Cuba vuelve al centro del tablero. No por sorpresa, sino por persistencia. La isla, históricamente asediada, vuelve a ser pieza de presión en una partida mayor donde Estados Unidos, bajo el mando de Donald Trump, recurre una vez más a la coerción económica como instrumento de alineamiento político (para no perder la costumbre). El tema siempre ha sido el petróleo, pero ahora no para quitar, sino para prohibir. Surge la pregunta inevitable no sólo para la 4T, sino para todos los mexicanos: ¿qué papel debe asumir México en este nuevo episodio de tensión hemisférica?
México se encuentra en una posición incómoda, pero estratégica. Por un lado, sostiene una política exterior basada en la no intervención, la autodeterminación de los pueblos y la solidaridad histórica con Cuba. Por otro, se ha convertido en proveedor relevante de petróleo para la isla, en un contexto donde Cuba enfrenta una crisis energética profunda, con impactos directos en la vida cotidiana de su población. Y, como telón de fondo, aparece la presión de Trump: aranceles como castigo, comercio como arma, diplomacia reducida a ultimátum.
Es importante recalcar que la política de Trump no es un fenómeno aislado. Antier fue Venezuela, ayer Groenlandia, hoy Cuba. El patrón se repite: el gobierno de Estados Unidos impone, amenaza, sanciona; quien no se alinea, paga. Trump no negocia: condiciona. No persuade: presiona. Esta lógica no sólo erosiona relaciones bilaterales, sino que debilita los principios básicos del orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial, y figuras como la del magnate estadounidense pueden atraer consecuencias bélicas no deseadas. En ese sentido, no es exagerado afirmar que Trump representa una amenaza para la paz global, no por una guerra convencional, sino por la normalización del chantaje económico como política exterior. Pero vamos por partes.
Cuba: régimen, población y contradicciones
Hablar de Cuba exige matices. El régimen socialista cubano, hoy encabezado por Miguel Díaz-Canel, ha garantizado históricamente derechos sociales fundamentales: educación y salud, principalmente, pero también ha acumulado deudas internas profundas: restricciones a las libertades políticas, una economía rígida, baja productividad y una dependencia estructural del exterior. El bloqueo estadounidense no explica todo, pero sí agrava casi todo.
La población cubana vive atrapada entre dos fuegos: un modelo político que no termina de reformarse y una presión externa que castiga más al ciudadano común que a la élite gobernante. La escasez de energía no es una abstracción, significa hospitales funcionando a medias, transporte colapsado, alimentos que no llegan. En ese escenario, cortar el suministro de petróleo no es una medida diplomática, es una decisión con consecuencias humanitarias, pero es algo que no le importa a Trump.
México, ante el dilema: ¿hermano mayor o socio subordinado?
Aquí emerge el dilema del país. México ha sido visto históricamente como un “hermano mayor” de América Latina, no por imposición, no solamente por sus riquezas naturales y su poder económico, sino por su capacidad diplomática, peso regional, tradición de mediación… Ceder ante la presión de Trump implicaría romper con esa identidad y aceptar que la política exterior se dicte desde Washington. Resistir, en cambio, abre riesgos comerciales y tensiones con su principal socio económico, no obstante, se habla de una cuarta transformación y eso implica no sólo en la política interna, sino también en la internacional.
¿Debe México suspender el envío de petróleo a Cuba para evitar aranceles? ¿O debe sostener su postura, aún bajo presión? La respuesta no es simple, pero sí urgente. Lo que está en juego no es sólo Cuba, sino la autonomía de la política exterior mexicana. Hoy es el petróleo y mañana podría ser la migración, la seguridad o cualquier otro tema sensible, según el humor de Trump.
¿Y Rusia? El otro actor silencioso
En este escenario, Rusia observa y calcula. Cuba ha sido históricamente un aliado estratégico de Moscú en el hemisferio occidental. La presión estadounidense podría abrir la puerta a una mayor presencia rusa en la isla, ya sea energética, financiera o, incluso, militar. Si eso ocurre, Trump habrá logrado exactamente lo contrario de lo que dice buscar: más polarización, más bloques, menos estabilidad.
Estamos, sin duda, frente a una reconfiguración del orden mundial, donde las viejas alianzas se tensan y los países medianos como México deben decidir si actúan con visión propia o se limitan a reaccionar.
¿Cambio en Cuba?
Esta pregunta siempre ha estado, para muchos incómoda y para otros es necesaria: ¿debe Cuba cambiar su régimen político? Probablemente sí, pero ese cambio no puede ni debe ser impuesto desde el exterior. Las transformaciones duraderas nacen de procesos internos, no de sanciones ni amenazas. Forzar el colapso económico para provocar un cambio político es una estrategia que ha fracasado durante décadas.
Entonces, ¿qué pasa con Cuba? Pasa que vuelve a ser símbolo nostálgico, pasa que vuelve a ser excusa, pasa que vuelve a estar en el centro de una disputa que la rebasa. Y México, ahora con la 4T en medio, debe decidir si será actor con voz propia o espectador presionado. Claudia está presionada por dos actores: por un lado Trump, y por el otro, como lo sigue llamando ella, el presidente López Obrador.
El gobierno mexicano debe tener muy presente que si hoy se acepta que no se le venda petróleo a Cuba, mañana Trump tendrá otra ocurrencia y decidirá a quién más no se le puede ayudar. Y entonces la pregunta ya no será sólo qué pasa con Cuba, sino qué pasa con México y su lugar en el mundo. México debe borrar la idea de seguir siendo el traspatio de Estados Unidos para realmente ser el ombligo de la luna, como es el significado de la palabra México.
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