M. en D. Primo Blass

M. en D. Primo Blass

“Tu familia es el mayor escudo que puedes tener en momentos de guerra”

-Anónimo-

 

Estos días he estado un poco abrumado por ciertas lecturas que he estado realizando. Muchos de ustedes saben que Boris Cyrulnik es uno de mis mejores autores en el tema de la resiliencia, que es la capacidad de una persona para que, a pesar de todos los obstáculos y sufrimientos que ha tenido, pueda reconstruirse y avanzar por la vida de una manera positiva y edificante. Este estudioso de la resiliencia nos dice que “con cabos de lana biológicos, afectivos, psicológicos y sociales, pasamos nuestra vida tejiéndonos a nosotros mismos”. Y es, en este sentido, que la familia es de fundamental importancia para el desarrollo de un buen ser humano o uno malo. Un ser humano sano o uno enfermo, aunque al final de cuentas todos nosotros, hombres y mujeres traemos cosas buenas y cosas malas desde el seno familiar.

Obviamente las cuestiones y problemática social también nos afectan, y mucho. Ya hemos hablado de esto en muchas ocasiones, pero la familia, ¿qué rol juega?

Sabemos a ciencia cierta que, si bien es cierto, la familia es el centro del amor, la identidad y la armonía, también es cierto que son los mismos familiares, los más cercanos, los que pueden abusar de nosotros y hacernos daño.

Uno de los libros que leí esta semana se llama “cuídame de ti” de Mónica Salmón, autora mexicana, que trata el tema de los estragos que puede causar una madre en su hija, de hecho, en toda su familia. Basada en sucesos reales, esta historia narra como a nivel social una madre puede comportarse como una mujer de bien, altruista y buena gente en su actuar social, pero en la intimidad es una persona muy mala que deja huellas terribles en su hija. En síntesis, desmitifica el papel tradicional de la madre como la persona que no sólo protege y se sacrifica, sino que daría la vida por su familia. Especialmente por sus hijos.

En la actualidad podemos comprobar que las relaciones familiares se pueden dividir en tres categorías. Todavía hay familias en las que los padres son los que ponen las reglas y los hijos e hijas tienen que acatar las mismas, so pena de recibir un castigo en caso de no acatarlas.

Por otro lado, tenemos a esos padres y madres castrantes que manejan a sus hijos, de tal manera que los esclavizan a voluntad como el caso de la novela mencionada.

Y, además, tenemos ahora que, en el deseo de los padres por convertirse en “amigos” de los hijos, hemos rebasado los límites de la permisividad y la anarquía. Hay padres que se dejan manipular por sus hijos de tal manera que van creando monstruos.

Tenemos que entender que la familia es el comienzo de todo. “En la búsqueda de paz, comenzando con el individuo y posteriormente reflejándose en la sociedad, la familia juega un rol fundamental. Al ser considerada como la primera institución socializadora y formadora del individuo, la influencia de lo aprendido en el hogar es notable a lo largo de la vida, mencionan”, mencionan en su artículo de investigación, “La familia como elemento mediador entre la cultura de paz y la violencia cultural”, Hinojosa, M. & Vázquez.

Las autoras establecen que el niño adquiere los primeros contactos con el ambiente a través de sus padres y familia, desarrollando de esta manera conductas adaptativas que pueden ser positivas o negativas, dependiendo de si las primeras experiencias son gratificantes o no (Flores Millán, 2011). Por lo anterior, es importante que en el seno familiar la convivencia se desarrolle con base en valores como amor, comprensión, paz, respeto y solidaridad.

Cinco palabras fundamentales que son imperativos a seguir. Y esto se logra a través de políticas públicas como las que se establecieron en Colombia de 2009 a 2013. Ahí se llevó a cabo un programa llamado “Escuela de Familia”, en la que se trataron temas como la transmisión y educación en los conceptos de paz, derechos humanos y valores para una sana convivencia familiar.

Así como la familia es el lugar del primer encuentro con las formas socializadoras, la escuela es la segunda entidad en la que los niños comienzan a poner en práctica lo que les enseñaron en casa. En Brasil   se llevó a cabo el programa Cultura de Paz en la Escuela (PREAL, 2006), implementado por el Programa de Promoción de la Reforma Educativa en América Latina y el Caribe y el Programa de Prevención de la Violencia en la Educación. Dentro de los objetivos estaba el capacitar a padres y alumnos de las escuelas seleccionadas, tres escuelas de enseñanza básica, para implementar un proyecto con acciones que favorezcan una cultura de paz.

Son estas “pequeñas cosas” que nos ayudarán a construir una verdadera cultura de paz en nuestras comunidades. ¿Lo hacemos?

 

 

Lunes, 11 Noviembre 2019 05:16

Elementos para lograr una cultura de la paz

“La paz no es sólo una meta distante que buscamos, sino un medio por el cual llegamos a esa meta”

-Martin Luther King-

 

En el prólogo de su libro “Paz Social y Cultura de Paz”, Virginia Arango Durling nos dice que el concepto de paz no es sólo ausencia de conflictos o guerra, dice que es un fin, un objetivo imprescindible para ejercer y disfrutar los derechos humanos. Y finaliza diciendo que la paz es sinónimo de promoción y respeto de los derechos fundamentales.

Al analizar estos conceptos, nos damos cuenta de todo el trabajo que debemos hacer en nuestras comunidades. En mi caso personal, que no es diferente del de muchas personas que conozco, si me regreso al baúl de los recuerdos, mi niñez gozó de muchas libertades. Jugábamos en la calle, “nos íbamos de pinta” a diferentes lugares.

Recuerdo un día que salimos de casa desde temprano, vivíamos en la colonia del Empleado, y nos fuimos caminando desde la calle de Juan Álvarez, por dónde estaba mi escuela primaria, hasta llegar a los Go-Karts. Fue una jornada en la que, además de la caminata, íbamos contando muchas historias. Caminábamos mientras construíamos sueños. Nos tomó un buen rato el trayecto, y cuando llegamos a nuestro destino, disfrutamos el día como sólo nosotros sabíamos hacerlo. Regresamos de igual manera. Llegamos cansados, pero muy contentos de nuestra aventura. En otras ocasiones, nos íbamos al cerrito a volar papalotes que nosotros mismos hacíamos con varitas que recolectábamos en el campo, y papel china. Era maravilloso correr contra el viento y ver como nuestro juguete se elevaba por los aires. Más tarde bajábamos del cerrito y nos íbamos a nadar al “ojito de agua”, ése que todavía está cerca de esta casa editorial. Regresábamos a casa en donde ya nos esperaba mi madre con la merienda. Ella no se preocupaba de dónde andábamos. Y cuando salíamos nomás a la calle a jugar canicas, al bote pateado, a la roña, al burro castigado, y otros juegos maravillosos, todos los niños y niñas que jugábamos, nos sentíamos libres. Nos sentíamos vivos.

Ese es el trabajo que debemos hacer en nuestra sociedad. Hacer que regrese la armonía, la convivencia, el quehacer comunitario, el sabor a hermandad.

Duele mucho ver la ausencia de los niños en las calles. Aunque también nosotros somos responsables de lo que sucede con nuestros hijos. Ahora viven encerrados en una burbuja llamada “redes sociales”, “realidad virtual” en la que se pierden por horas. No hay convivencia real. Estamos conectados con la “realidad virtual” pero desconectados de la realidad vital, humana.

Cassiana Tardivo, psicopedagoga brasileña y experta en aprendizaje y educación, escribió “los hijos de la habitación”. Entre otras cosas, menciona en este texto que antes perdíamos a nuestros hijos en los ríos, en los bosques, en los mares, ¡hoy los perdemos dentro de la habitación! Cuando jugaban en el patio escuchábamos sus voces, sus fantasías… Y al oírlos, aunque fuera a la distancia, sabíamos lo que ocurría en sus mentes. Cuando entraban en la casa no existía una TV en cada cuarto, ni dispositivos electrónicos en sus manos.

Hoy no escuchamos sus voces. No escuchamos sus pensamientos y fantasías. Sí, los niños están ahí, dentro de sus cuartos, y por eso pensamos que están seguros. Cuánta inmadurez la nuestra.

Este es el primer elemento para construir una cultura de paz. Retomar a nuestras familias y comenzar de nuevo. Reconstruirlas para que exista entendimiento y no necedad. Para que haya comunicación y no aislamiento. Para que se dé el amor y no el odio ni el abandono.

Existen, además, otros elementos como: practicar la gentileza en casa y en la calle. Las acciones de generosidad y muestras de respeto harán una gran diferencia en tu familia, en la calle, en el trabajo. Practica la caridad y la compasión. Ayuda a tu prójimo, a tu vecino, ayuda en la comunidad. Cultiva ideas buenas, generosas. Si eres una persona equilibrada y muestras felicidad, vas a contagiar a los demás. Sé un centro de energía positiva para los que te rodean. Aleja la negatividad y contagia a las personas con tus ideales de bien. Por último, y entre otras cosas más, para cultivar una cultura de paz, primero tienes que estar bien contigo mismo. No hay forma de llegar a la paz si nuestro espíritu está lleno de pensamientos negativos.

Esto no sólo aplica a las personas como tú y como yo. Aplica también a las personas que dirigen los destinos de una sociedad a través del gobierno. Ellos, de manera principal, porque son ellos de donde provienen las consecuencias positivas o negativas, a través de políticas públicas, para nuestra sociedad. Sin que esto no quiera decir, que nosotros, como ciudadanos no hagamos lo que nos corresponde.

 

Lunes, 04 Noviembre 2019 05:02

Descontento social y cultura de la paz II

 “Las personas son tan buenas como el mundo les permite ser”.

-El Guasón-

No cabe duda que la película “el Guasón” ha dejado una huella indeleble en la memoria de quienes han ido a verla. Es provocadora y, al mismo tiempo, nos hace pensar en los grupos vulnerables, en los desposeídos que existen, y cuyo número se incrementa cada día en la sociedad moderna.

La película nos muestra a un hombre afectado de sus facultades mentales, que en sus momentos de lucidez pretende ser un buen hombre, vivir en armonía. Vivir en paz. Y, sin embargo, los demás, los “normales” abusan de él. Y cuando digo “los normales”, no hablo solamente de las personas, hablo de las instituciones gubernamentales, que, se supone, deben de contribuir a la salud emocional, médica, laboral, y educativa, entre otras acciones, de los más necesitados. Se aprovechan de su vulnerabilidad y lo lastiman hasta llegar a un punto de subversión. Lo llevan a un callejón sin salida. El mundo, como dice el epígrafe de esta columna, me da las herramientas para ser bueno o malo. El descontento social no nace de la nada. El mundo, y para ser más específico, el mundo latinoamericano nos muestra toda la podredumbre de la clase política y de los privilegiados en contra de los más desposeídos. Tenemos escándalos de políticos imputados, cada vez peores servicios públicos, gobiernos vinculados al crimen, violencia política, altos niveles de corrupción y de inflación, desempleo que cada día se incrementa más, violación de derechos humanos, pérdida de nuestros derechos laborales. ¿No les parece más que suficiente para que haya descontento social?

No puede ser posible que en nuestro entorno inmediato veamos las corruptelas, los escándalos y la falta de interés en los problemas de la sociedad en el congreso del estado, por ejemplo; los robos a mano armada, los asesinatos, a plena luz del día y en lugares públicos; las noticias sobre la falta de interés de nuestros gobernantes para solucionar los problemas que nos aquejan… el malestar social que prevalece es consecuencia de los malos manejos de la bonanza que existió. Se han mal administrado las instituciones de nuestro país y eso trae otros resultados: el descontento social les está pasando la factura a los gobernantes actuales.

Vivimos una economía malsana. Una economía que nos dice y nos convence que tenemos que ser más despilfarradores. Que tenemos que gastar más para ser felices. No hay límites. Queremos tener más. Tenemos que gastar más para ser “felices”. Y por esas razones, si no estamos a la altura, algunas personas buscan otras formas, las peores, para satisfacer sus necesidades. Es todo un círculo vicioso. Pepe Mujica sostiene que “continuará la guerra hasta que la naturaleza nos llame y haga inevitable nuestra civilización”.

Desde mi personal punto de vista, lo que está sucediendo actualmente tiene relación con las cuatro causas que originaron la revolución francesa. La primera es la situación política. Hay una clase privilegiada, con mucho dinero y demasiados poderes, frente a una clase pobre, con pocos derechos y menos privilegios. La segunda es la situación económica. En los tiempos de la revolución francesa, a pesar de las sequías y heladas de la época, los agricultores tenían que pagar sus obligaciones fiscales y año con año la situación se volvía insoportable. En comparación con nuestros tiempos, sólo hay que abrir bien los ojos para darnos cuenta de lo que está sucediendo. La tercera causa es el mundo de las ideas. En aquellos tiempos surgieron sucesos y pensadores que hicieron que la gente se pusiera a reflexionar sobre su situación e inspiraron con la difusión de sus ideales para cambiar. Vean el caso de Chile. Y, la última de las causas que originó la revolución francesa fue la situación social. El pueblo ya no toleraba una sociedad tan desequilibradamente injusta que los llevó a la extrema pobreza y al hambre.

Macron, el actual presidente francés, culpa a la globalización por el descontento social en su país. Gasolina demasiado cara, impuestos muy excesivos y, pensiones y jubilaciones pobres e insuficientes, son los sentimientos en general de una población que no aguanta más. Los chalecos amarillos hicieron protestas por cinco meses y Macron se vio obligado a realizar una gran consulta popular en la que 1,5 millones de franceses opinaron sobre cómo se podría mejorar la situación de su país, llegando a la conclusión de bajar el impuesto a las ganancias para los trabajadores, al tiempo que se pretende vincular las jubilaciones más bajas con la inflación, entre otras medidas.

Si esto sucede en Francia, obvio es, que suceda lo mismo en nuestro entorno. Pero el problema en nuestro país es peor por estar incrustado el crimen organizado en casi todos los sectores políticos, agregando a esto que la población no es escuchada. Sin embargo, sí es posible volver a encauzar el camino para lograr la paz y la justicia social. Y para lograrla habrá que actuar en consecuencia o sucederá lo que decía Voltaire: “Los pueblos a los que no se les hace justicia se la toman por sí mismos más tarde o más temprano.”

 

 

Lunes, 28 Octubre 2019 05:18

Descontento social y cultura de la paz

“Todos los Estados bien gobernados y todos

los príncipes inteligentes han tenido cuidado de

no reducir a la nobleza a la desesperación,

ni al pueblo al descontento.”

-Nicolás Maquiavelo

Maquiavelo afirmaba que el gobernante tiene como misión la felicidad de sus súbditos y ésta sólo se puede conseguir con un Estado fuerte. Para conseguirlo tendrá que recurrir a la astucia, al engaño y, si es necesario, a la crueldad. La virtud fundamental es la prudencia, para la conveniencia del Estado. De igual manera sostenía que un buen político debe ser un gran estratega, perspicaz y astuto. Y que, por ende, un gran gobernante, utiliza la religión como institución que posee fuerza natural para garantizar la obediencia, el respeto, y la sumisión del pueblo no importando los medios para conseguirlos, por tanto, ya que las multitudes carecen de entendimiento humano, el poder del gobernante está sostenido por la gracia de Dios.

Aun cuando estos conceptos prevalecen, la dinámica social, su nombre lo dice, es cambiante. No podemos permanecer en un status quo. Por lo tanto, los conceptos que en algún momento eran aceptables, hoy ya no lo son. Y aquellos que se quedaron con ciertos conceptos, por ejemplo, los de izquierda o de derecha, quedaron obsoletos. Ni la izquierda ni la derecha han resultado buenos para nuestras sociedades. Después del capitalismo entramos al neoliberalismo, y nos damos cuenta que éste tampoco ha funcionado porque les da más privilegios a los que más tienen y hacen más pobres a los que ya estaban en esa condición.

Sin embargo, si analizamos el epígrafe de esta columna, plasmado en su obra “el príncipe”, escrito en el segundo semestre de 1513, hace quinientos seis años, sigue vigente en nuestros tiempos: Un buen gobernante no debe llevar al pueblo al descontento. La pregunta es si de verdad nuestros gobernantes han llevado a cabo dicho principio. La respuesta contundente es ¡NO!

Las luchas latinoamericanas siempre han sido sobre lo mismo: el avasallamiento de los privilegios de los ricos sobre las carencias de los pobres. Y no es necesario que los convenza. Ahí están los hechos. Lo último han sido las marchas en Chile. Un país hermano en el que sus ciudadanos tienen un sistema educativo que es privado y por el cual, muchos hombres y mujeres siguen, y seguirán endeudados por una gran parte de su vida, o, por ejemplo, la desaparición de las pensiones de los trabajadores. Decía uno de los manifestantes que “cuando llegas al final de la vida, y haces sumas y restas, te das cuenta que no tienes nada”.

Los ricos más ricos y los pobres más pobres.  "Me gustaría yo poderles dar algo a mis hijos, a mis nietos, y no que ellos se tengan que preguntar si nosotros tenemos plata para pagar la luz o la comida". Decía una mujer a quien no le alcanza el dinero que recibe de pensión. ¿Dónde queda el derecho a la dignidad plasmada en nuestra constitución? Lo establece claramente el artículo 1 de nuestra carta magna. Artículo que además está mal redactado, pues de acuerdo a la M. D. Lucero Quintero quien, en un análisis sobre el artículo mencionado, nos dice que “solamente es posible derivar una relación entre la dignidad humana con la prohibición de todo tipo de discriminación. Sin embargo, eso no brinda una protección suficiente a la dignidad humana, porque únicamente alude a aquellas situaciones en que nos encontremos en presencia de un acto de discriminación. Tampoco se reconocen las diversas dimensiones de la dignidad, es decir las de valor intrínseco, experiencia psicoemocional y principio jurídico. La Constitución debe reconocer a la dignidad humana desde el enfoque del valor intrínseco, el cual emerge en favor del ser humano por el sólo hecho de existir y, por tanto, la dignidad debe ser respetada por el individuo y por sus congéneres. Además, se debería prohibir de manera expresa todo acto o disposición que atente contra la dignidad humana; lo cual implicaría poner en relieve la dignidad como uno de los principios de nuestro sistema jurídico y reconocer que ésta puede y debe ser materializada a través del respeto efectivo de los derechos humanos.”

En fin, el tema es extenso, y para no salirnos de la premisa esencial de esta columna, sugiero a los gobernantes en turno, y los que vengan, que no esperen al descontento generalizado. Que no se provoque al pueblo. Nosotros nos preguntamos lo mismo con nuestros derechos laborales. ¿Qué va a pasar con las nuevas generaciones ¿Se puede resolver desde ahora este descontento social futuro que estamos creando? Y a los provocadores los invito a que nos unamos para poder llevar a nuestras comunidades a una nueva cultura de respeto, de armonía y de concordia para no llegar al extremo como ha estado sucediendo últimamente con nuestros hermanos latinoamericanos.

En estos días aciagos, se vuelve a escuchar “el baile de los que sobran”, canción ochentera del grupo de rock chileno “los prisioneros”, y que usan como himno los manifestantes. Decía uno de ellos: Estamos en el 2019, y “los prisioneros” aún tienen razón.

 

Lunes, 21 Octubre 2019 05:16

Armonía social y cultura de la paz II

Si quieres la paz, no hables con tus amigos. Habla con tus enemigos”.

-Dayan-

Hemos perdido el rumbo. Y habrá que retomarlo enseguida. Antes de que lleguemos al borde del precipicio.

Todos nosotros, hombres y mujeres, niñas, niños, jóvenes, adultos mayores queremos vivir en un espacio que contemple seguridad, tranquilidad y protección, entre otras cosas. Deseamos que nuestros bienamados estén igual que nosotros. Y, obviamente, no hablamos sólo de nuestras familias. Hablamos también de los amigos y de la sociedad en general. Deseamos un estado que sea definido por sus buenas costumbres, su paz social, su armonía y su bonanza.

Sin embargo, parece que cada vez vamos cayendo a un precipicio más y más profundo. Sigo pensando que estamos cavando una tumba inmensa en la que, si no recapacitamos, todos, absolutamente todos, seremos sepultados.

Lo que sucedió en Culiacán es verdaderamente terrible. Y es más terrible aún promover tantas publicaciones hablando de la inoperancia del estado. El presidente de la república necesita nuestro apoyo como sociedad. De manera personal, siempre he apoyado a nuestros presidentes, aun cuando no hubiera votado por ellos o no estuviera de acuerdo con sus políticas. El presidente merece nuestro apoyo. Y si él consideró la liberación de Ovidio como una buena salida para evitar una masacre de inocentes, hay que valorar esas acciones con frialdad y empatía. Nuestro presidente no es el primero que quiere evitar el derramamiento de sangre.

Ahí están los datos históricos de pacifistas que tuvieron buenos resultados con su política de no violencia. Mahatma Gandhi llevó a su país a la independencia mediante una revolución pacífica. Martin Luther King sostuvo que “la violencia no tiene vigencia práctica porque la vieja filosofía del ‘Ojo por ojo, y diente por diente’ acaba dejando a todos ciegos. Este método no es correcto, este método es inmoral. Es inmoral porque constituye una espiral descendente que termina en destrucción para todos. Es falso porque persigue la aniquilación del enemigo y no su conversión”.

Nelson Mandela fue el primer mandatario de raza negra que encabezó el poder ejecutivo, y también el primero en ganar por sufragio universal en su país. Su gobierno se dedicó a desmontar la estructura social y política heredada a través del combate al racismo institucionalizado, la pobreza y la desigualdad social, así como la promoción de la reconciliación social. Como muchos saben, Mandela estuvo encarcelado por muchos años. Dentro de la cárcel desarrolló aún más su sentido de justicia y desde ahí siguió luchando. Decía que había “muchas personas que sienten que es inútil continuar hablando de la paz y la no violencia en contra de un gobierno cuya única respuesta son ataques salvajes a un pueblo indefenso y desarmado”. Y si repensamos esta frase, han sido muchos gobiernos represores en nuestro país, cuya clase política se fue enriqueciendo a costa del dolor y la pobreza de los mexicanos. Repasen la historia. Pero no sólo lean la historia de los vencedores. Revisen también la versión de los vencidos. Ahí están los hechos del 68, la guerrilla de Genaro Vázquez Rojas y de Lucio Cabañas en el estado de Guerrero. Así tendrán un panorama más abierto de lo que sucede. Considero que, además, muchos políticos en el poder, fueron negociando con los criminales hasta llegar a este estado de cosas que hoy vivimos. Mientras tanto, el pueblo cada vez se empobrecía (y sigue empobreciéndose) más.

Y sobre la pobreza de un pueblo, también estoy de acuerdo con Mandela. Decía que “la pobreza no es natural, afirmaba que la pobreza es creada por el hombre y puede superarse y erradicarse mediante acciones de los seres humanos. Y erradicar la pobreza no es un acto de caridad, sino un acto de justicia.

Todos opinamos y todos queremos tener la razón. Estas líneas sólo pretenden dar una opinión diversa para transitar de lo que he llamado “la cultura de la bronca” a la cultura de la paz. No pretendo tener la razón, sólo poner sobre la mesa otra alternativa de análisis y de solución que nos pueda llevar a una cultura de la paz para el buen vivir.

P.D. Analicen lo que sucedió ayer en las asambleas de Morena, específicamente en Cuernavaca para elegir a sus consejeros. ¿De verdad estamos ante una sociedad en la que manden los criminales?

 

Lunes, 14 Octubre 2019 05:36

Armonía social y cultura de la paz

“Estamos en este mundo para convivir en armonía. Quienes lo saben  no luchan entre sí”.

-Buda, Sidarta Gautama-

La armonía social no es difícil. Se requiere de la buena voluntad del gobierno para llevar a cabo las medidas que correspondan para obtenerla. Pueden estar en contra de mi opinión, pero siempre he pensado que el gobierno es como los padres de familia. Ellos deben saber lo que se necesita para que esta gran familia que se llama “sociedad”, viva en paz y en armonía.

El hombre es un ser un ser gregario. No puede vivir en soledad. Y a través de la historia, cada sociedad se fue organizando para vivir en “armonía”. Se fueron creando leyes y formas de gobierno. Aunque debemos reconocer que quienes siempre se impusieron, fueron los más fuertes sobre los más débiles. Es decir, que estas formas de “organización social” no beneficiaban a todos. A algunos les iba mejor que a otros. De hecho, vivimos así actualmente, sigue siendo la misma historia de siempre. Existen normas y leyes que pueden decantar la balanza de la justicia hacia la posición de algunas personas, privilegiadas de manera arbitraria, que utilizan su poder para imponer su voluntad a los demás. Por lo tanto, observamos que no existe forma de gobierno alguna que sea mejor que otra.

Hasta este momento, y observando la historia, se evidencia que no existe sistema político alguno que pueda crear condiciones de verdadera democracia.

Creo firmemente que lo que debemos hacer como sociedad es entablar un diálogo entre sociedad y gobierno. Llegar a puntos de acuerdo para hacer lo que más nos convenga como sociedad y no dejar que solamente unos digan lo que se tiene que hacer. Tenemos que trabajar para que nuestras comunidades vivan en paz y de manera armónica. ¿Lo podremos llevar a cabo algún día?

Así como van las cosas, me atrevo a pensar que será difícil. Sólo mirar lo que sucede en estos momentos en Ecuador, da miedo. Y si vemos nuestra realidad social en Morelos, da pánico.

Lo que sí puedo probar desde este ángulo en el que estoy, es que ninguna de las dos formas de gobierno tradicionales, capitalismo y comunismo, sirvieron para lograr la paz y la armonía social. Por eso es importante dejar las etiquetas y dejar de pelearnos entre nosotros. Lo que debemos hacer es tomar lo que ha servido de esos sistemas para llevarlo a la arena política y social e implementar lo que sí ha servido.

Es lamentable, volviendo al punto, que Ecuador esté pasando este trago amargo por las malas, y arbitrarias decisiones, de su presidente Lenin Moreno.

¿De verdad no se han dado cuenta de lo que significa el FMI y lo que significa que intervengan en la economía de un país?

Ahí está el caso de la guerra del agua en Cochabamba, Bolivia, para ver un ejemplo claro. Invito a los lectores que busquen en youtube este caso emblemático de cómo quisieron privatizar el agua en este país, entre otras cosas, y la guerra interna que se desató entre el gobierno y sus habitantes.

La historia se repite ahora en Ecuador. La historia de los intereses de unos cuantos privilegiados se quiere imponer sobre las necesidades del pueblo. Es la historia de siempre. La historia de los abusos de los que están en el poder.

Lo peor es que los medios tradicionales no mencionan el asunto. Pareciera que nada está sucediendo. Y si se menciona algo, es para minimizar la verdadera situación. Afortunadamente ahora están ahí las redes sociales, que nos dan a conocer lo que está sucediendo realmente.

Estamos en pleno siglo XXI y seguimos viviendo como a principios del siglo pasado. ¿Alcanzará el ser humano a llegar a vivir en armonía para llegar a la cultura de la paz?

Tengo fe. Pero como dice un refrán árabe “Ten fe en Dios, pero amarra tu camello”.

 

Lunes, 07 Octubre 2019 05:11

Dignidad y cultura de la paz II

“Las cosas tienen un precio y estas  pueden estar a la venta, pero la gente tiene dignidad, la cual es invaluable y vale mucho más que las cosas.”

-Papa Francisco-

Para iniciar, quiero agradecer a todas las personas, hombres y mujeres que me enviaron comentarios sobre el tema de la semana pasada. Hoy continuaré con la segunda parte. No porque me lo hayan solicitado, sino porque ya estaba planeado. Y más con los acontecimientos que siempre surgen, eso nutre más el tema de la dignidad. Por otra parte, con esta edición, se cumplen dos años de publicación de esta columna, lo cual, para este servidor, es un logro edificante para el espíritu, y, si hay lectoras y lectores que obtengan algún provecho de estos escritos, es más significativo todavía.

Afortunadamente está establecido que la dignidad no es sólo una característica del ser humano, de manera individual, ética o filosófica. Cuando hablamos de derechos humanos, también hablamos del reconocimiento de la dignidad, por tanto, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, es un tratado sobre la dignidad del ser humano. Se dice que los derechos humanos son “el reconocimiento de la dignidad inalienable de los seres humanos”. Libre de discriminación, desigualdad o distinciones de cualquier índole, la dignidad humana es universal, igual e inalienable. Todos somos libres en igualdades y en derechos. Nadie me puede dar un trato diferente. Nadie me puede dar un trato indigno. La dignidad humana es el derecho que tiene cada uno de ser valorado como sujeto individual y social, en igualdad de circunstancias, con sus características y condiciones particulares, por el solo hecho de ser persona.

Sin embargo, a través de la historia de la humanidad nos hemos enfrentado a diversas doctrinas y creencias por las que han existido guerras en las que unos se creen superiores a otros. Se busca la supremacía y la dominación. Y ese sigue siendo el pan nuestro de cada día. Lo peor, es que no sabemos cómo empezó esta historia de odio y violencia en nuestras pequeñas comunidades. Pero todo se veía tan lejos hace tiempo, y ahora la padecemos aquí muy cerca de nosotros.

Si antes había un “contrato social”, había un respeto, llegó un momento en que todo se perdió. Los políticos ya no tienen respeto por los ciudadanos, se han enriquecido ilícitamente, y han dejado a la sociedad abandonada.

Los criminales llegaron a un punto en que desafiaron a los políticos y las leyes y se llegó al enfrentamiento para demostrar quién puede más.

Y desafortunadamente, ahora reina el terror, el miedo, la incertidumbre, la violencia. La muerte. Y lo peor, nos estamos acostumbrando a ello.

Es hora de recomponer nuestra sociedad. Este es el momento de recuperarnos todos nosotros para el bien de nuestras comunidades y el bienestar de nuestras futuras generaciones. Es hora de recobrar la dignidad.

Pero todo esto nos lleva a preguntarnos si la dignidad existe en las personas que se dedican a engañar a otros, a delinquir, a robar, a matar, a la violencia, a cometer crímenes espeluznantes sin importarles el dolor ajeno ni el temor de Dios.

En su libro “la lucha por la dignidad, Teoría de la felicidad política”, José Antonio Mari y María de la Válgoma hacen cuestionamientos muy duros. En su introito nos dicen que “resulta incomprensible que no sigamos enarbolando el equilibrado principio del talión, culminación de la justicia conmutativa, que tengamos consideración con quien no la tuvo previamente, que nos empeñemos en librar de la pena capital a quien ha violado y matado a una niña, o en rehabilitar a quien sin razón y sin excusa nos ha destrozado la vida. ¿De dónde hemos sacado una idea tan extraña? ¿Por qué la aceptamos hasta el punto de que está recogida en muchas Constituciones modernas? ¿No va contra el sentido común, contra los sentimientos comunes, contra la sana indignación ante el salvajismo, contra el equilibrio de la justicia?

Habría que replantearse la pena de muerte. ¿Se puede “rehabilitar” a una persona que, con conocimiento de causa, ha cometido acciones que van en contra de la dignidad humana?

Lo peor que puedo ver desde mi perspectiva, es que la gente se siga recreando en las películas que vemos: Rambo luchando contra narcotraficantes del norte de México, haciendo uso de sus mismas técnicas para matar o el Guasón que lucha por ganar un lugar en una sociedad que no respeta la dignidad de los grupos vulnerables y los deja abandonados segregándolos en un ciudad enferma llena de “grafiti” y violencia, con muchas diferencias de clase y personas que ya están preparadas para sacar su frustración o para atacar si es necesario.

Es necesario pensar, analizar, cuestionar y repensar la situación caótica que estamos viviendo y plantear alternativas para recuperar la dignidad, tan necesaria para una cultura de la paz y el buen vivir.

Lunes, 30 Septiembre 2019 05:22

Dignidad y cultura de la paz

“Cualquier hombre o institución que  trate de despojarme de mi dignidad, fracasará”

-Nelson Mandela-

Dice una conseja antigua que saber cuándo retirarse es sabiduría. Ser capaz de hacer las cosas es valentía. Alejarse con tu cabeza en alto es dignidad. La dignidad es uno de los valores más importantes del ser humano. Realza su calidad de persona libre. No es un esclavo de los demás.

Se habla de dignidad si las personas en su manera de comportarse, lo hacen con gravedad, decencia, caballerosidad, nobleza, decoro, lealtad, generosidad, hidalguía y pundonor. Por ejemplo, a la hora de cumplir con los compromisos, la dignidad se refiere a la formalidad, a la honestidad y a la honra de las personas.

Desde niño comprendí muchas cosas. Una de ellas es que mucha gente vende su dignidad para poder obtener algo. Entre otras cosas, para mantener un trabajo, a pesar de las condiciones precarias en que trabaja y a pesar de los malos tratos que le dan. Pude observar también, cómo las relaciones personales, sobre todo en una pareja, eran demostraciones de supremacía y de odio por parte, principalmente del hombre. Y, sin embargo, la mujer lo aceptaba. Ya sea por miedo a quedarse “sin nada” o por miedo a que nadie la amara otra vez. O tal vez por cuestiones de prejuicios sociales.

Tendría yo alrededor de ocho o diez años. Caminaba por el centro de la ciudad, exactamente por el cine Alameda, cuando de repente, y de la nada, se empezaron a escuchar gritos entre un hombre y una mujer. Volví la mirada, esa mirada de un niño que quiere entender lo que sucede y con miedo de intervenir, y vi como aquel hombre golpeaba, enfrente de toda la gente alrededor, implacablemente a esa mujer. Otro hombre que pasaba por el lugar, inmediatamente intervino. Se le fue a golpes al agresor para defenderla… y, sin pensarlo, de manera inmediata, la mujer se interpuso entre los dos gritando que no se metiera, que no era su problema. Dijo que el agresor era su pareja y que la podía tratar y golpear tanto y cómo él quisiera.

Toda la gente presente, yo incluido, nos quedamos sorprendidos. El defensor se retiró inmediatamente, no sin antes lanzar blasfemias en contra de los dos. Les gritó, entre otras cosas: “¡Enfermos!”.

Una persona protege su dignidad cuando se valora a sí misma por quién es, antes de por lo que hace, por lo que tiene o por quién es su compañía. Es una cuestión de respeto a sí misma. Y no le permite a nadie, si está en su mano, que apague esa luz interior.

La dignidad se puede definir como “la excelencia que merece respeto o estima”. Ejemplo de lo anterior es el caso de una persona que ocupa un alto rango o un puesto elevado y posee una dignidad, lo que exige a los demás una respuesta particular, pero esto no le hace acreedor a una mayor dignidad que el resto, ya que ésta, es igual para todos los seres humanos, sin importar su condición o puesto que desempeñe. De ahí que deba existir una relación entre dignidad humana y los derechos del hombre.

No hay dignidad donde no hay honestidad, decía Cicerón. Y la historia se repite día a día, en nuestro diario vivir, en el trabajo y en nuestras relaciones personales. Y si este tema lo trasladamos a la vida pública, a la vida política, esto es mucho peor. Siguen existiendo la deshonestidad, la corrupción, el engaño, los conflictos de intereses, las prebendas, la preponderancia en los intereses particulares. El engaño en su máxima expresión y gente abusiva y gente que abusa de los demás. Y estos demás que se quedan callados mirando cómo se nos cae nuestra dignidad social mientras aquellos nos roban todo y nos dejan en la miseria humana.

Decía el escritor José Saramago que la dignidad no tiene precio. Enfatizaba diciendo que cuando alguien comienza a dar pequeñas concesiones, al final, la vida pierde su sentido. Y es, justo en este punto en el que quiero hacer énfasis. En el espectro social también debe existir la dignidad colectiva. Como sociedad debemos transitar, aspirar, por lo menos, a ser una sociedad digna, una sociedad que sepa su verdadero valor, que exija lo que por derecho le corresponde.

¿Somos dignos cómo personas? ¿Somos dignos como sociedad? La dignidad significa, como dijera Maya Angelou, que me merezco el mejor tratamiento que pueda recibir. 

Conozco acerca de la pérdida de dignidad, decía James Frey. Sé que cuando le quitas a un hombre su dignidad creas un agujero, un profundo agujero negro lleno de desolación, humillación, odio, vacío, pena, desgracia y pérdida, que se convierte en el peor infierno.

Prefiero vivir con dignidad porque cuando algo tiene que ser mío, no tengo que rogar por ello renunciando a lo que soy. Tengo que luchar para obtenerlo sin dar concesiones absurdas.

Los morelenses merecemos vivir dignamente para cultivar una mejor sociedad y lograr una cultura de la paz para el buen vivir.

Lunes, 23 Septiembre 2019 05:38

Resiliencia y cultura de la paz

“Las dificultades preparan a personas comunes para destinos extraordinarios”

-C. S. Lewis-

Este sábado pasado asistí a un evento de resiliencia en la CDMX. La verdad estuvo muy bueno. Las conferencias muy puntuales y certeras. Obviamente, hay cosas en las que concuerdo y otras con las que no, pero la esencia es que me dejó un buen sabor de boca.

La resiliencia es un tema fundamental para mí porque surge de lo que yo viví. De mis condiciones de vida. Y, además, conforme fui conociendo el tema, me puse a investigar autores e investigadores que hablaran sobre el tema.

Lo más importante para mí era conocer, estudiar cómo hay personas que a pesar de las situaciones adversas y difíciles en las que vivieron, lograron salir adelante y convertir las situaciones negativas en alicientes para salir del hoyo donde estaban.

El término resiliencia tiene varios conceptos. Por ejemplo, para Boris Cyrulnik, mi autor favorito, es la capacidad de los seres humanos sometidos a los efectos de una adversidad, de superarla e incluso salir fortalecidos de la situación.

Para Stefan Vanistendael, la resiliencia no es un rebote, una cura total ni un regreso a un estado anterior sin heridas. Es la apertura hacia un nuevo crecimiento, una nueva etapa de la vida en la cual la cicatriz de la herida no desaparece, pero sí se integra a esta nueva vida en otro nivel de profundidad.

Edith Grotberg (1995) define la resiliencia como la capacidad humana universal para hacer frente a las adversidades de la vida, superándolas o incluso ser transformado por ellas. Es parte del proceso evolutivo y debe ser promovida desde la niñez.

Nuestra sociedad ha ido cambiando mucho, para bien, espero, puesto que las formas de “educar” de los padres y maestros ya no son como antes, aunque todavía tenemos rezagos en ciertos grupos sociales. Siguen existiendo situaciones traumáticas en la vida para mucha gente. Es más, podemos asegurar que no hay ser humano que no padezca pérdidas o duelos. Hay momentos de crisis durante toda la vida. Ser víctima es parte de la vida misma, pero ser víctima no es una forma de vida.

La resiliencia es transformar y trascender. Salí del hoyo y vivo mejor ahora. No quiero ni debo regresar a lo que viví. Dicen que el entorno modifica a la persona, pero también puede ser al revés. Y esto es lo que hay que perseguir. Lo que hay que buscar.

Pero desafortunadamente, nuestro entorno social ha cambiado tanto.  El ambiente social es de soledad, falta de valores, de desconfianza y de miedo. Hemos cambiado nuestras costumbres por el temor de que nos pueda pasar algo malo.

La resiliencia es poder, conciencia. Pero también es responsabilidad. Tenemos que sanarnos. Yo no quiero vivir con miedo. No quiero que mis hijos vivan con miedo. Estoy dispuesto a afrontar este reto y cambiar para mejorar.

La resiliencia sirve para trascender, romper limitaciones y barreras del aquí y del ahora. Tenemos que aprender a ver la luz dentro de nosotros mismos.

Pero, para empezar, necesito hacerlo conmigo mismo. Sanar mis heridas. Cuando yo esté bien, puedo comenzar el trabajo con la gente cercana a mí. Con mis vecinos. Con mi comunidad. Tenemos que cambiar nuestro vocabulario. Cambiar del “no puedo” al “no he podido hasta ahora”. Hay mucho que desaprender para aprender un nuevo paradigma. Un paradigma que, si nos atrevemos a implementar, nos llevará directo a la cultura de la paz. Las nuevas generaciones han nacido en este entorno de miedo, desconfianza y de odio. Pero, sin embargo, como bien dice Boris Cyrulnik, empezar mal en la vida, no determina que tu vida tenga que ser desgraciada.

Hagamos nuestro trabajo en familia y que el gobierno se encargue, con nuestra ayuda, de la implementación de estos conceptos en el hogar, en las escuelas, en las fábricas, en las oficinas y en todas partes donde tenga que llegar.

Trabajemos juntos, codo a codo por una cultura de la paz a través de la resiliencia.

 

Lunes, 09 Septiembre 2019 05:33

Congruencia y cultura de la paz

“La felicidad sucede cuando lo que piensas, lo que dices y lo que haces están en armonía”

-Mahatma Gandhi-

 

Dicen que si no actúas como piensas vas a terminar pensando como actúas. Esto significa que el ser humano puede hacer lo que desee. Desde su niñez va creando sueños, escoge lo que le gusta hacer y lo hace propio. Se sueña haciendo eso que le gusta: “Bombero, bombero, yo quiero ser bombero”, dice la canción de Facundo Cabral. Sin embargo, por la familia, los amigos, la escuela, los maestros, llega un momento en que dejas de creer. Y empieza a cambiar conforme pasa el tiempo. Se va “amoldando” dirían otros. Por eso es que se pierden los sueños. Cuando dejas de creer en ti, en tus proyectos, en tus ideales, por culpa de los otros… pero principalmente por culpa de uno mismo.

La congruencia es fundamental para tener plenitud. Para vivir una vida llena de satisfacciones. Dicen que cuando una persona es congruente deja una herencia hermosa porque: Se convierte en un ejemplo a seguir, deja caminos posibles para que otros se atrevan, dicen que también es una forma de mejorar la comunidad donde se vive, se siente un orgullo enorme cada vez que una persona logra sus propósitos, y, por último, una persona congruente es inspiración de otras personas.

Ser congruente es un valor que debemos buscar desarrollar. La congruencia no sólo desarrolla a la persona que la practica, también trae como consecuencia la búsqueda de la armonía social.

Y esto me hace pensar en un hombre congruente que se ha marchado recientemente. Hace tres días dejó este plano terrenal el pintor Francisco Toledo. Era un pintor reconocido a nivel mundial, artista plástico y gráfico, activista y luchador social, ambientalista, promotor y difusor cultural, además, fue filántropo.

El Maestro Toledo era oriundo de Juchitán, Oaxaca. Inició sus estudios artísticos a los catorce años. En 1959, a los diecinueve años, ya estaba presentando sus exposiciones de pintura en Texas. En 1960, a la edad de veinte años se fue a estudiar a París, y regresó a México en 1965.  Obviamente, a su regreso, su visión del arte cambió, así como su perspectiva ideológica.

Cuando volvió de París, Octavio Paz lo elogió tanto, diciendo que no era sólo un maestro de la plástica, sino que era un camino estético para México. A pesar de esa grandeza artística, la ciudad de México trató mal a Toledo. Sabina Berman menciona que cuando se veían en un restaurante que frecuentaban, el mesero siempre le preguntaba a ella si pagaría la cuenta. No creía que aquel hombre de camisa y pantalones de mezclilla, con el pelo enmarañado y huaraches, lo haría. De hecho, lo maltrataban. También comenta que un día que vinieron a “Las Estacas”, aquí en nuestro estado, un policía le ordeno que saliera del agua porque “ese lugar no era para prietos”. Toledo salió del agua mansamente. Sin decir una palabra.

El Maestro Toledo regresó a su pueblo, a Juchitán, Oaxaca. Allá comenzó a trabajar no sólo en lo que correspondía a su arte. También apoyó a su comunidad. Su obra se caracteriza por el toque irreverente, provocativo y transgresor que le imprime.

Promovió y difundió la cultura y las artes del estado de Oaxaca, donde residió los últimos años de su vida. Con apoyo de otras instituciones, fundó, en octubre de 1997, el Taller Arte Papel Oaxaca, instalado en la antigua planta hidroeléctrica "La Soledad", en San Agustín Etla. Dentro de este contexto, fundó Ediciones Toledo, que en 1983 publicó su primer libro, y en 1988 fundó el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca.

A pesar de no gustarle, recibió variados reconocimientos públicos debido a su calidad como artista y a su lucha por las causas perdidas (que seguirán siendo así, hasta que todos hagamos lo que nos corresponde).

Francisco Toledo nunca se dejó marear por la fama o el poder. Hizo mucho por su pueblo. Hizo mucho por Oaxaca. Hizo mucho por nuestro país. Siempre fue un hombre congruente. Por eso hace falta en su comunidad. Por eso nos hace falta en México. Necesitamos hombres y mujeres congruentes para tener una mejor sociedad y lograr una cultura de la paz para el buen vivir que tanta falta nos hace.

Q.E.P.D. el Maestro Francisco Toledo.

 

 

 

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