Elizabeth Palacios

Elizabeth Palacios

Domingo, 11 Febrero 2018 06:37

Viaja con tu mejor versión

Obvio… faltan tres días nada más para el día de San Valentín y por supuesto que mi primer pensamiento fue que esta columna tenía que hablar del amor. Entonces recordé que, si bien disfruto cuando me enamoro —mientras dura-, lo cierto es que cuando viajo disfruto mucho más ser una #ForeverAlone.

Entonces ¿de qué voy a hablar? ¿Sería la misma grinch de cada año explicando por qué me gusta viajar sola y cómo encontrar un alma gemela viajera me ha resultado más difícil que encontrar una que baile a mi ritmo? ¡Ah! Porque en el baile es otro terreno donde la vida me ha condenado. Ninguno de mis amantes ha sido buen bailarín, es más el colmo de los colmos es que ahora me fui a enamorar de un colombiano que no sabe bailar. Desgracia absoluta.

Entonces, igual que he tenido que aprender a sorteármela sola en la pista de baile, mientras mi pareja sexo-afectiva me mira de lejos, también he encontrado la manera de siempre disfrutar los viajes que hago conmigo misma.

Así que de pronto me vino la idea a la cabeza… ¿No sería el mejor regalo del mundo que las personas solteras nos regaláramos unas vacaciones con nosotras mismas para este 14 de febrero?

Así me puse a pensar, ¿cuál sería mi viaje amoroso ideal? Bueno, pues resulta que no conozco Venecia, así que tal vez un paseo en góndola sería una buena idea para iniciar esta cita romántica conmigo. Pero naaa… cliché.

¿Qué tal un viaje místico a India o Tailandia? Mmm, no lo sé, creo que si voy allí me enamoraría de los elefantes antes que de mí misma. En Japón tal vez terminaría enamorada de un robot sexual y en Brasil… ahhh en Brasil seguro no resistiría la tentación de caer a los pies de un sexy carioca.

¿Entonces? Pues llegó a mí un post que puso mi amigo parisino Julien en su Facebook que decía: “un relación sana es aquella donde dos personas independientes hacen un trato para ayudarse mutuamente a hacer de la otra persona, la mejor versión de sí misma” Wow! Vaya revelación.

A ver, si mi romance es conmigo, al pensar los destinos tenía que tratar de recordar, ¿qué lugares o experiencias me han llevado a ser una mejor versión de mí misma?

Al mismo tiempo, conversaba con mi amigo Diego quien por alguna inexplicable razón, siempre que está aburrido me manda canciones para compartir. Debo confesar que me gustan esos micro momentos de intimidad entre amigos. Diego me hizo recordar a Michael Jackson y a su vez, este gran artista me hizo recordar esa favela donde grabó uno de sus videos más célebres: They don’t really care about us.

Fue en mayo de 2011 cuando viajé por primera y única vez a Río de Janeiro con un propósito: conocer la favela de Santa Marta y buscar cómo Michael había ayudado a cambiar la vida de sus habitantes. Un día antes había tenido un affaire con un guapo ecologista brasileño que me dijo algo que nunca olvidaré cuando le manifesté mi miedo de ir a la favela: “si alguien quiere robarte tus cosas, sólo dile que por favor no lo haga. Que son tus herramientas de trabajo, que eres igual a ellos”. Obviamente me parecía completamente ingenuo pero me quedé con el consejo porque no sé si habría funcionado o no para impedir un robo, no tuve ningún episodio de inseguridad en todo el viaje. Pero esas palabras me protegieron de algo mucho más peligroso que la violencia en las calles cariocas. Me hicieron derribar mis prejuicios.

Cuando llegué a la favela, me sentí más confiada de hablar primero con las mujeres y los niños pero hubo dos que especialmente me marcaron y me ayudaron a ser una mejor versión de mí. Ellos jugaban  deshojando un libro de texto viejo y transformando sus hojas en aviones de papel que lanzaban divertidos desde lo alto de la colina plena del colorido caserío de la favela.

Me les quedé viendo insistente por una sola cosa: recordé que yo jamás había podido hacer un avión de papel que volara con tanta precisión. Soy torpe con la papiroflexia. Al notar que los miraba fijamente mientras mi mente se fugaba, el más pequeño de ellos, un niño de piel ébano, ojos grandes y rizos cortos me dijo: ¿juegas?

Así, sin preguntarme nada. Sin sospechar en torno a qué hacía una mujer extranjera metida en su barrio, sin preguntarme ni mi nombre. Como hacen los niños. Él sólo descubrió en mis ojos a esa niña frustrada que en el pasado jamás pudo hacer un buen avión de papel. Su compañero me animó con más ímpetu y me dijo: es fácil, nosotros te enseñamos.

Pasé tres horas con esos chicos intentando hacer aviones. Se burlaron de mi torpeza y yo también lo hice. Mis aviones jamás pudieron tener vuelos tan perfectos como los suyos, pero las carcajadas y el brillo en los ojos parecieron borrar los casi 30 años que había de diferencia entre nuestras edades. Por supuesto para jugar conmigo no me pidieron ni mi pasaporte ni mis diplomas. 

Aquel, como muchos otros, fue un viaje que hice sola y al final, fue una travesía llena de momentos de amor, como este.

Viajar con el amor de nuestra vida puede ser simple. No importa el destino, no interesa si es lejos o cerca, lo que realmente trasciende es lo que vives en cada experiencia y si vas enamorado de ti, estoy segura que podrás encontrar quienes te ayuden a construir tu propia mejor versión. Entonces, ¿te animas a armarte un viaje para ti y tu mejor versión del amor de tu vida? 

 

 

 

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¡Vivan el acordeón y la parranda!

A veces no hace falta un boleto de avión para vivir una experiencia viajera. En algunas ocasiones sólo con escuchar algunas notas la mente vuela y aunque el cuerpo no se haya subido a ningún avión, se transporta cuando la melodía le lleva en automático a mover los pies y después la cadera.

Eso me pasó a mí cuando conocí a don Carmelo Torres, quien trae la cumbia en la sangre y lo sabe transmitir. Tiene 66 años pero tiene la energía de un muchacho caribeño. Nacido en una familia de músicos, podríamos decir que Carmelo mamó las notas desde la teta. Su padre fue gaitero y sus tíos acordeonistas. Fue este instrumento el que finalmente lo atrapó a él, igual que me atrapa a mí cuando lo escucho tocar.

Era muy pequeño cuando comenzó a querer tocar el acordeón, sin embargo no fue fácil. Tenía 8 cuando tomó sus primeras lecciones pero aquel era un instrumento muy caro. Su hermano le regaló su primer acordeón, pero no tardó mucho en dañarse. Reponerlo le llevó varios años.

Quién iba a decir que aquel niño que sufría por no tener dinero para comprar el instrumento que anhelaba, años más tarde sería uno de los mayores exponentes de la Cumbia Sabanera y defensor férreo de la tradición musical de Colombia.

Tuvieron que pasar diez años para que Carmelo pudiera tener otro acordeón, obtenido ya con el fruto de su trabajo como campesino en los sembradíos de Tabaco. Sólo así pudo juntar aquella plata que tanto necesitaba.

Era la década de los setenta y desde entonces, hace más de 40 años, don Carmelo Torres duerme con su instrumento. Nunca se separan, como un buen y duradero matrimonio.

Carmelo me cuenta que el acordeón es su confidente, su mejor amigo, y lo único que lo consuela cuando tiene alguna pena. Don Carmelo es un viajero incansable. A sus 66 años él y su acordeón han pisado escenarios en Francia, España, Italia, Bélgica, Inglaterra, Corea del Sur, Australia y por supuesto México, donde se presentó en octubre pasado como parte de la programación del Festival Internacional Cervantino.

La cumbia sabanera de Carmelo Torres no sólo me hizo mover los pies la noche que lo conocí en el Cine Tonalá, donde él y sus músicos ofrecieron un concierto. Su música me hizo mover el corazón y lo llevó hasta Colombia, un país del cual hasta entonces sabía muy poco.

Aquella mañana que platiqué con Carmelo, yo aún no sabía que mi corazón le daría un vuelco a mis itinerarios y que ahora, estando enamorada de un colombiano por cosas del destino y la casualidad, haya comenzado a investigar más sobre su música, su cultura y su historia.

Don Carmelo me contó que la cumbia sabanera es alegre, pues mezcla los sonidos del campo con el ritmo caribeño de la guacharaca y el acordeón. El canto de las aves, los sonidos del campo, todo era imitado por el acordeón y la gaita. Así nacía cada cumbia, con el campo colombiano en la esencia.

Carmelo tuvo un gran maestro, Andrés Landero, quien le enseñó todo lo que sabe hacer con el acordeón. A su lado recorrió el país entero, llevando la cumbia sabanera con orgullo en su acordeón rojo.

Anduvo con él en las parrandas, siempre lo invitaba a tocar. Gracias a él se volvió un convencido defensor del folclor colombiano por eso hoy se siente contento de tocar en un lugar plagado de jóvenes.

Y sí, es que ahora resulta que la cumbia sabanera se ha puesto de moda entre los jóvenes progresistas de los barrios acomodados de las ciudades del mundo, pero para Carmelo lo suyo sigue siendo el sabor a campo, eso es lo que define a su música.

Pero este enorme representante de la cumbia tradicional colombiana no anda solo por el mundo, tiene cuatro cómplices: Romy Molina, Rodrigo Salgado, José Movilla y Orlando Landeros, sí, el mísmísimo hijo del legendario Andrés, mejor conocido en su tiempo como “el rey sabanero”.

La cumbia sabanera nació en las sabanas de Córdoba, Sucre y Bolívar, sin embargo, en la región de San Jacinto, lugar de donde es oriundo Carmelo Torres, este género tiene una cadencia especial, que tomó de la tradición campesina donde se toca con acordeón, tumbadora, guacharaca y la caja vallenata.

Resultaría inútil preguntar a don Carmelo el significado de la cumbia en su vida, pues, igual que su acordeón, esta música es una extensión de sí mismo. Pero no sabe como contarla, porque —y tiene razón— no se puede explicar la cumbia. Sólo queda gozarla, dejarnos trasladar a través del oído, los pies y las caderas, al campo colombiano, a querer bebernos un aguardiente mientras dejamos simplemente avanzar la noche. Mientras la vida me permite tomar un avión y aterrizar en Colombia, no me queda más que trasladarme a través de su música, una muy buena compañía para esta la última noche del 2017, así que yo aprovecho para desearles muy feliz año nuevo y ¡que la parranda siga!

 

 

 

 

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