Publicado en Andanzas en Femenino Domingo, 04 Septiembre 2016 08:30

Mi nostalgia infantil por Oaxtepec

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Crecí como toda niña chilanga clasemediera, teniendo a Morelos como el vecino cálido al que se le visita para echarse un buen chapuzón. Conocí casi todos los balnearios del estado pues a mi padre le encantaba organizar excursiones con sus múltiples compadres para visitarlos.

 

Pero además de las visitas obligadas con mi familia, el Centro Vacacional Oaxtepec ocupó un lugar en la historia de mi infancia gracias a que en mi escuela, un colegio bastante revolucionario para su época, se organizaban anualmente excursiones de tres días donde los papás no podían ni acercarse y los niños éramos realmente libres, en manos de maestros muy jóvenes y divertidos.

¿Por qué escribo hoy sobre algo que para todos los morelenses es tan cotidiano como el Centro Vacacional Oaxtepec? pues bueno, porque esta semana se confirmó lo que ya se sabía desde 2014 cuando el IMSS se declaró incapaz de seguir manteniendo el lugar en óptimas condiciones y arrancó un proceso de licitación para otorgar la concesión de su operación a un particular: Oaxtepec ya nunca volverá a ser el mismo.

Esto no necesariamente es algo malo, por el contrario, una inversión de entre 15 y 18 millones de dólares como la que hará Six Flags México para transformar nuestro viejo y querido Centro Vacacional IMSS Oaxtepec en el nuevo parque acuático Hurricane Harbor, nunca es despreciable. Sin embargo, no pude evitar que la nostalgia me invadiera al conocer la noticia.

 

Ataque de nostalgia

Aunque ya había ido antes, conocí Oaxtepec realmente hasta que pude visitarlo sin mis padres. Las excursiones que organizaba mi colegio, el Instituto Jaime Torres Bodet eran toda una leyenda urbana para todos los grados, por supuesto, los más pequeños querían crecer rápido para ir a esos viajes pues sólo a partir del cuarto grado de primaria podías participar de esa actividad. Los tres últimos grados (en aquel entonces el colegio no contaba con secundaria) recibían una vez al año la oportunidad de desarrollar su independencia con un paseo al que los padres tenían una prohibición absoluta de acudir. Y si se les ocurría aparecerse “casualmente” por su cuenta, no podían entrar en contacto con sus hijos pues el objetivo de la actividad era promover nuestra independencia. ¡Para nosotros era el mejor regalo de todo el año! ¡un fin de semana entero sin padres!

1984, 1985 y 1986 fueron los tres años consecutivos en los que yo pude participar de esta actividad, que dicho sea de paso, no era barata y para nuestros padres representaba un esfuerzo adicional al pago del colegio que tampoco era precisamente económico.

Sin embargo no se si alguna vez agradecí a mis padres que hubieran realizado ese esfuerzo y si no lo hice, aprovecho este espacio para hacerlo pues ahora que soy madre se que no siempre se cuenta con recursos adicionales para este tipo de viajes pero creanme, para mí esos tres esfuerzos de gasto extra que mis padres hicieron, me regalaron los mejores recuerdos de infancia que pude tener.

 

Un mundo por descubrir

Por supuesto, mi padre no era precisamente un hombre liberal, así que los primeros dos años mandó a mi hermana adolescente a “cuidarme”, algo que realmente no pasaba pues ella estaba más ocupada en coquetear con mi maestro de natación y teatro que con poner atención en lo que yo hacía, y eso también se lo agradeceré siempre.

Pero justo por eso, es la excursión del último año la que mejores recuerdos me trae, pues ya fui completamente sola. Estaba en sexto de primaria, por supuesto ya todas las niñas y todos los niños andábamos en plan de novios y Oaxtepec era el lugar perfecto para el romance.

Los padres de mi mejor amiga, recuerdo que se llamaba Vanessa, eran mucho más conservadores que los míos así que ella jamás fue a las excursiones a Oaxtepec. En cambio, mis amigas Sofía y Erika —con quienes por fortuna y gracias a Facebook aún tengo contacto— siempre acudieron y eso le dio otro giro a estos viajes.

Ellas eran la popularidad hecha niña, y por supuesto al ser su amiga, algo se me pegaba jeje. En fin que éramos un trío para dar miedo. Erika tenía un novio, Enrique, la pareja de la generación (jajajajaja a los 11 años) y a mí me gustaba el hermano de Sofía porque detrás de sus gafas tenía un aire interesante y nadaba como todo un tritón. Ahora por supuesto todos somos amigos y nos reiremos de estos recuerdos, pero en aquellos años, las hormonas eran las que mandaban.

 

La visita del cometa Haley

La astronomía nunca me había importado hasta que Oaxtepec se convirtió en el lugar más indicado para salir a media noche, en fila india, dirigidos por los locos directivos del colegio, hasta una colina boscosa del Centro Vacacional. Allí, nos sentaron a todos con mucho cuidado, para que viviéramos juntos lo que fue un hecho histórico de mi generación: El paso del cometa Haley. Por supuesto yo estaba más preocupada por decidirme entre coquetear con Jorge, el hermano de mi amiga Sofía o con Josafat, el niño rubio y engreído que todos odiaban.

No recuerdo el cometa, lo juro, pero las estrellas que vi esa noche y la adrenalina que nos daba la libertad de estar fuera de la habitación, en medio de la naturaleza a media noche, no la olvidaré jamás.

 

Sueños de clavadistas

Otra cosa maravillosa que tenía Oaxtepec eran sus trampolines y plataformas para practicar clavados. Una fosa de 10 metros de profundidad donde nosotros nos lanzábamos sin miedo alguno. Para sexto grado yo ya era parte del equipo de natación del colegio, junto con Erika, Jorge y Sofía. Esto también nos hacía muy populares en aquellos viajes. Eramos las estrellas acuáticas del colegio.

Los menos intrépidos se lanzaban del trampolín de tres metros, pero Sofía, Erika y Jorge siempre lo hacían de la plataforma de 10 metros. Creo que yo nunca tuve el valor de hacerlo. Me lancé de la de 5 metros pero jamás pude hacerlo de la más alta.

 

Arte, cultura y naturaleza en un solo lugar

Si Acapulco fue el lugar donde muchos capitalinos conocimos el mar, Oaxtepec fue el sitio donde muchos también conocimos el concepto de balneario. Creo que es por ello que los chilangos le guardamos un gran cariño y muchos recuerdos. Pero Oaxtepec no eran solo albercas, también había restaurantes (no muy buenos, hay que reconocerlo), hoteles para estudiantes con literas tipo hostal, hoteles familiares y cabañas. Pero recuerdo también que había un cine. Ni siquiera recuerdo la película pero estoy segura de que fuimos, armados con palomitas y frutsis, y sí, creo que alguno que otro niño me habrá robado un beso en esa vieja sala de cine.

Fue el arquitecto Alejandro Prieto, quien desarrolló ese proyecto de Centro Vacacional donde fui tan feliz, donde recorrí cada rincón de sus 120 hectáreas y donde por vez primera pude sentir la magia de la libertad.

El diseño arquitectónico permitía contar con vistas espectaculares hacia el Valle de Cuernavaca, desde el antiguo convento dominico, que funciona como museo y es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y que igualmente es administrado por el Instituto Mexicano del Seguro Social

Al paso del autobus desde la entrada se suceden zonas de albercas, extensos jardines, zonas de alojamiento, así como zonas de conservación donde incluso corren breves arroyos, donde pervive fauna extraordinaria y confluyen todos en un río más grande en la zona baja del Balneario.

Siguiendo el circuito por la parte alta aparecía el estadio de Fútbol, dispuesto para unos siete mil espectadores, cubierto parcialmente con ligeras techumbres a la usanza de los paraguas de la época, donde era notable la gran influencia de Félix Candela y el uso común de ligeras techumbres de concreto que caracterizaron a la arquitectura mexicana de los años 60’s y 70´s. Por supuesto es imposible no mencionar la cúpula geodésica de su jardín botánico.

Muy cerca del estadio se localiza una enorme alberca olímpica que se llegó a usar incluso para competencias  selectivas  y torneos de clavados. Sus trampolines y plataformas le confieren la belleza del diseño de aquellos años 60’s y se nota una cierta influencia de Le Corbusier, al ser similares a las albercas urbanas del parís de la época de los sesenta.

Cuando bajábamos del autobús para dirigirnos hacia las instalaciones hoteleras, en lo que era también un Centro de Convenciones había un aire de pasmosa sencillez y serenidad, algo que caracteriza la obra de Alejandro Prieto, que por cierto es también el arquitecto creador de la Unidad Independencia del IMSS en la Ciudad de México y del Teatro de los Insurgentes.

No hay espacio que sea suficiente para describir lo que el Centro Vacacional Oaxtepec significó para varias generaciones de capitalinos que lo usamos como espacio de recreación, refugio y libertad. No dudo que Six Flags le vendrá a dar nueva vida pues en los últimos años, ya daba tristeza mirar las condiciones de abandono del lugar. Pero jamás se comparará con la serenidad y belleza de un estilo arquitectónico que ya se ha ido, junto con mis años felices de infancia.

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