La primaria en que iba el menor lo recordó con un pase de lista, no así las autoridades que han olvidado apoyar a sus padres.

Coatetelco.- A un año del sismo del 19 de septiembre, la familia del menor que murió en el Centro de Salud de Coatetelco aún sufre su pérdida y trate de reponerse de los estragos de la tragedia, por su cuenta.
Hoy, hace un año de que José Miguel, de 10 años de edad, quien estudiaba el sexto grado en la Escuela Primaria “Felipe Ángeles” de Coatetelco y tocaba la corneta en la banda de guerra, dejó de estar físicamente con su familia. Aunque ya han pasado los meses, el dolor de su ausencia está presente entre sus familiares y amigos; sus padres aún se aprietan el pecho cuando hablan de él y por momentos se les escapan las lágrimas.
El 19 de septiembre de 2017, José Miguel se encontraba en el Centro de Salud con sus padres y su hermanita, de tan solo un mes y medio de nacida, cuando comenzó el temblor; su familia y la doctora de la clínica inmediatamente salieron de las instalaciones para ponerse a salvo; sin embargo, en ese momento, ocurrió la tragedia. 
Un arco de concreto situado entre la reja de acceso y el inmueble se derrumbó: José Miguel ahí murió; la mitad de su cuerpo quedó atrapado por la plancha de concreto, y fue difícil recuperar su cuerpo. En el lugar, también perdieron la vida dos médicas y dos adultos más; otro menor fue trasladado al hospital aún con vida, pero más tarde pereció. Muchas personas más resultaron lesionadas.
Ángel Jiménez, padre de José Miguel, relató que a un año del sismo el dolor sigue intacto. Extrañan las risas, los juegos y ocurrencias de José Miguel, su fotografía permanece en la pared del área común de la pequeña casa, que aún está en obra negra. Ahí mismo está una tarjeta con la imagen de Cristo y el nombre del pequeño, también un morralito con uno de sus juguetes. 
Helena, madre de José Miguel, quien resultó con severas lesiones aquel día, aún tiene secuelas por no recibir atención médica adecuada; usó collarín casi seis meses y en la actualidad no ha logrado hacer su vida normal por fuertes dolores en el cuello, espalda alta y brazo derecho, aunque se esfuerza mucho porque tiene que cuidar a su pequeña hija de un año y dos meses. 
La familia recibió ayuda mediante despensas y algo de dinero por parte de fundaciones, la ciudadanía en general y durante los primeros meses por parte del DIF municipal, pero desde el mes de noviembre nadie se ha acercado. 
A pesar de que los hechos se registraron en el Centro de Salud, ni el personal del lugar ni de la Secretaría de Salud contactó a la familia. 
La casa de los Jiménez se ubica en las afueras de la comunidad de Coatetelco, ya en la falda del cerro, es la última casa de la calle 16 de Septiembre de la colonia Pedro Saavedra; en la esquina aún se encuentra una cartulina de color naranja donde la familia agradece el apoyo de los voluntarios. 
Helena no ha regresado al Centro de Salud, ha pasado meses en depresión y le ha resultado difícil seguir adelante. Ha recibido atención médica cuando el personal salubrista acude a la colonia los días viernes o ella va al Hospital General de Tetecala. No sabe cómo reaccionará al ver el lugar donde murió su hijo mayor.
El pasado mes de julio, la generación 2012-2018 de la Primaria "Felipe Ángeles" llevó el nombre de José Miguel y del otro menor que falleció el 19 de septiembre, en recuerdo de las víctimas del seísmo del 19 de septiembre. También en el pase de lista sus compañeros de generación gritaron "presente" al escuchar su nombre, sus padres fueron invitados a la ceremonia y fue un momento de sentimientos encontrados, relató Ángel Jiménez.
Mañana, jueves 20 de septiembre, la familia Jiménez celebrará una misa a las ocho de la mañana en el atrio instalado en la explanada de la iglesia de San Juan Bautista, además realizará el novenario con rezos a las seis de la tarde en su domicilio. La madre de José Miguel ya prepara el altar.

 

 

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Para hacer memoria de cómo afectó a la comunidad.

Tetecala.- En conmemoración de la contingencia por el sismo del 19 de septiembre de 2017, los colectivos y las organizaciones culturales de este municipio llevarán a cabo el programa "Sueña Tetecala" el próximo sábado 22 de septiembre. El evento será abierto para el público en general.
Arelhy Arellano, del Colectivo “Cuatro Patas”, informó que esta actividad se realizará con la participación de talleristas de la Ciudad de México, Cuernavaca y Tetecala en conmemoración del sismo de hace un año. "En nombre del derecho a soñar el Tetecala en el que queremos vivir, Colectivo ‘Cuatro Patas’ y algunos amigos presentan ‘Sueña Tetecala’, evento gratuito que se realizará en el zócalo del municipio el próximo sábado 22 de septiembre a partir de las 12:00 horas". 
Se contará con siete talleres, una presentación de teatro y una proyección, todo con la finalidad de informar a los asistentes sobre lo ocurrido en el 19-S, para hacer memoria de cómo afectó a la comunidad. 
Entre los talleres que se presentarán, está “Hagamos Ruido”; “Música y terapia”, con Keila Vidal; a las 14:00 horas se presentará la obra de teatro de Pablo Ballesta “Reconstruyéndonos”; se dará un curso de comunicación para niños; También se llevará a cabo la presentación de "Mi vida después del sismo"; "Imágenes en movimiento", con Humberto Lupercio; "Ilustra un comic", con Arturo Guadarrama, y "Sembrando sueños" con Javier García.
Las charlas informativas se realizarán en el Teatro Cuauhtémoc, donde se hablará de vivienda y autoconstrucción por el arquitecto José Sánchez, y el tema “Qué, quién, cuándo, dónde y cómo, ‘fuentes de información en caso de desastre natural’”, por el periodista Armando Sánchez. 
También, a las 18:30 horas se tendrá la presentación especial de "Grieta", fragmento del actual trabajo del grupo de teatro de Jóvenes Kasa en el Aire, de este municipio. 
Además, habrá juegos, juguetes, sorpresas y venta de artículos artesanales y comida.

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Miércoles, 19 Septiembre 2018 05:56

Casi dos meses sin poder llorar

Estuve más de un mes y medio con las ganas de llorar, pero no podía hacerlo. Simplemente no había tiempo para el llanto.

Todo comenzó poco antes de las 13:00 horas, parecía un día tranquilo en los que la jornada laboral podría terminar pronto.

Con esa idea conducía mi vehículo muy cerca de Las Palmas cuando hice un alto para pagar el servicio telefónico.

Justo me detuve cuando inició la vorágine: todo comenzó a moverse, ante mí un poste se mecía como mástil de barco, reventaron cables de luz y alcancé a quitarme del sitio donde cayeron las marañas de acero.

Sí, está temblando, tranquila, estaciona en la otra acera. Bajé el pie con la certeza de que el movimiento cesaría, pero no fue así, la sensación del tiempo se pierde, pareció eterno.

En la transitada avenida Galeana todo se detuvo, los vehículos, la gente que salió de oficinas cercanas, de restaurantes, las rutas.

Algunos maestros de escuelas salieron a la calle y miraban hacia todas partes. Se habían realizado simulacros para conmemorar el temblor ocurrido la misma fecha 32 años antes y en ese momento no sabían si era real.

De inmediato comencé a recibir notificaciones de mensajes que confirmaban el sismo de 7.1 grados Richter, registrado a las 13:14:40 horas con epicentro en Axochiapan. De inmediato mandé el primer avance a la redacción con los datos técnicos preliminares del Sismológico Nacional.

Pensé en mi hija. Se habría asustado en una escuela nueva, con maestras y compañeros que acaba de conocer. No hay tiempo. Comencé con la imparable sucesión de llamadas telefónicas y mensajes que se cruzaban con los de familiares que preguntaban lo que ahora es frase común: “¿están todos bien?”.

Caminé al colegio donde estudia mi hija. No abrían la reja, pero uno de los maestros que conozco se asomó y me dijo que todos estaban bien, muy asustados, pero sin daños; todavía se encontraban en el patio, en el punto de reunión (como lo habían practicado en el simulacro esa misma mañana).

Recuerdo bien, eran las 13:23 horas. Una de mis hermanas logró comunicarse conmigo para decirme que cuando le fuera posible, ella iría a la escuela por la niña para ver cómo estaba.

Subí a mi coche y avancé por la avenida Morelos, había mucho tráfico, busqué dónde estacionar y comencé a caminar hacia el palacio de gobierno en busca de más información. Los coches y “las rutas” circulaban en sentido contrario, buscaban huir de la dirección hacia la que yo corría.

En la medida en la que yo me acercaba al centro de Cuernavaca, había más descontrol, la gente trotaba en todas direcciones, trataban de llamar por teléfono, otros cerraban las puertas de sus negocios, otros más señalaban con el dedo hacia la fachada de la iglesia de Guadalupe, de la que caían fragmentos.

Llegué hasta el Palacio de Cortés a contracorriente de la gente que buscaba transporte. El torreón de la que fue casa del conquistador español, quebrado, el reloj “colgado”.

De nuevo se pierde la noción del tiempo, que ahí quedó detenido con la hora de la sacudida que marcó la historia del estado.

En la sede del Poder Ejecutivo los trabajadores salían casi en tropel, no había a la vista funcionario alguno. La información seguía fluyendo por mensajería, yo tratando de evitar caerme por no mirar el camino, pues seguía mandando reportes a la redacción sin parar, sobre lo que me constó, porque lo vi y no lo habría creído “a la primera”, si no hubiera sido así.

El primer síntoma de que las autoridades fueron rebasadas por la situación y que constaté fue el gesto de la directora de los Servicios de Salud en el patio de las oficinas ubicadas en el callejón Borda. Rodeada de una decena de colaboradores, que no sabían qué pasaba en hospitales y en los centros de salud, tratando de llamar por celular, de anotar datos y cifras. Preguntaban a su interlocutor “¿estás seguro?”. En breve entrevista sólo pudo reportarme que habían desalojado hospitales y centros de salud, que las líneas de urgencias estaban saturadas. No podían comunicarse al hospital de Jojutla.

En resumen, no tenían idea de que también el sistema de salud colapsó durante algunas horas esa tarde. No conocían de los daños en los nosocomios más grandes del estado (del ISSSTE y del IMSS), ni imaginaban que pacientes, médicos, enfermeras y demás personal, pasarían una larga temporada en los lugares donde evacuaron, en estacionamientos, o a media calle, porque no pudieron volver a los edificios hasta varios días o semanas después, hasta que éstos fueron sometidos a dictámenes y fueron reparados.

“La torre Latino cayó”, decía un mensaje de mi compañera fotógrafa.

- ¿La de la Ciudad de México?

- No, la de aquí. Y es que nadie imaginó vivir algo así en la “ciudad de la eterna primavera”, en “la tierra de Zapata”. “Aquí no es como en la Ciudad de México”, pensaban todos y nadie sabía qué hacer.

El aviso de lo ocurrido y el sonido de las ambulancias me condujo a la Torre Latinoamericana. Suele suceder que los periodistas corremos hacia el punto del que la mayoría huye.

Dos cuadras antes estaba “el acordonamiento”, con cintas amarillas que nadie respetó. Por fin encontré a más compañeros y compañeras periodistas, una de ellas embarazada (seguramente llevada por el instinto de la información hasta ese sitio).

De nueva cuenta las autoridades estaban saturadas, sin capacitación para un hecho de esa magnitud. Muchas manos se tornan estorbo cuando no hay guía ni comunicación. Querían ayudar, pero no daban paso a más ambulancias. Olía a gas, bajaban a una persona desde una de las ventanas del edificio que, como supimos después, se colapsó parcialmente.

La duda sobre el sentido de permanecer en el lugar me asalta cuando veo mensajes de la familia angustiada, ya que algunos de los sobrinos que estudian en la Ciudad de México no habían sido localizados. Otros mensajes buscando a mi hija y a su tía que iría a la escuela, “con una sola palomita, sin entregar”. Otro mensaje más que indica que hubo daños en oficinas y viviendas cercanas a mi casa (construida en la década de los cincuentas). De nuevo, no hay tiempo. 

Otra vez gritos: “ya van a mover la losa para sacar a los que quedaron atrapados en la ruta” -en ese momento había esperanza de rescatarlos con vida-, entre empujones de policías y desconocidos que se hacían llamar “voluntarios”, nos acercamos para tomar videos y fotos, documentar lo ocurrido, informar.

Los envíos de información, en la era de la inmediatez de las redes sociales, no paran, hay que seguir enviando datos. Sólo se detienen por momentos, en los que los segundos te parecen horas y vives como en agonía porque se va la señal de internet o del teléfono. La imagen del video enviado “se congela”, se detiene la transmisión. El celular se vuelve tu peor enemigo, el objetivo de toda clase de maldiciones, hasta que vuelve a funcionar.

Duró varias horas la cobertura en la Torre. Algunos propietarios nos pedían a los periodistas no movernos del lugar para que documentáramos posibles saqueos, y darles voz en sus llamados de auxilio para que les dejaran rescatar sus documentos y algunos bienes.

Por otro lado, toca hacer frente o esquivar a elementos de policía que corrían a periodistas con singular dureza, hasta con manoteos en la cámara. Pedían que nos retiráramos del lugar por “el riesgo”, sin importar que habían cientos de curiosos en el mismo sitio, cuya integridad no parecía preocuparles en lo más mínimo.

Como en cientos de construcciones que cayeron ese día en la Ciudad de México o en otros estados, la solidaridad de mujeres y hombres fue evidente, la organización civil se impuso ante las limitaciones de equipo y personal de bomberos y otros cuerpos de rescate.

Doy fe, es real que muchas personas, que son oficinistas, limpiaparabrisas, taxistas, comerciantes que iban a su casa, decidieron quedarse y arriesgarse para ayudar.

La tristeza aflora cuando se observa la camilla del Servicio Médico Forense sacar el cuerpos de una de las tres personas que murieron en ese lugar, se extiende en el ambiente; los esfuerzos de muchas personas apuntalando la losa que cayó encima de la unidad de transporte parecían en vano.

Los reportes de la zona sur comenzaron a llegar: “Jojutla está destruido, se cayó el palacio municipal”, y como ése, seguían los reportes de puentes cuarteados, viviendas desechas, escuelas dañadas, la autopista del Sol interrumpida por el derrumbe de un puente, conventos e iglesias destruidos.

La adrenalina te provoca el deseo de acudir a esa zona cuanto antes, pero la orden de tu jefe de información, que puede ser tan firme como en la milicia, es que tú te quedas ese día y haces cobertura en esta zona.

 

El reto mayor

El reto mayor resulta distinguir noticias falsas de la información cierta y aplicar el rigor periodístico. La tarea se complica cuando las autoridades, por razones en ese momento desconocidas (que podrían ir desde la concentración en atender el problema, a la negación o hasta la ineptitud) no aportan datos oficiales.

También llegaban imágenes del desastre en la Ciudad de México –donde aún no aparecían los sobrinos y vive una parte de la familia- pero no aparecían mensajes de respuesta sobre dónde estaba y cómo estaba mi hija. Paradójicamente, sí llegaban mensajes desde España de personas cercanas que, enteradas del suceso, preguntaban cómo nos encontrábamos.

“Hay que moverse” es la frase coloquial entre reporteros y reporteras para ir a otro lugar donde hay noticia. El tiempo sí alcanzó para regresar caminando hasta donde dejé mi auto y trasladarme a la colonia Alta Vista, y otras avenidas donde se reportaron daños en viviendas.

En el trayecto vimos que las farmacias, los supermercados, las tiendas, en fin, todos los locales ya habían cerrado. Recuerdas que no has comido, recapacitas que debes buscar algo qué comer porque no sabes cuándo tendrás tiempo y quizá para entonces, ya no haya nada.

Nunca falta el alma buena que entiende tu trabajo, o las amistades, y agradeces como nunca el manjar que significa un sándwich hecho en la casa de la vecina de los damnificados que vieron cómo los edificios donde vivieron por más de 20 años se resquebrajaron. Sí da tiempo para darle un aventón a otra reportera que salió corriendo sin bolsa, sin dinero, sin nada más que su teléfono y su pila adicional.

En la barranca El Tecolote, un derrumbe provocado por el temblor destruyó algunas viviendas, había que bajar por terracería donde antes había escalerilla. Rocas y tierra cayeron en el techo de la casa. Sentado a un costado un hombre cuya edad no se adivinaba, cubierto de polvo, debilitado, buscaba a su esposa.

No podía moverse bien, pedía ayuda. Traté de quitar piedras y no sabía si sacar video o seguir intentando quitar escombro junto a muchas personas que estaban en la misma faena. Decidí lo segundo, aunque admito que mi capacidad física no hacía mucha diferencia y la mayoría aseguraba que ya no había nadie en lo que fue su casa.

Es común que los profesores en la universidad te hablen del dilema que se presenta a periodistas entre ayudar o seguir documentando, entre ir por tu familia y seguir en tu labor. El 19 de septiembre del 2017 para mí fue uno de esos días.

La llamada desde el número de mi jefe de información me llevó una vez más a la decisión de que “hay que moverse”, era necesario que fuera a la Redacción. La mayor parte del territorio del estado enfrentó la suspensión de energía eléctrica y otros servicios como agua potable.  “Se caía el internet” y había una edición del periódico que sacar adelante.

En el trayecto a las instalaciones del periódico comenzó el nudo, ése que duró casi dos meses, el que subía a la garganta cada que acudíamos a diferentes comunidades, entrábamos (junto con más colegas) a las viviendas que estaban por caer, cuando la gente que lo perdió todo daba testimonio del desastre, de la tragedia. Cuando debes estar ahí, como hierro forjado con el fogueo, sin perder el lado humano, para conservar la capacidad de asombro para comunicar sus historias, para informar.

Cansada llegué esa noche a la redacción. El jefe de información me dio la orden de redactar la nota de todo el día, con los datos generados hasta el momento.

Me sentí abrumada, me preguntaba cómo plasmar lo sucedido, pues ni siquiera había un reporte confiable o al menos oficial de cuántas personas habían muerto. Se desconocía que en Morelos al menos 74 personas perdieron la vida por el temblor, y sólo el área de Protección Civil federal daba un conteo preliminar de 45 decesos.

Literalmente, le pedí al jefe que me “regañara”, que me ubicara, pues evidentemente llegué “muy acelerada” como para sentarme a redactar frente a la temida “hoja en blanco”, sin saber qué había pasado con mi familia (además, con la sensación de culpa por no quedarme a mover más piedras).

Me dijo con su particular exhalación cuando toma paciencia y su estilo directo (palabras más, palabras menos): “como tú sabes, toda mi familia es de Jojutla, ahí vive mi mamá, mis amigos, mis vecinos y no hay comunicación. No sé nada de cómo están, no sé si hay muertos, no sé lo que encontraré cuando por fin pueda ir, ha sido muy pesado para todos”.

“Entiendo y casi me pasa lo mismo, uno quisiera salir corriendo para ir a ayudar, a ver qué está pasando, pero somos periodistas y esto es lo que hace un periodista. De esta forma es como colaboramos, informar es nuestro trabajo. Así que tómate unos minutos, pero comienza ya la nota”, y me señaló la computadora y me acercó la silla. Luego siguió con su rápido subir y bajar en las oficinas.

Eso sí, el jefe accedió a calmar mi histeria generada por las temidas réplicas que podrían suceder: abrió el candado de la puerta de emergencia del área de información.

En la redacción también permanecieron los compañeros editores Esdras, Jorge y Arturo. Con el característico humor negro de muchos periodistas, me apoyaron como equipo, para confirmar datos y retomar en lo general la información de otros reporteros de la misma casa editorial.

Finalmente logré hablar con mi hija de 11 años y con las tías que salieron al quite para ir por ella y cuidarla durante la siguiente semana, pues la información no acaba.

Las jornadas para las y los compañeros reporteros fueron de tiempo completo, sin tregua ni para procesar el susto. La del 19 de septiembre nunca terminó, la madrugada del 20, el propio gobernador Graco Ramírez, contestó uno de mis mensajes desesperados de Twitter para confirmar oficialmente que no habría clases en Morelos, como en el resto de los estados golpeados por el sismo, hasta nuevo aviso.

 

 

 

 

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Miércoles, 19 Septiembre 2018 05:05

Mientras mamá seguía trabajando…

No es fácil ser hija de una periodista. El trabajo de mi mamá (Tlaulli Preciado) es difícil. Muchas veces la acompaño, es muy cansado. Todo el tiempo “anda de arriba para abajo” y sé que es riesgoso, tiene que ir a manifestaciones, a muchos lugares diferentes, hay personas que se enojan por lo que los periodistas escriben, además, trabaja durante muchas horas.

Pero ese día del temblor fue peor. Yo tenía once años, estaba en mi salón, y hacía poco que había entrado a la nueva escuela. Cuando tembló, yo me di cuenta primero porque todo comenzó a moverse, los trofeos que estaban en una repisa se cayeron, las ventanas vibraban, el garrafón del agua también cayó al suelo, el portón de la entrada sonaba como si lo golpearan, como si se fuera a caer todo. Yo les dije está temblando tenemos que salir.

Salimos del salón y fuimos rápido al punto de reunión, como lo hicimos en la mañana en un simulacro que hizo toda la escuela. Terminó el temblor y los niños de primer año lloraban mucho. Una niña que llevaba muletas porque ya tenía yeso en el pie desde antes, no podía caminar para salir del salón, el señor que cuida la entrada la cargó para llevarla al centro del patio.

Algunas compañeras y compañeros se abrazaban y lloraban, las maestras trataban de tranquilizarlos, nos decían que todo iba a estar bien que pronto vendrían nuestros papás por nosotros.

Algunos niños comenzaron a cantar “todo va a estar bien, todo va a estar bien”, y eso calmó un poco a los más chiquitos, aunque las profesoras tenían cara de preocupación, intentando contenerse.

Las “misses” decidieron que ya nadie debía regresar a los salones, dejamos hasta nuestras mochilas y loncheras. Como media hora después, comenzaron a llegar las mamás de otras niñas y niños por ellos, yo veía que se iban casi todos.

Afortunadamente no fui la última y poco antes de las cuatro de la tarde, llegó una de mis tías por mí. Entonces entendí que mi mamá se había ido a trabajar, aunque me hubiera gustado que fuera por mí. Quería abrazarla, darle besos y decirle cuánto la quiero.

Pensé en mi mami, que seguramente había ido a alguna zona de riesgo, porque si había pasado algo, seguro la iban a mandar. Sentí miedo de que le pasara algo, estaba preocupada.

Cuando salimos del colegio vi a la gente paralizada, otros se veían apurados, caminaban aprisa. No había taxis, ni rutas, por eso tuvimos que ir caminando. Llegamos hasta el centro. Vi la torre del Palacio de Cortés toda rota, con cuarteaduras y el reloj hecho un desastre.  Sentí mucha impresión porque no pensé que el temblor había sido tan fuerte.

Mi tía le tomó una foto con el celular y platicamos de que entonces el sismo sí había estado muy intenso; ella me decía que camináramos por donde no hubiera bardas muy altas, o donde no hubiera piedras sueltas.

Cuando llegamos a la casa, mi tía América me dejó en la cochera y entró a revisar si no había cuarteaduras o daño en el techo, pero no le pasó nada, todo estaba bien.

No había luz y nos quedamos en el patio por si acaso había réplicas. Mi tía se quedó sin internet en el celular y sin pila. Creo que por eso tampoco me llamaba ella, ni hablaba mi papá, que trabaja en otra ciudad. Después llegó mi tío y subimos a su coche para cargar el teléfono.

Como hasta las ocho regresó la luz, pero mi mama no llegaba y no podíamos hablarle, eso me dio más preocupación. Pensaba que podía caerle una barda o el techo de alguna casa encima. Mi papá llamó después de las nueve de la noche y me dijo que todo iba a estar bien, que no me preocupara que ya había hablado con mi mamá y que estaba bien.

Me quedé dormida y no me di cuenta cuando llegó.  Al día siguiente me llevó con otra de mis tías, porque no había clases y ella estaba en su casa porque me contó que cuando empezó el temblor en su oficina salieron por las escaleras, ella se cayó y varios de sus compañeros le pasaron encima.

Por los golpes le dieron días de descanso, y por eso podría cuidarme unos días mientras mamá seguía trabajando. Ella llegaba en las noches. No pude platicarle lo que sentí en la escuela ese día, y tampoco en los siguientes, porque se iba muy temprano.

Yo sé que el trabajo que ella hace es difícil, pero es muy importante porque las periodistas informan a la gente de lo que pasa, por ejemplo de las casitas en lugares alejados, donde no había llegado nada de comida ni de ayuda. Eso sirvió para que les llevaran despensas y ropa, que algunos niños tuvieran leche y ropa, porque su casa resultó muy dañada.

Como dos semanas después mi papá trajo cosas que donaron él y sus compañeros de la fábrica donde trabaja, había alimentos, medicinas, cobijas y junto con mi mamá fuimos a entregarlas a las familias que todavía no tenían donde vivir. Ahí me explicó más cosas sobre lo que pasó por el temblor, que debemos ayudarnos entre toda la gente y que yo le ayudo en su trabajo cuando estoy tranquila y cuando pienso en que me quiere mucho, que se sabe cuidar y todo va a estar bien.  

 

 

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Ser protagonista de uno de los peores desastres naturales que ha ocurrido en Morelos no es nada fácil, menos cuando se desempeña el trabajo de reportero y peor aún cuando, además, tienes dos hijas y un embarazo de siete meses.

El 19 de septiembre del 2017 transitó normal por la mañana, dejé a Sofía, mi hija de 12 años, en la primaria y a Amaya, de dos, en la guardería, salí a buscar mi información y terminé prácticamente temprano de recabar notas.

Decidí recoger a la menor más temprano de lo habitual e hicimos una escala en casa para recoger mi cargador (lo había olvidado desde la mañana) antes de ir por Sofía, que salía a las 14:40 de la secundaria. M

Mientras, aprovecharía para adelantar la redacción de mi material y así ganar tiempo para seguir con las actividades vespertinas y descansar un poco.

Insisto, un embarazo de siete meses a mi edad no fue nada fácil.

Fue en ese inter cuando sentimos el temblor. La casa se cimbró y yo asustada cargué a mi hija, la abracé y salí al jardín, que es la zona más segura de mi vivienda.

Inmediatamente llamé a mi esposo y no respondía (se encontraba en ese momento en el tercer piso del estacionamiento de Las Plazas).

La vecina se desmayó, los teléfonos se saturaron y en tanto yo leía en el grupo de reporteros de La Unión como informaban de la caída de la Torre Latinoamericana, un hecho sin precedentes.

Me urgía salir de casa, saber que Domi (mi marido) y Sofía estaban bien. Afortunadamente el primero no tardó en llegar, me contó rápidamente como sintió que ahí se le iba la vida viendo a la gente correr despavorida ante el acontecimiento. Salimos de casa inmediatamente, recogimos a Sofía y vino la pregunta: ¿Qué hacemos?, inmediatamente le dije: ¡pues debemos dar testimonio!

Justo circulábamos en la esquina de Morelos y Cuauhtemotzin cuando me baje del auto. Acordamos que Domi llevaría a mis hijas con los abuelos y nosotros seguiríamos con nuestras actividades.

Caminé a partir de la casa de La Chica (en la esquina de la avenida Morelos con Bartolomé de Las Casas) hacia el norte; las personas aún corrían, otras gritaban y unas más se protegían.

Nunca pensé que eso ocurriría en Cuernavaca… edificios tan emblemáticos como el museo de la Ciudad, la catedral, la parroquia de Guadalupe, destrozados.

Conforme más caminaba más angustia se vivía, Mi intención era llegar a la Torre Latino y llegué para ver a los cuerpos emergencia, el acordonamiento y a decenas de personas, algunas de las cuales curioseaban y otras más, solidarias, ayudaban a retirar escombros.

Un fuerte olor a gas se percibía en la zona, yo grababa con el teléfono todo lo que podía. No podía enviar información ante las fallas de la red de internet, sin embargo debía tener esas imágenes.

Me acercaba sin temor hasta que me topé con mi compañero Máximo Cerdio, quien me pidió que me alejara, me dijo que había riesgo de explosión ante la fuerte fuga de gas, que no había podido ser atendida.

Conforme pasaban los minutos más reporteros llegaban y todos me corrían y me decían: “¡No puedes estar aquí, es muy peligroso!” y yo me negaba a irme, me ganaba mi instinto reporteril; sin embargo tenían razón ¿en qué ayudaba yo con una panza enorme? Decidí retirarme, buscar información de mis fuentes desde un lugar seguro y así seguir dando seguimiento de lo ocurrido.

El desastre no sólo destrozó edificios, destrozó a cientos de familias, trastocó nuestras vidas y dejó huella.

A un año del sismo, les comentó que nació mi hijo, se llama Efrén y tiene 10 meses de edad, vivió el temblor en mi vientre; Sofía y Amaya siguieron su vida normal, aunque la más pequeñas aún padece las consecuencias del susto del temblor, mientras Domi sigue acordándose que pudo quedar aplastado en el tercer piso del estacionamiento del edificio Las Plazas. Pero lo vivido por nosotros fue nada, considerando qué hay quienes perdieron a sus familiares, lo cual es un daño irreparable y que a un año de lo ocurrido hay cientos de familias que no recuperan su hogar, que se quedaron esperando ayuda y que no han podido recuperar la tranquilidad.

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Miércoles, 19 Septiembre 2018 05:02

“… Algo que sin duda te hace sentir alivio…”

Nunca creí ser parte un acontecimiento tan desagradable como fue el 19 de septiembre del 2017. Fue difícil para mi, una niña de doce años, con una mamá (María Esther Martínez) embarazada, un papá reportero que podía estar abajo de cualquier edificio haciendo una entrevista o cualquier cosa que hagan los reporteros, una hermana que en ese entonces tenía dos años que iba en una guardería no tan cerca de mis papás, una casa llena de hermosos recuerdos que pudo haberse derrumbado. Siendo sincera fue un momento difícil.

Todo comenzó como siempre: me levanté, mi madre me dio de desayunar y me dejó en mi escuela.

Después de seis clases estaba sentada en mi pupitre haciendo un trabajo en un libro; no recuerdo que me hacía falta pero me paré por algo a mi casillero y sentí un mareo ligero pero que no era normal.

Sentí preocupación pero no le tomé tanta importancia; me volví a sentar y ahí empezó todo: las ventanas se movían, la maestra con un pánico que a mi ya mis compañeros nos asustó más, nos gritó que saliéramos del salón y ahí es cuando reaccioné, salí corriendo, llegué a la zona segura y me llené de lágrimas.

En ese momento me invadió una ola de emociones, aparte de que me surgieron demasiadas preguntas: ¿qué estarían haciendo mis papás en ese momento? ¿estarían a salvo? ¿qué sería del resto de mi familia? 

Cuando me pude calmar un poco me invadió la preocupación por completo, sentí un temor horrible, algo que nunca había sentido.

Después de unos quince minutos llegó mi mamá, reaccioné rápido para abrazarla y me solté en llanto, me subí a mi coche y me impactó mucho el ver personas llorando, niños que esperaban ser recogidos por sus papás, lo único que quería saber era si mi familia estaba bien.

Fue una de las peores experiencias que he sentido, el temor que me invadía fue terrible, en ese momento es cuando todos queremos ayudar a todos, ya sean de tu familia o no, todo Morelos se unió para ayudar y eso es algo que sin duda te hace sentir alivio. 

 

 

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Miércoles, 19 Septiembre 2018 05:01

Jojutla ya no es Jojutla

“Te advierto que te prepares, Jojutla ya no es el Jojutla que tu conociste”. De esa manera mi esposa me advertía la tarde del 19 de septiembre de que las cosas en mi ciudad natal eran peores de lo que pudiera imaginar.

Ese día no podría llegar hasta concluir mi trabajo en Cuernavaca. La Unión de Morelos tenía que circular contra viento y marea, algo que el profesionalismo de mis compañeros permitió hacer con relativa facilidad.

Aún así concluimos a las dos de la mañana (cuatro horas más de lo habitual) y hasta ese momento emprendí viaje, pero no a Jojutla, sino a un punto cercano donde pasaríamos la noche más a salvo.

Sólo hasta el día siguiente pude comprobar lo que había pasado. Con un nudo en la garganta transmití imágenes por facebook live para los lectores de La Unión de Morelos.

Narraba lo que no es frecuente para un periodista: la destrucción de sus lugares habituales, con el agravante de que apenas lo veía por primera vez.

Fueron días y noches larguísimos.

Lo más esperanzador de esas jornadas fue ver el civismo de la gente -especialmente de los jóvenes- que tristemente al paso de los meses se diluyó hasta hacerse imperceptible.

Ojalá sólo esté dormido y renazca, para reconstruir dignamente nuestra ciudad.

 

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Miércoles, 19 Septiembre 2018 05:14

La Torre Latino

Desde el último piso de la Torre Latino se divisa el lugar donde vivo: la orilla de la barranca. También se puede observar el Puente 2000, que el 19 de septiembre de 2017 tronó como la columna vertebral de una culebra gigante ante los 7.1 grados Richter, a las 13:14 horas. También se puede observar la torre de la catedral de esta ciudad: rota, sin la cruz.

Los obreros rompen el cemento y cortan los fierros que aún están como dedos de una mano epiléptica: cuatro pisos se vinieron abajo y a un año del siniestro sólo la mitad de los desechos ha sido removida, parte por falta de dinero y parte por desinterés de las autoridades del Ayuntamiento, según nos cuenta José Antonio Gómez Vieyra, tesorero de la mesa directiva y administrador del edificio.

 

En las habitaciones aún quedan muebles, papeles, trastes, fotografías y cuadros rotos. Una muñeca de alguna niña que no se ha movido en casi 12 meses, un teléfono con la caja por un lado y el auricular por el otro.

Esto es inhabitable, pero, momentos antes del sismo, aquí vivían 62 familias, aquí en este colchón dormían personas, confiadas en que estaban bajo un lugar seguro.

Los obreros arrojan trozos enormes de cemento y vigas. Y las cosas en su descenso rompen con todo y hacen un ruido muy parecido a una queja, pero no de humano sino de cosas.

En estos pisos, el 19 de septiembre, estaba Ámbar, la hija de un amigo, una chica de 18 años. Pudieron sacarla con vida. La llevaban acostada en la camilla, ensangrentada y cubierta de polvo, y pasaba sobre las cabezas, de mano en mano, hasta una ambulancia que la esperaba. Ámbar se salvó de milagro.

También se pudo rescatar a la mujer que quedó atrapada en el autobús que aplastó la barda de la parte baja de este inmueble. La sacaron los ciudadanos, los obreros que en ese momento trabajaban en el edificio que se localiza a unos metros y que hoy está acabado.

Los obreros hienden la barreta de metal sobre un pedazo de cemento y varilla, luego empujan y el cemento cede y rechina y el fierro suelta chispas. Ahora no huele a gas, pero el día del terremoto el olor era penetrante, la muerte andaba en el aire.

Desde la parte más alta que quedó de la Torre Latino la mirada desciende hacia el escombro. Todo se derrumba, la tristeza, el sudor de los voluntarios que salvaron a las personas, el llanto, la sangre que aun pintan algunas piedras y muebles; todo se sigue derrumbando, también nuestra memoria, por el mal tiempo y por todas las vidas y las esperanzas que aquí quedaron sepultadas.

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A un año del sismo del 19 de septiembre, damnificados siguen viviendo en carpas, hay escuelas sin clases y centros de salud sin reparaciones, denuncian organizaciones sociales.

Organizaciones sociales que forman parte de la red “Por Morelos #conTodo” demandaron a las autoridades que se rindan informes transparentes sobre la aplicación de los recursos públicos y privados destinados a la reconstrucción por el sismo del 19 de septiembre, pues, a un año, aún son visibles y dolorosas las necesidades y carencias en la entidad.

En conferencia de prensa realizada en pleno zócalo de Cuernavaca ayer martes, líderes de las agrupaciones que conformaron el citado colectivo expresaron su preocupación por que en muchas de las comunidades golpeadas por el temblor, los damnificados siguen viviendo en carpas, muchos estudiantes siguen sin clases en sus escuelas y hay centros de salud que no han sido reparados, a pesar de los fondos que se supone han sido destinados a tal fin.  

Dirigentes de organizaciones como la Cámara Nacional de la Industria de la Transformación (Canacintra), Identidades Mujer, Jóvenes por un Mundo Seguro A.C.; Fundación Desarrollo Integral Comunitario A.C.; Fundación Internacional Down, entre otras (que suman 19 en total), recordaron que la red nació con el objetivo de apoyar a las comunidades más afectadas por el sismo de manera subsidiaria e integral.

Explicaron que para focalizar sus esfuerzos, decidieron adoptar la comunidad de Chimalacatlán del municipio de Tlaquiltenango, donde el apoyo del Fondo Nacional de Desastres sólo llegó a tres casas con un apoyo de 15 mil pesos, a pesar de que hubo afectación en más de 30 viviendas de las cuales tres resultaron con pérdida total. En ese lugar se organizaron y apoyaron con la población en el suministro de agua, reparaciones eléctricas, desarrollo humano en temas de resiliencia y cultural, así como la movilidad económica, entre otras.

Manifestaron que así como ocurrió en dicha población, pudieron constatar que hay mucha pobreza en Morelos y que en una gran cantidad de lugares la ayuda oficial no llegó o no fue suficiente.

Por ello demandaron abiertamente que se rinda informes con transparencia sobre el manejo del dinero que se destinó a la reconstrucción, cuánto y cómo se aplicó.

Refirieron que hay algunos estudios que hablan de diversas cifras o montos que no coinciden. Por ejemplo, Transparencia Mexicana muestra en un informe que en Morelos se ejercieron más de 199 millones 600 mil pesos; pero la organización “Morelos Rinde Cuentas” mencionó que de acuerdo con sus cálculos se destinaron siete mil millones de pesos.

De igual forma, los representantes de la citada red hicieron notar que los datos oficiales también son variables, pero más allá de los números, lo que está a vista de todo el mundo es que la realidad en las comunidades “es desoladora e incierta”.

Siguen escuelas en reconstrucción, mercados sin avance en las obras, familias viviendo en casas de campaña, la economía local colapsada, entre otros problemas.

Dejaron en claro que como sociedad civil organizada no dejarán de trabajar para colaborar a los más desfavorecidos, pero exigieron que se den cuentas claras sobre esos recursos.

Llamaron al gobernador electo Cuauhtémoc Blanco Bravo a continuar con la reconstrucción de los daños ocasionados por el temblor y que realmente se ocupe el dinero que ha sido etiquetado para ello.

Finamente, pidieron a la población no perder la confianza y seguir apoyando a quienes lo necesitan ante situaciones como este desastre natural, a través de la organización ciudadana, con el fin de garantizar que los recursos lleguen a donde deben ser entregados.

 

 

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El gobierno actual y el edil electo planean  por separado eventos alusivos.

Jojutla.- Para conmemorar el primer aniversario del sismo del pasado 19 de septiembre, que devastó parte de este municipio, las autoridades municipales, lo mismo que el edil electo, anunciaron sendos programas de actividades.

El Ayuntamiento actual dio a conocer el programa con el cual conmemorará el primer año del sismo que dañó severamente la ciudad.

El secretario municipal, Rafael Chavarría Bahena, informó que la tarde de ayer habría una exposición fotográfica en la Plaza Yuliana, la cual duró apenas 20 minutos.

Este martes 18, de 10 a 13:00 horas, se ofrecerán talleres gratuitos de prevención y combate a incendios, acciones para salvar a una vida y administración de una emergencia en la Escuela de Estudios Superiores (EES) de Jojutla.

El 19 de septiembre, a las 10 horas en la misma escuela, se realizará el panel “Consecuencias del sismo”, una conferencia, la inauguración de una exposición fotográfica y un simulacro de sismo. A la una de la tarde, se realizará un acto cívico en la colonia Emiliano Zapata y al terminar se realizará una cadena humana, de la escuela de EES a la glorieta de Juárez y en la avenida Constitución.

A las cinco de la tarde, presentará el libro Zona cero, de Ethel Krauze, en la misma escuela.

Por su parte, el día de ayer, el edil electo Juan Ángel Flores Bustamante convocó a conferencia de prensa para dar a conocer el “Festival de la Solidaridad”, pero de última hora cambió de tema.

De acuerdo con lo que ha hecho circular por redes sociales, el festival se trata de una serie de actividades artísticas culturales y deportivas, que inician mañana miércoles 19 de septiembre y concluirán el día domingo 23.

Se incluye una misa el 19 de septiembre al mediodía en la avenida Constitución del 57. Algunas actividades de este día competirán con las que programó el Ayuntamiento.

 

 

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