El segundo mes del año recibe el título por excelencia de mes del amor. Flores, chocolates y un montón de corazones son el emblema de los enamorados; las calles repletas de adornos y regalos anuncian el Día del Amor y la Amistad ––esta última suele pasar a segundo plano––, que es esperado por las parejas, pero temido y hasta repudiado por los corazones solitarios.
“Amor”: una palabra cargada de un fuerte significado, a veces inexplicable e incluso deformada dependiendo de la óptica desde la que se analice. Un sentimiento profundo del que todos en algún momento somos presos que invade cada fibra de lo que somos. Nos convierte en criaturas vulnerables a nuestro sentir y al mismo tiempo, empodera. Hay de distintos tipos porque no sólo se ama a una pareja, sino también a un amigo y a la familia. Sin embargo, parece que hoy en día, el marketing alrededor de San Valentín está enfocado en el amor romántico.
La mercadotecnia y la ostentosidad en tonos rojizos y rosados no vive sólo en las calles o en los pasillos de los supermercados: el amor nos bombardea desde la palma de la mano, con aquel aliado del día a día: el celular. El amor también se vive en internet, pues ya no son sólo chocolates; ahora las playlists de música romántica son el complemento, los trends en parejas en TikTok se vuelven virales e Instagram se atiborra de fotos de noviazgos y “citas perfectas”.
Está claro que la tecnología ha ayudado a crear nuevos lazos. Las relaciones a distancia ya no sobreviven gracias a una carta y una larga espera; ahora gracias a los mensajes y a las videollamadas, hay más formas de cuidar ese vínculo. Las aplicaciones de citas y las redes sociales son una nueva forma de conectar con otros, de conocer e interactuar. La inmediatez hace del amor una experiencia que se vive de distintas maneras.
Si bien éstas son herramientas que ayudan, también se han convertido en una extensión del ser humano, una que ha cambiado “las reglas del juego” y la forma en la que nos relacionamos con los otros. Compartir en redes sociales se vuelve algo cotidiano en la era digital; publicamos opiniones, informamos y mostramos distintos capítulos de nuestra vida personal. Subir historias, videos y fragmentos de nuestro día a día se vuelve parte de una dinámica social interesante. Tenemos un emisor que cuida minuciosamente lo que comparte y un receptor que aprueba y hasta emula.
El contenido que consumimos en redes (que en su mayoría proviene de creadores de contenido) muestra “relaciones idílicas”, las películas con final feliz. El viejo guion del gran encuentro, la crisis y el triunfo del amor, han creado una idea de lo que representa amar y cómo se vive una relación en pareja.
Replicamos aquello que luce atractivo y mostramos una versión para fotografiar. Se buscan los lugares populares para una cita y se fomenta la validación a través de likes y respuestas positivas, lo que poco a poco altera la percepción entre la realidad y la versión editada, que construye narrativas irreales, y en la que se cuida hasta el mínimo detalle.
Se crea un círculo vicioso: idealizar, replicar y mostrar, muchas veces alejado de la realidad. La relación se vuelve una de dos celulares y no de dos personas. La comunicación se deja de lado y el verdadero vínculo se convierte en uno de cristal, precioso y brillante, pero frágil al tacto y doloroso cuando se quiebra.
Un amor líquido, como menciona Bauman ––que anticipó una acertada descripción de lo que se vive hoy––, con fecha de caducidad establecida y fugaz. El auge de las redes sociales y nuevas interacciones traen consigo nuevos términos (ghosting, love bombing, situationship) que se popularizan e intentan dar razón a problemas en los distintos tipos de uniones.
Esto no significa que el amor se ha esfumado. Si bien ante la inmediatez y las nuevas herramientas de interacción social surgen distintos retos y conflictos que convierten a este sentimiento en uno ansioso e inseguro, encontrar una pareja duradera parece una encrucijada letal. El amor en los tiempos modernos es una joya que no es tan difícil de encontrar como lo pintan; lo complicado es saber cultivarlo, cuidarlo.
Compartir los momentos que amamos no es malo, la tecnología nos otorga nuevos utensilios para guardar y atesorar recuerdos. Instagram es un carrete personal de fotos, pero centrarse sólo en lo superficial y estándares prefabricados nos lleva a errar.
Amar en todos los sentidos es una de las maravillas de la vida; el respeto y el cuidado mutuos en cualquier conexión es fundamental. Más de uno hemos sentido las mariposas, la energía deslumbrante que implica y que se intensifica. Amar es cuidar y fortalecer ese lazo que hacen de la vida una experiencia única.
