El pasado viernes estuvo en Morelos la presidenta de la República, Claudia Sheinbaum Pardo. Vino a continuar con el rito que iniciaron los gobiernos priístas hace varias décadas de ensalzar la figura de Emiliano Zapata Salazar como héroe nacional e ideólogo del actual sistema gubernamental, olvidando que el campesino nacido en Anenecuilco durante muchos años fue considerado un delincuente, por lo que nos atrevemos a aseverar que si actualmente viviera sería un crítico de la Cuarta Transformación.
Ese día, escuchamos con atención el discurso de la doctora Sheinbaum en el que resaltó que “el movimiento zapatista fue un movimiento del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. No fue solo una lucha armada, fue una lucha por la justicia social, por la tierra, por la libertad. Por eso, el mejor homenaje que podemos hacerle no es sólo recordarlo, sino seguir su ejemplo en la vida pública de nuestro país”.
Perdón, pero si algo tenía Emiliano Zapata era su inconformidad con el régimen constitucional representado por Francisco I. Madero. Si ahorita viviera, estaría convocando a una rebelión armada para sacar del gobierno a los hacendados que hoy encabezan el Senado y la Cámara de Diputados. Monreal, Pedro Haces y Adán Augusto López serían los primeros que terminarían colgados en sus haciendas.
Recordemos que Zapata era un campesino de origen humilde que apenas sabía leer y escribir; mujeriego y apostador. Un Cuauhtémoc Blanco cualquiera.
A diferencia de otros líderes revolucionarios, su pensamiento no se articulaba en términos abstractos o teóricos, sino en demandas concretas basadas en la experiencia histórica de su comunidad. Esta visión quedó plasmada en el Plan de Ayala, proclamado en 1911 tras la ruptura con Francisco I. Madero, a quien Zapata acusó de traicionar las promesas agrarias de la Revolución. En este documento, Zapata no solo desconocía el gobierno maderista, sino que planteaba un programa radical de reforma agraria, que incluía la expropiación de tierras a los grandes hacendados y su reparto entre los campesinos.
Sí existen historiadores serios que han planteado una visión desmitificadora de Emiliano Zapata Salazar, es decir, como un líder producto de su contexto social, que en su momento fue visto por el poder como rebelde o incluso delincuente, y cuya elevación a “héroe nacional” es posterior y en buena medida construida por el Estado posrevolucionario. Elegimos tres ejemplos:
El primero es John Womack Jr., autor del libro Zapata and the Mexican Revolution. Womack no presenta a Zapata como un héroe romántico, sino como un campesino de Morelos profundamente ligado a su comunidad, cuyo liderazgo surge de conflictos agrarios concretos. En su análisis, Zapata es ante todo un “hombre de su pueblo”, no un ideólogo nacional. Además, muestra cómo para el gobierno federal de la época —primero el de Porfirio Díaz y luego el de Venustiano Carranza—, el zapatismo era visto como bandolerismo o rebelión criminal, lo que contrasta con su posterior glorificación.
Otra referencia importante es Friedrich Katz, quien en obras como La guerra secreta en México y diversos ensayos sobre la Revolución, analiza cómo las distintas facciones revolucionarias eran percibidas de manera muy distinta según el momento político. Katz subraya que líderes como Zapata y Pancho Villa fueron etiquetados como forajidos por sus enemigos, y que su legitimación como héroes vino después, en un proceso de reconstrucción histórica donde el Estado seleccionó qué figuras incorporar al panteón nacional.
Un tercer autor clave es Adolfo Gilly, particularmente en La revolución interrumpida. Gilly interpreta a Zapata como expresión de una rebelión campesina profunda, no como un héroe individual aislado. En su lectura, el zapatismo representa una fuerza social que fue derrotada políticamente, pero cuya memoria fue posteriormente recuperada y resignificada. Esto implica que la figura de Zapata como “héroe nacional” es en parte una construcción posterior que domestica el contenido radical de su lucha.
En conjunto, estos historiadores coinciden —desde distintas perspectivas— en algo fundamental: Zapata no fue visto en su tiempo como el héroe que hoy se conmemora. Fue un líder local, radical en sus demandas, percibido por el poder como una amenaza al orden. Su transformación en símbolo nacional es resultado de un proceso histórico posterior, donde la memoria oficial reinterpretó su figura para integrarla en la narrativa de la Revolución Mexicana y del Estado surgido de ella.
Sería interesante tener a la mano todas las portadas del periódico Excélsior para saber cuándo Emiliano Zapata Salazar dejó de ser “el sanguinario cabecilla” para convertirse en el ícono de la revolución mexicana, en tanto que el general Guajardo pasó de ser un héroe a verdugo.
Por eso es que planteamos la pregunta: en una situación hipotética, si actualmente viviera Emiliano Zapata ¿estaría del lado del gobierno o estaría en contra del gobierno de Claudia Sheinbaum?
Por principio de cuentas, estaría decepcionado de que AMLO y CSP tengan como consentidos a los militares, a quienes han entregado el manejo de muchas instituciones.
Veamos: Emiliano Zapata Salazar no fue un actor político convencional, sino un líder profundamente arraigado en demandas muy concretas: la tierra, la autonomía de los pueblos y la justicia agraria. Su postura frente a cualquier gobierno dependía, en última instancia, de si éste cumplía o no con esas exigencias. Eso fue lo que lo llevó a romper con Francisco I. Madero y a proclamar el Plan de Ayala.
Si trasladamos esa lógica al presente, es muy probable que Zapata mantuviera una posición crítica frente al gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum, no necesariamente por oposición automática, sino por la distancia entre su proyecto agrarista radical y las políticas actuales. El Estado contemporáneo, heredero del proceso revolucionario pero también transformado por décadas de institucionalización, no plantea una redistribución de la tierra en los términos que Zapata exigía. Su enfoque está más orientado a programas sociales, desarrollo económico y administración del territorio, lo cual difícilmente habría satisfecho a un líder cuya demanda central era la restitución directa y comunitaria de la tierra.
Además, Zapata desconfiaba del poder centralizado. Su experiencia durante la Revolución le enseñó que los gobiernos —incluso aquellos que surgían con un discurso popular— podían alejarse de las bases y traicionar sus compromisos (la termoeléctrica de Huexca, por citar un ejemplo). En ese sentido, es razonable pensar que observaría con recelo cualquier proyecto político articulado desde el aparato estatal y un liderazgo fuerte, como el que hoy representa el movimiento gobernante vinculado a Movimiento de Regeneración Nacional.
HASTA MAÑANA.


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