Máximo Cerdio

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Miércoles, 16 Enero 2019 05:07

Celebran Día del Compositor en Morelos

Este 15 de enero se realizó una misa en la capilla adjunta de la catedral de la ciudad, para conmemorar el día nacional del Compositor, a la que acudieron algunos autores y compositores y familiares de quienes en fechas recientes fallecieron.

El sacerdote que ofició la ceremonia religiosa pidió por el eterno descanso de Roberto Cantoral García, Joan Sebastian, Tomás González Méndez, entre otros compositores conocidos.

Manuel Arellano Hernández, representante legal en el estado de Morelos de la Sociedad de Autores y Compositores de México y delegado en Morelos (SACM), dijo que el presidente de la SACM, Armando Manzanero Canché, y el director Roberto Cantoral Zucchi mandan felicitar a todos los autores y compositores de Morelos en su día.

Expuso que en Morelos hay un censo de 350 autores y compositores, pero es necesario actualizar estos datos porque algunos han fallecido y otros han perdido el contacto con la SACM.

También explicó que es importante que se reconozca a los autores y compositores, ya que son los intérpretes los que generalmente se llevan los créditos y muy pocos conocen a los autores de las letras de esas “bellas melodías”.

Propuso que en las presentaciones en vivo, los intérpretes vuelvan a vieja costumbre de, antes o después de cantar o interpretar la melodía, dar el nombre del compositor.

Manuel Arellano expuso que en la mayoría de los sitios o portales de internet que transcriben letras de canciones aparece el interprete como el autor de la canción, pero es por ignorancia, no es por mala fe, la gente le adjudica al cantante la canción; desde luego que es muy importante quien o quienes la interpretan porque así se lleva a los grandes públicos, pero también es muy importante quien escribe la canción, quien hace la letra o la melodía.

“Morelos nosotros podemos asociar a los autores y compositores a la SACM para darles asesorías en todo lo que es el registro de sus obras y cómo acceder a sus regalías; las oficinas están en Tercer Privada Emiliano Zapata número 3, colonia Nogales o Ampliación Maravillas en Ocotepec o pueden entrar a nuestra página http://www.sacm.org.mx”, concluyó.

 

 

 

 

 

Rosa Eugenia Linares Morán esperaba al presidente de México Andrés Manuel López Obrador en la segunda entrada del Pabellón Multimedia Axocoche, en Ayala, adonde acudiría a hacer la declaratoria del 2019 como “Año del Caudillo del Sur Emiliano Zapata Salazar”, conmemoración del 100 aniversario luctuoso del general revolucionario.

Rosy Linares llevaba un fólder rojo y dentro una solicitud y documentos con datos de las enfermedades de su hijo:

“Estaba trabajando para el Instituto Mexicano de la Radio, pero sin más ni más, desde hace quince días ya no tengo trabajo y necesito un empleo para subsistir y mantener a mi hijo, quien tiene parálisis cerebral infantil permanente irreversible y síndrome de Lennox Gastaut. Por eso hice mi anuncio, mira.”

La playera negra de Rosy decía: “Desempleada. Tocada por la 4T AMLO”.

La reportera y fotoperiodista freelance de 48 años que radica en Cuautla y cubre la zona oriente del estado, también me contó QUE el peso de su hijo (Jesús Daniel, seis años y 16 kilogramos) le están ocasionando problemas en la columna y que se le había roto el arnes que carga a la espalda y donde acomoda a su hijo. “Un amigo va a tratar de reforzarlo con unas abrazaderas porque es de aluminio y es complicado soldarlo”, dijo.

En otras ocasiones Rosy ha comentado que no puede dejar a su pequeño en las guarderías porque tiene ataques epilépticos repentinos y hay un gran riesgo para él y para quienes lo pudieran cuidar.

A las 8:36 de la mañana del 12 de enero de 2019, Rosy se atravesó un rebozo y metió dentro a Jesús Daniel. Iba de acá para allá, tomando fotos y entrevistando. A veces el niño la cansaba y se sentaba en la banqueta, bajó el sol bárbaro de la “tierra del jefe”; entonces platicaba con el chico o le daba algo de comer o de beber.

Sabía que el presidente de México ya no viaja con una veintena de militares cuyo trabajo era evitar que le tocaran un pelo al “máximo jefe de las fuerzas armadas mexicanas”, ha visto a Andrés Manuel saludar y recibir de manos de las personas cuanto escrito le dan, y vio, minutos antes, que muchísima gente quería entregar documentos al presidente; por eso se puso frente a la valla donde suponía que iba a entrar al Axocoche.

(“Sr. Precidente Una audiencia con Ud. Asunto: Tratar…”, había puesto un anciano en una hoja de papel con copia de su credencial para votar con fotografía.)

A las 10:09 de la mañana Andrés Manuel bajó de prisa de una camioneta negra. Cientos de personas lo acorralaron. Lo querían tocar, querían saludarlos de mano, querían una foto y muchos querían entregarle escritos.

Al menos cien personas cerraron el paso a Rosy y a Daniel: nadie los vio, los aplastaron y casi se los llevan arrastrando por el piso. La mujer y el muchacho en el rebozo se abrieron y buscaron otro lugar detrás del enrejado. Andrés Manuel avanzaba despacio, saludando a la gente que le pedía se acercara. Rosy levantó la carpeta roja, ahora arrugada, le gritaba fuerte, pero su grito se apagaba con los otros que lo felicitaban o le pedían fotos. Rosy empujó y se logró agarrar de la rejilla, gritó más fuerte y Andrés Manuel pudo ver el folder casi desecho y le estiró la mano; lo tomó y lo puso con los demás que sostenía en la izquierda, se acercó a Rosy:

–Estoy desempleada y mi hijo tiene discapacidad. Le estoy entregando un fólder con documentos y un CD.

–¿Ya estás en el censo?

–No, no estoy, pero lo que más necesito es un trabajo.

Entonces Andrés Manuel llamó a un asistente y éste le tomó datos a Rosy.

El presidente se fue entre vivas, recibiendo lo que la multitud le daba: un saludo, besos, bendiciones, peticiones, escritos… hasta que pudo entrar al escenario donde se haría la declaratoria.

Rosy se quedó atrás, cargando a Jesús Daniel, sudados y apachurrados. Una vez repuestos se dirigieron al lugar que los organizadores tenían asignado para la prensa; desde allí realizó algunas grabaciones y varios videos y escribió algunos apuntes para las notas.

El acto oficial acabó pasadas las doce del día. Un río de gente pobre caminaba por la carretera de Ayala; ahí junto con el vendedor de los churros y varios perros callejeros que nunca faltan en las desgracias o en las celebraciones populares, iba Rosy Linares, cargando a su hijo Jesús Daniel: había conseguido entregar su petición al presidente de México Andrés Manuel López Obrador.

 

 

Viernes, 11 Enero 2019 05:03

ACLARACIÓN

En relación con la nota publicada el martes 8 de enero de este año en la sección Sociedad, con el título "Administración de Graco Ramírez desaparece escultura 'El niño ciego'”, se aclara que dicha afirmación no la realizó María Elena González, directora de Museos y Exposiciones de la Secretaría de Turismo y Cultura estatal, con quien se realizó la entrevista, sino el museógrafo Edgar Assad, quien se encontraba en ese momento con la entrevistada y quien proporcionó los detalles de la escultura extraviada, ya que él participó en la adquisición de la pieza.

Edgar Assad también aseveró que la estatuilla desapareció durante la administración anterior, cuando Cristina Faesler Bremer fue secretaria de Cultura de Morelos y que en el año 2015 la bodega que contiene la colección del Borda fue abierta y las piezas -entre otras, la figurilla perdida- se trasladaron hasta las oficinas de Valtierra, a una cuadra de distancia del Centro Cultural, para una presunta limpieza.

“El niño ciego”, una escultura religiosa de madera y marfil adquirida a una colección privada de Puebla y que pertenece al patrimonio del estado de Morelos, está desaparecida.

Así lo dio a conocer María Elena González, directora de Museos y Exposiciones de la Secretaría de Turismo y Cultura estatal.

Explicó que la estatuilla mide aproximadamente 30 centímetros, data del siglo XVII y fue adquirida durante la gestión de Martha Ketchum (2006-2012), pero desapareció durante la administración anterior, cuando Cristina Faesler Bremer fue secretaria de Cultura de Morelos.

María Elena González explicó que la “ausencia” se detectó en noviembre pasado, con el proceso de entrega-recepción, cuando el personal del Centro Cultural Jardín Borda realizó el contraste del inventario.

En ese entonces, el exdirector de Museos y Exposiciones, José Valtierra, argumentó que la escultura fue prestada al museo de Jantetelco, antes del sismo del 19 de septiembre de 2017, pero que con el terremoto “El niño ciego” resultó con severos daños.

“No se rescató siquiera una astilla, lo que a decir de los especialistas que participan en el rescate de las piezas dañadas es prácticamente improbable que ocurra, ya que quienes realizan las labores de restauración ciernen los escombros y rescatan las piezas, cuadros, retablos, murales y columnas, entre otros”, explicó la funcionaria encargada del Jardín Borda.

La sucesora de José Valtierra dijo que al pedir la hoja de salida con los datos precisos de la figurilla, no le fue entregado ningún documento; asimismo, dio a conocer que el personal responsable del museo de Jantetelco negó que hayan pedido y recibido a “El niño ciego”.

María Elena González reveló que en el año 2015 la bodega que contiene la colección del Borda fue abierta y las piezas, entre otras, la figurilla perdida, se trasladaron hasta las oficinas de Valtierra, a una cuadra de distancia del Centro Cultural, para una presunta limpieza.

Gerardo Palma, colaborador de María Elena González, dio a conocer que el proceso de traslado de las piezas estuvo plagado de irregularidades: no se inventariaron las piezas ni al ser recibidas ni entregadas y al personal se obligó a llevar las cajas que contenían piezas de la colección sin abrir, para no constatar su contenido.

María Elena González dijo que una vez que concluya el proceso de entrega-recepción, la Dirección de Museos y Exposiciones iniciará el proceso correspondiente ante la Contraloría para que sea esta instancia la que inicie las denuncias penales correspondientes por la pérdida de “El niño ciego”.

 

 

 

Tlaltizapán. Más de cien niños recibieron juguetes de parte de los Reyes Magos en el albergue de jornaleros Emiliano Zapata.

Desde las nueve de la mañana del domingo 6 de enero los niños correteaban en las canchas esperando, como cada año, que algunos coches y camiones llegaran con juguetes para ellos:

“Los reyes magos se los dan y ellos los ponen en los carros y camionetas para que nos den los juguetes, porque los reyes no pueden llegar hasta acá porque tienen mucho trabajo y entregan muchos juguetes”, relató una pequeña que vive con su mamá, papá y hermanos en una de las pequeñas habitaciones de ese lugar.

Los coches y motocicletas de los tatuadores y periodistas llegaron antes de las 12 del día, llevaban juguetes y ropa. Para que le tocará a la mayor cantidad de personas, unas mamás que viven en el albergue organizaron a los pequeños y a las mujeres: a esa hora la mayoría de los hombres y muchachos se encontraba trabajando en los cañaverales y el patio principal, donde se localizan las canchas, “hervía” de chamacos.

Primero pasaron las mujeres embarazadas y escogieron juguetes y ropita para bebés y niños chiquitos; luego les tocó a los niños mayores: acompañados por su mamá o una hermana mayor pasaron y seleccionaron lo que querían; las mamás buscaron prendas para mujer y cargaron con ellas.

Conforme iban llegando más personas el desorden aumentaba a pesar de que al menos cinco adultos trataban de dosificar los regalos: muñecas, muñecos, pelotas, balones, héroes, trastes para pequeñas cocinas, pantalones de mujer, faldas, blusas, playeras de adultos, pantalones, chamarras.

Llegó un momento en que las mujeres y los niños arrebataban los juguetes y la ropa, pero las organizadoras pudieron controlarlos y todo lo que se llevaba fue repartido, con excepción varias prendas de mujer que quedaron regadas en el suelo como si hubiera pasado por ahí un ventarrón y hubiera tirado la ropa del tendedero, pero que una mujer recogió y puso en una bolsa de plástico.

Algunas mujeres jóvenes preguntaron si más tarde llegarían más regalos de los reyes para los papás:

–Están saliendo tarde. Ropa para hombres y para los muchachos que ayudan a sus papás, los más grandecitos que ya pueden pulsar un machete y que les ayudan. Viene ya al rato, en la tarde y necesitan ropa, zapatos, pantalones camisas.

Después de que cerca de diez bolsas con juguetes y ropa fueron repartidas, los tatuadores y reporteros regresaron a sus lugares de origen. Unos no pudieron ir directamente a dar las cosas, pero llevaron a sus compañeros los juguetes y ropa que los reyes les habían dado para que éstos los entregaran a la gente del albergue.

Los jornaleros son, en su mayoría campesinos que migran de sus pueblos porque no tienen trabajo. Son reclutados por “enganchadores”, que van a los municipios más pobres de Puebla, Guerrero y Oaxaca, principalmente, y contratan a los hombres para el corte de caña; de preferencia buscan jóvenes, pero ante la necesidad de mano de obra recurren a los viejos.

Junto con los hombres, llegan las mujeres y los niños que no pueden quedarse abandonados en sus localidades y que son mano de obra adicional sin costo para los productores.

Jueves, 20 Diciembre 2018 06:00

Mis horas de indocumentado en Chicago

Después de una hora de estar revisando en mi asiento cada pliegue de mi ropa y mi mochila, llegué a la conclusión que no tenía mi visa norteamericana conmigo. El vuelo 1594 de United Airlines, terminal 1, del sábado 8 de diciembre, había salido puntual a las 8:10. Más allá de las nubes, pensé en chiapaneco: “Esto ya valió madre”.

–Señorita. No encuentro mi visa, la he buscado por todas partes y no la llevo conmigo.

–Acuérdese dónde la vio la última vez.

–La entregué junto con mi pasaporte y mi boleto en la sala 35, a una persona que me la pidió y la pasó en el lector. Después la metí a mi bolsa y caminé hacia la entrada del avión y me senté en el lugar que me correspondía.

El tramo del acceso de la sala 35 a los primeros asientos del avión no pasaba de 40 pasos, si la persona que me entregó mis documentos incluyó la visa, ésta se debió caer durante el trayecto y alguien la recogió, supuse.

“Permítame hablar con el jefe de sobrecargos”, me respondió la mujer delgada, después de pedirme mi nombre completo.

Una hora después llegó un hombre como de unos 40 años y me pidió que lo acompañara hacia los primeros asientos de la aeronave:

El capitán mandó mensaje al aeropuerto y pidió que investigaran si estaba ahí su visa y le respondieron que no.

Yo le expliqué a este hombre que iba documentando y acompañando a 31 personas de la tercera edad desde Temixco, Morelos, que habíamos salido desde la madrugada, que formaban parte del programa federal “Corazón de plata”, que varios tenían problemas de salud y en especial tres debían estar vigilados muy de cerca porque podían perderse; una de las ancianas no veía en su totalidad y tres necesitaban sillas de ruedas para trasladarse. También le dije que veníamos cuidando a los “abuelitos” dos personas, una mujer joven llamada Maribel y yo. El jefe de sobrecargos me pidió que regresara a mi asiento y que consultaría mi caso con el capitán.

Mi asiento estaba adelante del de Maribel. Me volteé y le dije: “se me perdió o me perdieron la visa, no la encuentran. Lo más seguro es que no me dejen entrar a Chicago, te encargo, por favor a los abuelitos, especialmente a los que nos pidieron vigiláramos de cerca. Hablé con el jefe de sobrecargos y le pedí que te apoyaran. No le digas a los abuelitos nada, vete con ellos. Seguramente me voy a quedar en las instalaciones de migración hasta mañana que salga mi vuelo, a eso de las siete de la noche”.

Ella y yo procedimos a llenar las formas migratorias de ingreso de los 31 pasajeros que llevábamos, algunos no sabían leer ni escribir, otros tenían discapacidad visual o auditiva; la mayoría no alcanzaba a leer los datos que se les pedía o leían pero no entendían el idioma. Acabamos rápido.

Momentos antes de que el piloto anunciara que iniciaríamos nuestro descenso a la ciudad de Chicago, por la sala 5, se presentó el jefe de sobrecargos y me dijo que cuando bajáramos lo siguiera.

Antes que los 200 pasajeros comenzaran a bajar, el auxiliar de vuelo y yo salimos. Me explicó que hablaría con el personal de migración para que me permitieran entrar a Estados Unidos de manera provisional, eso, por el trabajo que yo iba desempeñando y las pocas horas que yo estaría en ese país. “No te garantizo ninguna respuesta positiva, ellos utilizan criterios que desconozco, lo único cierto es que en estos momentos tú eres un indocumentado”, me explicó y me entregó un papel con el siguiente texto:

“Saw your messages to ord about pax in se at 7 found someone in the no who can try and call cop watch command er who may be able to help. He said no promises though. Chidd Daniel Schafer. Aoc end”.

Llegamos al último filtro del aeropuerto. El agente de migración pidió mi pasaporte, revisó, me pidió que pusiera mis huellas digitales en un lector y me pidió que lo acompañara a una sala.

En esa área había cerca de 40 personas, muchos coreanos, chinos, árabes, indios. Había anuncios que prohibían tomar fotografías y hablar por teléfono, yo no los había visto, hasta que una pareja de chinos quiso hablar por celular y un agente les gritó, haciéndoles señas de que había anuncios visibles.

Minutos después llegó una mujer joven vestida de policía, armada. Llevaba mi pasaporte en la mano y dijo mi nombre. Me acerqué y me pidió que me volviera a sentar, estaban investigando qué había pasado con mi visa y mis antecedentes.

Otros agentes con pasaportes de carátula de diferentes colores llamaron a otras personas de nombres raros; a algunos les pedían que entraran con ellos a cubículos, a otros les entregaban sus documentos y les pedían que abandonaran la sala.

Yo recordé, entonces, que muchas veces, 30 y 35 años atrás, fui detenido varias veces en la oficina de migración de Guatemala hacía México. Las salas eran más incómodas y olían mal, no había baños ni botellas de agua.

Las gringas estaban limpias y austeras, pero no había un espacio para acostarse, en caso de que debiera pasar ahí la noche. Habíamos salido a las 2:30 de la madrugada de Temixco y el cansancio era brutal. Yo no había dormido nada, la secretaría de Obras del gobierno estatal había anunciado que a las 10 de la noche quitarían la escultura ecuestre del general Emiliano Zapata de la Glorieta de Buenavista y estuve ahí hasta la una de la madrugada sin que pudieran removerla; después mi amigo Rodrigo me llevó a casa en Cuernavaca por mis cosas y de allí tomé un taxi a Temixco.

Una hora y media después la agente dijo mi nombre y pidió que la acompañara a un cubículo en donde estaban tres agentes más, güeros, armados y mal encarados:

“No localizamos su visa. Vimos que ha viajado tantas veces y ha salido rápido, sabemos que es periodista y que vino a inaugurar una exposición. También tenemos los datos de su vuelo de mañana. Le vamos a dar un permiso para que usted haga su trabajo y mañana regrese a su país, si no regresa mañana a la hora que tiene marcado su vuelo, se encontraría en una situación ilegal. No nos hacemos responsables de su persona y sus cosas. ¿Entendió?”.

Yo le di las gracias y recibí mi pasaporte, dentro se encontraba el permiso en inglés, en donde se consignaba la razón por la que no tenía la visa. Salí de ese lugar y pasé el último filtro sin problemas rumbo a la salida del Aeropuerto Internacional O’Hare.

El camión que había partido con los abuelitos había salido hora y media antes. Yo tomé un taxi del aeropuerto al salón, al oeste del centro de la ciudad, en donde los hijos y nietos de estos adultos mayores los recibirían: 6010 W., Grand Ave, Chicago, Illinois.

Pude tomar algunas fotos y videos. Las personas que tenían “marca personal” me fueron a buscar para preguntarme por qué no había viajado con ellos en el bus, y yo les respondí que porque había estado llenando unos formatos de migración.

Por la noche llegué a casa de un amigo migrante. Me prestó una habitación, cenamos y platicamos del incidente, me bañé y me perdí en mi sueño como pocas veces en mi vida.

Al día siguiente me levanté temprano: estaba nevando. Salí a hacer un video y unas fotos. El aire me daba en la cara con miles de alfileres. Las finísimas escamas de hielo caían sobre mi cámara, pero no la mojaban. Era algo similar, aunque opuesto, a ver el tizne aéreo de la zafra cayendo sobre Tlaquiltenango.

Por la tarde regresé al aeropuerto de Chicago, tomé mi vuelo a la Ciudad de México y llegué poco antes de las 12 de la noche. No tuve un solo problema y pasé “como Juan por su casa”.

Los días siguientes fueron de llamadas a diferentes departamentos de los aeropuertos de Chicago y de la Ciudad de México. Mi documento no aparecía.

El lunes 17 de diciembre, después de ir de un lado a otro por ese monstruo que es el Aeropuerto Internacional Benito Juárez de la Ciudad de México, me sentí sólo, abandonado, y las palabras de la mujer que atendía el Departamento de Objetos Perdidos sonaban en mi cabeza: “No encontramos su visa”.

Media hora antes había yo ido al departamento de equipajes de United Airlines y la respuesta del encargado fue negativa, no tenían ningún documento extraviado.

Tendría que solicitar de nuevo mi cita en la Embajada de Estados Unidos, pagaría cerca de tres mil pesos, me entrevistarían y ellos decidiría si me repondrían o no la visa norteamericana.

 

 

 

 

 

La noche de este viernes iniciaron las obras de reubicación de la estatua del general Emiliano Zapata que se localiza en la colonia Buena Vista, en Cuernavaca; será trasladada a la avenida Vicente Guerrero, en uno de los accesos al libramiento de la capital de Morelos.

Reubicarán estatua de Emiliano Zapata

Cuernavaca.- A las 22:00 horas del día de ayer, 7 de diciembre de 2018, la Secretaría de Obras Públicas del gobierno del estado mandó desmontar la estatua ecuestre del general Emiliano Zapata Salazar del cerco que la mantenía debajo del distribuidor vial "Emiliano Zapata".

Obra de Estela Ubando y Carlos Kunte, la escultura a caballo del Caudillo del Sur mide 8.50 metros de largo y 5.50 metros de altura, con más de ocho toneladas de bronce; se inauguró el día 8 de agosto de 1979, siendo gobernador Armando León Bejarano Valadez, en ocasión del Centenario del Natalicio del General Emiliano Zapata Salazar.

Desde esta fecha hasta el 18 de diciembre de 2010, no se había movido; la tuvieron que quitar de la glorieta unos meses, para construir el distribuidor vial, y a finales de julio de 2011 la volvieron a instalar en la glorieta.

La escultura ecuestre de Zapata se removerá de la colonia Buena Vista y la reubicarán en la avenida Vicente Guerrero, en uno de los accesos al libramiento de la capital de Morelos.

Noé Sánchez Cruz, responsable de la empresa México, encargada de mover la estatua, manifestó que "se está haciendo el retiro de esta escultura para colocarlo en un sitio adonde sea más favorable para la capital y para el estado (...) Que luzca mucho más", al tiempo de agregar que se trasladará a "la gasa que se localiza entre Gobernadores y el paso exprés".

Añadió que el espacio desocupado en la glorieta de Buena Vista se va a remodelar, además de que se conservará la fuente y se hará una "reproyección".

"En esta glorieta hay mucho contaminante, por los mismos vehículos, y platicando con el escultor nos decía que ya tiene algún daño; vamos a tener que darle algún tratamiento ahora que se cambie a aquella área, y de esta manera pues le vamos a ayudar mucho a esta escultura", según refirió el encargado de los trabajos.

Sánchez Cruz indicó que la estatua estaría reubicada a partir del martes en la otra zona, al tiempo de destacar que "va a lucir muchísimo más la escultura ahí, que aquí donde está; aquí está perdida, entre dos puentes".

Cabe anotar que el miércoles 10 de abril de 2019 se cumplirán 100 años de la muerte de Zapata: el 1 de octubre de 2018, durante la toma de posesión de Cuauhtémoc Blanco como gobernador de Morelos, el presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador, dio a conocer que el año que viene se realizarán en todo México actividades para recordar al Caudillo del Sur; será el “Año de Zapata”, y la papelería oficial llevará esa leyenda.

Miércoles, 05 Diciembre 2018 05:36

Los otros migrantes

Chicago, Illinois.- Los sobrecargos de vuelo 686 de AeroMéxico se portaron muy bien con el grupo de los 30 adultos mayores, que salió a tiempo de la terminal aérea internacional Benito Juárez de la Ciudad de México el 2 de diciembre. Fue de ellos (dos mujeres altas, guapas, y un hombre) la idea de tomarse fotografías con los morelenses, mientras los pasajeros de adelante bajaban su equipaje y avanzaban hacia la salida del aeropuerto internacional O’Hare.

Todos, de 60 años en adelante, habían hecho su primer viaje en avión y momentos después del despegue el miedo mandó a varios al sanitario de la nave, en donde hicieron cola como a niños frente a una dulcería; a otros los hizo demandantes: “¡Me siento mareada, necesito mis pastillas; pásenme agua!”

“¡A ver mis niñas! Fórmense aquí y van a pasar una por una. Apriete ese botón azul, para el agua. No se desesperen”, ordenaba el sobrecargo (alto, blanco, como de 35 años) y los ancianos morelenses obedecían.

Habían llegado sanos y salvos: el avión no se había derrumbado ni se habían incendiado, ni se habían hechos polvo, como lo habían visto en las películas.

Faltando algunos minutos para las cuatro de la tarde el grupo ya estaba seguro arriba del autobús que los llevaría en un salón ubicado en 6010 West Grand Avenue: la Ciudad de los Vientos los recibía con una temperatura de cuatro grados Celsius.

Desde la cuatro y media de la madrugada no habían comido, en el avión les dieron una pequeñísima porción de huevos con ejotes y frijoles; Miriam, la directora de la Federación de Migrantes Morelenses, había incautado botellas de agua, frascos y algunos tamales de pescado que los pasajeros insistieron en subir a la aeronave.

Contando las edades de los 30 adultos se sobrepasaba los mil 800 años. Había dos o tres octogenarias y algunas de 70 años, a quienes el sobrecargo les decía “mis niñas”.

Entre el contingente estaba Ignacia Díaz Santos, con más de 40 años de no ver a su hijo Natanael; también Bertha Julia Torres Tovar, quien no abrazaba a su hija desde hacía más de 23 años.

Media hora después de que el grupo llegara al aeropuerto, ya estaba formado detrás de una puerta en un lugar alquilado para el reencuentro. Dentro del salón, se escuchaba música y bulla de los familiares que esperaban emocionados la llegada de sus parientes; había nietos, bisnietos, nueras, “nueros”, ascendientes que no se conocían sino en fotografías o en videos.

A las 16:50 se abrieron las puertas y entró Enriqueta Alonso Torres: sus familiares la recibieron con abrazos y flores después de, dice, años de no verlos. Lloraron abrazados y, juntos, se fueron a sentar a una mesita. Luego siguieron los demás hasta completar 30 personas y 30 familias que se habían unido.

Ignacia Díaz Santos, la mujer que no veía a su hijo Natanael hacía más de cuatro décadas, fue recibida por una multitud: varios nietos de más de 20 años, bisnietos y nueras. Natanael parecía un poco alcoholizado y daba órdenes, tenía acaparada a su mamá que lloraba en sus brazos.

Dos comparsas de chinelos danzaron sones y mucha gente se unió al brinco multitudinario.

Fabiola Ortiz Torres andaba de allá para acá, presentando muy orgullosa a su madre Bertha Julia Torres Ortiz:

“Tenía apenas 14, era una niña, cuando se vino a Estados Unidos. Yo nunca quise que me mandara dinero para que yo viniera a verla, no porque no la quiera, sino porque es mucho dinero y prefería que ese dinero lo usaran ellos acá. Dios sabe que todos los días pedía por mi hija y que todos los días sentía la necesidad de abrazarla, hasta ahora que la puedo abrazar. Pensé que me iba a morir sin verla”, dijo la mujer de 74 años.

Estos treinta adultos mayores y treinta y uno más que viajarían desde Morelos hasta Chicago el 8 de diciembre regresarían la segunda semana de enero de 2019, todos cumplirían un sueño: ver a sus hijos, abrazarlos y convivir con sus nietos que no conocían.

Afuera, Chicago oscurecía y el frío recluía a los habitantes en sus casas. Montones de nieve sucia permanecían como fantasmas ebrios en los estacionamientos de los negocios.

El día 3 de diciembre, los ancianos que despertaron con la luz, seguramente observaron por primera vez en su vida las finísimas hojuelas de nieve sobre la Ciudad de los Vientos.

En el patio de la casa de uno de los migrantes, el temporal había dejado seca una mata de rosas y las ramas exhibían sus flores como puños disecados o corazones de cadáveres sin sangre.

Los pájaros que autografiaban el aire se reunieron debajo del techo de una cochera donde había un depósito de agua para un perro imaginado. Ahí, paso a paso, fueron sumando su calorcito hasta volverse un grupo; se comunicaban cosas que sólo importan a los pájaros. Habían encontrado el modo de enfrentar el frío, de cerrar el paso a la soledad y de vencer al tiempo.

 

 

 

 

 

Chicago, Illinois.- Las tarjetas de identificación expedidas por la municipalidad de Chicago que darán acceso a servicios municipales, museos, programas y otros beneficios, y que se expedirán a habitantes de la Ciudad de los Vientos, incluyendo a los emigrantes indocumentados morelenses, no son un regalo del gobierno norteamericano, sino una conquista ganada por una minoría, así lo dio a conocer Juan Seiva García, presidente de la Federación de Clubes Morelenses (FCM).

Explicó que en el mes de diciembre, como parte del Programa de Identificación Municipal, se comenzará a expedir tarjetas de identificación para todos los residentes de Chicago, incluidos personas sin techo, ex reclusos, miembros de la comunidad transgénero, y desde luego inmigrantes de Morelos y de otras entidades.

Dijo que son entre 115 mil y 175 mil tarjetas con foto, nombre y apellido de la persona, su dirección, fecha de nacimiento y género, con la finalidad de que cuenten con una identificación oficial para tener acceso a servicios vitales.

El presidente de la FCM aseveró que para los inmigrantes éste no es un regalo del gobierno de Chicago, sino resultado de una lucha de minorías afroamericanas e inmigrantes.

“La lucha de estas minorías rindió sus primeros frutos con la elección de Harold Lee Washington, el primer alcalde afroamericano de Chicago, elegido en febrero de 1983: el voto latino y el afroamericano se unieron. Él consiguió el reconocimiento de las minorías, afroamericanos e inmigrantes, y posibilitó que éstas accedieran a un porcentaje de fuentes de empleo digas. Los mexicanos logramos que por ley se dieran 5 mil 750 fuentes de empleo a las minorías: inmigrantes y afroamericanos principalmente; en la actualidad sólo se ocupan 2 mil 750 fuentes de empleo, pero por ley deben darse 5 mil 750, es decir, hay 3 mil empleos que no se están dando a las minorías. Con Harold Lee Washington se comienza a hablar de Chicago como Ciudad Santuario para los migrantes, especialmente para los mexicanos”, precisó.

Recordó que en Estados Unidos de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía hay aproximadamente 250 mil migrantes morelenses, de éstos 25 mil están en Illinois; un porcentaje extenso no tiene documentos migratorios.

Juan Seiva dijo que en la actualidad existe una reserva por parte de mexicanos indocumentados de dar información a las autoridades de Chicago, aunque no sean las migratorias, porque temen que esos datos se utilicen mal y con esa información sean deportados, ya que hay mucha gente que no tiene documentos migratorios:

“No deben temer, ya que toda esta información que proporcionarán para que les den su identificación oficial es confidencial y no habrá filtraciones. Tener una identificación para contratar un seguro o para cobrar un cheque, o para acceder a beneficios sociales en Chicago es un beneficio, es algo que hemos ganado con una lucha de mucho tiempo, así que la invitación es que obtengan esa identificación”, puntualizó Juan Seiva García.

 

 

 

 

Sábado, 24 Noviembre 2018 05:57

Certificación a rescatistas

Más de 130 técnicos de urgencias médicas de los  32 estados del país participan en JOjutla en un proceso de certificación de  equipos de búsqueda y rescate en estructuras colapsadas, de la Cruz Roja Mexicana, organización que utilizó sus instalaciones en la ciudad de Jojutla que están en proceso de demolición para crear condiciones cercanas a las reales que deberán enfrentar los rescatistas.

 

 

 

 

 

 

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