“La paz es hija de la convivencia,
de la educación, del diálogo.”
Rigoberta Menchú
Los hechos ocurridos recientemente en la zona arqueológica de Teotihuacán me hacen cuestionarme, como muchos críticos de esta columna, si es verdad que la cultura de paz no se puede construir en nuestro país como sí se ha hecho en otros.
Siempre he dicho que vivimos en la cultura de la bronca, misma que se construye desde la familia, y, que, después, seguimos reproduciendo en la adultez. Sin embargo, sigo teniendo fe en que podemos lograrla a pesar de los hechos que vivimos día a día en nuestra sociedad.
Hablar de cultura de paz en México no es un ejercicio retórico ni una aspiración ingenua, como algunas personas me han comentado; es una necesidad urgente frente a un contexto marcado por la violencia, la desigualdad y la fragmentación social. A pesar de los esfuerzos institucionales, educativos y comunitarios, la consolidación de una verdadera cultura de paz no ha logrado arraigarse plenamente.
Una de las principales razones es la normalización de la violencia. Durante décadas, distintos tipos de violencia —familiar, escolar, institucional y del crimen organizado— se han vuelto parte del paisaje cotidiano. Esto genera una peligrosa aceptación social donde la violencia deja de ser cuestionada y se convierte en un mecanismo “natural” para resolver conflictos. A ello se suma la desigualdad estructural. México es un país con profundas brechas económicas y sociales. La falta de acceso equitativo a oportunidades de todo tipo, educación de calidad y justicia alimenta frustración, resentimiento y, en muchos casos, violencia. Sin justicia social, la paz es frágil.
Otro factor clave es la debilidad institucional y la impunidad. Cuando las instituciones encargadas de impartir justicia no generan confianza o actúan con ineficacia, se rompe el tejido social. La percepción de que “no pasa nada” ante conductas ilícitas incentiva la repetición de actos violentos.
También influye la educación tradicional centrada en contenidos y no en habilidades socioemocionales. Durante años, el sistema educativo ha privilegiado la memorización sobre la formación en valores, empatía, comunicación y resolución pacífica de conflictos. Sin estas herramientas, las nuevas generaciones replican patrones de confrontación. Y en este rubro sí reconozco los esfuerzos del gobierno federal por lograr cambios a través de la Nueva Escuela Mexicana, que, debo decir, es un esfuerzo descomunal y disruptivo para mejorar la educación. Lo sé de primera mano, porque formo parte en estos momentos de ese esfuerzo, junto con otros docentes en el CEB 9/19 de Yautepec, Morelos.
Finalmente, existe una cultura del conflicto mal gestionado. En muchos espacios —familiares, laborales, comunitarios— los desacuerdos escalan rápidamente porque no se cuenta con mecanismos adecuados para dialogar. El conflicto no es el problema; el problema es no saber manejarlo.
Frente a este panorama, la mediación emerge como una vía concreta, accesible y profundamente humana para construir paz desde lo cotidiano. No se trata únicamente de un mecanismo alternativo de solución de controversias, sino de una filosofía de vida basada en el diálogo, la escucha activa y la corresponsabilidad. A continuación, me permito hacer las siguientes propuestas:
Educación en mediación desde edades tempranas: incorporar la mediación escolar como práctica habitual permite que niñas, niños y adolescentes aprendan a gestionar sus emociones, a dialogar y a resolver conflictos sin recurrir a la violencia. Esto transforma la cultura desde la raíz.
Profesionalización y expansión de la mediación comunitaria: es necesario fortalecer la formación de mediadores comunitarios que puedan intervenir en colonias, barrios y municipios. Estos actores se convierten en puentes de comunicación en contextos donde las instituciones formales no siempre llegan o generan confianza.
Integración de la mediación en el sistema de justicia: aunque ya existen avances, es fundamental consolidar la mediación como una etapa obligatoria o prioritaria en ciertos conflictos civiles, familiares y vecinales. Esto no solo reduce la carga judicial, sino que genera acuerdos más duraderos y voluntarios.
Promoción de una cultura del diálogo en espacios laborales y gubernamentales: las organizaciones públicas y privadas deben adoptar modelos de resolución de conflictos basados en mediación. Esto mejora el clima laboral, previene conflictos mayores y promueve relaciones más saludables.
Campañas sociales de sensibilización: no basta con que la mediación exista; la sociedad debe conocerla, confiar en ella y utilizarla. Se requieren campañas que expliquen sus beneficios y la presenten como una alternativa viable frente al conflicto.
La cultura de paz en México no se ha consolidado porque no puede imponerse desde arriba ni decretarse por ley. Es un proceso que exige transformación social profunda, coherencia institucional y participación ciudadana. La mediación, en este sentido, no es una solución mágica, pero sí una herramienta poderosa para reconstruir el tejido social desde lo local.
Construir paz implica cambiar la forma en que nos relacionamos, cómo enfrentamos nuestras diferencias y cómo entendemos al otro. En un país donde el conflicto es inevitable, la clave no está en eliminarlo, sino en aprender a transformarlo. Ahí es donde la mediación puede marcar la diferencia: no solo resolviendo disputas, sino sembrando las bases de una convivencia más justa, empática y sostenible.


Lectura 3 - 5 minutos