Imagina la espuma de una cerveza. Su superficie no es plana: está formada por burbujas que suben, se expanden y estallan, dejando filamentos efímeros pero llamativos. Ahora traslada esa imagen a la Vía Láctea. Nuestra galaxia no es un disco uniforme de estrellas, sino un entorno dinámico lleno de cavidades, burbujas y estructuras irregulares creadas por la actividad de las estrellas más masivas.
En la conferencia “La galaxia espumosa: burbujas esculpidas por estrellas”, parte del ciclo Noticias del Cosmo organizado por El Colegio Nacional, William Henney, investigador del Instituto de Radioastronomía y Astrofísica de la UNAM, explicó cómo estas estructuras revelan que las estrellas no solo iluminan el universo: también lo esculpen, transformando el medio interestelar en una arquitectura dinámica, compleja y sorprendentemente bella.
Henney detalló que las burbujas cósmicas de la Vía Láctea se originan por el enorme poder de las estrellas más masivas. Su radiación ultravioleta ioniza y calienta el gas circundante, formando regiones de hidrógeno ionizado que se expanden. A esto se suman los vientos estelares, corrientes supersónicas de partículas cargadas, y las explosiones de supernova, capaces de limpiar grandes volúmenes de gas y polvo.
“Un ejemplo claro de esta dinámica es la Burbuja Local, una cavidad de baja densidad alrededor del Sol formada probablemente por supernovas pasadas. La distribución de las nubes moleculares en los bordes de esta burbuja sugiere que la expansión de estas cavidades no solo esculpe el medio interestelar, sino que incluso puede desencadenar la formación de nuevas estrellas, mostrando cómo la vida y muerte de estrellas masivas organiza el tejido galáctico”, detalló William Henney.
Otras burbujas conocidas se encuentran en torno a estrellas como Spica (Alfa Virginis) y en regiones muy activas como Orión, donde los vientos y radiación de estrellas jóvenes remodelan continuamente el gas. Existen cavidades más compactas, otras más tenues y gigantes como la Nebulosa de Carina o la región del cúmulo Pismis 24, donde se han observado estrellas extremadamente masivas, algunas superando las 100 masas solares.
En todos los casos, la interacción entre radiación, vientos y ondas de choque produce estructuras complejas dentro de las nubes moleculares: filamentos, grumos y cavidades que se expanden, colisionan y se superponen, creando un paisaje que recuerda a la espuma de una bebida agitada.
Desde nuestra posición dentro de la galaxia, el polvo interestelar atenúa la luz visible, ocultando buena parte de estos detalles y volviendo esencial la observación en otras longitudes de onda.
Henney subrayó que los colores con los que vemos estas burbujas no son simplemente estéticos: revelan su composición química, su grado de ionización y su temperatura. En luz visible destacan líneas de emisión como H-alfa, [O III] o [S II], cada una asociada a distintos elementos y estados de ionización. En infrarrojo o rayos X, los colores se asignan artificialmente para representar longitudes de onda que el ojo humano no puede percibir. Además, la abundancia de metales influye tanto en el enfriamiento del gas como en la intensidad de los vientos estelares, modificando la evolución de estas cavidades. Los telescopios se han vuelto indispensables para entender estos fenómenos.
“La historia de la astronomía es, en gran medida, la historia de nuestros telescopios: cada vez que creamos uno nuevo, descubrimos un capítulo más del universo”, agregó Henney.
Gracias a imágenes icónicas del telescopio espacial Hubble, los astrónomos pudieron ver la composición de los Pilares de la Creación, donde nuevas estrellas esculpen su entorno en una constante creación y destrucción estelar. Por otro lado, el James Webb ha servido para mostrar las regiones ocultas donde estas burbujas nacen y evolucionan.
“Mientras tanto, Gaia ha cartografiado con precisión las posiciones y movimientos de más de mil millones de estrellas, permitiéndonos reconstruir la verdadera forma y estructura de la Vía Láctea: un disco espiral aplanado, en rotación, salpicado de regiones activas donde el gas se comprime, se calienta y se ilumina”, sostuvo el especialista.
Observatorios terrestres como los ubicados en Hawái, Chile, Canarias y Baja California complementan esta información al capturar detalles finísimos cuando la atmósfera lo permite. Al combinar ambas observaciones, se ha podido conocer la estructura de la Vía Láctea, pero también entender que lejos de ser un espacio vacío y estático, es un océano turbulento y creativo, modelado continuamente por el nacimiento, vida y muerte de estrellas masivas.
UNA GALAXIA QUE SE MOLDEA
La Vía Láctea es mucho más que un disco de estrellas. Es un lienzo en constante transformación, donde radiación, vientos estelares y explosiones de supernova esculpen burbujas, filamentos y cavidades. Gracias a los telescopios modernos y a la cartografía estelar, hoy podemos admirar no solo la belleza de estas estructuras, sino también entender cómo el ciclo de vida de las estrellas organiza y da forma al tejido galáctico, revelando un universo dinámico, creativo y sorprendentemente vivo.

