos, pero sobre todo con los alumnos. Ese no era el lío. Para complementar mi ingreso di un taller de creación literaria en la escuela ya referida. Eso me inyectó una energía diferente y me animé por primera vez a dar talleres a distancia, debido a que no podía comprometerme a dar más talleres presenciales, pues el tiempo con mi nena era prioridad.

En casa o en la escuela, la metodología que fui afinando para los talleres reforzó mis ganas de compartir lo que hago con otras personas y con los años solo lo he reforzado, con mayor o menor éxito.

Dar talleres para mí es entregarme a algo que no podría hacer en ninguna otra parte: transmitir una metodología (orden y estructura) para escribir, con base en las personas (obsesiones, filias y fobias) y enfocado en la productividad (no mucho o poco, pero sí con resultados). Además, ayudo a las personas en dos aspectos especiales: a) a confiar en que tienen algo que contarle al mundo (en caso de que así lo vea, es decir, en la mayoría de los casos); y b) muestro diferentes aspectos de la creatividad desde mi propia experiencia, lo que suele ayudar a las personas.

Al parecer esto último es lo que la mayoría reconoce de mis talleres, además de todo lo que escriben. Me explico: cuando doy algunos consejos, o cuento anécdotas o señalo lo que desde mi personalísimo punto de vista es el arte, la literatura, la comida, los colores, crear, soñar, comer, caminar, amar, beber y otras muchas cosas cotidianas, la gente se conecta con lo que digo, porque le hace eco en su propia persona. Aún estoy observando este fenómeno, así que no puedo decir de forma concluyente por qué creo que ocurre, opero ocurre.

Y desde esa identificación, esa empatía y ese diálogo, el ambiente se convierte en un espacio de confianza y creatividad. Así, después de pensar, reflexionar, analizar, cuestionar y platicar, las letras fluyen y los textos aparecen como algo natural. Tras la digresión, siempre viene la creación, pienso.

Dicho de otro modo: en mis talleres puedo ser yo mismo y compartir la manera en que veo el mundo desde niño, para ayudar a otros a expresar lo que desean. Realmente no doy clases, sino talleres, donde se trabaja con uno mismo y se hace el mundo más bello a través de su sublimación, es decir, del arte. 

Gracias a todos mis talleristas por lo compartido, por lo aprendido y por lo escrito, son geniales.

Aquello ocurrió hace años y seguimos trabajando. Hemos generado ya unas siete antologías, impresas o de lectura gratuita en la web, pero siempre productivos y animados. Te invito a sumarte a mi nuevo “Taller literario matutino y a distancia”, iniciamos el viernes 7 de febrero, el horario es de 10 a 1 horas, tú desde tu casa o trabajo y yo desde mi estudio. Informes: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. 

 

Publicado en Sociedad
Viernes, 24 Enero 2020 05:30

Cómo presentar un libro

Por favor, no sea aburrido al hacerlo. El público merece respeto, está en el evento porque quiere vivir una experiencia, no lo arruine, no le quite su tiempo, no abuse de su generosidad.

Hace 18 años comencé a hacer presentaciones. Iba poca gente, algunos sin ganas, pero comencé a observarlos. Quizás aprendí en un par de años lo que quería hacer, aunque al principio seguía modelos o me sumaba a mesas dirigidas por otras personas.

La mayoría de los eventos literarios a los que iba no me gustaban, eran lentos, tediosos, poco creativos y sobre todo, con muchas poses feas: palabrotas rimbombantes, ademanes sobreactuados, risas falsas, gente que no sabía hablar en público…

Cuando comencé a trabajar por mi cuenta, desde 2004, establecí ciertas reglas mínimas para las presentaciones:

  1. Pocas personas en la mesa (ahora presento solo muchas veces).
  2. Participaciones breves y dinámicas de los asistentes.
  3. No máximo de 45 minutos (hay que revisar el reloj).
  4. Hablar claro y firme sin divagar.
  5. Observar al público para ver cómo responde.
  6. Señalar que el libro está a la venta.

Así trabajé muchos años y claro que he hecho ajustes, todo, creo, en beneficio del respetable, que puede o no transformarse en lectores.

¿Qué hacer, entonces para generar una buena experiencia?

Después de unas 400 presentaciones, me he dado cuenta, entre otras cosas, de que el lector asiste porque hay un interés (ahora hay más público en general), que le interesa sentirse respetado e inteligente, que quiere escuchar algo nuevo que quizás inspire su vida, que no le gusta perder el tiempo, que puede comprar un libro si tiene dinero y la motivación adecuadas, que saldrá a contarle su experiencia a alguien.

Por eso mismo, lo importante está en lo que se dice y en la forma animada de hacerlo. Para presentar un libro hay que mirar a los ojos al público, tomar el micrófono firmemente, hablar con claridad y con intervenciones breves, además de escuchar.

Es mejor que cada participante hable durante dos o tres minutos y luego pase el micrófono a alguien más, que haga lo mismo, y así, como un ping pong, se mantenga la atención de las personas.

Dos herramientas pueden ser de gran ayuda:

  1. La imaginación: descripciones breves que hagan que el público imagine (una visualización dirigida). Eso les encanta, porque los haces partícipes de la historia.
  2. El humor: la gente que ríe libera endorfinas y eso se contagia. Mientras más inteligente o interesante sea el humor, mejor será recibido. Se puede hacer humor del libro, la lectura, la situación misma o un tema, pero no se vale reírse de las personas.

Se puede ser creativo, por ejemplo, si el público tiene sueño, te puedes parar y animarlos con palabras clave; puedes crear un buen ambiente motivando los aplausos; puedes hacer una transmisión en vivo; puedes tú preguntarles cosas a los asistentes; puedes rifar un ejemplar o dar otro regalo…

Insisto en que el manejo del tiempo es fundamental, 45 minutos y vámonos. Pero también es importante no hablar tanto del autor, sino del libro, en especial mencionar acciones precisas y los temas que trata el libro.

Además, es terrible leer fichas de autor largas como la cuaresma, es de pésimo gusto y de muy baja autoestima. Una ficha del tipo “Juan nació en 1980, es escritor y músico y este es su tercer libro publicado” es suficiente. Si alguien quiere saber más, lo buscará en internet.

Pero lo más importante es ser cálido y ser honesto, estás ahí para compartir una obra de arte, un momento de sabiduría y amor (o pasión) y eso debes transmitirlo. Hay que ser uno mismo al presentar libros, pero hay que ser uno mismo en su mejor versión. Para ser serio o apático hay otros momentos, aquí se trata de ser entusiasta y prudente a la vez, sincero y misterioso, pero siempre amable y hasta elegante.

Por último, yo ya no doy de comer ni de beber. El enfoque es el libro y las buenas ideas, no los ambigús ni el vino. Eso puede atraer gente, pero si hay una buena experiencia, no hace falta. Cuando en una presentación hay un gran coctel me da la impresión de que la obra es mala y hay que llamar la atención de otro modo. Los quiero.

 

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@DanieloZetina

 

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