“Cada acto de violencia es,
en el fondo, un diálogo que nunca ocurrió.”
Anónimo
El caso del adolescente que privó de la vida a dos maestras en una escuela de Michoacán es, aunque mucha gente no esté de acuerdo conmigo, el resultado del abandono en que se vive actualmente en el seno familiar. Y esto aplica tanto a los hijas, hijas, padres y madres y toda persona que viva en familia, incluidas las personas adultas mayores.
No es posible que los padres de familia no sepan lo que hacen sus hijos, cuáles son sus intereses, qué les gusta, qué les disgusta. Veo frecuentemente cómo algunos hijos e hijas se imponen ante sus padres para que les cumplan sus caprichos y cómo algunos padres y madres de familia dejan abandonados a los hijos e hijas en el mar de internet, de los video juegos y todo lo que tiene la tecnología actual. Y, obvio, todo esto trae como consecuencia el maremágnum y la pesadilla que estamos viviendo.
En los últimos años, la violencia ha dejado de ser un fenómeno distante para convertirse en una presencia cotidiana que atraviesa comunidades, escuelas y familias. El reciente caso del adolescente en Michoacán que privó de la vida a dos maestras dentro de su propia escuela no solo conmociona, sino que nos obliga a cuestionarnos profundamente: ¿qué está fallando en nuestra forma de convivir?, ¿en qué momento dejamos de escuchar, de contener, de mediar?
Este tipo de actos no pueden entenderse únicamente desde una perspectiva punitiva o de seguridad, como opinan en las redes: “hay que castigar al adolescente como si fuera un adulto, darle la pena máxima”. Son, en esencia, el reflejo de fracturas sociales, emocionales y culturales que se han ido acumulando. Y es precisamente ahí donde la cultura de paz y la mediación emergen no como alternativas idealistas, sino como herramientas urgentes y necesarias.
Tradicionalmente, el conflicto ha sido percibido como algo negativo que debe evitarse o reprimirse. Sin embargo, desde una visión contemporánea —respaldada por disciplinas como la psicología, el derecho y la educación— el conflicto es inherente a la condición humana. El conflicto no es el problema en sí mismo, sino la forma en que lo gestionamos.
Cuando un joven llega al extremo de ejercer violencia letal, es evidente que hubo múltiples señales ignoradas: frustración acumulada, posibles entornos de violencia previa, falta de habilidades socioemocionales y, sobre todo, ausencia de espacios seguros para expresar su malestar.
Aquí es donde la mediación cobra sentido, porque es un puente en medio del abismo.
La mediación es un proceso estructurado de diálogo en el que un tercero imparcial facilita la comunicación entre las partes en conflicto. Pero más allá de su técnica, la mediación es, en esencia, un acto profundamente humano: escuchar sin juzgar, reconocer al otro y construir soluciones desde la empatía.
En contextos escolares, la mediación puede prevenir que pequeños conflictos escalen a situaciones irreparables. Programas de mediación escolar han demostrado que cuando los estudiantes aprenden a identificar sus emociones, expresar sus necesidades y escuchar a los demás, disminuyen significativamente los niveles de violencia.
Si este tipo de herramientas estuvieran sistemáticamente integradas en las escuelas, muchos conflictos podrían resolverse antes de convertirse en tragedias. Este tema ya lo he tratado en publicaciones anteriores. La mediación no es solamente para conflictos judiciales, es decir, cuando hay un juez de por medio. La mediación se debe de implementar en todos los ámbitos de la vida sin que sea necesaria la presencia de un juez. Debemos aprender a gestionar el conflicto desde el seno familiar.
Hablar de cultura de paz no es simplemente promover valores abstractos como la tolerancia o el respeto. Implica una transformación profunda en la manera en que educamos, convivimos y resolvemos nuestras diferencias.
La cultura de paz se construye desde lo cotidiano: en la familia, enseñando a dialogar en lugar de imponer; en la escuela, fomentando la inteligencia emocional y la resolución pacífica de conflictos; en las instituciones, privilegiando mecanismos alternativos como la mediación sobre la confrontación judicial o la sanción inmediata.
Y, atención: en este sentido, la violencia no se combate únicamente con leyes o castigos más severos, sino con comunidades más conscientes.
El caso de Michoacán no debe quedar como una nota más en la estadística. Debe ser un punto de inflexión. Nos confronta con una realidad incómoda: estamos formando generaciones que, en muchos casos, no saben cómo gestionar su dolor, su enojo o su frustración.
Frente a ello, la cultura de paz y la mediación representan una apuesta ética y social. No ofrecen soluciones instantáneas, pero sí procesos sostenibles que atacan la raíz del problema.
Si aspiramos a una sociedad más justa y segura, debemos dejar de reaccionar únicamente cuando la tragedia ya ha sucedido y comenzar a construir, desde ahora, espacios donde el diálogo, la empatía y la mediación sean la primera respuesta. No caigamos más en aquel viejo dicho que dice “después del niño ahogado, tapan el pozo”.
Porque educar para la paz no es una opción: es una responsabilidad impostergable.
