Estimad@s colegas y amig@s,
Un estimado colega nos comparte hoy un interesante artículo escrito por Alan Boyle, publicado el 21 de febrero de 2026 en Universe Today, posteriormente editado por Lisa Lock, revisado por Andrew Zinin y republicado en Phys.org. El texto fue traducido, revisado y ajustado —con apoyo de herramientas de inteligencia artificial— para presentarlo en este espacio. El tema es fascinante por sus implicaciones científicas, tecnológicas e incluso sociales. Veamos de qué se trata.
Uno de los debates más persistentes en la exploración espacial es cuál debería ser el primer destino para una ciudad humana fuera de la Tierra: ¿la Luna o Marte?
Durante años, el fundador de SpaceX, Elon Musk, defendió la idea de ir directamente a Marte. Incluso llegó a calificar las misiones lunares como una distracción frente al objetivo principal de colonizar el planeta rojo. Sin embargo, recientemente sorprendió al sugerir que SpaceX podría priorizar la construcción de una ciudad autosuficiente en la Luna, argumentando que esta meta podría alcanzarse en menos de diez años, mientras que una colonia en Marte probablemente tardaría más de veinte.
Pero ¿qué tan realista es realmente cualquiera de estas opciones?

El biólogo evolutivo Scott Solomon, de la Universidad Rice, aborda esta cuestión en su libro Becoming Martian. Tras revisar numerosos estudios y dialogar con expertos de diversas disciplinas, Solomon concluye que aún existen grandes vacíos en nuestro conocimiento sobre lo que implicaría vivir permanentemente fuera de la Tierra.
Aunque los humanos llevan más de seis décadas viajando al espacio, las oportunidades para estudiar los efectos de estancias prolongadas en el ambiente espacial han sido limitadas. Uno de los experimentos más conocidos fue el del astronauta Scott Kelly, quien pasó 340 días en la Estación Espacial Internacional entre 2015 y 2016.

Los resultados mostraron que los vuelos espaciales de larga duración tienen impactos físicos y psicológicos importantes. Uno de los riesgos más preocupantes es la radiación cósmica. En el caso de Kelly se detectaron pequeñas mutaciones en sus cromosomas. Sin embargo, los colonos que vivieran permanentemente en la superficie de la Luna o Marte estarían expuestos a niveles mucho mayores.

Una posible solución sería construir hábitats protegidos bajo capas de suelo o dentro de tubos de lava, que actuarían como escudos naturales contra la radiación. Aunque existen precedentes históricos de ciudades subterráneas en la Tierra —como Derinkuyu, en Turquía— vivir permanentemente bajo tierra en otro planeta plantearía desafíos psicológicos y operativos significativos.
Otro reto fundamental sería producir alimentos y agua. Aunque tanto la Luna como Marte parecen contener reservas de hielo, los colonos tendrían que desarrollar sistemas agrícolas cerrados para cultivar sus propios alimentos. Transportar provisiones desde la Tierra sería extremadamente costoso.
Solomon sugiere además que los asentamientos espaciales probablemente tendrían que prescindir del ganado. Los animales consumirían recursos valiosos como agua y alimento, y además podrían introducir enfermedades infecciosas. En ese contexto, las colonias humanas fuera de la Tierra probablemente dependerían de dietas mayoritariamente vegetales.
Pero los humanos no viajarían solos. Cada persona lleva consigo billones de microorganismos intestinales que desempeñan funciones esenciales en la salud. Estos microbiomas también evolucionarían en el nuevo entorno e incluso podrían modificarse genéticamente para adaptarse mejor a las condiciones del espacio.
Cómo podría cambiar la especie humana
Uno de los aspectos más intrigantes del análisis de Solomon es cómo la vida fuera de la Tierra podría transformar biológicamente a nuestra especie.

Algunos científicos han propuesto utilizar ingeniería genética para aumentar la resistencia humana a la radiación. Experimentos preliminares han demostrado que ciertos genes de organismos extremadamente resistentes —como los tardígrados— pueden introducirse en células humanas para mejorar su tolerancia al daño radiológico.
Otro problema importante es la pérdida de densidad ósea en entornos de baja gravedad. Este fenómeno ya se observa en astronautas que permanecen largos periodos en órbita. En la Luna, donde la gravedad es aproximadamente una sexta parte de la terrestre, o en Marte, donde es cerca de un tercio, estos efectos podrían ser aún más pronunciados.
Esto tendría consecuencias para las generaciones nacidas fuera de la Tierra. Con el tiempo, los humanos que crecieran en estos entornos podrían desarrollar adaptaciones fisiológicas distintas, lo que dificultaría incluso regresar a la Tierra.
También podría surgir una separación microbiológica entre planetas. Los microorganismos terrestres podrían resultar peligrosos para poblaciones humanas que hubieran evolucionado durante generaciones en otro mundo.
¿Entonces vale la pena intentarlo?
Ante tantos desafíos, surge una pregunta inevitable: ¿vale la pena construir ciudades fuera de la Tierra?
Según Solomon, la Luna podría representar un primer paso más realista que Marte. Su cercanía permitiría viajes relativamente frecuentes entre ambos mundos, facilitando el suministro de recursos y la respuesta ante emergencias.

También existen incentivos económicos. Algunas empresas ya estudian la posibilidad de extraer helio-3 y otros recursos del suelo lunar. Musk incluso ha propuesto instalar un acelerador de masa en la Luna para lanzar satélites al espacio de forma más eficiente.
Pero la exploración espacial también tiene una dimensión geopolítica. La actual competencia entre Estados Unidos y China por el liderazgo lunar recuerda, en cierta medida, a la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría.
Para Solomon, cualquiera que sea el camino que siga la humanidad, es fundamental priorizar el bienestar humano por encima de la prisa por llegar primero.
Es posible que en las próximas décadas logremos establecer presencia humana en la Luna e incluso enviar misiones a Marte. Sin embargo, construir una ciudad verdaderamente autosuficiente es un desafío mucho mayor.
Y queda una pregunta profunda para ingenier@s, científic@s y futuristas: ¿Estamos realmente preparados para convertirnos en una especie multiplanetaria… o todavía estamos aprendiendo a ser una especie responsable en un solo planeta?
Fuentes:
https://phys.org/news/2026-02-occupy-mars-moon-reality-elon.html
