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Anécdota en Toluca 1 de 2


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En 2024 pasaba por una etapa fuerte del duelo, a un año de la muerte de mi padre. Vivía sedentario en Ciudad de México, con una comodidad que incrementaba mi holgazanería. Con todo, buscaba opciones para vender libros.

Tenía contratado mi local para la Feria del Libro del Zócalo en octubre, antes estaba la del Estado de México, a la que me invitó mi amiga Michelle Gaytán, una gran vendedora y una mejor persona, que tendría un stand allá. No iría a vender, pero me comprometí a visitarla.

El domingo agarré una Ecobici hasta el metro Constituyentes, luego la línea nueva del cablebús, de Los Pinos a Quiroga, donde abordé un camión que me llevó a Santa Fe, para subir al tren El Insurgente. Una delicia de viaje con tal movilidad.

Bajé en la estación Lerma. Salí y me comí dos de esas deliciosas tortas toluqueñas, cuyas particularidades son el tamaño pequeño y la buena sazón. Yo viví en Toluca un tiempo y siempre disfruté de su gastronomía, su clima melancólico y sus paisajes bucólicos.

Tomé un camión sobre Tollocan hasta el entronque hacia el aeropuerto. Allí subí a un taxi colectivo. Por fin llegué a la Expo, sede de la feria: un lugar grande, bien hecho, con algo de brutalismo en su arquitectura: agradable. En los anchos pasillos vi a varios escritores que andaban solitarios por las alfombras.

Fui a la zona de exposición de libro y di con Michelle, que señoreaba en un gran puesto, donde vendía libros de varios sellos editoriales, incluidos algunos míos, que le había dado un par de años antes y que pensaba recoger como otro pretexto para mi viaje.

La saludé con ánimo y conocí a su hijo, un pequeño que brillaba con luz propia y que regalaba de cortesía una sonrisa tan grande como el amor de su madre. Siempre es un placer convivir con gente que admiro y quiero.

Estuve jugando con el peque un rato, luego paseé por los pasillos, compré algún libro y volví a atender un rato al puesto, donde saludé a otros editores, algunos de los cuales no tenían nada de ganas de encontrarme. Estaba contento, pero unas horas después debía partir.

Me despedí de Michelle y bebé y salí. Una editora me dijo que me daba un aventón a cierto punto, pero rechacé la ayuda (primera señal), argumentando que me gustaba andar en la calle y que me movía casi como un local.

Era una petulancia, pero también una realidad: me encanta andar de callejero. Además, no tenía muchas ganas de hablar con personas, seguía reservado. Al salir había oscurecido. Pensé en tomar un Uber, como hicieron otros conocidos allá afuera, pero desistí (error).

El taxi colectivo me parece un lugar cómodo, útil, seguro y hasta divertido. Llegó alguno y me fui hasta el entronque con Tollocan. Serían ya las 8 pm, se me había ido más tiempo del que había calculado. Sentí una mala corazonada, ya sabes, pero no hice caso…

La logística era en sencilla en mi mente: solo debía tomar un camión que se iría derecho pocos kilómetros para volver a la estación del tren. Pero había un extraño movimiento en el crucero, algunas personas se movían sin la seguridad y calma que distingue a los locales, más bien con prisa y nerviosismo.

No era una amenaza real, sino que algo estaba fuera de lugar. En Toluca las costumbres son sagradas. Pregunté por los camiones Al tren y me confirmaron que pasaban ahí, pero algo no cuadraba. La gente cruzaba, cambiaba de punto, se amontonaba dentro de ciertos camiones.

Escuché que por las inundaciones se estaban desviando (otra alerta). Confíe en mi suerte y subí a un camión conducido por un jovencito maleducado; le pregunté si me dejaba en el tren y me dijo que sí. En un punto nos dijo al pasaje que se desviaría por una colonia.

Yo revisaba mi app de ubicación y seguíamos yendo hacia mi destino. En una esquina viró y lo detuve. Pregunté por el tren y me dijo que estaba ahí derecho nomás. En mapa marcaba cerca, pero se perdía el camino.

Bajé con otros pasajeros que sí sabían en dónde estaban. Pregunté si había taxis y me dijeron que no y que además ahí era peligroso. Continuará…

#danielzetinaescritor #unescritorenproblemas

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Daniel Zetina

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