Publicado en Andanzas en Femenino Domingo, 19 Julio 2020 01:17

Viajar con la memoria y el oído

Escrito por

Una de mis mejores amigas es periodista para el noticiero de una estación de radio estatal y resulta que me estaba contando que tiene una jefa que consideró “irrelevante” la historia de un artista que en medio de la pandemia se ha dedicado a llevar alegría y entretenimiento a los vecinos de una unidad habitacional del norte de la Ciudad de México.

La frustración de mi amiga yo alguna vez la experimenté, cuando los editores de los medios en los que trabajé querían que siguiera buscando noticias y yo me empeñaba en buscar historias, de esas que te tocan el alma.

Por supuesto que me enojé mucho con la jefa de mi amiga, además porque es una editora a la que yo solía respetar y que hoy, al dirigir un medio público, se ha vuelto déspota y ruda con un equipo joven del que abusa para imponer una clara visión personal del periodismo y de su propia agenda política.

En fin, lamentable que la creatividad sea castigada en el periodismo mexicano, pero eso es otra historia. Lo que la conversación con mi amiga querida me dejó fue unas ganas tremendas de explorar las ciudades con los sentidos porque claro que sí, lo que escuchamos a diario a través de las ventanas, lo que olemos cuando recorremos nuevos espacios, lo que vemos y lo que saboreamos son las cosas que se implantan en nuestra memoria.

Nadie me va a decir que después de cuatro meses encerrados no hemos estado en contacto con el mundo exterior a través de lo que vemos por la ventana, o los sonidos que se meten a aliviar un poco nuestro encierro.

Yo viví 10 años en Morelos, tanto en Cuernavaca, como en Jiutepec y Hutizilac y no recuerdo que sea una ciudad muy sonora pero sí sé que por las tardes se escuchaba el sonido de un triángulo sonar y que le pertenecía a un vendedor de obleas. También me acuerdo del sonido del Mercado Adolfo López Mateos y su bullicio, obviamente en Cuernavaca el sonido de los chapuzones en las muchas albercas, o de las mangueras de las personas que riegan sus jardines también son característicos. Pero lo cierto es que mi estancia en Morelos fue más o menos tranquila en cuanto a sonidos se refiere.

Claro que, en Morelos, sobre todo cuando viví en Jiutepec y en Huitzilac, es un privilegio que los sonidos que aún se escuchan sean los de la naturaleza, sobre todo los de las aves que aún puede uno escuchar en parvadas por las tardes.

Pero lo cierto es que ahora que vivo en la Ciudad de México, el paisaje sonoro es mucho más diverso. Por ejemplo, nadie puede negar que el sonido más chilango que tenemos es el de: “Se coooompraaaaaan colchoooooneeeees, tambooooreeees, refrigeradores, estufas, lavadoras o algo de fierro viejo que vendaaaaaaa”. Hasta en la película de Cindy la Regia hay una escena donde la mamá de la protagonista descubre el paradero de su hija gracias a ese sonido único.

Los chilangos tenemos, según el mapa sonoro de México, cientos y cientos de sonidos que nos definen culturalmente. El silbido del camotero, el grito del comprador de fierro viejo, los tamales oaxaqueños calientitos y ahora con la pandemia, los músicos callejeros y cuentacuentos salen a los barrios a ofrecer su arte a cambio de cualquier moneda.

Bajo mi ventana diario se escuchan trompetas, acordeón, marimba y ¡hasta ópera!, en serio, una cantante de ópera a veces viene a la taquería que está enfrente de mi casa. A esto se le suma el camión del gas, la campana de la basura, el vendedor de elotes y esquites y claro, el carrito de los tamales. Otros que recientemente han sido muy populares son los vendedores de fruta fresca, pasan hasta 10 veces en un mismo día.

Esta es una megalópolis, compuesta de muchas ciudades dentro y, como tal, sus costumbres, sus paisajes y sus sonidos cambian de una colonia a otra y de un día a otro. Yo vivo en la Escandón y a esto que les cuento es lo que suena pero estoy segura de que Iztapalapa no suena igual que Coyoacán o Xochimilco.

Un lunes al amanecer, antes de la pandemia, alguien podía despertar con el trino de los pájaros, el Himno Nacional y el júbilo infantil que rodeaba a una escuela primaria y al mismo tiempo, en otro lugar, otra persona escucha las campanas de la Iglesia o del camión de la basura, los gritos del señor del pan o de los vecinos del piso de arriba, con gallos y perros o licuadoras y lavadoras, ambulancias y claxonazos o aviones surcando la mañana.

Yo debo agregar además a mi paisaje sonoro que tengo unos vecinos que religiosamente tienen sexo todos los días (afortunadamente para ellos) después de las 11 de la noche. ¿Cómo lo sé? Pues la ventana de su habitación está abierta y la de mi baño también así que cuando entro a lavarme los dientes antes de dormir casi siempre coincide con que esta pareja está echando pasión y pues ¿qué le hago? Nada, ya me acostumbré y de verdad hasta gusto me da escuchar gemidos y no golpes o gritos por pleitos. ¡Qué viva el amor!

Lo cierto es que el paisaje sonoro de la Ciudad de México es vasto y no es el mismo que hace 10, 20 o 50 años. Vamos no es el mismo siquiera antes o después del confinamiento por la pandemia. Los sonidos cotidianos pueden conformar un patrimonio histórico y cultural del que muchas veces no se es consciente.

Pero hay gente con poca visión, como la jefa de mi amiga que considera irrelevante una historia humana de cómo un cuentacuentos lleva alegría a los niños y ancianos de un barrio, pero sí cree que la extradición de un político corrupto que engorda la agenda política del gobernante en turno, es relevantísima. En fin, viejos vicios de un periodismo por el que ya nadie apuesta. Allá ella y sus limitaciones.

 

Publicado en Andanzas en Femenino

Lo último de Elizabeth Palacios

logo
© 2018 La Unión de Morelos. Todos Los Derechos Reservados.