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Súper Bowl LX: el gran ritual más allá del espectáculo deportivo


Lectura 4 - 7 minutos
Súper Bowl LX: el gran ritual más allá del espectáculo deportivo
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Súper Bowl LX: el gran ritual más allá del espectáculo deportivo


Súper Bowl LX: el gran ritual más allá del espectáculo deportivo
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El Súper Bowl no es un simple partido más, o —mejor dicho— dejó de serlo desde hace mucho tiempo. Cada edición funciona como un espejo de la época: una vitrina donde se condensan los excesos, las aspiraciones y las contradicciones de una sociedad que necesita grandes rituales para convencerse de que todavía comparte algo en común. El Súper Bowl LX no escapa a esta lógica. Más que la culminación de una temporada, es sin duda la consagración de un modelo cultural donde el deporte es apenas el un elemento más.

Desde su origen, tras la fusión de la NFL y la AFL en 1970, el Súper Bowl se pensó como un evento de cierre, donde se enfrentarían el campeón respectivo de cada liga y que hoy son conferencias, y así tener un campeón absoluto. Hoy es, en realidad, el centro mismo del negocio. Todo gira alrededor de él: calendarios, narrativas, patrocinios, campañas publicitarias, audiencias globales e, inclusive, la concreción de figuras deportivas. El partido importa, sí, pero lo que verdaderamente está en juego es la capacidad del espectáculo para seguir capturando la atención en una era saturada de estímulos.

 

La economía del domingo más caro del año

Hablar del Súper Bowl implica hablar de cifras que rebasan lo deportivo. La derrama económica que genera la sede anfitriona es multimillonaria. Hoteles llenos, vuelos saturados, consumo elevado en restaurantes, transporte y entretenimiento. A ello se suman los ingresos por derechos de transmisión, que alcanzan cifras históricas, y el mercado publicitario, donde un solo anuncio de 30 segundos puede costar varios millones de dólares.

Este fenómeno no es casual. El Súper Bowl se ha convertido en uno de los pocos eventos capaces de congregar audiencias masivas en tiempo real, algo cada vez más raro en la era del consumo fragmentado. Mientras las plataformas digitales dispersan la atención, el fútbol americano logra concentrarla. No por el juego en sí, sino por la promesa de un acontecimiento total.

Aquí el deporte funciona como motor de una economía simbólica y material. No se venden solo boletos o camisetas; se vende pertenencia, expectativa, conversación global. El Súper Bowl es una industria que se renueva cada año, aun cuando el contenido esencial, un partido de fútbol americano, permanezca relativamente intacto.

 

El medio tiempo: síntoma de una cultura líquida

Otro ingrediente más que no podemos dejar de mencionar, ya que es un momento que ilustra la transformación del Súper Bowl en espectáculo total, es el show de medio tiempo. Concebido originalmente como un interludio, hoy se ha configurado en un evento paralelo que para muchos supera en interés al propio partido.

Sin embargo, esta centralidad no necesariamente ha significado profundidad artística. Al contrario, el medio tiempo se ha vuelto un escaparate donde predominan lo efímero, lo visualmente impactante y lo fácilmente consumible. Hoy lucen figuras musicales que no aportan a la historia de la cultura (como la actual), pero sí a la lógica del trending topic, desdibujando así momentos realmente históricos como la aparición de Michael Jackson, Los Rolling Stones, Paul McCartney o Madonna. 

Aquí resulta inevitable recordar a Zygmunt Bauman y su concepto de sociedad líquida, que es una cultura donde nada está hecho para durar, donde el valor reside en la novedad inmediata y no en la permanencia. El show de medio tiempo encarna esa lógica: grandes despliegues tecnológicos, coreografías masivas y mensajes diluidos que se olvidan al día siguiente.

No se trata de nostalgia gratuita ni de rechazar lo contemporáneo, sino de reconocer que el espectáculo ha desplazado al contenido. El Súper Bowl, en ese sentido, es una metáfora perfecta del presente: mucho brillo, poca sustancia.

 

La nostalgia de las dinastías

Frente a este escenario, la historia funciona como refugio. Recordar los grandes Súper Bowls del pasado es también recordar una época en la que el relato parecía más claro. Nombres como Joe Montana, Troy Aikman, Ben Roethlisberger o Tom Brady no solo remiten a campeonatos, sino a narrativas de largo aliento: dinastías, liderazgos, rivalidades que se construían con el tiempo.

Tom Brady, en particular, representa el último gran mito de la era moderna de la NFL. Su figura trascendió al deporte para convertirse en símbolo de excelencia, disciplina y longevidad en una liga diseñada para el desgaste rápido. Tras su retiro, la NFL enfrenta un vacío narrativo que aún no logra llenar del todo, quizás Patrick Mahomes sería la nueva figura, pues es talentoso y ya con tres anillos de Súper Bowl.

Hoy abundan las promesas, los proyectos en reconstrucción, los quarterbacks jóvenes llamados a ser “el siguiente”. Pero la historia enseña que no basta con el talento; se requiere contexto, estabilidad, tiempo y compañeros que respalden, elementos escasos en una liga que vive obsesionada con el presente inmediato.

 

El Súper Bowl como relato social

Más allá del marcador, el Súper Bowl LX vuelve a recordarnos que el deporte profesional es un fenómeno profundamente político y cultural. No en el sentido partidista, sino como expresión de valores, prioridades y tensiones sociales. La exaltación del éxito individual, la mercantilización del cuerpo, y la espectacularización del triunfo y del fracaso.

El Súper Bowl no solo refleja a Estados Unidos; refleja al mundo que consume su producto. Millones de espectadores fuera de sus fronteras participan de este ritual global, adoptando símbolos, discursos y aspiraciones que poco tienen que ver con su realidad cotidiana. El fútbol americano se convierte así en un lenguaje universal del espectáculo, y también en un mecanismo de cohesión social, al menos por un día.

 

¿Qué queda del juego?

En medio de todo esto, el partido sigue ahí. Once contra once, estrategia, error, talento y azar. A pesar de la maquinaria que lo rodea, el fútbol americano conserva una dimensión impredecible que explica, en parte, su vigencia. Ningún guion garantiza el resultado. Ningún espectáculo puede borrar del todo la tensión del juego, he aquí donde radica su genialidad y su majestuosidad, es un juego de estrategia que puede durar hasta los últimos segundos del juego.

Quizá ahí reside la paradoja del Súper Bowl, en ser, al mismo tiempo, el evento más artificial y el más auténtico. Artificial por todo lo que lo rodea; auténtico porque, al final, alguien gana y alguien pierde según su capacidad de liderazgo y estrategia como un juego de ajedrez: uno ataca, otro defiende.

El Súper Bowl LX no será recordado solo por su resultado, sino por lo que confirma: que vivimos en una época donde el espectáculo es el centro y el deporte su excusa más eficaz. Entenderlo así no implica renunciar al disfrute, sino mirarlo con distancia crítica, porque, al final, el Súper Bowl dice menos sobre el fútbol americano y más sobre nosotros, sobre lo que consumimos, lo que celebramos y lo que estamos dispuestos a llamar grandeza.

 

¿Quién se erigirá con el trofeo Vince Lombardi?

Los Patriotas de Nueva Inglaterra están abajo en las apuestas, no obstante, el elemento motivacional jugará un papel decisivo aunado a la experiencia del coach Mike Vrabel; y por el otro lado están los favoritos, los Halcones Marinos de Seattle, que buscan demostrar que no son un espejismo junto con su QB Sam Darnold. Consideramos que deberá ser un gran encuentro, sin embargo, los Patriotas tienen mucho que ganar y nada que perder. ¿Será Drake Maye el heredero del legado de Brady con los Pats?

 

Facebook: Juan Carlos Jaimes

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Juan Carlos Jaimes

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