Publicado en Andanzas en Femenino Domingo, 06 Julio 2014 07:44

De fútbol, monumentos y pasiones

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Al momento en el usted, querido lector, reciba estas líneas ya se habrá definido el futuro del equipo francés en el mundial de fútbol Brasil 2014. Es probable que, si Francia logró vencer a Alemania en los cuartos de final, yo aún tenga inspiración para seguir tocando el tema de la máxima fiesta del balompié en la siguiente columna, pero si no fue así, lo más seguro es que esta sea mi última andanza vinculada con el tema en este año.

¿Que si me apasiona el fútbol? Hoy sí, antes era todo lo contrario. Mi historia tuvo dos factores determinantes que me hicieron mirar a este deporte con otros ojos. El primero, seguramente lo comparto con muchas otras chicas: si no puedes con el enemigo… ¡únete!
Y es que como muchas mujeres, yo también tenía que competir por atención y tiempo cuando tuve un novio aficionado extremo al fútbol. Apasionado como era, Dany no dejaba por nada pasar una oportunidad para ver el partido, para ir al estadio, para ponerse la camiseta. A su lado vi muchos torneos regulares, muchas liguillas y así como para compartir tiempo conmigo él se hizo fan de algunas series como Desperate Housewives y Sex and the City, yo me fui haciendo poco a poco fanática del fútbol.
Juntos disfrutamos el mundial de 2006, juntos vimos jugar a Zidane y, cuando México fue eliminado —como siempre—, juntos apoyamos desde donde se podía (restaurantes, bares, casas de amigos, nuestra cama) a la selección francesa. Juntos queríamos emigrar a Francia. Hoy ya no estamos juntos, no lo estábamos ya en 2009, año en el que tuve la oportunidad de viajar a Montevideo y en el que volví a dejar salir mi espíritu futbolero a flote. Ese viaje fue el segundo factor.
Era un viaje de trabajo, una semana en la capital uruguaya con apenas tiempo para respirar. Colegas de todo el continente nos reuníamos para discutir e intercambiar experiencias en un seminario de periodismo y seguridad ciudadana. Ni tango, ni rambla en el panorama, puro trabajo.
Por fortuna, llegué en el primer grupo, los del arribo de madrugada. Eso nos dio un poco de tiempo pues, mientras llegaba el resto de los periodistas convocados, tras dormir unas cuantas horas, los anfitriones nos habían preparado un breve pero sustancioso tour por la ciudad.
Montevideo es fascinante, con aroma a asados, con el sabor de su medio y medio (bebida típica uruguaya corte de dos vinos blancos, uno seco y otro abocado que conserva parte del gas de la fermentación, sin llegar a ser considerado un vino espumoso) y su mate para despertar. Sigo con unas tremendas ganas de volver pues sus calles tienen ese aire europeo que me seduce, pero con la calidez latinoamericana de su gente, y la maravilla de sus precios.
El cielo no nos daba mucha tregua, era septiembre, estaba terminando el invierno y aún llovía, había mucha niebla. El clima era frío pero uno de los breves momentos de tregua fueron justamente para que el cielo azul coronara la vista de mi lugar favorito en el recorrido: el estadio Centenario.
Ahí estaba yo, sin ser una fanática consumada del fútbol, sintiendo una gran emoción por estar frente al estadio de fútbol más antiguo del mundo.
Se inauguró el 18 de Julio de 1930 para disputar el primer mundial del fútbol de la historia, cuyo campeón fuera la selección uruguaya. ¿Cómo no se va a vivir con tal pasión el fútbol en aquel país si se tuvo la marca histórica de haber ganado la primera copa del mundo?
El estadio es impresionante, tiene capacidad para 60 mil espectadores. Debajo de la torre de los homenajes del Estadio, sobre la Tribuna Olímpica, está el Museo del Fútbol y un mirador, valiosos atractivos para los visitantes, aún si no hay partido. El Centenario fue declarado por la FIFA Monumento Histórico del Fútbol.
Además, el paseo se complementa con la posibilidad de conocer el Parque Batlle, considerado como el pulmón de la ciudad por sus 60 hectáreas de verdor en las que conviven árboles autóctonos y exóticos con monumentos e instalaciones deportivas.
Por supuesto mi emoción tenía más que ver con mis recuerdos, con mi nostalgia y con ese amor que se negaba a morir por aquel guapo fanático que me enseñó a gritar las porras, que me bañaba con cerveza en el estadio, que me besaba en cada gol, aquel loco con el que hacía el amor en el medio tiempo de cada partido que vimos juntos. Me preguntaba, ¿qué pensaría Daniel si supiera que estoy aquí?, me habría gustado que él estuviera allí, tomarle fotos como un niño emocionado, mirar un juego a su lado desde aquellas históricas tribunas.
Pero estaba ahí, sola, mirando de frente aquel estadio del que él tanto me había hablado. Las glorias mundialistas que aquel monumento al fútbol había testificado me las había contado Daniel.
Así, que al día siguiente, cuando dos compañeros ecuatorianos se escaparon de clase para ir a ver un juego entre Uruguay y Ecuador, lo entendí perfectamente y en su emoción y el brillo de sus ojos, encontré los de aquel amor que me había dejado la marca del balón tatuada en el corazón.
Por eso tal vez odio la publicidad cliché que pone a las mujeres como víctimas del fútbol, como torturadoras de hombres que sólo quieren divertirse y echar el trago con los amigos. Porque nosotros supimos encontrar la fórmula de mezclar el amor y el fútbol y conseguir como resultado un elixir de pasión que, a la distancia, sigo agradeciendo, cada vez que siento la emoción de un gol, aunque los ojos se me sigan poniendo húmedos por no poder voltear y celebrar el triunfo besando sus labios. 

Modificado por última vez en Domingo, 06 Julio 2014 07:49
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