Cuentan los expertos en el sistema penitenciario que el principal problema en las cárceles es que los responsables de impedir la introducción de sustancias y objetos prohibidos son precisamente quienes realizan esa conducta delictiva, es decir, los elementos de seguridad y custodia; de ahí que lo primero que tienen que hacer las autoridades es asegurarse de que los “operativos sorpresa”, realmente lo sean.
En su libro “Historia de la Cárcel”, nuestro amigo Héctor Roberto Vargas Gómez narra cómo fue el primer “operativo sorpresa” en el recién estrenado Centro Estatal de Readaptación Social (Cereso) Morelos, mejor conocido como Penal de Atlacholoaya, cuando él se desempeñaba como director de Reclusorios.
Explica que esa noche les ordenaron a los directivos permanecer en sus oficinas, y alrededor de las 20 horas les asignaron a cada quien una de las nueve torres de vigilancia que tiene el centro de reclusión. Debían subir y permanecer junto al guardia hasta que iniciara el operativo.
A Héctor le tocó la torre que daba al norte, por lo que tenía una vista privilegiada del boulevard que conduce al Penal, y mató el tiempo platicando con el custodio al que le pidió su radio para revisarlo. Le comentó que había estudiado hasta la secundaria y que no le gustaba su trabajo, pero estaba ahí por “las prestaciones laborales”. Su mayor temor: que se le escapara un reo, pues sabía que en automático pasaría a ocupar el papel de interno.
“En la plática estábamos muy a gusto cuando a lo lejos por la carretera de Alpuyeca se veían venir varios vehículos en caravana. Cuando el custodio los vio primero me dijo: que raro licenciado, se ven varios vehículos que van en caravana y creo que vienen en esta dirección. Le dije no, creo que es pura coincidencia. En cuestión de minutos estaban entrando por Xochitepec al boulevard de los dos kilómetros como se le conoce a la entrada del Cereso Morelos por Xochitepec, por lo que el custodio Cándido me dijo: “Tengo que dar la señal de alerta, deme el radio”, por lo que le contesté: no te preocupes, no hagas nada, esa es la orden que se nos dio por los superiores del penal. Incrédulo, pretendió prender el reflector de la torre y deteniendo sus manos le volví a comentar —ahora en forma enérgica— no hagas nada, se trata de un operativo sorpresa y por esta ocasión tu orden es permanecer en silencio”.
Agrega que él sí pudo mantener al elemento de seguridad quieto, pero sus compañeros de las otras torres no corrieron con la misma suerte. De pronto comenzaron a hacer señales como tipo código morse, y después vinieron los chiflidos.
Por suerte no se perdió el factor sorpresa y en esa ocasión lograron incautar cuatro bolsas de marihuana con tres kilos cada una; cientos de dosis pequeñas con polvo blanco, armas punzocortantes, teléfonos celulares y pipas hechizas.
“En esa ocasión el operativo salió tal como se planeó, desafortunadamente todo lo hallado en el Cereso Morelos en esa ocasión no es atribuible como poseedor de ello a ningún interno, ya que fueron hallados en lugares comunes y las armas no fueron encontradas en ningún dormitorio. De alguna forma los reclusos advirtieron el operativo sorpresa, sin lugar a dudas. ¿Por quién? No lo sabemos”, afirma el litigante, exjuez y exdirector de reclusorios.
Veinte años después, lo único que ha cambiado es que el penal que prometía acabar con el hacinamiento de la vieja Penitenciaría de Atlacomulco, hoy está nuevamente saturado, pero los problemas siguen siendo los mismos.
El pasado 14 de abril, cuando se realizaba el cambio de turno, los elementos de seguridad y custodia notaron un comportamiento extraño entre sus superiores. Cuando dejaron sus ropas de civil y se pusieron sus uniformes de trabajo, decenas de policías ingresaron a los vestidores y les ordenaron que no hicieran ningún movimiento.
Mientras un oficial mantenía quieto al custodio, otro revisaba su mochila y compartimentos de su pantalón, camisa y chamarra, para después continuar con su trabajo en las áreas que les habían sido asignadas.
Pero cinco agentes de seguridad y custodia ya no salieron. La falta de información sobre su paradero hizo que se generara la versión de que habían sido “desaparecidos”, pero horas después se supo la verdad.
“…al realizar un operativo de revisión a todo el personal, incluyendo a un grupo de custodios del Centro de Reinserción Social Morelos en Atlacholoaya que ingresaban a laborar, fueron asegurados cinco elementos; se trata de Aldo Jocsan, Jesús, Camilo, Miguel Ángel y Juan Jesús, a quienes se les encontró dentro de sus pertenencias cuatro equipos de telefonía celular, 110 chips de telefonía celular con números asignados de diferentes compañías telefónicas, accesorios, cargadores y un kit para reparar telefonía celular, 1.024 kilogramos aproximadamente de sustancia similar al “cristal”, en dos paquetes, tres cuchillos tácticos y dos botellas de bebidas alcohólicas”, decía el comunicado oficial que emitió la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana ya entrada la tarde.
Y ayer jueves, trascendió que un juez federal declaró de legal la detención de los cinco servidores públicos a quienes les imputan delitos contra la salud en su modalidad de narcomenudeo, por lo que en breve regresaran al que fuera su centro de trabajo, pero ahora como PPLs (personas privadas de su libertad).
Seguramente el tráfico de sustancias ilegales y artículos prohibidos se detendrá en el Penal de Atlacholoya por algunos días, quizás semanas, pero luego se reanudará porque siempre habrá quien se quiera arriesgar a ganar algunos miles de pesos extras y nunca serán suficientes los “operativos sorpresa”.
HASTA EL LUNES.


Lectura 3 - 6 minutos