Yautepec. La energía que se desprende previo a un festejo siempre es impresionante. Las calles comienzan a llenarse de júbilo y entusiasmo e intensos tintes multicolores adornan cada rincón. Morelos es la tierra de las tradiciones, la tierra del “brinco del chinelo”, inconfundible para el oído morelense e inolvidable para el visitante que lo conoce por primera vez.
El carnaval es una celebración que otorga identidad, herencia cultural que penetra en lo más profundo del individuo, una remembranza de nuestras raíces. Nuestro estado es la cuna y sus municipios son sedes que albergan el fruto del mestizaje y la sátira. Un festejo que va más allá del libertinaje –que suele observarse–, con una fuerte carga histórica, de aquellos que se preservan y que el paso del tiempo no borra, sino que cimienta y construye.
Para los morelenses, crecer con esta fiesta cruzando la puerta, tan cerca del hogar que eres partícipe de ella desde una edad temprana, forja la identidad y te hace parte de algo inmenso que trasciende lo individual. Formas parte de una comunidad que generación tras generación enseña y transmite con entusiasmo el amor por una tradición.
Los recuerdos de la infancia en Carnaval son quizá unos de los más alegres; de pronto el olor a pan de feria y el ritmo que marca la banda con la comparsa te transportan a la niñez, en los brazos de mamá o papá. Mientras te enseña el tradicional “brinco del chinelo”, observas los colores de los trajes y las calles parecen llenas de magia.
La música es uno de los grandes sellos emblemáticos junto con el chinelo. La armonía y el sonido de las bandas de viento se encargan de tan importante papel; el ensamble perfecto de instrumentos de viento, metal y percusión ejecuta los sones que acompañan a las comparsas y sus barrios. Un ritmo que, sin importar tu posición geográfica, escucharlo en automático te recuerda a casa.
Los trajes y su esplendor son únicos, cada detalle te cuenta una historia y forma parte de un legado que vive con fervor, un trabajo artesanal valioso en todos los aspectos. Los hay de todo tipo, propios y auténticos en esencia y forma. En blanco y azul los de Tlayacapan, de base negra de terciopelo, acompañada de aplicaciones blancas en Tepoztlán y extravagantes bordados de chaquira y lentejuelas en Yautepec (por mencionar algunos ejemplos).
Las plumas multicolores, los trajes y la máscara hacen del chinelo la marca distintiva del estado de Morelos, de su gente e historia.
Al compás de la música con regocijo y asombro, los carnavales se apropian de las grandes avenidas. Los visitantes deleitan su vista y paladar, las comunidades se unen a celebrar con orgullo. Es la oportunidad perfecta para compartir el arte en todas sus expresiones, para mostrar el talento de los artesanos, de los fotógrafos y músicos, en un escenario cultural intergeneracional.
Si bien ser morelenses engloba muchas cosas más, y nuestra identidad individual atraviesa distintos contextos, valores, factores biológicos y de desarrollo, las tradiciones y fiestas populares refuerzan un sentido de pertenencia a través de la cultura y el arte; un lenguaje que fortalece y une, homenajea, cuestiona y libera.
El carnaval es de esas prácticas que se funde con el humano, se arraiga en lo profundo y da un espacio de socialización y aprendizaje para chicos y grandes. Es un relato del ayer que busca ser transmitido en el mañana.
Cada municipio lo vive a su manera, cada persona participa a su forma, pero todos son parte del acervo cultural, de la difusión de ello, porque la cultura vive en nosotros y nosotros en ella, sin importar tiempo o distancia: es un legado firme y duradero. El carnaval es una fiesta heredada, con historia e identidad.
¡Adiós al mal humor porque es carnaval!






