México se encuentra entre los países con mayor ingesta de refrescos a nivel mundial, incluso por encima de Estados Unidos, una situación que impacta de forma directa en la salud de la población.

Beber refresco de cola es una costumbre arraigada en millones de mexicanos, pero pocas veces se reflexiona sobre las consecuencias que este hábito puede tener en el bienestar físico a corto y largo plazo.
Las bebidas gaseosas figuran entre las más consumidas en el país. De acuerdo con datos publicados por la Gaceta UNAM en 2019, México ocupó el primer lugar mundial en consumo de refresco, con un promedio de 163 litros anuales por persona, superando a Estados Unidos por un amplio margen.
Para 2024, el Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías (Conahcyt) informó que Chiapas encabeza el consumo de Coca-Cola en México, con un estimado de 821.25 litros por habitante al año. Esta situación se atribuye, en parte, a estrategias de publicidad en lenguas originarias y a la limitada disponibilidad de agua potable segura en algunas comunidades.
Bajo este contexto, resulta habitual que muchas personas incluyan refresco negro en su dieta diaria, sin considerar los efectos adversos que su consumo frecuente puede generar en el organismo.
¿Qué tan recomendable es beber refresco de cola?
La ingesta constante de refrescos, al igual que de otras bebidas endulzadas como los jugos industrializados, se asocia con un mayor riesgo de desarrollar sobrepeso u obesidad. La Secretaría de Salud advierte que estas bebidas elevan hasta en 60 por ciento la probabilidad de obesidad, incrementan en 26 por ciento el riesgo de diabetes y en 6 por ciento la posibilidad de sufrir un infarto.

El elevado índice glucémico del refresco, derivado de los azúcares añadidos y la carbonatación, provoca picos de insulina cada vez que se consume, lo que altera el equilibrio metabólico del cuerpo.
Según la Escuela de Salud Pública de Harvard, una cucharada de refresco aporta alrededor de 4.2 gramos de azúcar, lo que equivale a entre siete y diez cucharadas en un vaso de 12 onzas.
Además, el consumo habitual de estas bebidas puede afectar de manera significativa la función hepática. A ello se suma el impacto de los edulcorantes, responsables del sabor dulce, los cuales pueden alterar la microbiota intestinal e interferir en la correcta absorción de nutrientes esenciales.
Ante este panorama, el Gobierno de México ha manifestado su preocupación por la normalización del consumo diario de refresco, al considerarlo más una dependencia que un simple hábito. Por ello, recomienda disminuir su ingesta de forma gradual y priorizar el consumo de agua para reducir el deseo por este tipo de bebidas.
