Publicado en Andanzas en Femenino Domingo, 05 Abril 2020 03:21

El llamado de la sangre negra me lleva al Caribe

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Les voy a confesar algo: nunca he ido a Cancún. Tampoco a Tulúm ni a la llamada “Rivera Maya”. Me he resistido a visitar lugares que han sido prácticamente diseñados como escenarios de un falso México para mostrar un show a los turistas. Sin embargo, del otro lado de Quintana Roo, hace tres años, descubrí que existe un lado menos falso del caribe mexicano: la Costa Maya.

Como solo pude ir una vez y era un viaje de trabajo específicamente a Majahual, me quedé con muchos pendientes en mi lista de lugares por conocer, así que ahora que tuve que cancelar mi viaje a Colombia por el Coronavirus, cuando estaba en el dilema de cambiar de fecha y pagar mucho por ir a Colombia o pagar poco y cambiar de destino, elegí esta segunda opción.

Elegí cambiar el viaje para agosto, la última semana, porque siempre he leído que es bueno festejar tu cumpleaños viajando y cambié el boleto para ir ahora a Chetumal, la capital de Quintana Roo.

Este cambio lo hice pensando en ir a pasar mi cumpleaños a la preciosa laguna de Bacalar, a la que nunca he ido. Sin embargo, en cuanto empecé a buscar información, hoteles y demás, me di cuenta de que si bien es un destino paradisiaco, también es un destino para ir a relajarse, descansar y aislarse y pues ¡no me quiero aislar!

Es decir, no me malinterpreten, no significa que no necesite un verdadero descanso, o que estas “vacaciones” forzadas en casa no me representen también estrés y carga de trabajo a distancia, sin embargo creo que de lo que voy a tener ganas cuando volvamos a la normalidad, o más bien, cuando nos construyamos nuevas definiciones de normalidad, es de tener contacto humano, de conocer nuevas culturas y convivir con personas.

Entonces, como ya tengo el boleto, comencé a analizar la posibilidad de ser más atrevida y en lugar de irme a refugiar a una cabaña junto a una laguna, cruzar la frontera y llegar a un pequeño país vecino con el que increíblemente tenemos muy poco en común: Belice.

Comencé a buscar videos, artículos, blogs sobre Belice y nada me entusiasmaba demasiado. La zona libre de la frontera es para adictos a las compras, o sea no para mí; la famosa isla de San Pedro a la que Madonna le dedicó la canción “La Isla Bonita” es una parada obligada para cruceros llenos de gringos retirados… paso.

Belice City, si bien es una ciuidad pobre de Centroamérica, con escasa infraestructura y ninguno de los atractivos de las grandes capitales del mundo, tuvo el primer lugar que comenzó a despertarme un interés: un museo dedicado a una cultura única en esta región del mundo, la cultura Garifuna.

El museo se llama Luba Hati Garifuna Museum y, a diferencia de otros museos del mundo, este es tan pobre que ni siquiera un sitio web tiene. Tuve que conformarme con leer algunas reseñas de viajeros que decían que este lugar era uno de los indispensables de Belize City.

Sin embargo, lo que yo quería saber era si existía algún lugar para tener un contacto más directo con la cultura Garífuna al viajar a Belice. Pues sí pero es algo difícil porque no es que como aquí encontremos restaurantes o centros culturales que en la capital nos permitan tener contacto con culturas del interior como la oaxaqueña o la yucateca, no, allí hay que ir a donde la cultura Garífuna sigue viva: al sur.

Investigando un poco más, encontré videos de unas danzas y una música maravillosa, y eso alimentó todavía más mi curiosidad, así supe que el 18 de mayo del 2001, la UNESCO declaró a las danzas y la música de la etnia garífuna como Patrimonio Cultural de la Humanidad.

¿Cómo es que Belice, a pesar de haber sido ellos quienes propusieron este reconocimiento a la UNESCO, no haya dedicado más espacios para difundir esta cultura en su capital? Pues no, no existen, pero hay avances más importantes como que se han hecho acciones para preservar la lengua garífuna y para frenar la discriminación de esta etnia que representa poco más del 6% de los habitantes de nuestro vecino angloparlante del sur.

Así que si lo que yo quisiera es irme a bailar con ellos y mirarlos tamborileando en la playa, moviéndose al ritmo de los bailarines y comer platos colmados de puré de plátano empapado en estofado de coco, sin lugar a dudas, tendría que viajar a donde ellos viven: los distritos de Stann Creek y Toledo, donde realmente se puede experimentar la cultura garífuna afrocaribeña.

Los garífunas viven a lo largo de la costa, en las zonas más pintorescas de Belice, donde millas de playas corren de este a sur. Son uno de los grupos más pequeños del país, pero también hay presencia de población garífuna en Honduras, Nicaragua, Guatemala y en Estados Unidos.

Los garífunas son descendientes de indios caribes y africanos occidentales que escaparon de los barcos de esclavos españoles que naufragaron en la costa de San Vicente en 1635.

En 1763, cuando los británicos invadieron, los garífunas fueron exiliados a Roatán, una isla hondureña en 1798. Desde allí, emigraron a Honduras continental, y continuaron a lo largo de la costa, a Guatemala, Nicaragua y llegaron a Belice en canoa en 1802. Según el Consejo Nacional Garífuna de Belice, se estima que hay 500,000 garífunas en todo el mundo, incluidas grandes poblaciones en los Estados Unidos.

Son solo alrededor de 15,000 los que permanecen en Belice, principalmente en Dangriga, Hopkins, Seine Bight, Punta Gorda y Barranco.

Busqué todo lo que pude de imágenes y videos de estas regiones y es evidente que son lugares completamente distintos a lo que miran los turistas que llegan a la Isla Bonita. Estos distritos son lugares plagados de presencia africana. Templos ceremoniales con techos de paja, sonido de tambores por doquier, canoas de pesca salpicando el mar al amanecer, gente con un brillante color oscuro en la piel, hombres y mujeres con cabelleras trenzadas, estilo que les ayuda a enfrentar el calor de la costa caribeña.

Descubrí que uno de los grupos de música más conocidos es The Garífuna Collective, que incluso ha hecho importantes giras por Estados Unidos y Canadá, para que más personas conozcan de este legado cultural afrocaribeño.

Con toda esta información ahora sí se que quiero ir a Belice, pero no para embriagarme en La Isla Bonita, sino para ir a aprender a bailar y tocar los tambores en Dangriga y Punta Gorda… ahora el reto será lograrlo en los pocos días que por no saber, he designado para este viaje.

Ya les contaré en agosto, mientras tanto, a seguir viajando digitalmente investigando de esta increíble cultura que me conecta con esa sangre africana de la cual también muchos mexicanos somos parte.

 

 

 

 

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