Cuca. Junio de 2015. La tumba de Cuca, sin cruz. Cuca. Junio de 2015. La tumba de Cuca, sin cruz. Fotógraf@: MÁXIMO CERDIO
Publicado en Sociedad Jueves, 06 Febrero 2020 05:32

Muere Cuca a los 86 años

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“Cuca, me preocupa que no tengas hijos, que cuando estés vieja, como yo, nadie cuide de ti, eso me pone muy triste…”

Dos o tres lágrimas brotaron en el funeral de María del Refugio Vázquez Navarrete o Cuca, como era conocida en San Antón, fallecida el 30 de enero de 2020 a la edad de 86 años. Su única hermana, Bernardina, fue la última en llegar al entierro, la metieron sus hijos, porque apenas puede dar pasos pequeños, y la sentaron en la orilla de una de tumba.

 

Desde allí Bernardina veía como sus hijos bajaron hasta el fondo del hoyo el féretro donde iba el cuerpo de su hermana mayor; también vio cómo uno de los albañiles se metía en la fosa de cemento y otro le pasaba planchas para acomodarlos y encerrar lo que quedaba en este mundo de su pariente. Después el albañil puso las últimas planchas de cemento y selló la tumba. Una mujer estaba cerca de la hermana de Cuca, tenía la mano en su hombro, como para decirle que no estaba sola.

Tres niñas saltaban de acá para allá buscando flores. Les dio mucha curiosidad la tumba de un niño; fueron hacia allá y jugaron, pero los regañaron porque estaban sacando regalos que eran para el niño difunto; las pequeñas se retiraron de mala gana y siguieron explorando en la superficie donde había cadáveres enterrados.

En el último adiós de Cuca no hubo más de veinte personas. Alguien tomó una tablet y leyó unos fragmentos de lo que escribió el rey Salomón en el Eclesiastés, capítulo 3 de la Biblia: Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo; Su tiempo el nacer, y su tiempo el morir; su tiempo el plantar, y su tiempo el arrancar lo plantado; Su tiempo el matar, y su tiempo el sanar; su tiempo el destruir, y su tiempo el edificar; Su tiempo el llorar, y su tiempo el reír; su tiempo el lamentarse, y su tiempo el danzar; Su tiempo el lanzar piedras, y su tiempo el recogerlas; su tiempo el abrazarse, y su tiempo el separarse.

-Rarísimo. Yo no había visto que hubiera tan poca ceremonia y nadie dijera nada -dijo una de las asistentes.

-Es que son de una religión que no hacen esas ceremonias con el sacerdote y riegan agua bendita y todo eso.

-Pero Cuca no era de esa religión.

-No, pero los que organizaron el entierro sí.

-¡Ah!

-Por lo común esta es la parte más triste de un funeral. Las mujeres lloran y no falta quien se desmaye o grite. Mientras más dramático o ruidoso es un entierro es mejor para la familia del muerto porque se ve que lo querían o que hará mucha falta. Eso y las flores, muchas flores, coronas, el color y el perfume de las flores, como si esto le comunicara al difunto o difunta que se le va a extrañar o que no quieren que se vaya.

-En algunos pueblos hay plañideras, es decir, mujeres a quienes se les paga para que lloren; ellas lloran y a los demás también les dan ganas de llorar, es una tradición que todavía se practica en los pueblos.

 

ERA DE ESAS MUJERES QUE SE HACÍAN NOTAR DESDE DONDE UNO LA VIERA

María del Refugio Vázquez era alta, blanca, muy guapa. Siempre andaba bien vestida. Era de esas mujeres que se hacían notar desde donde uno la viera, según el dicho de un vecino que la conoció cuando era joven.

En una entrevista en junio de 2015, contó que tenía ochenta y cuatro años y que llegó a vivir  a San Antón cuando tenía tres años (sus padres la trajeron de Moroleón, Guanajuato). En la avenida H. Preciado había quintas o casas grandes con huertas muy bonitas.

Según Cuca, la Feria de San Antón no era tan alegre (en la actualidad atrae a más de 10 mil personas diariamente y por una semana).

“Hace más de cuarenta años mi hermano Mundo y mi esposo Sergio Castrejón, que en paz descansen, y yo trajimos a los chinelos de Jiutepec y también bandas de viento para celebrar el 13 de junio al santo patrono del pueblo, San Antonio de Padua; desde entonces la feria y el pueblo se volvieron famosos y el día de la fiesta grande venían muchísima gente”.

Cuca también relató que se dedicó al comercio, era muy hábil para los negocios, tuvo rutas y taxis.

“Era yo muy hábil para eso. Yo tuve rutas y taxis”. La tienda La Barca de Oro, que queda frente a la escuela primaria Gildardo F. Avilés, en H. Preciado, fue de ella. También tuvo un restaurante por el puente del Pollo, se llamaba Los Pichones, y una tienda de materiales para construcción con la que hizo mucho dinero.

Los vecinos de San Antón, los viejos, recuerdan que el padre de Cuca o algún familiar cuando cumplía años traía, llevaba mariachis y banda y no tocaban una hora, sino seis u ocho horas seguidas; cajas y cajas de licor y cartones y cartones de cervezas. Había dinero y con quien disfrutarlo, así Cuca.

“Cuando aún era joven me detectaron quistes y me operaron, decidí no tener hijos: creí que mi juventud me iba a durar siempre. Yo me sentía… mmmm, para qué le cuento. Si no ya tuviera hijos tendrían más de sesenta años. Me arrepiento de eso, de no haber tenido hijos, sobre todo ahora. Mi madre también me lo decía, llorando, ‘Cuca. Me preocupa que no tengas hijos, que cuando estés vieja como yo nadie cuide de ti, eso me pone muy triste, Cuca’. Yo consolaba a mi madre y le decía que no se preocupara, que no tenía hijos pero para eso estaban mis cuatro hermanos, para que me cuidaran”.

Cuca estuvo enclaustrada por más de veintitrés años en el fondo de la barranca de San Antón, en La privada 127. No salía por problemas del corazón y de sobrepeso.

Hace dos o tres años, la subieron a H. Preciado, a que viera la feria, estaba sentada en una silla, en la oscuridad y confundida con el gentío, principalmente chamacos que correteaban alrededor de ella. Ya no escuchaba bien y podía ver muy poco, pero sonreía.

 

UNA TUMBA SIN IDENTIFICACIÓN

Si vas al panteón de Teopanzolco y buscas a Cuca, vas a encontrar sólo una tumba de cemento y flores marchitas o secas. Dentro, en una caja color cedro está un cuerpo, acompañado por tres bolsas negras de basura en donde los seres cercanos le pusieron algunas pertenencias. No hay cruz con un nombre y fecha de nacimiento y deceso, ni unas palabras grabadas en la madera o el metal o en el cemento, de esas lindas que la gente manda a poner a su mama, a su hija, a su tía; sólo vas a hallar el último recuerdo de María del Refugio Vázquez Navarrete, una mujer que vivió su vida como quiso, sin importar lo que la gente dijera de ella.

 

 

 

 

 

 

 

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Modificado por última vez en Jueves, 06 Febrero 2020 10:12
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