Publicado en Andanzas en Femenino Domingo, 29 Junio 2014 07:11

De canales, tulipanes y cannabis

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Hoy México se estará jugando el todo por el todo frente a Holanda en la copa mundial y toda la semana no he podido evitar recordar mi breve estancia en Amsterdam y las experiencias positivas que allí viví. Nada tuvieron que ver con el fútbol, aunque sí recuerdo haber visto muchos jersey naranjas en las tiendas de souvenirs.

Conocí Amsterdam por casualidad pues, buscando llegar a Milán, mi único camino era conseguir el boleto más barato. No se vuela directo desde México hasta Italia, siempre hay que hacer alguna escala. Yo quería que fuera París, pero estaba fuera de mi alcance.
Así tuve la oportunidad de viajar por KLM y hacer una escala en Amsterdam. Confieso que me sentí motivada no sólo por la idea de agregar un nuevo sello a mi pasaporte y un país más a mi lista de trotamundos. La verdad es que había algo que me motivaba mucho más.
Organicé el itinerario de manera que pudiera permanecer la mayor cantidad de horas posible en la ciudad de los canales y los tulipanes, pues tenía toda la intención de salir a conocer la ciudad.
Sabía poco de ella. Mi amiga Brenda, que vivió allí algún tiempo, me había hablado de su gente amable, su vida bicicletera, sus canales, su arquitectura. Algo había leído, pero algo tenía claro: no podía irme de Amsterdam sin conocer un coffee shop.
Para quienes no lo tengan claro, no hablo de un lugar donde se venda café, o al menos, no sólo se vende eso. En los Países Bajos, como muchos saben, el consumo de mariguana es legal y en esos locales se pueden adquirir hasta 5 gramos de cannabis libremente. Las drogas duras sí están prohibidas.
El menú multimedia del avión que me llevó del otro lado del atlántico ayudó a tener más certeza del objetivo de esa escala. El mismísimo Anthony Bourdain, ese famoso chef tan atractivo que sigo por televisión desde hace mucho, había vivido en Amsterdam la experiencia de visitar el Dampkring, uno de los coffee shops más famosos.
El avión aterrizó en Amsterdam un poco antes del medio día. Tendría cinco horas para conocer lo más que se pudiera. Los museos no me parecieron una buena opción, justo por tener el tiempo medido.
Había estado investigando un poco en internet y decidí que para disfrutar la experiencia sin mucho riesgo, sólo me limitaría a conocer los alrededores de la estación del tren. Así que, en el aeropuerto tomé un tren que me llevó a la ciudad. Apenas salí de allí y me sentí fascinada. Los barcos, los canales, los estacionamientos repletos de bicicletas, el orden, la limpieza que caracteriza a las ciudades europeas.
Trate de ir con calma, sin parecer una jonkie desesperada. Incluso yo me sorprendía de mi emoción pues me decía: “no es la primera vez que consumirás mariguana y vienes del país líder en la producción de cannabis… ¿por qué te urge tanto?”.
La realidad es que lo que me motivaba era la curiosidad de hacerlo sin culpa, en un lugar donde no estuviera prohibido. Aunque en el menú había una larga lista de variedades de cannabis y hachís, yo había decidido que consumiría alguna que fuera de producción local y casera, aunque sabía que el costo se incrementaría.
Curiosamente en México nunca me había cuestionado el origen, y lo que ello implicaba, de lo que había consumido en ocasiones anteriores. Sin embargo, estando en los Países Bajos, me puse a pensar mucho más en que si ya había decidido consumir, ese consumo debía ser ético y responsable.
La oferta de locales para el consumo legal de mariguana cerca de la estación del tren era amplia, no sabía cuál elegir. Pero logré llegar al Damkring, que era el que había visitado Bourdain.
Entré y expliqué al encargado que quería probar mariguana local. Sacó la hierba de un pequeño cajón. Pedí una pipa —muy parecida a aquella con la que fue sorprendido el campeón olímpico Michael Phelps— y busqué un lugar en el local para estar cómoda. Es importante recalcar que aunque en Amsterdam es legal fumar cannabis, ésta tiene que ser consumida al interior de los coffee shops o bien, en los domicilios particulares de los residentes de la ciudad, nunca en la calle ni en los hoteles o lugares públicos.
Pagué 12 euros por un gramo de cannabis, imposible no hacer conversiones y asombrarse pues en México por esa misma cantidad se pueden conseguir más de 100 gramos de hierba, por supuesto, en el mercado negro y con los riesgos que una operación ilegal conlleva.
Me acomodé en una mesa, pedí un sandwich y un jugo. Su aspecto no era alentador, no me pregunten cómo es la comida de Amsterdam, estoy segura que aquello no era una muestra gastronómica, pero sabía que al pasar el efecto, me daría un hambre atroz, así que quise estar preparada.
Llené el depósito de la pipa y comencé a fumar. Nunca había usado una pipa así y el efecto fue totalmente diferente al de darle unos cuantos jalones a un cigarrillo, como lo había hecho en mis años mozos. Tosí como principiante y es que, en realidad lo era. Ni siquiera fumo tabaco desde hace años. Después de un rato, en un estado de total relajación y con mi raquítico y poco atractivo emparedado gratinado en el estómago, salí a recorrer las calles de la ciudad.
No puedo negarlo, llegué al aeropuerto para tomar mi vuelo a Milán aún con los efectos encima. Imposible no recordar la escena en la que Bridget Jones, en la segunda película de la saga, es arrestada en un aeropuerto de Tailandia tras detenerse a acariciar a un perro policía. Por mi mente pasaban muchas preguntas. ¿Y si el aroma se había impregnado en mi ropa? y si ¿los perros lo huelen? pero, si no había hecho nada ilegal, y no estaba transportando nada pues lo que pude lo consumí en el local y el resto lo regalé a mis vecinos de mesa, ¿por qué me sentía así?
Seguí haciéndome esas preguntas meses después de haber vivido la experiencia y hoy, dos años después, creo que tiene que ver con que provengo de un país donde la gente muere a causa de la guerra contra las drogas, pero sobre todo, por lo que implica la penalización de su consumo.
Tal vez mis queridos lectores se sorprendan al leer esto, pero mucho antes de este viaje, yo ya estaba a favor de la legalización de la mariguana. Sin embargo, al haber experimentado la diferencia entre consumirla en un contexto clandestino y hacerlo en un entorno seguro, legal y responsable, mi convicción es plena. Yo no vi a nadie consumir en exceso, el ambiente era idéntico al de cualquier cafetería, sólo que en lugar de fumar tabaco, se fumaba cannabis y hachís. Pero sobre todo, quienes abarrotan esos lugares, en su mayoría son extranjeros que, como yo, provienen de países donde está prohibido fumarse un porro. Entonces… ¿legalizar o no? para muchos ahí sigue estando el dilema, para mi, la opción de la legalización es clara.
Suerte a Holanda y a México. Que gane el mejor. 

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