Sociedad

El medio tiempo del Super Bowl: espectáculo, política y la ilusión de la rebeldía


Lectura 3 - 6 minutos
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Al día siguiente del Super Bowl, en el que por cierto ganaron los Halcones Marinos de Seattle, los medios de comunicación y las redes sociales se atiborraron de lo acontecido en el show de medio tiempo por lo expresado por Bad Bunny, generando un tsunami que venía gestándose desde los Premios Grammy, donde se auguraba el mensaje en contra de la política migratoria de Donald Trump en detrimento de los migrantes latinoamericanos, principalmente. Las redes y los medios enaltecieron lo hecho por el Conejito Malo casi casi como algo heroico; no obstante, no se ve el panorama completo, por ello, vimos la necesidad de abordarlo en el artículo. Y para ello, hay que ver varias aristas al respecto.

El espectáculo del medio tiempo del Super Bowl ha dejado de ser, desde hace años, un interludio musical para convertirse en un artefacto cultural de alto rendimiento simbólico. No se trata solamente de entretenimiento: es un dispositivo cuidadosamente producido donde convergen intereses comerciales, narrativas identitarias y estrategias de posicionamiento mediático. Lo ocurrido en la edición XL, con la participación de Bad Bunny, confirma precisamente esa lógica. Lo que muchos medios celebraron como un gesto político espontáneo, puede leerse, con mayor distancia crítica, como parte de la maquinaria del espectáculo contemporáneo.

La NFL no es una institución ingenua y sabía perfectamente de qué iba el medio tiempo. Es una corporación multimillonaria que controla hasta el mínimo detalle de lo que ocurre en su evento más importante del año. Pensar que un mensaje con implicaciones políticas pudo aparecer sin cálculo previo sería desconocer la naturaleza misma del negocio. El deporte profesional estadounidense ha demostrado históricamente una enorme capacidad para absorber la crítica y convertirla en mercancía. La rebeldía, cuando es rentable, deja de ser amenaza y se vuelve un producto listo para empaquetarse y ser vendido.

En este sentido, el medio tiempo no fue una ruptura con el sistema, sino una extensión de él (recordando lo que dijeron Althusser y Foucault sobre la reproducción de los aparatos ideológicos del Estado). La presencia de un artista latino en el escenario, en un contexto de tensiones migratorias y discursos polarizantes en Estados Unidos, genera conversación global, posiciona marcas y amplía audiencias. La controversia vende, pero la indignación también.

Aquí resulta pertinente recordar la noción de sociedad líquida de la que nos habló Bauman: una modernidad caracterizada por la fragilidad de los vínculos, la inmediatez de las emociones y la volatilidad de los valores. En ese contexto, los gestos simbólicos adquieren más relevancia que las transformaciones estructurales. El espectáculo sustituye a la acción y la visibilidad reemplaza a la profundidad.

Desde otra perspectiva, también puede leerse el fenómeno a la luz de la idea de la rebelión de las masas: una cultura donde la popularidad se confunde con legitimidad y donde el reconocimiento público otorga autoridad incluso en ámbitos ajenos al conocimiento especializado. Si un filósofo o un pensador hubiera pronunciado el mismo mensaje, probablemente habría pasado inadvertido (las nuevas generaciones dirían: “¡Ay, qué hueva!), pero cuando lo hace una figura de alto consumo mediático, el impacto se multiplica. No necesariamente por la fuerza del contenido, sino por el tamaño del altavoz y porque así lo han querido los titiriteros.

Sin embargo, existe una dimensión incómoda que muchos análisis omitieron: la incongruencia. La trayectoria musical de Bad Bunny incluye letras que han sido cuestionadas por reproducir estereotipos de género, sexualización extrema y narrativas asociadas al machismo. Por ende, saltan las siguientes preguntas: ¿un gesto político en un escenario global implica una transformación ética del discurso artístico? ¿Habrá coherencia futura entre el posicionamiento público y la producción musical? ¿O estamos ante un momento aislado dentro de la lógica promocional de la industria?

El problema no es el artista en sí mismo, sino el fenómeno cultural que representa. La música urbana contemporánea, como producto de consumo masivo, no siempre construye comunidad; en ocasiones refuerza fragmentaciones simbólicas y modelos de éxito basados en la ostentación, el hedonismo inmediato y la validación externa. En términos sociológicos, funciona más como reflejo de la época (una muy decadente en la actualidad) que como propuesta de transformación.

Otro elemento crucial es el contexto político. Bad Bunny pudo expresarse dentro del espectáculo porque pertenece a Puerto Rico, un territorio con una relación particular con Estados Unidos. Esa condición no es menor. Entonces ¿habría ocurrido lo mismo con un artista mexicano o de otro país latinoamericano sin ese vínculo político? Yo creo que no. El margen de permisividad está mediado por relaciones de poder, no únicamente por principios de libertad de expresión.

De fondo, todo esto confirma que el Super Bowl es menos un evento deportivo que un ritual económico-cultural donde cada elemento cumple una función estratégica. El medio tiempo no escapa a esa lógica: es publicidad ampliada, posicionamiento geopolítico suave y entretenimiento empaquetado en una narrativa de emoción colectiva.

El mensaje tocó temas reales: migración, discriminación, tensiones políticas… pero tampoco descubrió el hilo negro y no dijo nada que no se sepa ya, no obstante, sí obliga a preguntarse por su profundidad y sus consecuencias. La visibilidad no equivale a transformación social. El aplauso mediático no garantiza coherencia ética, por lo que ¿seguirá con el mismo discurso misógino después del Súper domingo?

Tal vez la cuestión central sea otra: vivimos en una época donde el espectáculo necesita aparentar compromiso para mantener relevancia. Y el público, inmerso en la inmediatez digital, confunde con facilidad el gesto simbólico con el cambio estructural.

El medio tiempo terminó. La conversación seguirá unos días más. Después vendrá el siguiente tema viral, y así funciona la maquinaria de la postmodernidad, donde la sociedad líquida funciona de manera intensa, efímera y siempre lista para el próximo espectáculo. Y recuerden lo que se decía en los Thundercats: ver más allá de lo evidente.

 

Facebook: Juan Carlos Jaimes

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Juan Carlos Jaimes

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