“Los seres humanos dejan una huella en los lugares en que han vivido y allí permanecen”.
Un gran artista como Cauduro no muere, pervive en su obra, en la comunicación permanente de su pensamiento, en el pincel de sus discípulos y en el corazón de quienes tuvimos el honor de llamarlo amigo.
Rafael nació en la Ciudad de México y allí estudió arquitectura y diseño gráfico en la Universidad Iberoamericana, sin embargo, fue Cuernavaca el lugar que el maestro escogió para crear y establecer su hogar y su taller, lugar que actualmente se ha convertido en museo gracias a la labor de Liliana Pérez Cano, quien fue su esposa y madre de sus dos hijas.
En 1974, Cauduro le abre las puertas a su verdadera vocación, la de artista plástico. En 1976 logra su primera exposición en Casa del Lago, en el Bosque de Chapultepec. En 1984, el palacio de Bellas Artes presentó su obra por primera ocasión; con sólo 34 años, ya es reconocido como el artista cuya obra sería trascendente en la plástica nacional y mundial.
¿Qué hace que la obra de Rafael Cauduro sea maravillosamente única? Me atrevo a afirmar que la perfección del dibujo, del uso del color, de la composición, pero más que nada, su discurso plástico, que revela la profundidad de su pensamiento.
Aun cuando a menudo se le ha calificado como hiperrealista, en realidad navega en las complejas aguas de un realismo matérico. Realismo en el claro conocimiento de forma y volumen y matérico por el audaz uso de materiales que hasta su llegada estaban ausentes de la creación plástica, fruto de la constante investigación que realizaba con la que fuera su primera esposa, la escultora Carla Hernández. Gracias a esta investigación técnica, trabajó con materiales como láminas de acero, fibra de vidrio, polímeros termoplásticos, resinas epóxicas, lacas, aglutinantes textiles y distintos tipos de papel, tanto como soporte como en la obra misma. Otra característica importante es el deterioro esperado, porque el paso del tiempo aporta otro sesgo a los seres humanos, los objetos, los muros y las obras de arte.
El discurso plástico revela dos líneas de pensamiento: una profundamente espiritual, en las figuras difuminadas que parecen interactuar con el entorno realista. Según me dijera el propio Rafael: “Los seres humanos dejan una huella en los lugares en que han vivido y allí permanecen”. La otra vertiente yace en su pensamiento crítico.
Esto último queda claramente revelado en sus murales de la Suprema Corte de Justicia, obra monumental que se exhibe en la escalera principal de la Suprema, en la CDMX, que fuera elaborada en el Museo La Tallera Siqueiros, en Cuernavaca. Su obra y su personalidad pueden ser apreciadas en el Museo Casa Estudio de Rafael Cauduro, en Jardines de Cuernavaca, donde su presencia se hace evidente en su obra y en los muros que él habitó.
Invito a nuestros amables lectores a visitar ambos lugares, donde se deleitarán de la obra y presencia de este gran artista, hombre sensible, generoso, universal y muy cuernavacense.


Las Hechiceras.
