Publicado en Radiografia del Poder Jueves, 02 Noviembre 2017 06:26

Día de muertos Un año para no olvidar

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Frescos aún están los recuerdos de cientos de familias que perdieron a seres queridos el pasado 19 de septiembre, a causa del terremoto y en su memoria han montado coloridas ofrendas, dándole vida a una milenaria cultura de adoración a los difuntos; no obstante, en esos hogares las heridas aún están vivas y generan fuerte dolor y nostalgia.

Es sin duda en Jojutla, donde la desgracia alcanzó niveles escalofriantes, porque prácticamente todos los fallecidos corresponden a esta parte de la entidad, en la que habrán de pasar algunos años a fin de que las huellas de la desesperación y el sufrimiento comiencen a menguar.

Bueno, baste recordar que hasta antes de esa fatídica fecha, en la mayoría de los mexicanos, aún entre aquellos que sólo observamos a distancia el sismo del 19 de septiembre, pero de 1985, seguíamos recordando los devastadores efectos que causó en la Ciudad de México. Pasaron 32 años exactos, para que la furia de la naturaleza volviera a hacerse presente, pero en esta ocasión y para el caso de los morelenses, muy de cerca.

Por eso es de considerar que para esta entidad, que se había salvado de ese tipo de fenómenos, tendrán que pasar seguramente algunas décadas para que las aterradoras imágenes de lo acontecido pierdan intensidad. Pero para aquellos que sufrieron de manera directa los daños, será imposible olvidarlo.

La pérdida de vidas ha sido lo realmente lamentable; si bien es cierto que lo material también fue de alcances históricos, como quiera que sea, al paso del tiempo podrá haber remedio, pero lo que jamás tendrá reposición es la ausencia de seres queridos que se nos adelantaron en el camino.

Por todo eso es que consideramos que este 2017 será un año para recordar y no sólo con motivo del Día de Muertos, que culturalmente es acogido por los vivos hasta con sarcasmo, pero que en esta ocasión en particular, sí es motivo del derrame de algunas lágrimas, porque todavía no es fácil la resignación.

No sólo para los deudos, a nivel de sociedad, lo ocurrido obliga a un antes y un después; es necesario comenzar a cambiar algunas cosas, sobre todo en lo que se refiere a mayor seguridad en lo relacionado a las reglas de construcción de vivienda, para enfrentar con menos consecuencias graves, cualquier suceso similar en un futuro.

No es nada fácil vencer inercias de un pueblo que ha vivido en medio de la anarquía y ausencia de normas; acostumbrado a la desobediencia de todo aquello que le limite en sus acciones; sólo que si no se aplican cambios, podríamos volver a lamentarlo tarde o temprano.

Hasta antes del 19 de septiembre, Morelos no estaba considerado como zona sísmica, porque el nivel de intensidad de los temblores era mínimo, a veces imperceptible. Luego de lo anterior, ya hemos sido incluidos en ese mapa y obligadamente tenemos que hacer cambios en los modelos de construcción de vivienda.

Pero esto tiene que partir de nosotros mismos, tampoco podemos estar esperando que sean las autoridades las que impongan las condiciones. Si queremos evitar riesgos, hay que proceder desde el ámbito social; porque además, dejar todo eso en manos de quienes gobiernan, no garantiza nada; probado está que hay poco interés de esas esferas por lo que pueda ocurrir a los gobernados.

La celebración de Día de Muertos es para muchos directamente impactados por el terremoto, volver a vivir esos difíciles momentos, que además dejan todo tipo de huellas y secuelas. Un especialista en estos temas decía que hay diversos tipos de afectación.

A los que les tocó perder algún ser querido, padecen trastornos que se reflejan de distinta manera, pero con mucha intensidad; luego están aquellos que tras lo acontecido, acudieron en apoyo a rescatar atrapados bajo los escombros, quienes guardan imágenes de terror y también llevarán por muy largo tiempo una especie de temor que les dificulta conciliar el sueño y finalmente quienes vimos directa o indirectamente –vía medios informativos- las escenas de dolor.

El terremoto de 1985 impactó a Morelos de manera indirecta; aquel suceso obligó a miles de habitantes de la capital del país a buscar un refugio más seguro y dada nuestra cercanía con ellos, buena parte de los que optaron por emigrar, se asentaron en nuestro territorio.

Luego de la catástrofe, el estado vio acrecentada su población de forma significativa; la Unidad Morelos, ubicada al oriente de Cuernavaca, se construyó precisamente para dar habitación a miles de trabajadores de Caminos y Puentes Federales (Capufe), porque su sede se vino para acá.

Y sobre todo a partir de entonces floreció el negocio en la construcción de casas de fin de semana que actualmente superan las 200 mil en todo el territorio. Los análisis, luego de este 19 de septiembre, son un poco diferentes; como también aquí sufrimos graves consecuencias, se estima que quienes busquen de nuevo salir de la capital del país, lo harán preferentemente a estados donde los daños fueron mínimos; es decir el Estado de México, el de Hidalgo o hacia Querétaro.

Éste segundo golpe a la capital ya provocó mayor nerviosismo, por lo que comentan algunos amigos que viven allá; hay zonas en las que el miedo y la sicosis son permanentes, nadie se siente seguro, sólo que se trata generalmente de sectores sociales que por su bajo nivel económico, están imposibilitados para emigrar.

En lo que se refiere a Morelos, son dos o tres espacios los que padecieron desastre a gran escala y en donde la población vive condiciones más o menos similares; habría que ponerse en los zapatos de los jojutlenses, que han sido los más castigados. Seguramente aplicarán profundas modificaciones en lo que se refiere a la reconstrucción de hogares y negocios. Es casi un hecho que desaparecerán los segundos o terceros niveles.

Por lo que nos ha pasado, esta es una fecha de luto en buena parte de la entidad; aunque la mayoría de los morelenses pudimos escapar de una desgracia, la solidaridad y el acompañamiento en el dolor de los que sí la tuvieron, ha obligado a un compartimiento diferente; porque en buena medida, venía siendo aprovechada para cualquier tipo de excesos y de festejos que se apartaban del original principio del respeto y adoración a nuestros seres queridos ya difuntos.

 

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