En México, más de la mitad de las y los jóvenes ocupados trabaja en condiciones de informalidad o precariedad laboral, aun cuando muchos de ellos cuentan con estudios medios superiores o universitarios. El dato no solo muestra una falla económica; también obliga a revisar una promesa que durante décadas pareció incuestionable: estudiar garantizaba movilidad social, estabilidad y mejores horizontes de vida. Hoy esa relación ya no resulta tan clara.
En Morelos, como en buena parte del país, miles de familias siguen apostando por la educación como la vía legítima para que sus hijos vivan mejor. Lo hacen con esfuerzos cotidianos: transporte, cuotas, materiales, alimentación, renta, conectividad, tiempo. Y por ende, detrás de cada estudiante hay una economía familiar ajustada que sostiene una expectativa sencilla y profunda al mismo tiempo, que se trata de que el esfuerzo valga la pena.
No obstante, entre la escuela y la realidad se ha ido abriendo una distancia que debe analizarse y expresarse, ya que mientras el discurso público insiste en la educación como motor de transformación, muchos jóvenes descubren al egresar un mercado laboral marcado por salarios insuficientes, contratos temporales, esquemas por honorarios y escasas posibilidades de crecimiento. En no pocos casos, incluso dentro del propio sector público, se exige responsabilidad plena sin reconocer derechos elementales como estabilidad laboral, seguridad social o prestaciones completas. Entonces, algo no está funcionando como antes.
Hace más de dos siglos, Johann Heinrich Pestalozzi advirtió que la educación no debía limitarse a adaptar personas a un orden existente. Su propósito era formar individuos autónomos, capaces de pensar por sí mismos y construir su propia libertad. Entonces tenemos dos extremos educativos. Se puede educar para obedecer o para comprender; para repetir o para crear; para ajustarse a la precariedad o para cuestionarla.
Visto desde esa perspectiva, el debate educativo en México está inmerso en asuntos importantes, pero insuficientes. Se discuten planes de estudio, reformas curriculares, evaluaciones, tecnología en el aula o cobertura escolar, mientras permanece pendiente la pregunta central de la educación, que consiste en qué tipo de persona busca formar el sistema educativo.
En muchas escuelas públicas, la discusión cotidiana todavía gira alrededor de necesidades básicas: techos dañados, baños sin mantenimiento, falta de agua, mobiliario deteriorado, conectividad deficiente. Directivos y docentes terminan resolviendo gestiones que corresponderían a la autoridad. Cada plantel opera como una pequeña ciudad con exigencias propias de administración, convivencia, limpieza y recursos mínimos.
Y en Morelos se conoce bien esa realidad. Existen comunidades escolares sólidas, pero también planteles que sobreviven con limitaciones estructurales. La desigualdad territorial pesa, pues no enfrenta las mismas condiciones una escuela urbana consolidada que otra ubicada en zonas periféricas o rurales donde todo cuesta más conseguirlo.
Por eso ninguna reforma educativa alcanza por sí sola. Cambiar libros de texto o rediseñar programas importa, pero difícilmente transforma el fondo cuando el piso material sigue siendo endeble. A ello se suma otro problema menos visible, que es la diferencia entre escolarizar y educar.
México ha logrado ampliar matrícula y cobertura en distintos niveles, pero eso no necesariamente se traduce en autonomía intelectual. Tener más alumnos inscritos no significa, por sí mismo, formar ciudadanos críticos o personas capaces de resolver problemas complejos. En ocasiones, el sistema parece más interesado en certificar trayectorias que en desarrollar pensamiento.
Pestalozzi propuso una fórmula: educar cabeza, corazón y mano: pensamiento, sensibilidad y capacidad práctica. Dos siglos después, seguimos fragmentando esas dimensiones. Hay escuelas donde predomina la memorización sin comprensión. Otras apuestan por habilidades instrumentales sin formación ética. Algunas más prometen empleabilidad inmediata sin horizonte humanista.
Ahora bien, la universidad tampoco escapa a esa situación. Lo ocurrido recientemente en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos muestra que la educación superior enfrenta desafíos que van mucho más allá del aula, como lo son la seguridad, la gobernabilidad interna, representación estudiantil, continuidad académica. Pero detrás de la coyuntura permanece una pregunta más profunda: ¿se está preparando a los jóvenes para ejercer autonomía o solamente para incorporarse a un entorno incierto?
Durante décadas, el título universitario representó una expectativa razonable de ascenso social. Hoy muchos egresados encuentran trayectorias accidentadas como empleos temporales, bajos salarios, subocupación, competencia creciente y dificultad para independizarse económicamente. La promesa educativa se ha difuminado.
De tal manera que, cuando una generación hace lo que se le pidió como estudiar, esforzarse y titularse, y aun así enfrenta precariedad persistente, la confianza en el futuro y en las instituciones comienza a resentirse. La educación deja de verse como certeza y empieza a asumirse como apuesta incierta. Hoy, las generaciones prefieren ser influencers o subir contenido intrascendente en las redes sociales, volviéndose masa.
En ese contexto de incertidumbre y precariedad, el papel de la escuela y la universidad se vuelve todavía más delicado. No basta con transmitir contenidos y tampoco alcanza con administrar calendarios o acumular indicadores. Formar personas implica ofrecer herramientas para leer críticamente la realidad, adaptarse sin someterse y construir alternativas en medio de escenarios complejos. Además, nadie aprende en el vacío. Hoy, aspectos como la inseguridad, violencia cotidiana, economías familiares tensas, problemas de movilidad y desgaste emocional forman parte del entorno donde hoy estudian miles de niñas, niños y jóvenes. Todo eso también entra al salón de clases, aunque no aparezca en el programa oficial.
De ahí que la educación siga siendo uno de los pocos espacios capaces de interrumpir inercias sociales. Una escuela que enseña a razonar reduce la manipulación. Una universidad que fortalece criterio forma ciudadanía. Un docente debe despertar preguntas para modificar trayectorias enteras, pero hoy, lamentablemente en su mayoría no es así, solo esperan a que no haya clases para irse de fiesta y subir fotos de las bebidas alcohólicas que ingieren como si fuese motivo de orgullo.
En esta tesitura, la educación en Morelos y en México, necesitan presupuestos dignos, infraestructura funcional y políticas públicas consistentes. Pero también hace falta recuperar el ideal más exigente de la educación: la autonomía, para no formar obediencias automáticas, sino pensamiento propio.
Facebook: Juan Carlos Jaimes
X: @jcarlosjaimes


Lectura 3 - 6 minutos