Sociedad

FRIDA KAHLO, EL DOLOR HECHO ARTE

TXT María Gabriela Dumay / Crítica De Arte
Lectura 4 - 8 minutos
DIEGO Y YO.
DIEGO Y YO.
Sociedad
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FRIDA KAHLO, EL DOLOR HECHO ARTE

TXT María Gabriela Dumay / Crítica De Arte
DIEGO Y YO.
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Me pregunto qué diría la gran Frida si hoy pudiera hablarnos, y en algún lugar, entre la mente y el corazón, encuentro la respuesta:

Frida por Frida

… Tanto se ha escrito sobre mí, que yo misma me pierdo en ese laberinto de palabras. Me han psicoanalizado post mortem y en una despiadada autopsia han vivisectado cada uno de mis pensamientos, o lo que a partir de hechos aislados ellos suponen que eran mis pensamientos.

Mis cuadros, ¡mis pobres cuadros! Parecen haberse quedado allí para alimentar sus fantasías morbosas, y mira que bien sé yo cómo operan esas fantasías. ¿No fue acaso el morbo el caldo de cultivo que alimentó mi existencia? La imaginación, adicta a esa densa superposición de pretextos, creó mi mundo lleno de fantasmas donde lo real era siempre reemplazado por la más angustiosa de las posibilidades. Y finalmente, eso es lo que me recompensa, eso es lo que aman en mí: el impúdico discurso plástico donde el grito es más importante que cualquier reclamo estético. ¿Cuándo se transformó en arte la exhibición de nuestras propias llagas? Es por eso que me aman, porque me impuse sobre ellos hasta con mi propia fealdad: flaca, morena, bigotuda, coja, y ellos creyeron que era bella porque no disfracé nada, ni cera ni rellenos, ni vestidos vaporosos. ¿Cómo iba yo a competir con las bellezas frondosas, de piernas torneadas y pechos turgentes con las que me engañaba? Entonces sólo me quedaba ser yo misma y esperar que amaran mi fealdad. Quizá por eso no me han olvidado, por insolente, por desvergonzada ¿Lo logré? Parece que sí, porque lo único que yo quería era ser amada.

¿Recuerdas ese cuadro en el que me pinté con Diego sobre la frente? “Diego y Yo”, así se llamó, y eso porque no podía pintarme toda envuelta en Diego, arropar con Diego cada una de mis células. ¡Yo quería un hijo de Diego! Que me llenara por dentro con esa vida nueva que nadie habría podido desmentir, amalgama genética de Diego y Frida ¿Cómo habría sido? ¿Flaco como yo? ¿Con los ojos protuberantes como él? ¿Se habría comprendido a sí mismo como la síntesis de nuestras mutuas desesperaciones? ¡Vaya uno a saber! ¡Nunca fue!

Dicen que amé a Diego con locura, ¿lo amé? ¿Amamos el aire que respiramos? ¿La sangre que nos circula por las venas? Para amar es necesario estar fuera, contemplar, permanecer separados en una existencia propia desde donde amamos al otro. Yo no, yo me fundí en Diego, nunca lo vi desde fuera, toda yo era Diego. Mi pintura era el ceño fruncido de Diego, pero también eran las horas en que se quedaba inmóvil frente a una obra mía y esa era la forma más contundente de retener su atención, como si quisiera desentrañar cada una de las pinceladas, cada pedacito de angustia. Más aun, Diego hervía en mis cazuelas y se evaporaba en los aromas de la cocina. Para él, para Diego el voraz, era cada platillo, cada mole. Diego diástole y sístole. Diego, galopar frenético de mi corazón desbocado. Diego fue mi única adicción, las demás, el alcohol, el opio, los barbitúricos, el sexo y hasta la política sólo fueron derivaciones, salidas laterales a una sola gran adicción: Diego.

Supongo que yo lo ahogaba, que la intensidad de mis requerimientos lo empujaba una y otra vez a buscar otras mujeres, relaciones más frescas, menos agobiantes, demandas de más fácil satisfacción. Tina, Paulette, Emma y hasta mi propia hermana, Cristina, entre muchas otras, desfilaron por su cama y yo con ellas. Sí, los celos, el morbo, me obligaban a recrear todas las traiciones en imágenes oníricas que inundaban mi afiebrada imaginación. Quizá como una forma de ser Diego, o tal vez por pura lujuria incluí mujeres en mi lista de amantes. ¿Fueron mis manos o las suyas las que bordaron esos cuerpos? También hubo hombres, no importa quienes, sus nombres ya se han paseado por todas las biografías. Me gustaría recordar si los amé. Posiblemente en un tono menor los haya amado, como también es posible que sólo buscara a Diego en cada uno, o una forma de herir a Diego, o de aprehender a Diego en otras voces, en otras caricias. Tal vez sólo buscaba ser amada o menos aún; anestesiarme en los breves momentos de placer, en el bendito olvido del orgasmo, contra el dolor de este gran amor siempre insuficiente. También hubo momentos buenos, tardes lluviosas en que las luces de Coyoacán se encendían temprano procurando espantar las tinieblas, comidas opíparas y luego las horas de la siesta, hacer el amor y quedarme quieta en un silencio azul, mientras un rayo de luz, impertinente, se colaba por las celosías para jugar sobre la enorme espalda de ese gran gato genial, infiel, que ronroneaba satisfecho junto a mí. Pero aun así, no siempre la quietud era buena, procuraba no moverme, no respirar casi, por miedo a despertarlo y que su terrible energía lo obligara a levantarse y partir en busca de un café, un amigo u otra mujer. Sesenta años han pasado desde mi muerte. ¿Has visto cuánto tiempo? Me parece gracioso que hoy en día algunas mujeres guapas se peleen por representarme en el cine, por parecerse a mí. Lo que no es gracioso es que tanta lucha, tantos sueños de un mundo más justo, sin pobres, sin hambre, se hayan diluido en la nada junto con Stalin y el Partido. Si entonces nos hubieran dicho que ese recuerdo sería olvidado mientras mi propio recuerdo cobraría fuerza, nunca lo hubiéramos creído. Quizá ni siquiera he logrado que me amen, ellos, los demás, no es a mí a quien aman, es a la Frida descarnada, dolorida, crucificada para siempre en mis cuadros. ¿Surrealista? Yo se lo dije en vida a Raquel Tibol, quien lo reprodujo en su libro “Frida Kahlo, una vida abierta”. Realmente no sé si mis pinturas son o no surrealistas, pero sí sé que son la más franca expresión de mí misma, sin tomar jamás en consideración ni juicios ni prejuicios de nadie. He pintado poco, sin el menor deseo de gloria ni ambición, con la convicción, ante todo, de darme gusto. Bien lo sabía ella que vivió con nosotros, que me vio buscar la muerte, la liberadora, cuando enloquecí de celos ante su juventud inteligente, tan próxima al insaciable deseo de Diego. Sin embargo todo debe ser perfectamente encasillado, si no, ustedes, los críticos, no están conformes. Una pintura que escape a la adjetivación impuesta por la cultura es inquietante. Surrealista entonces, lo mismo da. Se dijo de mí, pero también de Diego, que nuestra pintura era plana… puede ser. Habría que pensar en las épocas cuando debí permanecer acostada, de espaldas, durante largos períodos. Visión bidimensional dentro de un radio limitado por la postura misma. Pero en realidad no es eso, yo pintaba lo que estaba dentro de mí y allí, en mi propia caverna, la gente, yo incluida, era estática como en una fotografía, como posaron las dos Fridas, las dos que son yo misma sin más posibilidad que aceptarse, reconociendo un torrente sanguíneo, un corazón mancomunado, odiando cada una la existencia de la otra, pero como gemelas siamesas sin posibilidad de ser separadas. Aún en ese cuadro terrible de mi amiga que se suicidó lanzándose de un edificio, yo la sostengo con el pensamiento, como en una instantánea, porque pinto no la caída, sino el eco, la imagen de la caída en mi interior. Como si las imágenes sólo hubieran existido para que yo las viera. Todavía están allí los otros, los que prestaron su mirada a los instantes que yo guardé: José Luis y su Zona Rosa, Raquel y sus palabras que narran mi historia, pero nadie, óyeme bien, nadie sabe realmente quién fui, a quién amé, a quién odié. Los miro recrearme como niños que amasan una Frida de plastilina. Te preguntas si tanto desenfreno me habrá conducido al infierno, te contesto con un rotundo ¡No! Me parece que el amor, cualquier forma de amor redime, pero, además ¿de qué habría servido? Viví tantos infiernos en la tierra que uno más no tendría sentido.

Frida

EL VENADO HERIDO.

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