El mundo del entretenimiento es aquel gran coloso que dicta y dirige el rumbo de la conversación, aquel que consumimos de alguna u otra manera. Desde el streaming hasta la gran pantalla, pasando por la música, deportes, videojuegos y más productos, la industria del entretenimiento es vasta y abarca un sinfín de sectores para el goce del consumidor.
Los últimos días hemos vislumbrado una ola de noticias en diversos ámbitos y rubros; la semana pasada fuimos testigos de la noticia en la que el diputado federal Sergio Mayer solicitó licencia para participar en un show televisivo. Un hecho insólito que generó debate y polémica.
Mayer ha sido una persona controvertida; su salto de figura del espectáculo a la esfera política no pasó desapercibido y se unió al club “de la fama a la política en unos cuantos pasos” porque no es un caso aislado: lo hemos observado con otros tantos personajes cuyos cargos y desempeño dejan mucho que desear —en palabras indulgentes que no se merecen— dejando en evidencia que la política mexicana mutó a algo más parecido a un concurso de popularidad.
De la casa legislativa a “La Casa de los Famosos”, un reality que ha dado mucho de qué hablar en sus dos versiones (la de México/Televisa y la de Telemundo). Los reality shows son un producto que se ha explotado en televisión en distintas versiones, forman parte del mundo del entretenimiento y lo seguirán siendo mientras sea rentable. Gracias a ellos, personas salen del anonimato al estrellato y otras reavivan su carrera, pero lo inquietante es que un funcionario dejara su cargo para participar en uno. Acto que evidencia la delgada brecha de intersección entre la política y el espectáculo.
Ésta no es la única noticia en la que el mundo del entretenimiento genera debate. Todos fuimos testigos de la ola de violencia desatada tras el deceso del líder de uno de los grupos delictivos con mayor presencia en el país. Algunos lo vivieron en carne propia, otros de lejos desde el celular o televisión.
Mientras el miedo y la incertidumbre paralizaron la economía y la vida de los ciudadanos, tan sólo un día después se dio a conocer una nueva serie del Chapo (otra más, por si no eran suficientes), producida por su actual esposa.
Una noticia así parece una burla a la población después de caóticos momentos y de años de vivir inundados por una crisis de violencia incontrolable. Se trata de producciones que banalizan y/o aportan poco o nada a la narrativa real; por el contrario, sólo romantizan y son parte de una industria y cultura del morbo.
Esto es parte de un problema y discusión que lleva años sobre la mesa. El contenido y las producciones que exaltan el lujo, la violencia y el poder propios de los grupos delictivos en el país, mismos que están al alcance de todos, en las series, en la televisión, en la música y hasta en redes sociales.
Frivolizar este modo de vida y mostrar a estos personajes como protagonistas es una ofensa para las miles de víctimas que hay en este país.
El año pasado se evidenció con la cinta Emilia Pérez y la manera soez y simple de abarcar temas como el narcotráfico y las desapariciones en un país que vive una crisis continua por ello, con una mirada de un director francés cuya investigación fue poca. Sin importar si son producciones extranjeras, locales o de hispanohablantes, el problema continúa al mantener un enfoque banal, frívolo y superficial que enaltece, pero no retrata.
Parece que para el entretenimiento el morbo y el impacto venden y es lo primero que se ofrece al consumidor: un día es un diputado en un reality show, la siguiente semana, otra serie y producto sobre el crimen organizado.
Esta industria sigue creando y replicando estrategias, pero el público es el que tiene la última palabra y elige qué consumir, por lo que es importante no olvidar decidir con aparato crítico.
