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TXT Sara Pacheco

Señales de déficit de vitamina D y maneras efectivas de obtenerla

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En la vida urbana actual, donde gran parte del día transcurre entre oficinas, transporte y espacios cerrados, la falta de vitamina D se ha vuelto un problema frecuente y, en muchos casos, poco identificado. Aunque suele asociarse únicamente con la exposición solar, este nutriente cumple funciones clave y su ausencia puede afectar distintos aspectos de la salud cotidiana.

La vitamina D actúa como una hormona y participa en procesos esenciales como la absorción de calcio, el mantenimiento de huesos fuertes, el correcto funcionamiento del sistema inmune, la salud muscular y algunos mecanismos vinculados con el estado de ánimo. Durante el invierno, cuando la luz solar disminuye de manera natural, el riesgo de presentar niveles bajos aumenta de forma considerable.

¿Por qué es importante para el bienestar diario?

El organismo produce vitamina D principalmente cuando la piel entra en contacto con la luz del sol. Sin embargo, este proceso se ve limitado por factores comunes como el uso constante de protector solar, la contaminación, el clima frío, la ropa que cubre gran parte del cuerpo y las jornadas laborales en interiores.

Cuando los niveles son insuficientes, el impacto suele aparecer de manera gradual. La carencia no siempre genera síntomas inmediatos, lo que provoca que muchas personas normalicen ciertas molestias sin relacionarlas con este déficit.

Indicadores que pueden alertar una carencia

El cuerpo envía señales sutiles que a menudo se confunden con estrés o cansancio estacional. Entre las más frecuentes se encuentran:

Fatiga persistente: sensación de agotamiento que no mejora pese a descansar.
Cambios emocionales: apatía, tristeza leve o síntomas asociados a la depresión estacional.
Molestias físicas: dolor óseo, debilidad muscular o incomodidad en la espalda baja sin causa aparente.
Defensas disminuidas: infecciones respiratorias recurrentes o recuperación lenta.
Otros signos: caída de cabello más evidente y alteraciones en el sueño.

Aunque estos síntomas no confirman por sí solos una deficiencia, sí funcionan como una advertencia.

Grupos con mayor probabilidad de niveles bajos

Existen poblaciones con mayor riesgo, especialmente durante los meses fríos:

  • Personas que trabajan o estudian en espacios cerrados.
  • Mujeres jóvenes y adultos jóvenes.
  • Quienes utilizan protector solar a diario.
  • Habitantes de zonas con baja radiación solar por periodos prolongados.
  • Individuos con dietas restrictivas o bajo consumo de productos de origen animal.

Reconocer estos factores permite actuar de manera preventiva.

Cómo confirmar el diagnóstico

La forma más confiable de detectar una deficiencia es mediante un análisis de sangre que mida la 25-hidroxivitamina D, marcador utilizado en la práctica médica.

Según criterios clínicos comunes:

  • Menos de 20 ng/mL indica deficiencia.
  • Entre 20 y 30 ng/mL se considera insuficiencia.
  • Más de 30 ng/mL suele ser adecuado para la mayoría de las personas.

La interpretación debe realizarla un profesional de la salud, tomando en cuenta el contexto de cada paciente.

Opciones reales para mejorar los niveles

Cuando los valores no son óptimos, existen dos estrategias principales.

Alimentación como complemento
Son pocos los alimentos con vitamina D natural, pero pueden aportar pequeñas cantidades:

  • Pescados grasos como salmón, sardina o atún.
  • Yema de huevo.
  • Hígado.
  • Productos fortificados, como cereales y algunas leches.

La dieta, por sí sola, rara vez cubre los requerimientos diarios, especialmente en invierno.

Suplementación con control médico

Durante los meses de menor exposición solar, el uso de suplementos cuenta con respaldo científico, sobre todo si existe una deficiencia confirmada. La dosis debe ser individualizada y prescrita por un especialista.

Es fundamental evitar la automedicación, ya que un exceso también puede provocar efectos adversos.

Antes de realizar cambios en la alimentación o iniciar suplementos, lo más recomendable es consultar con un médico o nutriólogo. Escuchar al cuerpo, confirmar con estudios y adoptar hábitos informados ayuda a atravesar el invierno con mayor bienestar y a reducir una de las deficiencias más comunes de la vida moderna.
 

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