Hace unos 250 millones de años, lo que hoy es el desierto de Kimberley en Australia Occidental era una costa poco profunda abierta al océano, junto al supercontinente Pangea.
Apenas un millón de años después de la gran extinción del Pérmico —que eliminó casi el 90 % de las especies marinas—, los primeros anfibios marinos comenzaron a poblar estas aguas.
Eran animales con aspecto parecido a cocodrilos, y se convirtieron en los primeros depredadores marinos claramente identificables del Mesozoico.
Un estudio reciente revisó fósiles descubiertos hace más de 50 años en la Formación Blina Shale, en Noonkanbah, cerca de Derby. Durante décadas, se pensaba que todos los restos pertenecían a una única especie: Erythrobatrachus noonkanbahensis.
Pero al analizar los fósiles con técnicas modernas, incluyendo escaneos 3D, los científicos encontraron que en realidad había al menos dos tipos diferentes de anfibios marinos.
Por un lado estaba Erythrobatrachus, con un cráneo ancho y robusto de unos 40 cm, que seguramente ocupaba la cima de la cadena alimentaria local.
Por otro, algunos restos correspondían a Aphaneramma, un anfibio de hocico largo y delgado, especializado en atrapar peces pequeños. Ambos vivían juntos en la misma costa, pero cada uno ocupaba un “nicho” diferente en el ecosistema.
Estos hallazgos muestran que la vida marina se recuperó rápidamente tras la extinción del Pérmico, con diferentes especies adaptándose a distintos roles.
Además, mientras Erythrobatrachus parece exclusivo de Australia, Aphaneramma se encuentra también en lugares tan lejanos como el Ártico, Rusia, Pakistán y Madagascar, lo que indica que estos anfibios se dispersaron rápidamente por todo el mundo siguiendo las costas de Pangea.
Los temnospóndilos, el grupo al que pertenecen estos anfibios, eran parientes lejanos de ranas y salamandras actuales. Podían alcanzar hasta dos metros de longitud y tenían cráneos y dientes adaptados a cazar presas resbaladizas en el agua.
Hoy, el desierto de Kimberley oculta este antiguo océano, pero los fósiles recuperados permiten reconstruir cómo los ecosistemas marinos empezaron a reorganizarse después de la mayor crisis de la historia.
El estudio también muestra la importancia de revisar colecciones antiguas con nuevas técnicas: lo que se creyó una especie única ahora revela un mundo mucho más diverso y dinámico.
