Si me coloco en determinado punto de vista, veo mi vida como un drama interminable, incluso como tragedia si le agrego los duelos. Eso, insisto, me ayuda a crear, pero es pesado ver la vida tan gris, apreciar el día solo desde las sombras. Como ahora busco la homeostasis, me enfocaré en lo que mi amiga Esther me contó por la mañana: las mieles de la vida.
¿Qué es eso? Una metáfora sencilla pero bella: reconocer y vivir lo dulce de la existencia. Las experiencias que colman nuestros sentidos de alegría, claridad, belleza, paz, inteligencia y cariño. Quizás no me ha ido tan mal y solo soy un dramático romántico hipersensible y neurótico.
¿Cuáles son las mieles en tu vida? ¿Cuáles en la mía? Uf, un buen ejercicio, ¿me acompañas? Podrías hacer tu propia lista y lo hacemos interactivo. Cuesta más reconocer lo bueno que lo difícil de la existencia.
Entre las mieles de mi vida pasada se encuentra en primer lugar la libertad: poder hacer, moverme, ir y venir a voluntad. Ser emprendedor y artista me lo ha permitido de forma constante, con muchas experiencias. Cuando vendía en tianguis de pulga me encantaba la sensación maravillosa de ganar dinero moviendo cosas y viviendo el ambiente popular que hasta la fecha valoro.
En los tianguis hay mucha gente que decidió ser libre y que disfruta su día a día, con relaciones e interacciones con otras personas medio locas y libres. No todos son así, pero los hay. Además, a las 4 pm salía con ganancia, menos cosas y ganas de hacer en el resto del día. Iba al cine, a la biblioteca o a vagar por la ciudad, que siempre ha sido uno de mis pasatiempos favoritos.
Las mieles incluyen el arte: ir a ver en vivo espectáculos diversos: cuentacuentos, conciertos, danza, clows, mimos, payasos, ópera, cine, performance, teatro, cabaret, recitales, imitadores. Todo esto es parte de mi experiencia vital positiva.
La crianza es una de las mieles más dulces de mi paso por el mundo, tanto para mí como para mi hija. Fue y es algo sublime, una forma de amarla a ella, amarme a mí y amar al mundo.
Otra miel es la lectura, que me ha acompañado de forma constante desde los 18 años, ya casi 30 años. La lectura me llena la mente y me vacía el corazón, he hace reír en el metro o llorar en un café. Es una de las mieles más abundantes de mi vivir, que me ha ayudado también a aprender a eso, a vivir mejor, pues no solo leo literatura, he probado con casi cualquier género de libros. Me encanta y ahora mismo disfruto más que nunca de leer.
Pasear, vacacionar, visitar también van en esta lista. Cuando pude hacerlo, me gustó ir a conocer lugares como un simple turista más que se deja sorprender de lo que admira, ve, conoce, come o escucha. Conocí pueblos mágicos y trágicos y ciudades de la mitad del país y otros países. Por años esta pasión disminuyó, peor creo que comienza ya la cosquillita de pasear.
Visitar museos es algo activo desde pequeño. He visitado unos 200 museos y me faltan otros tantos. Es una de las formas de aprender que más me gusta: recintos donde el conocimiento o la memoria histórica se conservan y comparten.
Otras dos mieles: buena comida y amistad, que casi siempre van de la mano; de eso he tenido a pasto y así continuaré. Qué buenas mieles ha habido en mi vida. Y no olvido el amor, que sí he tenido y disfrutado, claro, pero con eso soy más discreto.
Entonces, ahora, hoy, busco (o mantengo) en las mieles de la vida: amistad, buen comer, ejercicio, leer y escribir, vender libros, ayudar a otros a hacer libros, pasear, abrazar a mi tribu y a mi descendencia, el arte, el juego, la risa y el canto, también el baile. Y, como bien dice otra amiga, debería añadir también el buen sexo, sí, no hay duda, porque no solo de pan vive este hombre.
Es bonito reconciliarme así con las cosas bellas de mi vida, agradezco el momento y las oportunidades de nuevas experiencias. Te deseo miles de mieles en tu vida. Gracias.
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