El chisme es uno de los entretenimientos —y modos de vida— más hermosos del mundo, de la vida, de la historia, de la humanidad. Es la sublimación de la interacción social, el culmen del interés por la alteridad, la genuina necesidad por enterarnos de la vida ajena, la magia de una historia interesante, quizás cercana, pero sobre todo sabrosa, sabrosísima.
El chisme es una noticia, verdadera o falsa, que pasa de boca en boca, pero también por medios de comunicación, locales o masivos. El chismecito, es, sobre todo, lo que se cuenta mediante la murmuración, con cierta secrecía a veces, pero también a gritos por la calle.
Para ejercer nuestro libre derecho al chisme el lugar no importa, aunque hay sitios paradigmáticos, como afuera de una iglesia, dentro de un salón de clases, las escaleras de un edificio, la fila de la tortillería, el camión foráneo, la oficina y la cama después de hacer el amor.
Científicamente, el chisme es la comprobación más genuina de la eficacia del canal de comunicación humano: siempre hay uno que cuenta y otro(s) que escucha(n). Eso sí, se da más o menos por generación espontánea, en especial porque muchas veces no se sabe de dónde vino el chisme.
Entonces, ¿el chisme es anónimo? La mayoría de las veces. ¿Por qué así? Porque nos gusta escuchar buenas historias, pero no necesariamente saber quién las protagonizó. Dijera el abuelo Borges (un terrible chismoso), lo que importa es la anécdota, no las circunstancias.
El chisme no es opinión. Aunque pueda contenerla, es mejor evitarla, y enfocarnos en la clara exposición de los hechos, en la sintaxis chismal, para hablar con claridad y compartir el hecho de marras de la mejor forma posible.
Personas vienen y me cuentan sus chismes silvestremente, sin que se los pida. Los escucho y los amo en ese momento, aunque luego quizás me caigan mal por chismosos.
Escucho chismes por doquier: en whatsapp, bares, cafés, librerías, parques, museos, camiones, plazas, donde caiga es bueno. En ocasiones los pido, pues un chisme me lleva a otro. A veces hasta combino chismes, cruzando información de varias fuentes para aumentar la experiencia.
Como buen creador de historias, me gusta escucharlas y si es de viva voz qué mejor. Somos animales comunicadores naturalmente. Somos chismosos por biología, aunque algunos en efecto lo nieguen o de verdad no sientan el llamado al chisme.
Hay malos contadores de chismes, esos que alargan tanto los detalles que pierden la estructura y a veces no concluyen. Hay buenos contadores, los que te dan la nota con precisión y buen tiempo, con ritmo y gracia.
Hay buenos escuchas, los que hacen preguntas pertinentes, no interrumpen y juegan a extraer del hablante la mayor riqueza posible. Hay malos escuchas: interrumpen, no ponen atención, pierden el hilo, y hay que repetirles o se van antes de que concluya la historia.
Me encanta el chisme ajeno, porque de ninguna forma me gusta ser parte de algún chisme que corra por ahí de boca en boca, distorsionándose en extrañas lenguas y peores intenciones. Aunque ya no me importa, por años intenté evitar ser parte del chisme que alguien escuche y lo logré en alguna medida. Cuando más, hay mentirillas o exageraciones, basadas en prejuicios o envidias, pero eso casi siempre es benéfico por el misterio que provoca.
Si escuchas un chisme, puedes emplear, para su análisis, el método analítico, el deductivo o cualquier otra herramienta hermenéutica, para disfrutar mejor y aumentar tu experiencia y prestigio, pero de ninguna forma saques conclusiones de un chisme, déjalo así, como es, un acto comunicativo de catarsis y un maravilloso mal gusto.
Quizás soy malo, en el sentido de que escucho muchos chismes, pero cuento pocos, por egoísta o selectivo, no sé, quizás solo porque prefiero ocupar el tiempo en oír que en hablar. A pocos les cuento chismes en persona, pero, obviamente, a muchos mediante mis libros, que contienen muchas historias/noticias/hechos que ocurrieron a mi alrededor.
Por último, estimado lector o lectora, no confunda usted ser chismoso con ser metiche, a los chismosos se les tolera, sobre todo si sabemos disimularlo, pero lo que es a los metiches, a esos nadie los quiere, guácala.
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