La muerte de una menor de tres años de edad, que fue atropellada ayer en la glorieta de la Luna mientras pedía dinero a los automovilistas, es una tragedia que se pudo evitar.
Desde hace varios años, la zona conurbada de Cuernavaca se ha llenado de familias enteras que han hecho de los semáforos y cruces viales una forma de subsistencia a partir de prácticas ilegales, como la violación de los derechos de los menores y la explotación infantil.
No se trata de hechos escondidos. Sucede ante los ojos de todos, en avenidas principales y tan cerca como al otro lado del cristal del auto. Con los años, población y autoridades hemos normalizado esos escenarios, donde menores de edad se pasean entre los autos, lo mismo vendiendo algún producto que haciendo piruetas, bailando o simplemente pidiendo dinero para entregarlo a adultos que, sin el menor sentido de responsabilidad, los obligan a realizar estas actividades.
Este lamentable suceso es una llamada de atención para que las instituciones atiendan estos casos de manera permanente, pues es inconcebible que mientras en el discurso se habla de proteger a la niñez, se paseen frente a nosotros estas realidades.