Miguel Hernández, Jorge A. Hernández, Ibán de León y Mónica Escobedo durante la presentación del poemario. Miguel Hernández, Jorge A. Hernández, Ibán de León y Mónica Escobedo durante la presentación del poemario.
Publicado en La Tinta Insomne Lunes, 23 Diciembre 2019 12:11

Pan de la noche

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«Mañana un campesino la encontrará desnuda y cubrirá su espanto con ramas de huizache. Entonces, pasados nueve lutos, habrá una mariposa entre las flores coronando la muerte.»

«Ya tu cabello había sido peinado de temprano por la muerte, ya estaba rota tu betún con sus harinas, tu leña crepitaba a la intemperie.»

Nunca falta la duda: ¿para qué sirve la poesía? No me detengo a pensarlo mucho. Digo de golpe: la poesía sirve para reparar cuerpos rotos.

Porque nos ha tocado una época en que la vida cuesta apenas unas monedas, nos desgastamos, nos rompemos; llegamos a la noche con el cuerpo roto, herido, desmembrado.

La muerte nos acecha y ha impuesto entre nosotros el miedo. Pero ¿miedo a qué? A lo que está allá afuera y que pocas veces se deja ver.

Digo que el poeta es un artesano de cuerpos rotos que también se repara a sí mismo.

Un trozo de pan es a veces suficiente para tragarse la tristeza. Un pan de la noche basta para acompañar la pena y convidar un pedazo de ese pan a la muerte con la esperanza de mirarla a los ojos –nunca sin miedo– para arrebatarle una o dos verdades.

En Pan de la noche (Universidad Autónoma de Zacatecas, 2019), Ibán de León –poeta de origen oaxaqueño, radicado en Cuernavaca desde hace 17 años– nos revela las formas del dolor. Herido por las circunstancias, moja paños en el agua tibia de su tristeza en busca de sanar el cuerpo, de apurar las cicatrices.

Pan de la noche se torna en una especie de diario de la muerte –la del poeta, que muere un poco con los otros muertos–. El yo poético se confiesa ante un auditorio vacío pero que, llegado su tiempo, los futuros asistentes escucharán –a través del eco– la voz que hablará de las víctimas sin nombre.

Además, el lector asiste a la agonía de la madre, que desciende poco a poco y, con ello, acaso se va destiñendo la vida del testigo.

Desde la tristeza y el dolor, el poeta entreteje versos que levantan velos en busca de transformar la realidad, no para negarla o practicar actos de escapismo, sino para abordarla de frente con la mirada del hacedor de poesía.

En esa transfiguración de las cosas nos encontramos con que la plaza ya no es aquel lugar «donde el domingo vendían hierbas las mujeres que bajaban de los cerros. Donde se oía el murmullo de la gente entre los puestos de comida», sino que «No lo creerías, mamá, le dicen plaza al miedo» (p. 13).

El poeta transita entre la agonía de la madre y la agonía de un país que no deja de sangrar por sus tantas heridas. En la imposibilidad de respirar la atmósfera del hospital, sale en busca de aire limpio, pero afuera hay otros muertos –tantos y tan pobres, que los han despojado de sus nombres y apenas alcanza para convertirlos en cifras– que llenan las calles y alimentan la voracidad del miedo: «Guardan las bolsas negras pedazos de una infancia, distribuido el cuerpo como carne de rastro» (p. 21).

En este correr de la sangre, Ibán de León advierte que en cualquier momento nos podemos enfrentar a sitios por los que alguna vez paseamos y que ahora esconden restos humanos; que debajo de la tierra un montón de huesos espera a ser encontrado: «Al final del sendero / hay una narcofosa que aguarda por nosotros: // anduve ese camino en otro tiempo con mi pequeño hijo» (p. 77).

En el poemario está latente la idea de la muerte impuesta y de la que se anuncia con anticipación en su avatar de enfermedad, pero que no por ello es menos cruel: queda la espera, humillarse ante la espera: «Tú estás en el cuarto de hospital, en medio del dolor y los reclamos. / Estás ahí rendida, pidiendo entre sollozos que te lleven a casa a morir en tu cama» (p. 34).

Ibán no es ajeno al horror de los feminicidios. Plasma un horror que indigna y quiebra: «Y si al final descubres que su cuerpo fue hallado en el bosque, al pie de una montaña, humeando con la luz de los gorriones, seguro lloraré los veinte años que corrían descalzos por su nombre» (p. 69).

Hacia el final, cuando la madre ya no es, quedan las preguntas que el poeta-hijo lanza a la ausencia: «Dónde aprendiste, madre, el oficio del trigo. Quién te dio la pobreza como un pan para tus doce hijos. Quién amasó la infancia de tus miedos» (p. 79).

Después no hay nada más.

 


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Pan de la noche fue presentado en la biblioteca del Centro Morelense de las Artes (CMA), en Cuernavaca, Morelos, este jueves 19 de diciembre.

Con esta obra, Ibán de León obtuvo el Premio Nacional de Poesía «Ramón López Velarde» 2018.

Modificado por última vez en Lunes, 23 Diciembre 2019 12:14
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