Manuel de Jesús Martínez Hernández volaba. No era nuestra imaginación, entre el suelo y el cielo surcaba el aire con los brazos extendidos y las piernas ligeramente recogidas, con todos sus ojos dirigidos hacia el balón.
Lo que duraba segundos, para nosotros era un tiempo alagartado en el que observábamos expectantes cómo la mano izquierda tocaba el esférico e impedía el gol coreado.
Nuestro estadio, la cancha de básquetbol; nuestro equipo, una selección de jugadores muy habilidosos en los que no podía faltar Manuel, el volador.
Éramos cinco en total, contra otros cinco. Se apostaba cincuenta centavos por jugador: cinco pesos, en un enfrentamiento mortal donde sobre la arenilla del cemento liso de la cancha quedaba piel y sangre.
Las reglas del futbol cambiaban un poco, porque había que adaptarlas a las circunstancias; no solamente las medidas del terreno de juego ni el número de jugadores, también teníamos que modificar el tiempo: de cinco a siete minutos, sin descanso y sin cambios. No había árbitro, no se necesitaba.
No usábamos short, desde luego, ni zapatos deportivos, porque en la secundaria teníamos prohibido llevar tenis en días que no tocaba deportes. Nuestro uniforme era de color blanco y azul y zapatos negros de vestir.
(Mi padre me castigó repetidas ocasiones, no se explicaba por qué desgastaba yo tanto, o en qué, los tacones y la punta de mis zapatos).
Algunas veces, cuando no llegaba algún profesor ni mandaban adjunto, las retadoras se prolongaban y se jugaban varios partidos hasta agotar la hora.
Cuando los enfrentamientos eran por dinero, los chicos de básquet dejaban de estorbar con su balón y se volvían espectadores, incluso, las chicas echaban porras y eso a nosotros nos permitía lucir nuestras habilidades con la pelota e impresionar a las que nos gustaban. Manuel era el que más expectación causaba, no era humano, se volvía un pájaro.
Yo, particularmente prefería los partidos en los que la cancha estaba llena de charcos, que teníamos que librar. Los usaba para alterar la velocidad y la dirección de la pelota.
Ninguno de los buenos éramos improvisados, jugábamos futbol llanero en nuestras respectivas colonias en donde ganábamos campeonatos.
Nuestra pasión por el futbol la llevábamos de los campos de tierra a las canchas de básquet de la escuela, a las calles de tierra de nuestro barrio y hasta a la cama: todas las noches, ya dormido en mi cama, mi madre me quitaba la pelota de los brazos y también me sacaba de las bolsas de mis pantalones corcholatas, canicas y clavos chuecos y oxidados, cuya utilidad fue para ella un misterio.
Éramos “vaguitos”, es decir, muy hábiles, y no cualquiera nos retaba, le habíamos ganado a todos: a los de primero como nosotros, a los de segundo y hasta a los pocos equipos de tercero, cuyo interés estaba más orientado en buscar hembras para aparearse y dar continuidad a la especie.
Manuel era un portento. Conocía el peso y la velocidad de la pelota, además, sabía muy bien hacia dónde iría la pelota cuando el contrario la impactaba contra la orilla de la esquina del salón de clases. Manuel achicaba, tendía sus brazos, sus manos y sus piernas como si fuera una mantarraya.
Muchas veces lo vi gambeteando, desde su portería, hasta el arco contrario y hacer goles quebrando al portero.
Él y yo nunca fuimos contrarios en los equipos llaneros formales de 11 jugadores donde militábamos: eran ligas distintas en barrios separados.
Pero eso sí, como éramos muy amigos, nos veíamos fuera de la escuela y explorábamos dentro del panteón municipal que quedaba a pocos metros de donde Manuel vivía.
Muchas veces nos acostábamos boca arriba sobre los mármoles a encontrar formas a las nubes que flotaban como palomitas de maíz por el cielo azul, mientras comíamos capulines.
Aficionados a las luchas, queríamos ser gladiadores profesionales: él, Black Rabbit, y yo, With Rabbit.
La mamá de Manuel le trabajaba a un profesor de Historia de la secundaria, un abogado con unos lentes cuadrados y pelo negro brillante. Nunca supimos si olía a alcohol por la colonia que se ponía (Old Spice) o porque iba crudo a la escuela.
A sus espaldas le decíamos Kalimán, y era un maldito. Corrió a varios alumnos de su clase porque hablaban cuando él estaba dando algún tema: “¡Si no se largan en este momento, los voy a sacar a chingadazos!”
Manuel y yo, que estábamos más interesados en el futbol que en estudiar, siempre sacábamos muy buenas calificaciones en Historia, para envidia de los cincuenta compañeros del grupo, que apenas alcanzaban un seis.
Había un juego muy divertido que ahora podría considerarse suicida. Se llamaba El Burro y lo jugábamos de vez en cuando en el recreo.
Nos juntábamos de 10 a quince chamacos por equipo. Uno de los integrantes se ponía de espaldas contra la pared, con las piernas abiertas, mientras su compañero de equipo ponía su cabeza entre las piernas, agarrándose de éstas fuertemente con sus brazos. El siguiente prolongaba esta posición y así, hasta el último, para formar el “lomo” del burro.
El otro equipo se ponía en fila india a una distancia de varios metros, calculando un salto de aproximadamente cinco metros. El primer saltador era generalmente el más flaco y hábil, para llegar lo más cerca del poste y permitir que los siguientes fueran cayendo en la columna del burro atrás de él.
Cuando todos estaban ya con todo el peso del culo en el lomo del animal, éste comenzaba a moverse hasta derribar a los jinetes.
Si el burro se partía, los brincadores ganaban y volvían a montar, si eran derribados, le tocaba a los saltadores hacerla de burro.
Este juego, desde luego, estaba prohibido para las mujeres, aunque hubo algunas amazonas que participaban.
Cuando se juntaban equipos de más de 15 y en uno de ellos iba a participar Manuel, había espectáculo asegurado, los chicos y las chicas lo sabían, y se amontonaban en las orillas para verlo.
Manuel quedaba hasta el final. Tomaba impulso de varios metros y en el aire soltaba sus membranas laterales para volar como un pterodáctilo por sobre todos los jinetes, mientras se oían los gritos del público, particularmente de las chicas, hasta quedar de frente y casi metido en el hocico del burro. Los aplausos no se hacían esperar.
A mí me gustaba más ver a Manuel en la portería, pocos podían presumir de haberle hecho un gol.

MANUEL, A LA IZQUIERDA CON PANTALONES, EN LA FILA INFERIOR.


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