Ciencia

La biología real detrás del escenario apocalíptico de The Last of Us

Miryam Zamora Jiménez
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Miryam Zamora es estudiante de la Licenciatura en Ciencias Genómicas en la UNAM, campus Morelos. Se interesa en la genética y la biología molecular, así como en el análisis de datos para comprender procesos biológicos complejos. Apasionada por la divulgación científica, busca comunicar la ciencia de forma clara y accesible para el público general.

 

Esta publicación fue revisada por el comité editorial de la Academia de Ciencias de Morelos.

 

Para los seguidores del ya famoso videojuego y serie The Last of Us, la idea resulta fascinante (aunque atemorizante): imaginar que un hongo capaz de convertir hormigas en “zombie”, pueda algún día adaptarse para lograr infectar a los seres humanos; al menos así es como lo plantean sus creadores. En la historia de la serie incluso se menciona a un científico, quien en un programa de televisión en 1968, decía que la principal amenaza hacia la humanidad podrían no ser las infecciones por virus o bacterias, sino por hongos capaces de controlar el comportamiento de sus hospederos como una marioneta, alimentándose además de ellos. Luego, en la misma trama, este hongo, años después logra adaptarse para “saltar” de infectar hormigas a hacerlo en los humanos.

Hasta este punto, la incertidumbre puede invadir al espectador con la pregunta: ¿qué tan realista es este salto? Para responderla, primero tenemos que entender los mecanismos por los cuales estos hongos logran manipular a sus hospederos, como las hormigas. En el primer capítulo de la serie, se centran en un caso particular: el hongo Ophiocordyceps, capaz infectar y controlar hormigas que, según mencionan, viaja por el sistema circulatorio hasta el cerebro “sometiendo la mente de la hormiga a su voluntad”. Así, la controla por completo y la manteniene viva para propagarse.

¿Ficción o realidad? En 2017 se publicó un estudio  (1) donde se demuestra que, contrario a lo que se pensaba, el hongo infecta a la hormiga carpintera primero por medio de esporas que se introducen en la hemolinfa del insecto (equivalente al sistema sanguíneo humano) y dispersándose así a distintos tejidos como músculos y el sistema nervioso. En los primeros días de infección se acumulan para después comenzar a controlar el comportamiento de la hormiga, mientras que el cerebro permanece sorprendentemente libre de infección.

Figura 1. Un infectado besa a Tess en la serie. Imagen Sony Pictures Television / HBO. https://www.univision.com/entretenimiento/cine-y-series/the-last-of-us-explicacion-beso-zombie-del-segundo-episodio-de-la-serie-de-hbo

 

En la ficción, la infección principalmente se transmite de persona infectada a persona sana, por medio de mordeduras (Fig. 1). Una vez mordida, la víctima en unas pocas horas ya comienza a tener un comportamiento errático, hiperactivo y zombie. Pero en la naturaleza la infección no puede evolucionar tan rápido en el huésped, toma varios días desde que la hormiga adquiere la infección hasta el punto en el que adquiere un comportamiento de este tipo, como hiperactividad, perder comunicación con sus hermanas obreras y alejarse de la colonia. La principal diferencia con la trama es que, en contraste con el escenario apocalíptico planteado, la infección no se transmite por medio de mordeduras entre las hormigas, sino que la propagación de la infección depende de las condiciones ambientales (ideales para el crecimiento del hongo) y de sus esporas. Además, estos hongos son altamente específicos a sus hospederos (ciertos grupos de hormigas) y están adaptados a su fisiología: su éxito depende de llevar al insecto a un lugar que maximice la liberación de las esporas tras la muerte (Fig. 2).

Figura 2. Una hormiga carpintera (Camponotus leonardi) cuyo cuerpo ha sido consumido por el hongo Ophiocordyceps. Fotografía: David P. Hughes

https://www.hidden-nature.com/revista/numero-1-revista-hidden-nature/hormigas-zombie/

 

En la vida real, la mordida es la última fase de la infección.

En la ciencia ficción, la mordida suele ser el inicio de todo. En la naturaleza, ocurre lo contrario: en las hormigas infectadas por el complejo Ophiocordyceps unilateralis, la famosa “mordida de la muerte” es el punto final de una infección que se ha estado construyendo durante días (2). Para entender cómo un hongo puede empujar a una hormiga a ese desenlace, conviene seguir la infección como una secuencia de fases: primero invade, luego se distribuye por el interior del cuerpo, después altera procesos en tejidos específicos y, por último, “reprograma” el comportamiento de la hormiga para favorecer la dispersión de esporas.

Entrada: atravesar la primera barrera

Comienza cuando una espora entra en contacto con la hormiga y se adhiere a su cutícula (la capa externa rígida). A partir de ahí, el hongo necesita romper una barrera que es física y química a la vez. Lo logra combinando enzimas que degradan componentes de la superficie con presión mecánica, hasta abrirse paso hacia el interior del hospedero.

Dispersión interna: viajar por la hemolinfa

Una vez dentro, el hongo cambia de “modo”: adopta una forma microscópica más adecuada para moverse y multiplicarse (blastosporas, parecidas a levaduras). En ese estado puede circular por la hemolinfa (lo equivalente al sistema sanguíneo en humanos) y alcanzar múltiples regiones del cuerpo. Esta fase es clave porque convierte una entrada local (un punto en la cutícula) en un problema sistémico: el hongo ya no está “en un sitio”, sino distribuido.

Fase silenciosa: establecerse antes de hacerse evidente

Durante los primeros días, la hormiga puede parecer normal. Esa aparente calma no significa que el hongo esté inactivo; más bien indica que está ganando terreno sin desencadenar una respuesta defensiva que lo elimine por completo. Es una etapa de preparación: el hongo se posiciona, se acumula y comienza a interactuar con tejidos que, más adelante, serán cruciales para los cambios de conducta.

Cambios iniciales de conducta: inquietud, desorientación y ruptura del “código social”

Luego aparecen señales más sutiles, que pueden describirse como un comportamiento anormal: mayor agitación, respuestas exageradas a estímulos, movimientos menos coordinados y, sobre todo, una pérdida progresiva de la integración social. En una colonia sana, las obreras dependen de señales químicas (feromonas) y del contacto constante para coordinar tareas; en esta fase, la hormiga infectada empieza a “salirse del guión”: se vuelve menos predecible y reduce su interacción efectiva con sus compañeras.

Alejamiento de la colonia: el inicio del aislamiento

En este sistema natural, la transmisión depende del ambiente y de las esporas. Por eso, al hongo le conviene que la hormiga se aleje del nido: el interior de la colonia no es el mejor escenario para dispersarse. El resultado es que la hormiga se separa del flujo normal de la colonia y comienza a desplazarse hacia el exterior.

“Llegar a la cima”: subir para maximizar la dispersión

La fase más conocida llega cuando la hormiga asciende por la vegetación. Este comportamiento (summiting en inglés) no es un detalle dramático: es una estrategia de transmisión. En un punto elevado, el hongo tiene las mejores probabilidades de liberar estructuras reproductivas y dispersar esporas hacia el entorno.

La “mordida de la muerte”: fijarse al mejor punto de dispersión y cerrar el ciclo

El clímax ocurre cuando la hormiga muerde con fuerza una vena de hoja o un tallo y queda anclada en una postura característica (Fig. 2). Esa contracción sostenida convierte el cuerpo en una plataforma estable para la fase final del hongo: tras la muerte del insecto, el hongo desarrolla una estructura reproductiva (estroma) y libera esporas, cerrando el ciclo. En términos narrativos, la mordida parece el momento más impactante; en términos biológicos, es el resultado final de una infección que ya había cambiado el funcionamiento interno del hospedero.

En este punto ya podemos ver que la especificidad con la que el hongo se ajusta a su hospedero hace casi imposible un escenario apocalíptico como el de la serie. Sin embargo, no por eso nuestro protagonista es menos interesante, pues la forma en la que infecta a las hormigas y su historia con ellas es igual de fascinante.

 

¿Las hormigas pueden defenderse ante esta terrible amenaza?

Seguramente alguna vez has observado en algún jardín, o hasta en la cocina de tu casa, a un número importante de hormigas caminando en fila. Lo que ves no es simplemente un grupo de individuos buscando comida: es, en esencia, un sólo organismo distribuido en miles de cuerpos. Esta organización es tan estrecha que algunos biólogos, como Bert Hölldobler y E.O. Wilson, las definen como un súper organismo. En este sistema, la reina actúa como el sistema reproductivo, las obreras como el sistema digestivo y de mantenimiento, y las feromonas que producen como el sistema nervioso que lo conecta todo (3). Esto les permite lograr comportamientos colectivos, como andar en fila o aún formar puentes con sus cuerpos (Fig. 3).

Figura 3.  Fotografía de hormigas formando un puente vivo entre hojas. En National Geographic España, “¿Cuánto sabes sobre hormigas?” iStock. (s. f.). Recuperado el 2 de febrero de 2026 https://www.nationalgeographic.com.es/naturaleza/cuanto-sabes-sobre-hormigas_16085/3

 

Esta unidad les otorga una ventaja evolutiva formidable: la inmunidad social. Al igual que tu cuerpo produce glóbulos blancos para atacar un virus, la colonia de hormigas ha desarrollado comportamientos diseñados para detectar y exterminar patógenos antes de que se propaguen. A esta defensa los investigadores le llaman el aseo social (4).

 

El "Aseo Social": una barrera de higiene colectiva

Cuando una hormiga obrera regresa al nido, no entra sin más, sus hermanas utilizan sus antenas para "escanear" su cutícula en busca de esporas de Ophiocordyceps (Fig. 4). Si detectan una amenaza, comienza una operación de limpieza frenética que tiene varias fases:

Remoción mecánica, las obreras utilizan sus piezas bucales para retirar físicamente las esporas de los lugares donde la hormiga infectada no puede llegar por sí misma. Desinfección química, las hormigas poseen glándulas que segregan compuestos antifúngicos poderosos, como el ácido fórmico, que aplican sobre el cuerpo de sus compañeras para neutralizar al invasor. Profilaxis social, si el riesgo es alto, las hormigas pueden incluso lamer las esporas y destruirlas en sus propias cavidades bucales, donde jugos digestivos especializados se encargan de eliminarlas, protegiendo así la integridad de la reina y las obreras.

Figura 4. Hormigas obreras de la especie Camponotus floridanus / Foto: EP

https://www.ecoavant.com/naturaleza/hormigas-mejores-ejemplos-organizacion-social_6777_102.html

 

¿Ophiocordyceps o Cordyceps?

Como suele ocurrir en la taxonomía, este hongo ha tenido una historia "movida"; cada generación lo ha reubicado en el lugar que la ciencia de su época permitía ver.

Todo comenzó en 1859, cuando el naturalista Alfred Russel Wallace recolectó hormigas infectadas en Indonesia y las envió a los hermanos Tulasne, distinguidos micólogos franceses. En aquel entonces, la clasificación dependía casi por completo de la morfología: la forma del hongo y de sus esporas bajo el microscopio. Bajo este criterio, los Tulasne lo bautizaron como Torrubia unilateralis en su obra maestra Selecta Fungorum Carpologia (1865). En dicho texto, describieron estos hallazgos con un asombro casi poético: "debido a su origen único, se les ha incluido entre las maravillas de la naturaleza" (5).

Sin embargo, el camino hacia el nombre que conocemos hoy tuvo sus tropiezos. Uno de los más curiosos fue el llamado "error de la hormiga brasileña". Aunque los especímenes de Wallace venían de Indonesia, los Tulasne ilustraron el hongo sobre una hormiga (Fig. 5) que identificaron erróneamente como Atta cephalotes (una cortadora de hojas de Brasil). No fue hasta un siglo después que otros investigadores (6) aclararon la confusión: los Tulasne probablemente mezclaron notas de distintos envíos, y el verdadero hospedero era una hormiga del género Camponotus (hormigas carpinteras).

Figura 5. (a), Lámina original de la Selecta Fungorum Carpologia de 1865 de los hermanos Tulasne, que ilustra el holotipo de Ophiocordyceps ( Torrubia ) ​​unilateralis y que se dice que se encuentra en la hormiga cortadora de hojas, Atta cephalotes; (b), Detalle de la lámina que muestra la placa pronotal distintiva de Camponotus sericeiventris , así como una vista lateral del huésped que es claramente una hormiga carpintera y no una cortadora de hojas; compárese con (c) Obrero vivo de C. sericeiventris que muestra las espinas en la placa pronotal (flecha). https://doi.org/10.1371/journal.pone.0017024.g001

 

Más adelante, el científico Pier Andrea Saccardo trasladó la especie al género Cordyceps. Durante décadas, este género funcionó como una "carpeta”, donde se agrupaban casi todos los hongos parásitos de insectos que, a simple vista, se parecían entre sí.

Pero la verdadera revolución llegó con la filogenética (comparación de los ADN’s para agrupar especies). Al empezar a comparar el ADN de estos organismos, los científicos descubrieron que muchos de los hongos que llamábamos Cordyceps no eran parientes tan cercanos como pensábamos. En 2007, un estudio genético profundo reclasificó a nuestro protagonista (6). Se determinó que, aunque se parecen, los hongos que infectan hormigas pertenecen a un linaje distinto al de otros parásitos de insectos.

Así nació el nombre Ophiocordyceps. El prefijo "Ophio-" proviene del griego y significa "serpiente", haciendo referencia a la forma sinuosa y alargada de sus estructuras reproductivas, y el término “cordyceps” básicamente significa “con sombrero en forma de garrote”, lo que nos hace mucho sentido si observamos sus ilustraciones. Hoy sabemos que el complejo Ophiocordyceps unilateralis no es una sola especie, sino una familia diversa de hongos especialistas, cada uno adaptado con precisión microscópica a una especie de hormiga diferente.

Al final, ya sea que lo llamemos Torrubia, Cordyceps u Ophiocordyceps, el fascinante horror de su biología permanece intacto. Como bien notaron los Tulasne hace más de 150 años, seguimos ante una de las maravillas más inquietantes de la evolución: una que, afortunadamente para nosotros, sigue prefiriendo el mundo de los insectos al de los humanos.

La inclusión de este hongo en la obra de los Tulasne (5) no es un detalle menor. Ese libro es considerado uno de los pilares de la micología moderna. Que los creadores de The Last of Us hayan rescatado un organismo documentado e ilustrado por los hermanos Tulasne para plantear nuestra posible extinción, es un tributo indirecto a la agudeza visual de este par, que vio al hongo como una maravilla de la naturaleza; nosotros, a través de la lente de la ficción, lo vemos como nuestra mayor pesadilla.

 

Un vistazo al pasado: la huella que ha dejado Ophiocordyceps en el tiempo

Ahora que ya somos casi expertos en este hongo parásito, lo único que nos quedaría por averiguar sería qué tan viejo es este exitoso sistema infeccioso que ha desarrollado el hongo a través de su propia evolución y la de su hospedero. Responder a esta pregunta podría ser un poco complicado, dado que los hongos y las hormigas tienen su propia historia evolutiva, forjando a menudo alianzas donde ambos salen beneficiados. Por ello, pensar en que un grupo de hongos se ha especializado para parasitar y manipular hormigas suena, en términos evolutivos, prácticamente a una traición.

Sin embargo, en la naturaleza, lo que nosotros llamamos "traición" es simplemente una estrategia de supervivencia que ha demostrado ser asombrosamente estable. Para encontrar las pruebas de este drama biológico, no debemos mirar a las hormigas de hoy, sino a las hojas de hace millones de años.

 

El descubrimiento en la Mina de Messel

La respuesta definitiva sobre la antigüedad de este parásito llegó en 2010 gracias al investigador David P. Hughes y su equipo. Al analizar una hoja fósil de la planta Byttnertiopsis daphnogenes encontrada en la Mina de Messel, Alemania (Fig. 6), encontraron un patrón que les resultó extrañamente familiar (7). Se trataba de 29 cicatrices distribuidas de manera precisa alrededor de las venas secundarias de la hoja.

Las cicatrices no eran simples cortes: eran marcas con forma de "mancuerna", rodeadas de tejido calloso que indicaba una reacción de la planta ante una presión mecánica sostenida. Eran, sin lugar a duda, las huellas de la famosa "mordida de la muerte".

Figura 6. Este fósil de hoja de 48 millones de años hallado en Messel muestra claramente las cicatrices reveladoras de hormigas infectadas con el parásito fúngico que controla la mente. (Foto de Torsten Wappler). https://insider.si.edu/2010/11/fossil-reveals-48-million-year-history-of-zombie-ants/

 

48 millones de años de "control remoto": lo más impactante de este hallazgo es la fecha. Los sedimentos de la Mina de Messel tienen una edad confirmada de 47.8 millones de años. Desde ese entonces, el Ophiocordyceps unilateralis ya dominaba la técnica de "reprogramar" hormigas.

El estudio de Hughes nos habla entonces de una interacción altamente especializada que evolucionó justo cuando las hormigas comenzaban a ser los insectos dominantes en el planeta. El paralelismo geográfico descrito por Hughes es la evidencia de que el hongo que hoy asociamos con climas tropicales asiáticos, alguna vez gobernó los bosques de lo que hoy es Europa, demostrando una resiliencia evolutiva capaz de atravesar eras geológicas completas.

Esta evidencia fósil nos obliga a ver al hongo de The Last of Us con un respeto renovado. No estamos ante una mutación apresurada o un error de la naturaleza, sino ante una de las maquinarias biológicas más antiguas y probadas del registro fósil. La "traición" de la que hablábamos no es más que una coreografía perfecta que ha permanecido inalterable durante casi 50 millones de años, en la que factores como el huésped, la temperatura y los nutrientes han sido clave para lograr esta increíble especialización fúngica. Así que ya sabrás qué responderles a tus amigos la próxima vez que hablen de la posibilidad de un apocalipsis fúngico.

 

Referencias
1. Fredericksen, M. A. et al. (2017). Three-dimensional visualization and a deep-learning model reveal complex fungal parasite networks in behaviorally manipulated ants. PNAS 114(47):12590–12595

  1. van Roosmalen, E., & de Bekker, C. (2024). Mechanisms underlying Ophiocordyceps infection and behavioral manipulation of ants: Unique or ubiquitous? Annual Review of Microbiology, 78(1), 575–593. https://doi.org/10.1146/annurev-micro-041522-092522
  2. Hölldobler, B. & Wilson, E. O. (2008). The superorganism: the beauty, elegance, and strangeness of insects. New York, NY: W.W. Norton.
  3. Casillas-Pérez B, Boďová K, Grasse AV, Tkačik G, Cremer S. (2023). Dynamic pathogen detection and social feedback shape collective hygiene in ants. Nat Commun. 3;14(1):3232. doi: 10.1038/s41467-023-38947-y.
  4. Tulasne, Louis René, Tulasne, Charles, Geney-Gros., & Imperiali Typographeo. (1861). Selecta fungorum carpologia :ea documenta et icones potissimum exhibens ... (Vol. 3, p. 5). Imperatoris Jussu, In Imperiali Typographeo Excudebatur. https://www.biodiversitylibrary.org/page/34126010
  5. Sung, G.-H., Hywel-Jones, N. L., Sung, J.-M., Luangsa-ard, J. J., Shrestha, B., & Spatafora, J. W. (2007). Phylogenetic classification of Cordyceps and the clavicipitaceous fungi. Studies in Mycology, 57, 5–59. https://doi.org/10.3114/sim.2007.57.01
  6. Hughes, D. P., Wappler, T., & Labandeira, C. C. (2011). Ancient death-grip leaf scars reveal ant-fungal parasitism. Biology Letters, 7(1), 67–70. https://doi.org/10.1098/rsbl.2010.0521

Esta columna se prepara y edita semana con semana, en conjunto con investigadores morelenses convencidos del valor del conocimiento científico para el desarrollo social y económico de Morelos.

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