“No toda distancia es ausencia,
ni todo silencio es olvido.”
Mario Sarmiento
Estas últimas dos semanas han sido de mucho trabajo y ajetreo. Podría decir que he realizado hasta el doble de trabajo que normalmente realizo. A pesar de eso, también puedo decir que el silencio me ha acompañado más que otras veces y me ha hecho reflexionar sobre la finalidad de algunas cosas y el porqué de otras. Es domingo, día de descanso para la gran mayoría y, para mí, es el día de mi ritual. Me despierto, me quedo en cama un rato pensando en lo que voy a escribir para mi artículo, escucho el trinar de las aves, leo algo sobre lo que ronda en mi cabeza y escucho música. Me preparo un buen café y lo disfruto con un poco de pan. Estos días he estado escuchando a Ryuichi Sakamoto y a Toshiki Soejima, entre otros músicos japoneses, y llegó a mi mente la importancia del silencio. Si gustas, mientras lees este artículo escucha “Merry Christmas, Mr Lawrence” de Sakamoto y disfruta sus silencios: https://www.youtube.com/watch?v=ELJf83TelA0&list=RDELJf83TelA0&start_radio=1
El silencio para nosotros los latinoamericanos, y tal vez para todos los occidentales, no tiene el mismo significado que para los japoneses.
El silencio es una de las formas más profundas de comunicación humana. Aunque suele interpretarse como ausencia —de palabras, de ruido o de acción—, en realidad está cargado de significados culturales, emocionales y espirituales. Su interpretación varía notablemente entre sociedades. En América Latina, el silencio comúnmente está asociado a la omisión, a la represión, a la indiferencia o incluso a la complicidad; mientras que, en Japón, el concepto de silencio, se encuentra estrechamente vinculado al Ma, se entiende como un espacio vital, una pausa significativa que permite la armonía. Explorar estas diferencias no solo enriquece nuestra comprensión intercultural, sino que también abre una vía poderosa hacia la construcción de una cultura de paz.
El silencio históricamente, en Latinoamérica, ha tenido connotaciones ambiguas. En sociedades marcadas por procesos de colonización, desigualdad social y, en muchos casos, violencia estructural, “guardar silencio” puede significar callar ante la injusticia. El silencio se vuelve entonces una forma de invisibilización: el silencio de las víctimas, el silencio de las instituciones, el silencio que perpetúa la impunidad. En este sentido, el discurso social ha tendido a valorar la voz, la denuncia y la expresión como actos de resistencia. “El que calla otorga” es una frase común que refleja la sospecha hacia el silencio, considerándolo una aceptación pasiva de lo que ocurre. También existe un silencio íntimo, ligado a la reflexión, al duelo, a la espiritualidad. En tradiciones indígenas, por ejemplo, el silencio es una forma de escucha profunda de la naturaleza y de conexión con lo sagrado. Sin embargo, en la vida cotidiana urbana, el ruido —físico y simbólico— suele predominar, dificultando la valoración del silencio como espacio de encuentro interior.
Por otro lado, en la cultura japonesa, el silencio tiene una connotación profundamente distinta. El concepto de Ma —difícil de traducir literalmente— alude al “intervalo”, al espacio entre las cosas, al tiempo que permite que algo suceda. No es un vacío, sino una presencia cargada de sentido. En la arquitectura, en la música, en la conversación e incluso en las relaciones humanas, el Ma representa el equilibrio. El silencio no es incómodo ni sospechoso; es necesario. Permite escuchar al otro sin interrumpir, reflexionar antes de responder y respetar el ritmo natural de la interacción. El silencio también se vincula con valores como la cortesía, la armonía social y el autocontrol. Hablar demasiado puede percibirse como invasivo o poco considerado. En cambio, saber callar en el momento adecuado es una muestra de sabiduría y sensibilidad. El silencio, en este contexto, comunica tanto como las palabras: expresa respeto, desacuerdo sutil o comprensión profunda sin necesidad de verbalización explícita.
Por ejemplo, el silencio entre dos notas musicales que hace que la música exista; en la filosofía, el Ma es entendido como la presencia de la ausencia: una forma de apreciar la belleza de lo no dicho, lo no mostrado o lo no hecho. Es la sabiduría de dejar espacio- en la vida, en las relaciones o en el arte – para que las cosas sucedan y tengan valor. No es una ausencia vacía, sino un vacío fértil.
Comprender el valor del silencio es fundamental en un mundo cada vez más saturado de información, ruido y reacciones inmediatas. Aprender a guardar silencio no implica dejar de participar, sino hacerlo de manera más consciente. El silencio permite observar, escuchar, procesar y responder con mayor claridad. En el ámbito personal, favorece la introspección y el autoconocimiento; en el ámbito social, mejora la calidad del diálogo.
Desde la perspectiva de la cultura de paz, el silencio puede desempeñar un papel clave. Una cultura de paz no solo se construye a partir del diálogo, sino también de la escucha. Y no hay escucha verdadera sin silencio. En procesos de mediación, por ejemplo, el silencio permite que las partes se sientan realmente escuchadas, reduce la impulsividad y abre espacio para la empatía. Un silencio bien sostenido puede evitar una escalada de conflicto, dando lugar a la reflexión en lugar de la reacción.
Sin embargo, es importante distinguir entre un silencio constructivo y un silencio que perpetúa la injusticia. La cultura de paz no promueve el silencio cómplice ante la violencia, sino un silencio consciente que precede a la palabra justa. Es el silencio que permite elegir cuándo hablar y cómo hacerlo de manera responsable. En este sentido, el aprendizaje del silencio implica también desarrollar criterio ético.
Para los latinoamericanos, incorporar una visión más amplia del silencio —como la que propone el concepto de Ma— podría enriquecer profundamente las prácticas sociales y educativas. No se trata de dejar de alzar la voz frente a la injusticia, sino de equilibrar la expresión con la escucha. Aprender a hacer pausas, a respetar los tiempos del otro y a valorar el espacio entre las palabras puede transformar la manera en que nos relacionamos.


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