Como se escribió en la entrega pasada, una de las ideas “fuera de la caja” es utilizar las pencas residuales del maguey tequilero para la alimentación del ganado, por medio de un proceso biotecnológico y que ya se está utilizando en algunas partes del país. Esto con la finalidad de abonar a la autosuficiencia alimentaria por medio del desarrollo de la ciencia y tecnología. En esta ocasión, me gustaría hablar sobre otros procesos en la producción del tequila en nuestro país y que están relacionados con lo escrito anteriormente.
Parece que la historia reciente del agave tequilero se repite con una lógica implacable. Cuando el precio sube, se siembra en abundancia; cuando las plantas maduran, el mercado se satura y el precio cae. No se trata de un error accidental, sino de una dinámica estructural y repetida, bien conocida en los sistemas agrícolas. Amplificada aquí por un rasgo biológico decisivo: el agave tarda más de seis años en madurar. Así se genera una “telaraña” de precios e inventarios que atrapa a productores, distorsiona inversiones y genera pérdidas sociales, especialmente entre los pequeños productores. Tras una década de expansión acelerada de las plantaciones, la caída reciente del precio del agave es una señal clara de sus excedentes. Pero el problema no se agota en las piñas destinadas al tequila. Por cada tonelada cosechada, casi la mitad de la biomasa (las hojas) queda abandonada en el campo. En conjunto, hablamos de la producción anual de más de un millón y medio de toneladas de hojas tratadas como si no tuvieran valor.
Desde la ciencia aplicada y la tecnología, podemos cambiar la pregunta. En lugar de eliminar el excedente de las piñas, podríamos procesar la biomasa integral de las plantas excedentes e inmaduras, junto con las hojas residuales de las plantas cosechadas. Este sería un esquema flexible al uso exclusivo de las piñas y al desperdicio de las hojas que ahora prevalecen. Lo anterior se puede lograr mediante el raspado mecánico de las hojas o la biomasa joven para separar la fibra de los residuos forrajeros que serían ensilados.
La experiencia acumulada durante el último medio siglo muestra que, con una formulación adecuada, el ensilaje de los agaves puede sustituir una parte importante del forraje convencional sin afectar el rendimiento ganadero. Las implicaciones van más allá de la nutrición animal. En regiones como Los Altos de Jalisco, una de las principales cuencas lecheras del país, el uso de ensilaje de agave permitiría reducir de manera significativa el consumo de agua y la superficie agrícola dedicada al maíz forrajero. En un contexto de estrés hídrico creciente y dependencia de insumos importados, esta sustitución apunta a una ganadería más resiliente y mejor adaptada a los límites ambientales.
La rentabilidad de esta propuesta se complementa con el uso de la fibra, el ixtle, que tiene mejor precio unitario que los residuos forrajeros del agave. Hoy, la ciencia de materiales abre nuevos usos para las fibras vegetales, mediante la elaboración de bioplásticos y materiales compuestos. Conviene resaltar que en la fabricación industrial de autopartes, materiales de construcción y utensilios biodegradables ya se incorporan, de forma incipiente, las fibras del agave como elemento de refuerzo, con capacidad para absorber grandes volúmenes y generar mayor valor agregado por el uso industrial del ixtle.
Lo que emerge no es una solución aislada, sino un rediseño territorial basado en el conocimiento técnico que permitiría la instalación de plantas agroindustriales para procesar la biomasa del agave y para celebrar acuerdos entre productores de agave, ganaderos e industria manufacturera, combinando así el procesamiento de las hojas con el procesamiento deliberado del excedente de las plantas inmaduras para amortiguar los ciclos de los precios de la piña. De esa forma, el procesamiento de cerca de un millón de toneladas de biomasa joven al año junto con otro millón de toneladas de las hojas, complementaria de las piñas maduras, permitiría reducir los excedentes en pocos años, suavizaría las oscilaciones de precios de la piña y permitiría que la agroindustria tequilera saliera de su telaraña de precios e inventarios que la han agobiado durante los últimos treinta años.
En un país marcado por la escasez de agua y la expansión de monocultivos, el agave encarna una paradoja: abundancia que empobrece. Pero también señala una oportunidad. De símbolo agrícola y cultural entrampado en la inestabilidad de precios, puede convertirse en emblema de una bioeconomía más integrada, donde el tequila, forraje, fibras y nuevos materiales formen parte de una misma estrategia productiva.
La ciencia sugiere que, si el conocimiento técnico se traduce en acuerdos territoriales y políticas públicas, la telaraña del agave puede dejar de ser una trampa cíclica y transformarse en una red capaz de sostener innovación, estabilidad y resiliencia.
