Jorge Arturo Hernández

Jorge Arturo Hernández

Lunes, 25 Mayo 2020 05:30

Sin flores ni coronas

Hace unos meses escribí algo acerca de La travesía de la noche (Arena Libros, 2006), un relato de la francesa Geneviéve de Gaulle Anthonioz (1920-2002) donde narra parte de las experiencias que le tocó vivir en el campo de concentración nazi de Ravensbrück, al que llegó debido a sus actividades en la Resistencia.

Hay quien opina que se ha escrito demasiado en torno a los horrores del Holocausto. Sin embargo, la mayor información que se nos ha dado al respecto a través de la literatura, el cine, etc. cuenta a los judíos casi como únicas víctimas.

En Hollywood es imposible que se aborde la persecución de comunistas, romaníes y homosexuales por parte del nazismo: pareciera que aquel horror sólo lo vivió la comunidad judía y es la única que debe ser consolada por aquellos hechos.

Ahora bien, después de décadas de silencio, varias víctimas decidieron contar su historia de forma directa, a través de la literatura. Sin la melosidad ni propaganda hollywoodense, han optado por relatar aquello que sus ojos vieron, lo que experimentaron en carne propia.

En este sentido, Odette Elina (1910-1991), militante del Partido Comunista francés, es una de las voces que si bien escribió lo que vivió en dos de los campos más recordados de manera casi inmediata al volver de Auschwitz, el lector en español tardó para ver traducida la obra en nuestra lengua (fue publicada por vez primera, en francés, en 1948). Así, en Sin flores ni coronas Auschwitz-Birkenau, 1944-1945 (Periférica, 2008) nos enfrentamos a los recuerdos que la francesa comparte con el papel.

En las notas preliminares de la obra, Elina expresa: «Cuando volví de Auschwitz, en 1945, sentía con tal intensidad lo que acababa de vivir que me resultaba imposible guardarlo sólo para mí. Lo consigné en las notas y dibujos que constituyen Sin flores ni coronas» (p. 9).

En el libro hay dibujos creados por la propia Odette Elina –quien era pintora– con los que pretende ilustrar algunas de las escenas que se describen a lo largo de las páginas. Dada su naturaleza de artista plástica, el lector se encuentra con escenas breves, como cuadros dentro de una sala donde el silencio es la única forma de mostrar solidaridad con las personas de las que se nos cuenta: nunca habrá palabras para entender lo que vivieron.

La obra está dividida en varias partes. En alguna recuerda el invierno, la crudeza de dicha estación, con las víctimas expuestas a la nieve. En esas circunstancias, una sola prenda adquiere un valor infinito: un trozo de tela representa la posibilidad de vivir o perecer ante los embates del temporal.

En esa situación, la compañía se vuelve un abrigo: «Tener una amiga ayuda tanto a soportar el sufrimiento…» (p. 72). Luego repasa nombres de algunas mujeres en el apartado «Las compañeras». Las nombra y cuenta algo breve de ellas: Yvonne tenía unos ojos grandes y azules. «Cuando nos encontramos por última vez, en diciembre, llevaba la muerte marcada en su pequeño rostro» (p. 69).

Elina nos cuenta de Hella, una polaca de veintitrés años: «No era hermosa. […] Era, simplemente, mi amiga» (p. 70). Terminaba sus estudios de medicina y ello le permitía curar las llagas de Odette. Hella perdió la vista, el tacto y el habla. «Nunca más la volví a ver.// Los alemanes se la llevaron y la quemaron» (p. 75).

Hélène «era una apasionada de Shakespeare y conocía su obra como nadie» (p. 76). Hélène murió en el campo.

En seguida recuerda a Marie, de la que se burlaban porque tenía barba. Pese a su dulzura y su pasividad, no despertaba simpatía.

Irene esperaba el regreso de Elina al finalizar la jornada. En una ocasión «[l]a hallé medio muerta de hambre, medio muerta de miedo a morir de hambre». Odette compartía el escasísimo alimento con ella.

Después de diez meses en el campo, Elina recuerda que un día llegaron los rusos para liberarlos. «Con ellos, la vida había entrado en el Campo.// Ya no estábamos solos» (p. 102).

Trazos de dolor, esbozos de alegría. El tono del libro no permite la autocompasión: es, simplemente, un testimonio en el que se da cuenta de los hechos. Es una obra breve, pero valiosa, que se lee con una especie de vergüenza.

Acerca de Sin flores ni coronas, Albert Camus dijo: «Cuando hayan cesado hasta los ecos, pues habrán muerto todos los testigos, cuando el olvido se apodere, como suele, de la verdad, será necesario volver a documentos como éste».

 

A finales de enero de 1945, las tropas soviéticas liberaron Auschwitz.

 

 

Odette Elina fue detenida el 20 de abril de 1944. La Gestapo la sometió a torturas y la encerró en un calabozo.

 

Jiutepec.- Luis Octaviano Díaz tiene 66 años, es sastre y desde hace tiempo ha dedicado su vida al rescate de animales.

Actualmente sostiene una batalla contra el cáncer y a esta lucha se suma que debe enfrentar la emergencia sanitaria que se vive en el estado y en el país en general a causa de la pandemia por covid-19.

Luis padece cáncer de riñón, pero le ha avanzado a los huesos. Ello ha mermado seriamente su condición física.

Aunado a lo anterior, no cuenta con seguridad social que le permita darle un tratamiento a su enfermedad y el deterioro de su salud le ha impedido trabajar.

Ahora también debe lidiar con la poca actividad comercial que hay en la actualidad. Ante esa situación, se le dificulta hacerse de recursos.

El hombre es vecino del municipio de Jiutepec; tiene su domicilio en la calle Paraíso –sin número– de la colonia Paraíso, en el poblado de Tejalpa.

Habita una casa que está levantada a base de tabicón cuyo techo está construido con lámina de asbesto.

Diríase que vive solo; sin embargo, en el predio se destacan un patio y algunos cobertizos donde suelen dormir sus acompañantes: 25 gatos, 18 perros, cinco patos, dos guajolotes e incluso un borrego.

Dichos animales han sido rescatados y criados por Luis Octaviano, quien, dadas sus condiciones, no ha podido laborar para seguir manteniendo a sus compañeros de vida.

Esta situación lo ha orillado a buscar ayuda; antes de la declaratoria de emergencia sanitaria acudió a albergues con la esperanza de que pudieran recibir a algunos de sus animales. Sin embargo, en ninguno tuvo éxito.

También ha recurrido a personas que estén en condiciones de adoptar a alguno de sus compañeros, pero no ha tenido buenas experiencias.

Por ese motivo, Luis apela a la solidaridad de la ciudadanía con el objetivo de recibir algún tipo de donaciones, ya sea en especie –croquetas u otro alimento– o económica –vía depósitos– para sobrellevar las batallas que libra por las complicaciones de su salud y por el impedimento de salir a trabajar.

En este sentido, el hombre se dice preocupado por el futuro de sus compañeros, pues teme que llegue el momento en el que esté imposibilitado de realizar cualquier actividad física y, con ello, tengan que dormir a sus acompañantes o dejarlos a la deriva.

 

 

 

 

 

 

Lunes, 18 Mayo 2020 05:27

¿Acaso no matan a los caballos?

La industria del entretenimiento ha sabido lucrar con las necesidades y los sueños de las personas, convirtiéndolos en concursos-espectáculos cuyo juez, en la mayoría de los casos, es el público, que paga para mantener a su candidato favorito en competencia.

A través de los reality shows, la televisión ha encontrado la fórmula para mantener a los espectadores pegados a las pantallas durante dos horas o más, en el caso de los concursos.

En este sentido, los participantes directos se ven sometidos a una selección que desde el principio denigra a quienes aspiran a obtener cierto beneficio económico o para que se cristalice su deseo o necesidad.

En el proceso de selección se designa un número a cada persona: es decir, el sueño del aspirante se reduce a una cifra. De ahí se realiza el filtro y se elige a quienes, durante algunos meses, mantendrán los niveles de audiencia en un parámetro que permita a la televisora hacerse de anunciantes y patrocinadores cuyas ganancias son exorbitantes en comparación con el premio a entregar.

Esta semana mi recomendación se trata de una novela que ejemplifica lo denigrante que suelen ser algunos concursos: ¿Acaso no matan a los caballos? (Universidad Autónoma de Puebla, 1988), del estadounidense Horace McCoy (Tenesse, 1897-Beberly Hills, 1955).

Publicada originalmente en 1935, la novela relata la historia de Gloria y Víctor, dos jóvenes que se conocen en Hollywood a comienzos de la década de los años treinta, cuando la Gran Depresión golpeaba de lleno a la sociedad norteamericana en diversos aspectos.

Ante la crisis, miles de jóvenes se vieron obligados a cambiar de ciudad en busca de una mejor vida. Tal es el caso de la pareja que protagoniza esta novela. Ambos llegaron a la meca del cine estadounidense con la intención de introducirse en dicha industria para mejorar su situación de vida.

No obstante, ni Gloria ni Víctor tienen suerte; ella pretende formar parte del mundo de la actuación, mientras que él tiene el deseo de convertirse en un director. No cualquiera, sino el mejor director.

Las dificultades para hacerse de un empleo orillan a la pareja a participar de un concurso de resistencia de baile que se celebrará en un salón ubicado junto a la playa. El premio es de mil dólares, pero lo que lo hace atractivo para los competidores es que durante su participación, los organizadores les ofrecen comida y alojamiento gratis, además de breves descansos cada día.

Conforme avanza el certamen se narran episodios de la vida de Gloria y de Víctor, aparecen diversos personajes, todo enfrascado en un entorno violento que retrata la vida de los estadounidenses en el interior del edificio.

Sin embargo, las parejas se vuelven un espectáculo, el concurso en sí está diseñado para llamar la atención del público y, poco a poco, se dan cita actores y actrices de la época, directores de cine y otras personalidades cuya presencia atrae más público y vuelve la competencia algo más rentable.

Para hacer que más famosos y más consumidores vuelvan los ojos a dicha competición, los organizadores buscan hacerla más atractiva. Ante ello deciden montar carreras en las que deben participar las parejas. De esta forma, la narración toma aires asfixiantes, líneas y descripciones que el lector sufre y siente la presión, la humillación a la que son expuestos los competidores. Hay cuerpos sudorosos que se desplazan por toda la pista, casi sin fuerza; algunos caen, otros se agotan.

Una de las reglas de estas carreras consiste en que si un integrante de las parejas requiere atención médica, su compañero debe dar dos vueltas a la pista para compensar la ausencia del otro. Terminan deshechos. En cada carrera, el último lugar queda descalificado del concurso.

Casi novecientas horas de baile. Durante todo este tiempo ha habido cualquier cantidad de carreras, incluso una boda. Sí, el enlace matrimonial se convierte en un gancho de los organizadores, que se acercan a las parejas para preguntar quién está dispuesto a casarse.

La atmósfera es irrespirable. Todo el ambiente emana violencia. Entre los participantes hay criminales buscados por la policía. Pobres entreteniendo a ricos. Someterse a pruebas grotescas, denigrantes, sólo porque no hay otras oportunidades…

Esto es ¿Acaso no matan a los caballos?, de la que se realizó una versión cinematográfica titulada Danzad, danzad, malditos (1969), dirigida por Sydney Pollack y protagonizada por Jane Fonda y Michael Sarrazin.

Esta cinta fue nominada en nueve categorías al Oscar, pero sólo obtuvo la de Mejor Actor de Reparto (Gig Young).

¿Acaso no matan a los caballos? es una novela breve (126 páginas en la citada edición), con una prosa ágil que se deja leer de forma fluida, aunque hay escenas que de pronto cortan el aliento. Se trata de una historia que nace de la esperanza y desemboca en una tragedia que no deja indiferente al lector.

 

Horace McCoy tuvo la intención de convertirse en actor. Las experiencias en Los Ángeles le permitieron escribir ¿Acaso no matan a los caballos?

TOMADA DE LA WEB

Fotograma de Danzad, danzad, malditos, que está basada en la novela de McCoy.

TOMADA DE LA WEB

 

Lunes, 11 Mayo 2020 04:55

El maestro de Petersburgo

Para nadie es un secreto que Fiodor Dostoyevski (1821-1881) es uno de los pilares de la literatura universal. Su vasta obra ha sido digna de elogios, estudios e incluso congresos en los que se reúnen analistas y estudiosos de diversos países para abordar la obra del moscovita.

El ruso es uno de los escritores de mayor presencia en el mundo y ha influido en autores de diversas épocas como Albert Camus, Henry Miller, Charles Bukowski, William Faulkner, Virginia Woolf, Thomas Mann, André Gide, Ernest Hemingway, Roberto Arlt, Hermann Hesse, Ernesto Sabato, Gabriel García Márquez, E.M. Cioran, por citar un puñado de nombres cumbre de las letras del siglo XX.

Llama la atención la gran cantidad de premios Nobel que figuran en la lista. Algo hay en la obra de Dostoyevski que lo coloca entre los más grandes escritores de todos los tiempos. Para citar otro ejemplo de su influencia, mencionaré al sudafricano John Maxwell Coetzee (1940), quien obtuvo el Nobel en 2003 y también ha sido marcado por la obra del autor de Crimen y castigo.

Esta semana la recomendación es El maestro de Petersburgo (Mondadori, 2003), una novela inspirada en Dostoyevski que fue publicada por primera vez en 1994.

La historia está ambientada en el San Petersburgo de 1869. Es octubre. El escritor Fiodor Dostoyevski vuelve de Alemania a esa ciudad rusa con la intención de conocer las circunstancias en torno a la muerte de su hijastro Pavel.

Dostoyevski se hospeda en el mismo cuarto que era ocupado por el joven fallecido. Constantemente es asediado por el recuerdo de Pavel, intenta no caer presa del remordimiento y en ello trata de saber todo en relación con ese deceso.

En el trasfondo de la novela hay un tema que, décadas después, sacudiría el alma rusa: la Revolución. Pavel se involucró con Nachaev, un líder juvenil que es buscado por actos transgresores a la ley y por encabezar actos de conspiración en contra del país eslavo.

Coetzee retrata a un Nechaev acaso ruin y miserable, ávido de sangre más que de justicia. Y justamente Pavel fue una de sus víctimas: en la novela se deja entrevisto que habría sido asesinado, aun cuando el reporte oficial indica que se trató de un suicidio: murió al caer –o ser lanzado– desde una azotea.

Se trata, a su vez, de un homenaje del escritor a su maestro Fiodor Dostoyevski, a quien humaniza con base en la información disponible acerca del también autor de Memorias del subsuelo. Tenemos al gigante de forma humana, entregado a sus pasiones.

En esos días de investigar, Fiodor sostiene varios encuentros con la casera y su hija, quienes le cuentan acerca del hijastro, su día a día. Además, Dostoyevski se involucra carnalmente con la mujer, lo que ocasiona diversos desencuentros.

Mientras pasan los días, Fiodor recurre de forma constante al recuerdo de su esposa Anna, a quien dejó en la ciudad de Dresde para viajar a San Petersburgo; lo mueve el proceso de encontrar al hijo perdido, de reencontrarse de alguna manera en el difunto: viste su ropa, se relaciona con sus amigos y revisa los papeles que Pavel dejó y que la policía los recogió como parte de las investigaciones.

Otro tema de Coetzee en la obra es la rebelión de los hijos en contra de los padres: Rusia se encuentra un tanto revuelta, las desigualdades son insostenibles y ya se anuncia lo que desembocará en la llegada de los bolcheviques.

El maestro de Petersburgo es una novela con un estilo muy digerible; tiene momentos de misterio y el toque psicológico que el propio Dostoyevski empleó en su obra. Es –como mencioné antes– una forma de rendir homenaje a una de las figuras literarias más grandes de la historia.

 

FOTO 2: TOMADA DE LA WEB

En la obra de Coetzee hay un cuestionamiento hacia todo tipo de racismo.

 

FOTO 3: TOMADA DE LA WEB

Dostoyevski es uno de los escritores más grandes de todos los tiempos.

 

 

Lunes, 04 Mayo 2020 05:42

Las vigilias de Bonaventura

Hoy en día no es extraño que al mencionar las palabras «romanticismo» y «romántico» inmediatamente sean asociadas a cursilería o cursi. Sin embargo, esa visión simplista del término reduce una corriente artística y política que fue cultivada por personajes ilustres de la historia y que hizo una aportación importante a la historia de la humanidad.

Surgido a mediados del siglo XVII en Alemania y el Reino Unido, el Romanticismo fue una especie de respuesta al movimiento de la Ilustración francesa que pretendía –entre otros asuntos– anteponer los sentimientos al racionalismo.

Entre los nombres más destacados de este movimiento cultural figuran, ni más ni menos, los de Beethoven y Goethe, dos gigantes de la música y la literatura universales.

La recomendación que me permito hacer tiene que ver con una novela extraña que para algunos es considerada de culto y para otros, un misterio: Las vigilias de Bonaventura (Conaculta, 2003).

Esta obra fue publicada originalmente en el año de 1804 por la editorial de Ferdinand Dienemann en una zona un tanto alejada de las grandes urbes alemanas. Hasta la fecha no se sabe a ciencia cierta quién es el autor, debido a que apareció de forma anónima, firmada con el seudónimo de Bonaventura. Hay quienes se la atribuyen a Friedrich Schiller, a Lichtenberg e incluso a E.T.A. Hoffmann. Sin embargo, tras una cantidad considerable de estudios, el nombre de Ernst August Klingemann (1777-1831) parece ser el más convincente en los círculos académicos.

Pero, además de ese misterio, ¿qué vuelve fascinante a esta novela? De entrada, el narrador en primera persona y el lenguaje utilizado por el escritor, quien haya sido éste.

Las vigilias tienen por protagonista a Kreuzgang, un vigilante nocturno o también conocido como el sereno quien, a través de dieciséis capítulos-noches, dará cuenta de su visión del mundo: ese mundo que ya desde entonces parecía comenzar a desmoronarse.

Cada capítulo es una noche y el personaje, en su monólogo interior, vomita y escupe la situación que atraviesa la humanidad. Por ejemplo, el también autodenominado poeta maldito Kreuzgang remite al diablo, a la locura, a la enfermedad de la Iglesia.

En la primera vigilia nos enteramos la muerte del librepensador, teósofo y zapatero Jakob Böhme. Desde el principio se entiende la crítica mordaz contra la Iglesia: el sacerdote que aparece en la escena es, más o menos, el diablo.

Luego vienen más vigilias, acompañadas unas de un tono macabro, otras veces poético, otras con un pesimismo y nihilismo adherentes al Romanticismo. Acompañamos a Kreuzgang al espectáculo lúgubre del mundo, a la soledad e inmensidad de la noche y los secretos que guarda entre sus entrañas.

Este vigilante recorre las calles, es partícipe del miedo, de la locura; aborda también la importancia del creador, del artista, desde una visión que, en el fondo, acaso deja una posibilidad para volver a ver la luz del día.

Las vigilias de Bonaventura es considerada una joya del Romanticismo alemán. Es breve, pero concentra una erudición de quien quiera que haya sido el autor. La temática es rica: lo mismo hace alusión a Mozart que al Antiguo Testamento, a Shakespeare que a Cervantes, a Dante que a Homero…

Para haber sido escrita hace doscientos dieciséis años, el lenguaje es fluido y la lectura es ágil. En español existen dos ediciones: de la catalana Acantilado (2001), con traducción de Marisa Siguan y Eduardo Aznar, así como la de la Dirección General de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (2003), con traducción y presentación de María Josefina Pacheco e ilustraciones de Juan Pablo Rulfo.

Para quienes sientan interés por esta lectura, la novela comienza así: «Sonó la hora nocturna. Me envolví en mi disfraz de aventurero, tomé la pica y el cuerno y salí a las tinieblas. Afuera, me protegí de los malos espíritus con la señal de la cruz y grité la hora».

 

 

 

Lunes, 20 Abril 2020 05:06

Pieza única

Hay quienes opinan que los temas en literatura están agotados, que ya se ha dicho todo lo que se tenía que decir. Sin embargo, el arte de los escritores de hoy en día consiste en el tratamiento de las cosas, en cómo se cuenta una historia. Ahí es donde radica la originalidad, si es que aún hay cabida para ésta.

Uno de esos autores originales es el serbio Milorad Pavić (Belgrado, 1929-Ibídem, 2009). Tan es así, que es conocido como el «primer novelista del siglo XXI» por su Diccionario jázaro (1984), calificada por él como novela-léxico por la cual se hizo acreedor al premio NIN, el máximo galardón a las letras serbias. De esta novela existe una versión femenina y una masculina… Pero en esta ocasión me referiré a otra obra.

La editorial independiente mexicana Sexto Piso cuenta con cientos de títulos de autores consagrados (Dostoyevski, Melville y Kafka, por ejemplo), algunos que ya gozan de reconocimiento y otros, jóvenes pujantes que buscan hacerse camino en el siempre complicado mundo de las letras.

Entre las publicaciones de esta editorial destacan, precisamente, tres obras de Milorad Pavić: las novelas Pieza única (2007, con tres ediciones) y Segundo cuerpo (2011), así como el volumen de cuentos Siete pecados capitales (2007). Los tres libros han sido traducidos por Dubravka Sužnjević.

La obra que me ocupa en esta ocasión es Pieza única. Calificada por el propio Pavić como novela-delta, de entrada sorprende que sea un estuche que contiene dos libros que se complementan.

La novela versa sobre una serie de asesinatos misteriosos que deben ser resueltos por el inspector Eugen Stross. La historia se destaca por la originalidad de Pavić, un autor dotado de cualquier cantidad de recursos para hacer que con sus libros el lector se transporte de la realidad al mundo propuesto por el serbio, como una especie de hipnosis.

En el inicio de la novela se encuentra a Aleksandar Klozevits, un andrógino conocido como Aleksa y como Sandra. Aparece en un restorán, vestido de hombre. Luego entran dos individuos y Aleksa se mete al baño para salir convertida en Sandra. Persiguen a esta persona, la alcanzan. A partir de ahí comienzan la historia y el suspenso.

Unos asesinatos, mencioné líneas arriba. Aleksandar Klozevits es un «vendedor de sueños». Tiene la capacidad de hacer que las personas sueñen algunos segundos de sus ensoñaciones del futuro. Sin embargo, el precio que deben pagar para ello es muy alto.

Un mundo astrológico (sin caer en la desfachatez), onírico… Pavić es un escritor que va de los detalles más simples de lo cotidiano a temas que lo colocan como un autor erudito.

En Pieza única también aparecen Distelli, un cantante de ópera que sueña con la muerte del poeta ruso Pushkin; la señorita Marquesina Lempitksa, una «bomba sexual» que se sueña como un niño y regresa siglos (los sueños están en el espacio durante la eternidad, explica Klozevits); un amante, mujeres…

El destino de estas personas cae en la voluntad de Aleksandar Klozevits, que se dice comerciante. Sus habilidades comerciales y la astucia lo llevan a tomar en sus manos el futuro de quienes se acercan a él/ella.

En este primer libro la historia es contada por un narrador omnisciente, con un estilo ágil y ameno. Hay humor, trazos poéticos, fantasía: se trata de una novela para releer y disfrutar una a una sus páginas.

Luego está otro libro que forma parte de la novela-delta: Cuaderno azul. Inspector superior Eugen Stross. En éste se encuentran los apuntes y detalles de las investigaciones del encargado de resolver los asesinatos. En dicho cuaderno la narración es en primera persona.

Aunque ya conocemos la historia a través del primer libro, en el cuaderno del inspector hay anotaciones que nos siembran dudas; llega el momento en el que se confunde el lector y hay sospechas respecto de que lo leído anteriormente no ocurrió o no se interpretó de la forma adecuada (es un recurso propio de Milorad Pavić, sin duda).

La historia avanza, fluye: Pavić tiene magia en su pluma. Es uno de esos autores que marcan la vida de un lector por sus historias, la forma en la que las cuenta, la originalidad de su pluma.

Otras novelas del serbio son La cara interna del viento. La novela de Leandro y Hero (Espasa-Calpe, 1993), El último amor en Constantinopla (Akal Literaria, 2000), novela-tarot; Paisaje pintado con té (Anagrama, 2000).

Encontrarse un libro de este escritor es un acto fortuito y, estoy cierto, leerlo es uno de los placeres que se desea repetir. Pavić es, pues, de esos escritores que han hecho de la literatura uno de los sitios más habitables de las bellas artes.

«Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien –me dijo– ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas» (F. Scott Fitzgerald)

 

 

 

 

Lunes, 13 Abril 2020 05:45

La Era del Pez

La construcción de sistemas políticos no puede ser sin la participación de la sociedad. Ya sea para bien o para mal, la complicidad –o pasividad– de la gente permite que los poderosos lleguen a serlo.

La ascensión del nazismo no se logró sola. Hubo que convencer a la ciudadanía e inocularle las nuevas ideas que derivarían en lo que ya todos conocemos.

Entre la Primera y la Segunda guerras mundiales hubo un lapso en el que se gestó el horror. La generación de entreguerras creció con el primer conflicto a sus espaldas, pero con el segundo frente a sí. Acaso sin darse cuenta, o sin poner mucha atención, el monstruo creció y fue demasiado tarde cuando la realidad la alcanzó.

A este periodo –el de entreguerras– corresponde la novela que me permito recomendar esta semana: La Era del Pez (1937; Pomaire, 1979; traducción de Eduardo Goligorsky), del austrohúngaro Ödön von Horváth (Rijeka, Croacia, 1901-París, Francia, 1938).

La Era del Pez es protagonizada por un profesor de 34 años encargado de las clases de geografía e historia en un instituto para adolescentes.

La vida del personaje –del que se desconoce su nombre– parece transcurrir en calma, pero de fondo está el ascenso del nacionalsocialismo que ya permea en las sociedades más cercanas a Alemania.

El odio es transmitido a las familias a través de la radio y de altoparlantes. De esa forma, las cúpulas del poder consiguen que el grueso de la sociedad adquiera y aprenda las nuevas ideas y las acepte sin reparar mucho en ellas.

Así, el profesor se topa con jóvenes que se han adherido a los «ideales» del gobierno en turno. Lo comprueba cuando les encarga una tarea en la que respondan por qué son necesarias las colonias.

Odio, racismo, discriminación: he ahí una triada para colocarse en lo más alto del supuesto nuevo ideal. Los alumnos –casi todos– desprecian a los que no son como ellos; consideran a los negros como una subespecie al servicio de los blancos.

Pero estas ideas no sólo están presentes en los muchachos. Cuando el profesor cuestiona a uno de ellos acerca de sus ideas y opiniones, al día siguiente aparece su padre para recriminarle el «atrevimiento» de considerar que los negros son personas: «¿usted enunció o no esa aborrecible idea suya sobre el problema de los negros…?» (p. 16).

A raíz de ese desencuentro crece la tensión entre los alumnos y el maestro, a tal grado que firman una carta en la que le comunican que no desean recibir más clases de parte suya.

Días después, la historia da un vuelco. Como parte de la preparación de las nuevas generaciones en materia militar, deben hacer un campamento para realizar actividades ante la llegada de un «enemigo imaginario».

No todos los alumnos tienen buena relación. Hay pleitos entre algunos. De pronto, un suceso cubre la novela de suspenso, misterio y un tono detectivesco.

A partir de entonces, Ödön von Horváth desarrolla una serie de ideas en torno a Dios. Hay un Raskólnikov en el profesor que se plantea los dilemas morales y se sume en reflexiones que lo acechan a cada momento.

Todo ello permite al autor lanzar una crítica a la denominada clase media ante su pasividad que permitió el ascenso del mal. En este sentido, el título La Era del Pez alude a una etapa astrológica que es tocada por otro personaje, mediante la que se advierte que la llegada de una nueva era está próxima. Una era oscura.

La novela es breve con un estilo limpio y fluido. Se cuenta de Ödön von Horváth que era una de las grandes promesas de la literatura centroeuropea, pero su carrera se vio truncada a los 37 años, cuando un rayo cayó sobre un castaño y una rama aplastó al escritor mientras caminaba por los Campos Elíseos, bajo una tormenta eléctrica, después de haber acudido a un cine. (Von Horváth tenía una premonición: decía que moriría fulminado por un rayo.)

A propósito de esta obra, Stefan Zweig refirió: «La Era del Pez es quizás el cuadro más realista que se ha escrito sobre aquella generación que creció en esos desesperados años entre ambas guerras mundiales. Nunca se ha expresado tan vivamente el apasionado deseo de aquella juventud de escapar de una atmósfera envenenada por los odios políticos y las pasiones sociales».

 

TOMADA DE LA WEB

La Era del Pez ha sido reeditada por Nórdica bajo el título de Juventud sin Dios.

 

TOMADA DE LA WEB 

Los nazis calificaron a Ödön von Horváth como un autor «decadente, peligroso e inmoral». Sus obras fueron prohibidas y quemadas durante esa época.

 

 

Lunes, 06 Abril 2020 02:06

Sostiene Pereira

A Vero, que sostiene que ama a Tabucchi.

El 25 de marzo de 2012 falleció el escritor italiano Antonio Tabucchi, quien nació en 1943 en Vecchiano. La noticia pronto se propagó por diversos medios electrónicos, que a su vez la esparcieron a través de las redes sociales. No era para menos, pues con la partida de Tabucchi se fue uno de los autores más queridos en el orbe y una de las voces más coherentes y honestas de los últimos años en el panorama literario.

Este escritor cultivó lo mismo la novela y el teatro, que el relato y las crónicas de viajes de forma afortunada; fue dueño de un estilo sencillo, sin adornos, con una prosa potente y bella e historias que a más de uno han cautivado.

Antonio Tabucchi fue un apasionado de Fernando Pessoa y de Portugal. De hecho, la muerte lo sorprendió en Lisboa, esa ciudad que tanto amaba y que tan presente está en su obra. Incluso en sus páginas se siente ese aire nostálgico tan característico de los portugueses.

En esta ocasión me permito recomendar Sostiene Pereira (Anagrama, 1995), considerada la mejor novela del prolífico escritor italiano, uno de los más importantes autores de ese país de la segunda mitad del siglo XX y de principios del XXI.

Sostiene Pereira está ambientada en Lisboa, en el año de 1938, ante un país azotado por la dictadura de Salazar, los vientos de la guerra civil española y el acechamiento del fascismo italiano.

Cuenta la historia de Pereira, un periodista entrado en años que durante décadas se ha dedicado a la sección de sucesos en el periódico Lisboa.

Sin embargo, un día le es encomendada la tarea de hacerse cargo de la sección cultural de ese medio. Pereira es un hombre sin ideas políticas –o por lo menos no las expresa de forma abierta– que prefiere escribir sobre escritores desaparecidos, la literatura del pasado y cronológicas anticipadas.

En el día a día de Pereira conocemos trazos significativos de su vida, del pasado al que no renuncia por completo, las complicaciones de su estado de salud. Su esposa está muerta, pero el hombre habla con la fotografía de la mujer un día sí y el otro también: le cuenta los sucesos cotidianos, lo que come, lo que observa, con un lenguaje entrañable.

Con frecuencia aparecen las palabras “sostiene Pereira” a través de la novela, lo que convierte al texto una especie de declaración del propio Pereira ante alguna autoridad judicial.

A causa de la carga de trabajo, Pereira busca a un colaborador. Aparece Monteiro Rossi, a quien contacta para invitarlo a trabajar con él, luego de leer un artículo suyo en una revista sobre la muerte y los escritores. Sin embargo, nada de lo que escribe Monteiro convence a Pereira: textos que no tienen que ver con los encargos, críticas feroces contra autores de los que no se le ha solicitado opinión…

No obstante, en Pereira, Monteiro y su novia Marta –ambos con ideas políticas radicales de izquierda– nace una relación muy intensa que rompe la tranquilidad de Pereira y éste comienza a poner en la balanza su vida, lo que observa.

Pese a que rechaza complicarse la vida con ideas extremas, debido un tanto a su edad, Pereira reflexiona y da una lección de fidelidad, de amistad… Un suceso cambia su vida para siempre. Un hecho acontecido en su casa. Pero el desenlace da cuenta del tipo de persona que era Pereira.

El viejo Pereira que conmueve hasta las lágrimas, que uno mira con sus pasos lentos recorrer Lisboa, que entra en establecimientos para pedir su comida que no cumple por completo la dieta recomendada. Un Pereira de pasos lentos, vivísimo, que no deja de hablar con la imagen de su esposa y, a fin de cuentas, muestra el rostro de la sinceridad, del ideal humano.

Sostiene Pereira fue adaptada al cine en 1995 por el director Roberto Faenza, protagonizada por Marcello Mastroianni, cuya actuación ha sido calificada de “maravillosa” en este filme. Aunque no es conocida, la película cuenta con una crítica que la coloca en buena posición.

Otras obras destacadas de Antonio Tabucchi son las novelas Tristano muereSe está haciendo cada vez más tarde; los libros de relatos El tiempo envejece deprisaLos volátiles del Beato AngélicoLa dama de Porto PimEl juego del revésPequeños equívocos sin importancia, entre otras, todas publicadas por la editorial catalana Anagrama.

 

Lunes, 30 Marzo 2020 05:23

El salario del miedo

De acuerdo con un informe de la OCDE publicado en 2018, México es el país con el salario mínimo más bajo entre los países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) e incluso de toda Latinoamérica.

Una de las principales características del capitalismo es la explotación laboral. En numerosos lugares, el hombre es sometido a excesivos trabajos a cambio de una paga que apenas si alcanza para adquirir lo más básico que le impida morir de hambre; padece condiciones infrahumanas a costa de llevar un plato de comida a su familia. No es casual que, en pleno siglo XXI, la esclavitud esté disfrazada de trabajo: a mayor miseria general, mayor ganancia de particulares.

Pienso en las galeras de la zona sur de Morelos: entre tizne, bagazo, lodo, debajo del sol pleno; entre el silencio y los gritos contenidos, decenas de jornaleros se ven en la necesidad de destrozar sus vidas durante hasta dieciséis horas al día a cambio de un salario miserable. Si es que les pagan, porque casos hay en los que incluso ellos son quienes «les deben» a los explotadores.

Pienso también en las empresas que piden a sus trabajadores «ponerse la camiseta» para hacer prosperar el negocio; sin embargo, en momentos de crisis –por ejemplo, la situación que se vive en la actualidad a nivel global con el asunto del Covid-19–, esas mismas empresas muestran un desprecio total por el trabajador y lo privan no ya del bienestar, sino del simple estar en sí, sin asumir una sola responsabilidad social.

En torno a este tema gira la recomendación de esta semana. De la pluma del francés Georges Arnaud (Montpellier, 1917-Barcelona, 1987) salió una obra maestra que da cuenta precisamente de los abusos y la indolencia del capitalismo, sobre todo, en países subdesarrollados: El salario del miedo (Debate, 1995), una novela que fue publicada por primera vez en 1950 y adaptada al cine en 1953 por el director Henri-Georges Clouzot.

Ese mismo año, la cinta obtuvo la Palma de Oro en la categoría de Mejor Actor (Charles Vanel) en el Festival de Cannes y el Oso de Oro en el Festival de Berlín. En 1954 se alzó como Mejor Película en los Premios BAFTA.

La novela transcurre en un país tropical. Una compañía petrolera contrata a gente para realizar trabajos de alto riesgo. Arnaud cuenta la historia de cuatro trabajadores que deben transportar nitroglicerina en camiones.

Los lugares por donde deben transitar son pedregosos, con caminos destruidos, entre selva y ríos: la menor sacudida provocará una explosión que terminará con las vidas de ellos, sin ninguna responsabilidad por parte de la compañía que los contrató.

Con maestría, el casi olvidado Georges Arnaud sumerge al lector en un ambiente de constante tensión y suspenso dignos de mencionar; uno respira el miedo de los protagonistas, se mete en una inmovilidad a tal grado que el solo hecho de respirar se convierte en sinónimo de peligro ante el temor de la explosión: «El miedo. Está ahí, sólido, presente y estúpido, no hay manera de escapar» (p. 73).

Página tras página fluye como gotas de sudor en el rostro ansioso, angustiado. Hay en esta obra, considerada dentro del existencialismo, una narrativa impecable, de alto valor, más allá de la temática que aborda.

La novela invita a la reflexión, a voltear la mirada hacia esos sectores –invisibles cuando no ignorados– que con la esperanza de sobrevivir, de mejorar las condiciones de sus familias, se vuelven víctimas de un sistema avasallador e indolente cuyo único interés es acumular riqueza, aun a costa de muertes que pasan desapercibidas. Es una obra que aborda a los hombres, con un tratamiento excepcional.

En lo que se refiere al autor, Georges Arnaud fue acusado del asesinato de su padre y de su tía, en 1945. Estuvo preso durante diecinueve meses y después fue absuelto. Esta experiencia, su decepción del sistema judicial francés, lo orilló a viajar a Sudamérica, donde vivió miserablemente.

Arnaud se enfrentó al gobierno de Francia en 1950, año en el que apoyó al movimiento independentista argelino. Se trató, pues, de un autor comprometido, de los que escasean en el mundo hoy en día y que prácticamente está relegado.

 

 

 

Lunes, 23 Marzo 2020 05:36

Los perros de Riga

Hace algunos años hubo una tendencia al alza de la literatura nórdica, específicamente en lo referente a la novela negra. Varias editoriales se volcaron a publicar a autores como Henning Mankell, Jo Nesbø, Camila Läckberg, Mari Jungstedt, Jussi Alder-Olsen y Stieg Larsson, por mencionar a algunos.

El auge de estas obras las colocó en cifras de ventas muy elevadas en buena parte del mundo. Un mundo en apariencia ajeno se abrió a los lectores desde tierras gélidas y donde aparentemente el nivel de vida es elevado y no hay delitos.

Sin embargo, con la aparición de los mencionados y otros –muchos– autores, se desveló ante nosotros la realidad. Si bien se trata de ficción en la inmensa mayoría de los casos, la literatura siempre parte de la realidad. En lo tocante a la novela negra o policiaca, la corrupción de los sistemas políticos y judiciales sale a relucir y ello se convierte en una especie de denuncia.

Esta semana me permito recomendar Los perros de Riga (2002; Maxi TusQuets, 2008; traducción de Dea M. Mansten y Amanda Monjonell), del sueco Henning Mankell (Estocolmo, 1948-Gotemburgo, 2015), uno de los autores consentidos por el público gracias a su serie de novelas protagonizadas por el inspector Kurt Wallander.

La historia comienza durante una gélida mañana de febrero de 1991, cuando dos suecos se encuentran en el mar, a bordo de un barco que emplean para el contrabando. De pronto, descubren un bote en el cual hay dos cadáveres.

El hallazgo los hace entrar en dilemas. Por un lado, saben que no deben dejar los cuerpos; por otro, están convencidos de que si los llevan a la policía, habrá preguntas y ello supondría descubrirse como contrabandistas. Ante ello, deciden amarrar el bote a su barco y acercarlo a la costa.

Esa mañana, Kurt Wallander bostezaba en su oficina, cuando lo fue a buscar su compañero Martinson. Éste le dice que acaba de recibir una llamada que califica de extraña: dentro de poco, aparecerán dos cadáveres en la playa, anunció una voz desconocida.

Así, poco después aparece el bote en la playa de Mossby Strand, Ystad (Suecia). Se trata de dos hombres vestidos con traje que fueron torturados y asesinados de un balazo en el corazón. Llevaban días a la deriva.

Una vez iniciadas las investigaciones, en el departamento forense descubren que los muertos no eran ciudadanos suecos, sino de algún país de Europa del Este, por el tipo de emplaste que llevan en la dentadura.

Pronto saben que eran habitantes de Letonia y que el bote en el que estaban era de fabricación yugoslava. Sin embargo, en las primeras indagatorias, el bote fue robado del sótano de la comisaría, lo que hace suponer que había algo dentro.

Por asuntos diplomáticos, autoridades suecas y letonas entran en contacto para atender el caso. Después envían al mayor letón Liepa a Suecia, donde se relaciona con Wallander.

La estancia de Liepa no es larga, pero sirve para que el inspector sienta cierta empatía hacia él y percibir que las cosas en Letonia no van bien. (Hay que tomar en cuenta que en 1991 se restableció la independencia de los Estados bálticos –Letonia incluida– y ello generó revueltas y convulsión.)

Cuando el caso sería atraído por Letonia, un suceso da un vuelco a la historia y coloca a Wallander en un vuelo que terminará en ese país. Puntualmente, en su capital, Riga.

A partir de entonces, Mankell traslada toda la historia a esa ciudad, en el fin de la era comunista. Una de las virtudes del autor es la capacidad para crear una atmósfera como la que se respira en la novela: plomiza, asfixiante, paranoica…

Wallander vive una serie de sucesos que lo marcarán de por vida. Entre ellos, la aparición de Baiba Liepa, esposa del mayor Liepa y por la que siente una fuerte atracción conforme avanzan los días.

Buena parte del libro transcurre en Riga. Con agilidad, el autor muestra un mundo opaco, lastimado, pero en cuyas entrañas se gesta un grupo de personas dispuesto a conseguir la independencia y dejar a un lado la presencia soviética.

En la novela se plantean temas fundamentales como la libertad. Hay una crítica a los sistemas totalitarios, sin que ello lo convierta en un fanático anticomunista. Por el contrario, plantea el fracaso del comunismo no como sistema en sí, sino por quienes estuvieron al frente y torcieron los ideales en aras del poder.

Los perros de Riga es una novela que se lee con fluidez, en un constante estado de alerta, dado que el espionaje y la traición se respiran por sus páginas.

 

 

 

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