En los albores de 2026 (vaya inicio de año) el mundo es testigo de un hecho que marca un antes y un después en las relaciones hemisféricas: el gobierno de Donald Trump lanzó una operación militar directa contra Venezuela, resultando en la captura del presidente Nicolás Maduro y una escalada de confrontación abierta que recuerda más a capítulos del siglo XX que a la diplomacia del XXI.
Para muchas voces oficiales en Washington, la acción respondía a una supuesta amenaza derivada de la ilegitimidad del régimen venezolano y vínculos con actividades ilícitas, un discurso semejante al caso de Irak con Saddam Hussein, que acusaban a su gobierno de tener armas químicas. Pero, ¿puede una nación justificar una intervención militar en otra soberana apelando a un discurso de “defensa de la democracia” mientras sus verdaderos intereses permanecen opacos? ¿O acaso el trasfondo real es otro, mucho más tangible, y de naturaleza estratégica? Estas preguntas y sus implicaciones son necesarias para comprender la gravedad del momento actual y no irse con los discursos oficiales de Estados Unidos que han permeado en muchas psiques de personas que les han comprado la idea de Maduro como un dictador, cuando la verdadera razón está en el petróleo venezolano.
Venezuela no es un país cualquiera en el mapa geológico mundial. Posee más de 303 mil millones de barriles de petróleo probados, lo que la sitúa como el país con las mayores reservas de crudo del planeta, superando a Arabia Saudita y otras potencias tradicionales de la energía.
Este dato no es trivia estadística: es una pieza central de por qué el país sudamericano ha sido históricamente un punto de interés global, y por qué ahora, en plena ofensiva externa, su soberanía se encuentra nuevamente bajo amenaza. Pese a ello, la producción venezolana es marginal en términos globales por diversas razones internas: gestión, infraestructura, sanciones, pero el potencial estratégico de su reserva permanece intacto.
Si tuviéramos que traducir en términos simples lo que representa este recurso, podríamos preguntarnos: ¿qué nación poderosa renuncia voluntariamente al acceso o control de una cantidad de crudo que, aunque no se produce plenamente, podría alimentar economías enteras durante décadas?
Desde la doctrina Monroe (de la cual México fue víctima en el siglo XIX), pasando por intervenciones en Centroamérica, hasta las sanciones económicas y presiones diplomáticas de las últimas décadas, la política exterior estadounidense ha mostrado patrones repetidos: una retórica pública de defensa de valores democráticos que en la realidad opera bajo lógicas de control geoestratégico y de acceso a recursos naturales.
Esto no debe confundirse con juicios simplistas sobre el pueblo estadounidense que, como cualquier sociedad compleja, tiene figuras relevantes en ciencia, cultura y derechos civiles, sino con una crítica al gobierno estadounidense y su maquinaria de poder, que históricamente ha puesto por delante intereses económicos y estratégicos por encima del derecho internacional y la autodeterminación de pueblos. La historia de América Latina lo demuestra una y otra vez.
¿No es paradójico que se hable de defender la democracia en Caracas, mientras al mismo tiempo se fortalecen alianzas con gobiernos que han sido abiertamente neoliberales y sumisos a intereses corporativos, como los de Colombia, bajo Iván Duque, o Brasil, bajo Jair Bolsonaro? ¿Dónde queda la coherencia ética cuando se dirigen sanciones, bloqueos y acciones militares contra un país vulnerable bajo justificaciones oscuras?
Este tema es de suma relevancia para nuestro continente, pues representa un espejo para México y América Latina.
En medio de este remezón geopolítico, la posición de México adquiere una importancia extraordinaria. El país ha sido históricamente un referente regional en materia de soberanía y no intervención. En este momento de crisis hemisférica, es pertinente preguntarnos: ¿Qué postura asumirá México ante una intervención que avanza bajo pretextos que muchos consideran ilegítimos? ¿Podrá Claudia Sheinbaum, desde la presidencia, articular una política exterior que no solo dialogue con potencias globales, sino que defienda principios de derecho internacional y autodeterminación?
En este nuevo capítulo de tensiones, el liderazgo mexicano no puede limitarse a declaraciones de buenos oficios; requiere una postura clara y activa. ¿Estamos ante una prueba mayor para la diplomacia mexicana en el siglo XXI?
¿Y qué ha con Rusia y el tablero global?
Mientras Estados Unidos impulsa sus acciones, la presencia de actores globales como Rusia no puede ser ignorada. La posición rusa, hasta ahora condenando la intervención y expresando apoyo al gobierno capturado, abre más preguntas sobre la reconfiguración de alianzas en el hemisferio. ¿Podría este choque reavivar viejas tensiones entre bloques geopolíticos? ¿Estaremos frente a una nueva fase de disputa entre potencias en suelo latinoamericano?
La captura de Maduro no solo tiene implicaciones internas para Venezuela, sino que resuena en un escenario global donde los equilibrios se recalculan. Si bien Maduro ya no está, queda el dilema de quién representa al pueblo venezolano ahora: ¿los nuevos líderes de derecha respaldados por Washington, o las fuerzas populares que surgieron bajo el legado de Hugo Chávez y que aún reclaman autonomía para su país?
Vivimos tiempos en los cuales la historia parece repetirse, pero también, si se mira con atención, ofrece la posibilidad de reescritura. El intervencionismo, bajo cualquier justificación, no puede convertirse en norma aceptable si aspiramos a una convivencia internacional basada en respeto mutuo y en el derecho de los pueblos a decidir su propio destino.
Este no es sólo un tema ajeno a México o a América Latina. La forma en que respondamos como sociedades, como gobiernos, como lectores críticos, dará forma al tipo de mundo que queremos habitar, ya sea uno donde las grandes potencias respeten la soberanía y el derecho internacional, o uno donde sigan prevaleciendo las lógicas colonialistas de siempre.
Nuestros pueblos merecen una respuesta reflexiva y digna. ¿Optaremos por la dignidad soberana o por las sombras del intervencionismo encubierto? Esa es, quizá, la pregunta más urgente que debemos hacernos, y no sólo con la idea de que Venezuela era una dictadura.
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