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De cómo la Jefa Ino encendió una Semilla de Fuego


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De cómo la Jefa Ino encendió una Semilla de Fuego

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Fotógraf@/ MÁXIMO CERDIO
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Alpuyeca. Inocencia Pérez Caballero se aseguró de que su legado como sahumadora no se extinguiera con su muerte: con el fuego de su corazón prendió el de Daniela Bailón Higinio, una niña de apenas 10 años de edad, para que siga con la tradición.

Esto ocurrió meses antes de la muerte de la Jefa Ino, relató en entrevista María Alberta Bustamante Pérez o Ze Akatl Kuespalli, hija de Inocencia.

 

Semilla de Fuego

“Daniela Bailón Higinio o Xinashtle, que significa Semilla de Fuego, tiene 10 años, y llegó a la familia Bustamante Pérez tres años antes. Su abuelo, que es mi esposo, la rescató de un ambiente violento y muy difícil. Así, se integró a este altar y a la tradición de la danza azteca que nosotros practicamos”, explicó María Alberta.

“En la familia cada quien trabaja un elemento de protección. Las niñas y los niños empezaron por el caracol, mi hijo Emiliano Bailón Bustamante (Mactlacti Oneyei Cipactli o trece lagartos) tiene la mandolina y mi hija Sara Quetzayolot Bailón Bustamante (Macuilxochitlel o cinco flores o ramillete de flores) el caracol; mi sobrina Valentina Bustamante Pérez (Kakaloxochitlel o Flor de cuervo) el caracol y a Daniela había que buscarle un elemento.

Inició con el agua, que acompaña al fuego. Mi madre le comenzó a delegar a Daniela esa obligación de acompañarla y portar el jarrito con el agüita. Los niños caminaban mucho al lado de ella, observan todo lo que ocurría en las ceremonias, veían de cerca las formas y los trabajos”.

“En una ocasión, próxima las festividades de la Virgen de Juquila, que es la que veneramos en este altar y en esta familia, mi madre pidió que la acompañaran en sus trabajos. Estaba ya cansada, el incensario le comenzaba a pesar, le costaba arrodillarse o estar parada mucho tiempo, necesitaba ayuda. Y en un ensayo preguntamos a las niñas quién quería ayudar.

Mi hija lo estuvo ayudando, pero no se le daba, le costaba mucho trabajo prender el fueguito, se quemaba, le lastimaba el humo. Valentina, mi sobrina, también ayudó un tiempo pero dijo que no; entonces Daniela dijo que quería aprender.

Le compré su sahumador, su incienso, su ocote, sus cerillos, su loción, su pañuelo, para que lo comenzara a cargar en una bolsita en las ceremonias, sin prenderlo”.

“Por órdenes de la Jefa Ino, la niña comenzó a llevar su sahumador a las danzas y le fue explicando de manera muy lenta cómo hacerle, aparte de que la niña observaba a mi madre.

En ese tiempo le comenté al Jefe Rolando, que es parte de la mesa que nos respalda, que mi mamá le estaba enseñando a Daniela. También le dije que la veía muy pequeña para esa responsabilidad, pero él me dijo que no, que sí podía”.

 

La flama que no cesa

“El 23 de agosto de 2023, en Atlacholoaya, mi madre le dijo a Daniela que preparara su incensario porque iba a prenderlo, así que se puso su atuendo y se lo preparé a la niña con todo lo que necesita: copal, carbón, ocote, cerillos. Mi mamá se llevó a Daniela a solas y ahí le dijo cómo debería prenderlo, cuidarlo, como debería hablarle.

A media danza, el bracero se le comenzó a apagar a Daniela y mi madre se le acercó y la regañó; en ese instante, le ordenó que se lo llevara y le dijo: te voy a pasar mi fuego para que alimentes el tuyo en tu sahumador, una vez que se prende no se debe apagar, nunca, le advirtió. Mi madre tomó una braza con su mano y lo pasó al sahumador de Daniela”.

“En nuestra tradición, con este acto, mi madre le estaba pasando parte de su corazón a Daniela, le estaba pasando la responsabilidad.

El sahumerio es el recipiente del fuego, es el corazón, el que te protege, el humo te armoniza.

Daniela pudo ir a Chicavasco, Hidalgo, a trabajar junto con mi madre. Esa fue la última danza de mi madre, en honor a San Bartolomé Apóstol, santo patrono del pueblo, y la realizó con Daniela, la niña a la que le había pasado la responsabilidad.

Tiempo después, en noviembre del año pasado, cuando tuvimos la festividad de la Virgen de Juquilla de nuestro altar, mi madre ya estaba muy cansada y le ordenó a Daniela que participara con su propio sahumerio. La despertó temprano y le ordenó recibir a la gente y la dirigió para que participara en los rituales y en la ceremonia”.

María Alberta relató que Daniela es una niña muy inteligente: va en tercer año en la Escuela Primaria Alfonso N. Urueta. El año pasado fue la mejor alumna de su escuela. Debería ir en cuarto, pero perdió un año, porque no la inscribieron.

 

El popochcomitl

La maestra Maritza Álvarez Martínez explicó que el trabajo de sahumadora consiste en la limpieza y protección contra las malas energías, empleando para esto el fuego, hierbas, resinas, madera y su sahumerio o popochcomitl (vasija que humea, de popoca: humear, -comitl: vasija); cada sahumadora elige un bracero con el que va a trabajar hasta que se le rompa.

“Antes de prender un sahumador hay que pedir permiso primeramente a Dios, a los Cuatro Vientos, a las Energías del lugar donde vamos a trabajar, a la Energía de la imagen o del alma donde vamos a trabajar.

Se depositan seis pedacitos de ocote, uno para cada rumbo, y en el corazón centro uno mirando hacia arriba y otro hacía abajo, hacia la madre tierra. Luego se ponen los carboncitos, y ya terminando de prenderse se le echa el copal. El que tiene el mejor aroma es la mirra, y el copal blanco, pero por lo caro, por la escasez, ocupamos el del campo. Se acostumbra juntar la medicina tradicional de los altares cuando vamos a las velaciones, y eso se quema, para limpiar las malas energías, que no son las mismas: hay unas muy fuertes y otras calmadas”.

“El sahumador se agarra desde arriba en dirección a la frente, se comienza a bajar en serpiente hasta los pies y lo vuelve a regresar en serpiente y darle la vuelta en círculos. Por eso se humea alrededor de la persona para que se limpie bien. Se termina poniendo el bracero en la cabeza o en las palmas de las manos, ahí se da uno cuenta si esa persona le tiene miedo a algo: las palmas de las manos se ponen heladas; ahí es donde se debe uno concentrar, también hay que hablarle para que esa persona se equilibre…”

“Aparentemente el popochcomitl es sólo un recipiente al que se le echa carbón y lumbre y ya, pero no es así. Hay que platicar con él, hacerle la petición, a qué vamos y por qué vamos hay que pedirle permiso para que haga buen fuego, hay que hablarle con amor para que el humo que salga de él tenga efecto. Es muy celoso”, platicó en entrevista.

 

La Jefa

Inocencia Pérez Caballero (Ketzalmatzin o Linda venadita) nació en Chicavasco, Actopan, Hidalgo, en 1954 y falleció en Morelos, el 17 de enero de 2024. Fue hija de Alberta Caballero Altamirano y Mauro Pérez Cano; formó parte del Calpulli Quetzalcóatl, de Alpuyeca, de la mesa de Santa Catalina de Siena.

La orfandad la sorprendió en sus primeros años, y desde los catorce emigró al estado de Morelos en busca de mejorar sus condiciones de vida.

Comenzó en la danza en 1996, a partir de una promesa que realizó cuando adoptó a una niña de nombre Guadalupe. Por las condiciones del nacimiento había mucho riesgo de que no naciera o de que tuviera problemas genéticos.

Prometió que danzaría para la Virgen de Guadalupe por tres años. Cuando llegó el momento de cumplir, danzó en la colonia Unidad Morelos, de Xochitepec, con la música de una grabadora de cassete y se integró a un grupo de danza folclórica, pero se comenzó a vincular con danzantes, hasta que pasó a ser parte de ellos y se incorporó al Grupo de Danza Azteca Calpulli Quetzalcóatl Cuernavaca, perteneciente a la palabra de la jefa Aitonal Zempoayolt (Martha Solé Valois), Capitana Generala del grupo, el cual pertenece a la Mesa de la Virgen de la Soledad del Jefe Felipe Aranda Hernández, en la Ciudad de México.

Posteriormente se independizó y luego pasó a formar parte, con su familia, del altar de la Virgen de Juquila de Alpuyeca, perteneciente a la Mesa de Santa Catalina de Siena Itzamatitlan, Yautepec, Morelos.

En entrevista el año 2022, la Jefa Ino relató que “por un año, de velación en velación, estuve cargando mi sahumador con las hierbas necesarias para hacer el fuego. Lo cuidé mucho. Cuando cumplí el año, la jefa Martha Solé Valois me dijo que estaba lista y que me iban a enseñar cómo prender el fuego. Me mandaron con una sahumadora, no me quiso enseñar, pero yo iba con la alegría de haber logrado conservar mi sahumerio, sin que se me rompiera, además de que ya había aprendido viendo, y fue sencillo comenzar en este camino”.

Alberta Bustamante relató que la danza convirtió a su mamá:

“Fue muy política. Recuerdo que vivíamos en la colonia Loma Bonita. Mi madre fue delegada, hizo trámites para que en la colonia nos pusieran la luz, el agua, el drenaje. La reconocían, andaba en juntas, asambleas, ella no fue a la escuela, aprendió a leer y escribir ya de grande.

No fue muy religiosa, aunque desde la tradición sí practicó lo religioso.

Desde que comenzó con el sahumerio no paró, nosotros no nos metíamos con eso, era lo suyo y su trabajo lo defendía y practicaba y era muy seria y respetuosa; ese respeto por su trabajo lo tenía por la vida y por su entorno, por la naturaleza, era muy firme, carácter fuerte, pero era muy amorosa, sobre todo con los niños”.

“El Jefe Rolando, de la mesa de Santa Catalina de Siena, a la que pertenecemos, dijo que a pesar de que a la Jefa Ino no se le había dado un cargo de manera formal, se ganó el respeto de mucha gente durante los más de 25 años que trabajo el sahumador; tenía un comportamiento impecable, era muy formal, muy respetuosas de las tradición y de las formas, y por ello se le danzó en su funeral. No se acostumbra a danzar en una situación así, pero ella se lo ganó”.

Por su parte, Maritza platicó que hace poco más de nueve años formó parte del Calpulli  Mictlampa Teoyahualco, del Jefe Xiuhtecuhtli,  en el Valle de México y al jubilarse y cambiar  su residencia a Jojutla, Morelos, su ciudad natal, buscó cobijo con los danzantes de  estos rumbos.

“Conocí a la Jefa Ino hace nueve años, cuando me incorporé a la danza en la zona sur del estado, el 1 de mayo en la danza de Xoxocotla con la Nana Fausta Villegas. Allí pedí permiso y autorización para danzar. Fue la jefa Ino una de las primeras en invitarme a las festividades y así surgió un gran cariño y admiración. La jefa Ino decía que la palabra tenía mucho valor, y si uno decía voy a esa danza, uno debía cumplir. Era de las primeras en llegar, y ella llegaba aunque fuese caminando cuando no tenía para el pasaje, pero cumplía. Su cuerpo menudo, con sangre otomí, tenía una gran resistencia, subía cerros, realizaba largas caminatas, cargaba piedras, se empleaba para limpiar la maleza de los terrenos. La danza la llevó a conquistar muchos corazones en Guerrero, Hidalgo, Ciudad de México, Estado de México, Puebla”.

 

El velorio

Llegué al domicilio donde iban a velar el cuerpo de las Jefa Ino poco después de las siete de la tarde. Pedí permiso para hacer algunas fotografías y la familia me lo dio.

Es una vivienda muy humilde y había mucha gente. Me recibió la maestra Maritza y me presentó con algunas personas que estaban en el primer nivel de la casa donde vivió la jefa Ino: calle de Las Flores sin número, colonia La Pintora, en la comunidad de Alpuyeca, todavía municipio de Xochitepec.

Estuvimos conversando cerca de 20 minutos, hasta que Maritza me pidió que la acompañara y subimos al siguiente nivel.

Ahí se encontraba el cuerpo de la Jefa dentro de un ataúd color cedro, con la ventanilla abierta. En el lugar donde la Jefa tantas veces puso incienso y flores para la pequeñísima Virgen de Juquila y la de Guadalupe, ahora estaba su cuerpo encerrado. alrededor se podían observar algunos objetos rituales, pinturas y retratos colgados en las paredes; cuatro sirios hacían guardia, también había flores y el humo del copal y de hierbas subiendo como una serpiente blanca. La Jefa retratada en dos fotografías de rojo y amarillo y con un penacho. Hay otra en donde porta un traje blanco con algunos bordados. También había gente sentada y dos muchachos, hijos de María Alberta.

Daniela estaba vestida de blanco con algunas bandas rojas, tenía su sahumerio y Maritza me pidió que pusiera mi rodilla izquierda en suelo y le pidió a la niña que me limpiara con humo, después de eso, me fui a sentar en el quicio la puerta que daba acceso a una recámara donde estaba la silla de ruedas que la Jefa uso por algunos meses, después que le diagnosticaran leucemia.

La gente no paraba de llegar.

En ese momento, desde la calle se escuchó un murmullo y cascabeles. Era el grupo de Concheros del Jefe Rolando. Subieron el primero y el segundo nivel cantando y tocando tecocolis y mandolinas. Daniela los estaba esperando para limpiarlos con el humo.

Como una sola entidad, lo llenaron todo, espacios, silencios. Sus voces eran poderosas, entonaban sus cantos para llegar a un cuándo, para despertar a quien dormía o para acompañar a quien caminaba hacia un qué desconocido.

¡Oh, Virgencita, te vengo a decir/ que Inocencia Pérez no pudo venir./ La anduve buscando por muchos lugares/ y vine a encontrarla a los pies de tu altar!

Cantaron y cantaron, pasaron el incienso alrededor de la caja de madera, rezaron, pidieron la palabra y hablaron de la jefa Ino, con una fuerza que paralizaba la luz de los sirios; no había una sola rendija de silencio por el que se escurriera un sollozo.

María Alberta y Maritza me dijeron que en esas horas que el cuerpo de la Jefa Ino estuvo en su casa, llegaron despedirse y prenderle una luz la Jefa Martha Solé Valois, Capitana del Grupo Calpulli Quetzalcóatl de Morelos, de la Mesa de la Virgen de  la Soledad, también llegó el Altar de la Virgen la Natividad de Xoxocotla, de Jiutepec Pablo Mendoza, ya por la noche la fue a ver el Jefe Rolando y la mesa de Santa Catalina de Siena, a la cual pertenece el grupo de la jefecita Ino, la mesa del Jefe Isidro de la Mesa de la Virgen de la Concepción  de Alpuyeca,  la Jefa Carolina  y su Calpulli  Quetzalcoatl, la mesa de San Rafael de Amatlán, el Jefe Toñito de Atlacholoaya, el Altar de Santa Rosa de Lima, la familia Sierra de la Mesa de la Virgen de Juquila, el compadre Rafael de San Felipe de Jesús del Estado de México, el grupo de tradición Francisco Tolentino de Ahuatepec, representando la corporación de Danza Azteca en Taxco, Guerrero, llegaron los Compadritos Roberto y su esposa Nayeli, Erika Jesús y Francisco.

Me retiré desconcertado poco después de las 8:30 de la noche, con el rostro de la Jefa en mi memoria. En todas esas veces que presencié su trabajo en las ceremonias y ritos, su aparente fragilidad, sus ojos pequeños, su piel de oro, sus movimientos precisos y firmes, siempre seguida por sus niñas y niños que sabían sus movimientos y le ayudaban. Recordé a Valentina y a Daniela, casi invisibles, con modos similares a la jefa. Subí a mi coche y regresé a la casa pensando en ellos. A las tres de la madrugada el cuerpo de la Jefa sería llevado su pueblo, allí lo recibiría el grupo de tradición La Santísima Trinidad de Demacu, municipio de San Salvador, Hidalgo.

 

Regresar a la Tierra

El 19 de enero de este año, para cumplir con la última voluntad de la Jefa Ino, su familia fue a enterrar sus restos mortales en el pueblo de donde salió siendo todavía muy jovencita: Chicavasco, municipio de Actopan, Hidalgo.

Ahí, en lo que fue su muy humilde casa, en una ceremonia íntima, la familia enterró el sahumador que uso la Jefa en sus últimos días: abrieron un hoyo y lo regresaron a la Madre Tierra.

“En ese momento también le pedía a Daniela que hiciera su propio compromiso, con ella misma primero y después con mi madre, para guardar el corazón, lo que mi madre le dio, para guardar el fuego de su hogar, la protección de nosotros, su familia. Confío en que Daniela haya aceptado ese compromiso, aunque es muy pequeña y que algún día, ya de grande, cuando tenga sus semillas, también les enseñé”, concluyó María Alberta.

 

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Máximo Cerdio

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