En los conflictos más sangrientos de la historia, hay un elemento que se repite con inquietante frecuencia: la invocación de Dios como justificación de la violencia. No se trata de religión en su sentido espiritual, sino de su deformación en fanatismo, un recurso que convierte disputas políticas en cruzadas absolutas, donde ceder equivale a traicionar lo sagrado.
El fenómeno no es nuevo. Durante la Primera Guerra Mundial, soldados de distintos bandos marchaban al frente convencidos de que Dios estaba de su lado. Los alemanes llevaban inscrito en sus cinturones el lema “God with us” —Dios con nosotros— mientras del otro lado de las trincheras, franceses, británicos y estadounidenses creían combatir por una causa igualmente justa. El resultado fue devastador: más de diez millones de muertos en una guerra donde, paradójicamente, todos decían tener el respaldo divino.
El mismo patrón se repitió en conflictos anteriores. Las Cruzadas, que se extendieron por casi dos siglos, fueron emprendidas bajo la idea de recuperar territorios sagrados. La Reconquista en la península ibérica, que duró cerca de 700 años, también se justificó como una guerra religiosa. Más tarde, las guerras entre católicos y protestantes en Europa multiplicaron la violencia bajo el argumento de defender la verdadera fe.
La constante histórica es clara: cuando la guerra se convierte en mandato divino, pierde cualquier límite racional.
Hoy, ese mismo patrón parece reproducirse en las tensiones entre Estados Unidos, Irán e Israel. Tres actores distintos, un mismo Dios reclamado en exclusiva y una narrativa común: la certeza de tener la razón absoluta.
En Estados Unidos, sectores políticos y religiosos han construido una retórica donde el poder se presenta como parte de un designio divino. La figura de Donald Trump ha sido, en algunos círculos, vinculada incluso con ideas apocalípticas como el Armagedón descrito en el Apocalipsis. Declaraciones como las del secretario de Defensa, Pete Hegseth, al citar pasajes bíblicos que exaltan la guerra, refuerzan una narrativa donde el conflicto adquiere una dimensión casi sagrada.
Del otro lado, en Irán, la estructura misma del Estado está basada en una teocracia surgida tras la Revolución Islámica de 1979. La autoridad del líder supremo se sustenta en una interpretación religiosa que no solo guía la política interna, sino también la postura frente a enemigos externos. En este marco, resistir no es solo una decisión estratégica, sino un deber religioso.
En Israel, el discurso del primer ministro Benjamín Netanyahu también ha recurrido a referencias bíblicas para justificar acciones militares. La evocación de enemigos ancestrales descritos en la Torá y la idea de una tierra prometida refuerzan una narrativa donde la expansión territorial puede presentarse como cumplimiento de un mandato histórico y divino.
Así, los tres actores comparten una lógica peligrosa: si Dios respalda la causa, cualquier concesión se vuelve inadmisible. Negociar es traicionar. Ceder es apostasía.
En este contexto, la voz del Papa León XIV ha sido una de las pocas que advierten sobre el riesgo de esta deriva. Su insistencia en que “la violencia jamás puede conducir a la justicia, la estabilidad y la paz” contrasta con la retórica beligerante de quienes sí disponen del poder militar. Sin embargo, su influencia resulta limitada frente a líderes que convierten la fe en instrumento político.
El fanatismo religioso ha sido, a lo largo de la historia, un combustible silencioso pero persistente en los grandes conflictos armados. Aunque las guerras modernas suelen explicarse en términos geopolíticos, económicos o territoriales, la dimensión religiosa —cuando se transforma en dogma radical— ha contribuido a exacerbar tensiones, justificar violencias y consolidar narrativas de confrontación absoluta entre “buenos” y “malos”. Este fenómeno puede rastrearse desde la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial hasta las actuales tensiones entre Estados Unidos e Irán.
Durante la Primera Guerra Mundial, el componente religioso no fue el detonante principal, pero sí jugó un papel relevante en la construcción de identidades nacionales enfrentadas. Imperios como el Otomano apelaron al islam como elemento movilizador, mientras que en Europa, líderes políticos utilizaron referencias cristianas para legitimar la guerra ante sus poblaciones. La religión funcionó como un marco simbólico que dotaba de sentido moral a una contienda devastadora, en la que millones murieron bajo la convicción de defender no solo a su patria, sino también valores supuestamente sagrados.
En la Segunda Guerra Mundial, aunque el conflicto estuvo marcado por ideologías totalitarias como el nazismo, el fanatismo —con rasgos casi religiosos— se hizo evidente. El régimen de Adolf Hitler construyó una narrativa de superioridad racial que, aunque no era religiosa en sentido estricto, operaba con la misma lógica de exclusión absoluta y justificación moral de la violencia. Al mismo tiempo, en otros frentes, discursos religiosos fueron utilizados para fortalecer la resistencia o justificar alianzas, demostrando cómo la fe puede ser instrumentalizada en contextos bélicos.
En el escenario contemporáneo, la tensión entre Estados Unidos e Irán revela una dimensión distinta pero igualmente preocupante del fanatismo religioso. Desde la Revolución Islámica de 1979, Irán se ha configurado como una república teocrática donde la religión no solo guía la vida espiritual, sino también la política exterior. Por su parte, en Estados Unidos, ciertos sectores políticos han incorporado discursos religiosos —particularmente desde corrientes evangélicas— que presentan el conflicto con Irán como una lucha entre civilizaciones o incluso como parte de un destino manifiesto.
Esta combinación de ideología religiosa y poder militar ha contribuido a radicalizar posturas y dificultar salidas diplomáticas. Las tensiones, que incluyen sanciones económicas, amenazas militares y episodios como el asesinato del general iraní Qasem Soleimani, muestran cómo las narrativas de confrontación absoluta pueden escalar rápidamente. En este contexto, el fanatismo no necesariamente implica la práctica devota de una religión, sino su uso como herramienta de legitimación política y movilización emocional.
El riesgo de este fenómeno radica en su capacidad para deshumanizar al adversario. Cuando un conflicto se percibe como una batalla entre el bien y el mal, cualquier posibilidad de diálogo se debilita. La historia de las guerras mundiales demuestra que, aunque las causas sean múltiples, la introducción de elementos de fanatismo —religioso o ideológico— tiende a prolongar los conflictos y aumentar su violencia.
Hoy, en un mundo interconectado y con armas de destrucción masiva, el impacto de estas narrativas es aún más grave. La lección histórica parece clara: cuando la religión deja de ser un espacio de reflexión espiritual y se convierte en un instrumento de confrontación, sus consecuencias pueden ser devastadoras.
HASTA MAÑANA
