Sociedad

Groenlandia y el delirio de poder


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Groenlandia y el delirio de poder
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Groenlandia y el delirio de poder

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En estas primeras semanas de 2026, podemos observar (aunque muchos simulan no ver) cómo una potencia que se jacta de defender la democracia amenaza con anexar un territorio soberano en pleno siglo XXI. Donald Trump, presidente de Estados Unidos, ha insistido en que su país “debe adquirir Groenlandia, aunque no sea de su agrado para otros”, argumentando motivos de seguridad nacional y competencia geopolítica contra Rusia y China.

Lo que estamos presenciando no es una frase suelta, ni una idea distraída de campaña, es la cristalización de una lógica que ha definido la política exterior estadounidense desde su origen: el poder como justificación última, el interés material como principio rector y la soberanía ajena como variable negociable.

 

¿Por qué Trump quiere Groenlandia?

Groenlandia no es un territorio sin valor (aunque muchos la ubiquen por su imagen del oso polar en el Turista Mundial). Es la isla más grande del planeta, rica en minerales estratégicos: tierras raras, uranio, depósitos aún no explotados; y situada en el corazón del Ártico, una región que se abre cada vez más a rutas marítimas clave debido al cambio climático. De tal manera que, desde el punto de vista militar, su ubicación ofrece una ventaja estratégica en sistemas de vigilancia y defensa que Estados Unidos considera cruciales frente a la competencia de potencias como Rusia o China.

Pero más allá de la geopolítica, lo que sobresale es el discurso de poder personal y nacional: Trump ha llegado a decir que “cuando lo posees, lo defiendes mejor”, sugiriendo que la soberanía no basta para garantizar la seguridad si el dueño no es Estados Unidos. Entonces, ¿es esta una idea defensiva o un pretexto para el expansionismo?

 

Recordar la historia para comprender el presente: ¿cómo Estados Unidos se ha expandido a través del tiempo?

La pretensión sobre Groenlandia no surge en el vacío. Forma parte de una tradición histórica que Estados Unidos ha cultivado desde su expansión territorial en el siglo XIX:

  • La expansión hacia el oeste consolidó un país vasto a costa de territorios indígenas y naciones originarias, bajo la doctrina del Destino Manifiesto, que justificaba la conquista como un derecho “civilizatorio”.
  • La guerra con México (1846-1848) terminó con la cesión de más de la mitad del territorio mexicano: Texas, Nuevo México, Arizona, California, Utah y más a Estados Unidos, mediante tratados y fuerza militar.
  • La anexión de Hawái (1898), donde la monarquía independiente fue derrocada con apoyo de empresarios estadounidenses para asegurar intereses económicos en azúcar y comercio.
  • Intervenciones y guerras del siglo XX y XXI: desde Cuba y Puerto Rico hasta Irak y Afganistán, pasando por sanciones devastadoras contra Cuba y Venezuela.

Cada episodio tiene un hilo conductor: el interés económico y estratégico por apoderarse del petróleo, la tierra y los recursos minerales supera cualquier principio de autodeterminación.

Y ahora, lo que Trump pone sobre la mesa no es solo una negociación, es un dilema moral para el orden internacional. Su insistencia en que Groenlandia debe estar bajo control estadounidense “aunque no guste a otros”, ha generado una rara oposición internacional. Dinamarca, país soberano sobre Groenlandia, y la propia Groenlandia han rechazado cualquier transferencia de soberanía. Mientras que Francia, Alemania, Suecia y otros países europeos han enviado tropas o anunciado ejercicios conjuntos bajo la bandera de asegurar el territorio y respetar la paz, no bajo una alianza con Estados Unidos, sino como un contrapeso a la idea de que la fuerza es siempre la opción.

¿Es esto simbólico o responde a una realidad mayor? La movilización europea en Groenlandia es una señal de que la Europa del siglo XXI no aceptará sin pelear la lógica de “poder primero, derecho después”. Y también una advertencia: cuando una potencia redefine la soberanía como una opción negociable, cualquiera puede ser el siguiente objetivo.

 

Entonces, ¿qué papel juega Europa? ¿Sólo discursos o acciones concretas?

La narrativa dominante en medios estadounidenses podría dejar la impresión de que Europa es tímida o incoherente frente al expansionismo de Trump. Pero la realidad es otra. Los países europeos, en particular Dinamarca, jefe de la administración de Groenlandia, han promovido ejercicios militares conjuntos, reforzamiento de la presencia defensiva y declaraciones firmes de rechazo a cualquier intento de apropiación.

Eso no significa que Europa esté dispuesta a enfrentarse militarmente a Estados Unidos; significa que el respeto por la soberanía y el derecho internacional todavía tiene defensores activos fuera del hemisferio occidental; no obstante, sería en un primer momento un enfrentamiento entre socios comerciales, por lo que ¿prevalecerá el interés comercial, o la autodeterminación de los pueblos?

 

México, Groenlandia y la lección del vecindario

Si miramos hacia América Latina, la historia siempre ofrece espejos. México sufrió en carne propia la lógica expansionista estadounidense en el siglo XIX. Hoy, cuando se habla de temas como migración, seguridad o economía, muchos interpretan la política de Washington como algo que sucede “allá lejos y ajeno”.

Pero la política exterior estadounidense no es un monolito aislado, es una tradición que combina presión, intervención, interés corporativo y una constante reinterpretación de la soberanía ajena. Cuba, y ahora Venezuela, lo han padecido con sanciones, sabotajes económicos y presiones políticas. Irán ha vivido décadas de tensiones y amenazas desde Washington. Y ahora Groenlandia aparece como una nueva pieza en ese tablero.

La pregunta se vuelve, entonces, tanto moral como práctica: ¿Qué mensaje envía al mundo una gran potencia que considera legítimo “poseer” territorios ajenos por razones de seguridad?

Es importante que quede claro que no se trata de un discurso de seguridad, sino más bien de un dominio disfrazado.

Si Groenlandia puede ser objeto de una disputa de este calibre, ¿qué impide que mañana otros territorios sean considerados “objetivos legítimos” de grandes potencias bajo justificativos similares? Esta pregunta es lógica, y no obedece a colores partidistas.

Trump ha revitalizado, con un nombre distinto (Donroe, mezcla de su apellido y la vieja Doctrina Monroe) una política que privilegia el interés estadounidense por encima de cualquier otro principio. Esto no solo pone en riesgo la paz internacional, sino que erosiona los fundamentos mismos de la coexistencia entre Estados soberanos.

Como lectores, como ciudadanos del hemisferio, como personas que han vivido el peso histórico de la intervención, deberíamos interrogarnos:

¿Aceptamos la idea de que la fuerza sea la primera respuesta? ¿o buscamos construir un mundo donde el derecho internacional y la soberanía de los pueblos tengan más peso que las ambiciones de un solo poder?

Porque si aceptamos lo primero, el futuro de Groenlandia sentará un precedente para permitir implícitamente que se repitan los mismos errores: el derecho de los poderosos por encima del derecho de todos.

 

Facebook: Juan Carlos Jaimes

X: @jcarlosjaimes

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Juan Carlos Jaimes

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