“El mayor mal es el gobierno ilimitado”.
Thomas Jefferson
En los primeros días de 2026 la política exterior de Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump se ha caracterizado por una escalada dramática de acciones coercitivas y militares con impacto directo en Venezuela, Groenlandia y, de manera indirecta, Canadá y otros aliados. Estas decisiones han desatado alarma internacional, debates sobre legalidad y soberanía, y han acrecentado los llamados por herramientas pacíficas como la mediación y la cultura de paz para evitar conflictos de amplio alcance.
Una de las medidas más controvertidas ha sido la operación militar estadounidense en Venezuela, catalogada oficialmente como Operación Determinación Absoluta. A principios de enero de 2026, fuerzas de Estados Unidos llevaron a cabo ataques aéreos y operaciones sobre suelo venezolano que incluyeron bombardeos en Caracas y otras regiones estratégicas. En esta incursión, Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, y su esposa fueron capturados y trasladados a Nueva York para enfrentar acusaciones por narcoterrorismo y tráfico de drogas. Cargos que después fueron cambiados.
Además de la operación militar directa, el gobierno estadounidense ha impuesto medidas económicas y políticas agresivas, como aranceles sobre países que comercian petróleo venezolano, buscando aumentar la presión económica y aislar al gobierno venezolano tradicional.
Estas acciones han generado una fuerte reacción internacional. Muchos países y organizaciones globales han calificado la intervención como una violación de la soberanía venezolana y de la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe el uso de la fuerza contra la integridad territorial de estados soberanos sin la autorización del Consejo de Seguridad o un caso claro de legítima defensa. Además, existe preocupación por el impacto humanitario y la estabilidad regional que podría desencadenar un conflicto sostenido, afectando a millones de civiles. Obviamente, después de estos acontecimientos, el primer país afectado será Cuba, puesto que Venezuela era su proveedor de petróleo.
Sin embargo, Trump no se ha limitado al hemisferio occidental. En el Ártico, su administración ha reavivado abiertamente sus deseos de adquirir Groenlandia, un vasto territorio autónomo bajo el Reino de Dinamarca. Aunque la idea de comprar Groenlandia no es nueva -ya fue propuesta en un mandato anterior-, en este contexto se ha convertido en un punto de fricción internacional.
La Casa Blanca ha avanzado incluso hacia planes para imponer aranceles económicos al primer grupo de países que se opongan o “no respalden” la compra de Groenlandia, incluyendo socios europeos como Dinamarca, Francia, Alemania, Reino Unido y otros aliados de la OTAN. No hay necesidad de decir que estas acciones son coercitivas totalmente.
La postura adoptada por la administración Trump está marcada por un tono duro, militarista y unilateral, lo que ha generado preocupaciones legítimas en la comunidad internacional. Los riesgos incluyen: deterioro de la seguridad global: el uso de la fuerza y la amenaza de anexiones territoriales sin consenso puede desencadenar conflictos de respuesta en cadena, afectando la paz mundial.
Frente a este escenario, la comunidad internacional, expertos en relaciones internacionales y organizaciones por la paz vienen resaltando la importancia de recuperar la cultura de paz y la mediación como herramientas primordiales para la resolución de conflictos.
La cultura de paz no es una noción abstracta; es un conjunto de valores, actitudes y comportamientos que rechaza la violencia y promueve soluciones pacíficas a las tensiones políticas y sociales. La mediación, por su parte, es un proceso facilitado por un tercero neutral para ayudar a las partes en conflicto a llegar a un acuerdo mutuamente aceptable. En este artículo menciono solo cinco ventajas de la cultura de paz si se aplicara.
La mediación internacional respeta la soberanía de los estados al permitir que las partes negocien directamente sus diferencias con asistencia neutral, evitando imposiciones externas o intervenciones armadas.
Las soluciones pacíficas reducen la probabilidad de guerras, desplazamientos forzados de poblaciones, pérdidas de vidas humanas y destrucción de infraestructura.
Los acuerdos negociados y basados en diálogo suelen ser más sostenibles, ya que todas las partes tienen voz, se sienten escuchadas y están comprometidas con el cumplimiento de los compromisos pactados.
La cultura de paz fomenta la cooperación, el respeto mutuo y la construcción de confianza entre estados, lo que contribuye a un sistema internacional más estable y seguro.
Trabajar por la paz implica también fortalecer instituciones multilaterales como la ONU, la OEA y otros mecanismos regionales de diálogo, así como apoyar iniciativas de mediación dirigidas por actores neutrales que puedan facilitar conversaciones entre líderes enfrentados.
En el contexto de las tensiones actuales con Venezuela, Groenlandia y los posibles efectos en Canadá, la mediación internacional podría ofrecer un espacio neutral donde se debatan las preocupaciones de seguridad, economía y soberanía sin recurrir a la amenaza o uso de la fuerza. Este enfoque no sólo preserva vidas, también protege las relaciones diplomáticas y la cooperación futura entre naciones.
Ante los riesgos inherentes de este enfoque, la cultura de paz y la mediación emergen como herramientas fundamentales para evitar guerras innecesarias, preservar vidas y construir soluciones duraderas basadas en el diálogo y el respeto mutuo.
Promover el entendimiento pacífico y los mecanismos diplomáticos no sólo es un imperativo ético, sino también una estrategia inteligente para la estabilidad regional y global en un mundo cada vez más interconectado.
