Ella piensa que todo esto es como cuando habla a sus pájaros, con la diferencia de que las aves sí la oyen y la ven con sus grandes ojos redondos y le responden con sonidos de ave.
A Fabiola le duele su padre. Debe cuidarlo todos los días, darle su medicina, su comida, cambiarlo, bañarlo. No puede salir de la casa más que al súper, a la tienda de la esquina por cosas emergentes, a las citas médicas cuando le toca revisión a su papá. Hace muchos años no va fiestas, ni a reuniones, menos al cine y ni se diga de vacaciones.
Ella es una sombra que no puede apartarse sino por instantes.
Lo sabe, y quizá para muchas personas, como se lo han dicho, sería imposible aguantar la carga que está soportando, pero ella lo ve de otra manera: está cumpliendo una responsabilidad, está acompañando a su padre los últimos años de su vida y en las condiciones en que la enfermedad lo va acabando poco a poco; está con él cuando más lo necesita, cuando nadie más que ella puede estar.
Siempre fue un hombre sano, muy activo, generoso, aunque como era el jefe de familia, el que daba el dinero para la casa, a veces era autoritario y hasta déspota…
Fabiola lo recuerda alegre, bailador, desmadroso, se ponía a cantar canciones de Javier Solís a un lado de Loreto, un perico de lengua negra, con la esperanza de que aprendiera alguno de sus boleros favoritos, pero el ave solo repetía algunas palabras, aprendió a carcajearse y a regañar a los nietos.
Nunca podrá olvidar que cuando falleció su esposo, su padre se hizo cargo de ella y de sus tres hijos. Les dio comida, escuela, diversión, una casa, un abuelo que siempre estaba pendiente de lo que necesitaran. Y eso sucedió hasta que entraron la universidad.
¿Cómo no ayudarlo ahora que no puede valerse por sí mismo? Incluso, aunque él no se hubiera desvivido por ella y sus niños, es la hija más chica, ha vivido con él desde pequeña, le conoce los modos, nadie sabe más de él que ella, incluso se ha especializado en los medicamentos que necesita y conoce en qué momento es necesario llevarlo con el médico.
Después de que la mamá de Fabiola murió, pasaron unos años y su papá casó con una mujer con la que, al inicio se llevaban muy bien, pero con el tiempo se llegaron a odiar casi a muerte.
Todos vivían en la misma casa, pero la relación se volvió infernal y por años no se hablaron.
Su papá se divorció de la mujer y quedó solo, con su hija, sus nietos y la pareja de su hija.
Fabiola recuerda cómo su papá comenzó a perder la memoria y la cordura.
Él siempre tenía el control del dinero. Le depositaban la quincena de su jubilación como empleado federal en su tarjeta, iba al banco y regresaba a casa para entregar a Fabiola el gasto para la casa y para los chamacos, nadie le pedía cuentas.
Pero un día comenzó a salir muy temprano y a llegar muy noche, le comenzó reducir el monto de la quincena.
Para no hacer el cuento tan largo, resultó que su papá andaba de “novio” con una señora joven, de unos 50 años, que le pedía dinero porque, según ella, tenía cáncer y necesitaba pagar un tratamiento.
Fabiola se enteró donde vivía la mujer que, desde luego, no tenían ninguna enfermedad más que cinismo, y le fue a reclamar. Pero la mujer la corrió, diciéndole que nadie obligaba a su papá a darle dinero, él iba solito, como gato al que le han untado de manteca los bigotes.
Después de denunciar a la “novia”, ésta le cerró las puertas al novio y el novio se enojó con su hija, al grado de que le suspendió el gasto para la casa. Pero como a los tres días regresó, porque los alimentos que consumía en los restaurantes no le gustaban.
A partir de ese momento, el hombre comenzó a ponerse cada vez más violento y desmemoriado. Varias veces, taxistas que lo conocían lo llevaron a su casa, sin dinero, herido, desorientado.
Lo habían recogido en las puertas del banco, sin dinero y sin tarjeta, o en la calle, deambulando.
Fabiola ganó un juicio de interdicción, para que ella pudiera hacerse cargo de su padre y administrar sus recursos, porque él tenía Alzheimer, y este padecimiento avanzaba muy rápido.
El médico le explicó, en términos llanos, que poco a poco iría perdiendo la memoria, que se le secaría el cerebro, hasta de comer se iba a olvidar. Eso ocurriría progresivamente y sería cuestión de pocos años. Le dio muchísimos medicamentos. El doctor le advirtió también que, junto con la falta de memoria, vendrían fallas en sus órganos y otros males propios de las personas de 80 años y más.
Desde ahí, su papá se fue volviendo más irritable, a veces muy violento, insistía en ir al banco solo a sacar su dinero, quería llevar el fajo de efectivo en la bolsa y salir al centro, pero ya confundía las fechas, a las personas, se perdía en la casa. No sabía quién era.
Fabiola tuvo que aprender el nombre de los medicamentos, suministrarlos, tomó un curso para inyectar, para tomar la presión, aprendió a curar heridas, estableció una serie de rutinas para la atención de su padre.
Y así ha sido desde hace varios años.
Ella está atada a su padre y le duele mucho, por toda la soledad del hombre, por toda la ausencia que lo va rodeando conforme la enfermedad avanza y lo va consumiendo poco a poco, lo va volviendo pequeño e invisible.
Ella siempre fue “pata de perro”, viajó a muchos lugares cuando era joven, incluso cuando se casó, andaba de allá para acá con el marido y los chamacos.
Ahora sólo viaja con su imaginación a todos lugares que ve en los documentales en Netflix y en Prime Video.
Ha soñado con estar en la India, en Japón, en Nueva York, en Río de Janeiro, en el Amazonas, en Costa Rica, en Palenque.
Algunas de sus vecinas con las que a veces platica piensan que ha viajado mucho, porque sabe todo sobre lugares muy famosos o de moda, pero la verdad es que conoce sólo por los documentales.
Un día, una amiga le llevó un destapador de Tlaquepaque, le gustó y lo guardó en la vitrina. Luego alguien le llevó un llaverito de Teotihuacán, luego un recuerdo de Chapala, luego de Guadalajara, de Puebla, de Toluca, y así fue coleccionando souvenirs.
Sabe todo sobre los lugares de donde son esos obsequios. Eso a sus amigas las impresiona. Incluso, cuando ellas van a salir de vacaciones les da indicaciones de qué sitio visitar y les propone opciones de viaje.
A Fabiola eso le da una gran satisfacción, aunque desde hace muchos años no haya salido ni de la ciudad donde vive.
Siempre está con su padre, es más, ella misma ha dicho que no son ella y él, sino son uno que se desplaza por la casa dividido en dos, y veces, cuando hay que salir de emergencia por algo, se separan, para luego juntarse.
Por la tarde, cuando Fabiola acaba de hacer su aseo, se sienta al lado de su padre y juntos ven la tele. Ella a veces le platica sus preocupaciones, sus sueños. Hace unos años, le respondía, incluso discutían algunas decisiones, pero poco a poco dejó de contestarle hasta encerrarse solo. Como ella se acostumbró a platicarle y como sabe que ahora su papá no le responde, se suelta con todo.
Fabiola piensa que todo esto es como cuando habla a sus pájaros, con la diferencia de que las aves sí la oyen y la ven con sus grandes ojos redondos y le responden con sonidos de ave.
Parte de la rutina es el baño diario. Cuando termina de bañarlo, lo viste y lo pone junto a una ventana grande que da a la calle.
El hombre se sienta en una silla recta, con las rodillas pegadas y los brazos también pegados a las costillas. Juega con sus dedos mientras observa hacia afuera.
Fabiola dice que así, su padre parece “niño regañado”, y entre lágrimas recuerda que cuando era niña le compraba pasteles muy grandes. Todos los niños del barrio, que eran muchísimos, asistían a la fiesta, esto no ocurrió nunca con sus dos hermanos mayores, que jamás tuvieron cumpleaños, ni pastel, ni fiesta, menos juguetes, porque en aquella época, antes que ella naciera, eran muy pobres.
Mientras permanece frente al ventanal, la gente saluda al padre de Fabiola, pero él ya no contesta, como lo hacía siempre; está ahí, pero no está.
Cada que se sienta en el mismo sitio, se aleja y se pierde en algún punto de su pasado, de donde, cualquier día de estos, no va a regresar.


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