El artista se declara “condenado a ser feliz”, y esa condena se traduce en el mágico juego del color en su obra.
Visitar el taller del maestro Kijano (Carlos Maciel) es sumergirse en un mundo donde la magia deja de ser una misteriosa fantasía para convertirse en una tangible realidad. Magia que nace del conocimiento, de la cultura, de las matemáticas, la historia, la filosofía, pero sobre todo de la conjunción y el decantamiento de todos esos saberes que el artista ha hecho suyos y son visibles en la magia de su obra plástica.
Taller luminoso, ordenado, al fondo del jardín de su bella casa, donde originalmente vivió el escritor Erick Fromm, autor del Arte de Amar, al cual Kijano reconoce como maestro e inspiración.
Kijano es un Maciel, hermano menor de otro gran artista: Leonel Kijano. Ambos nacidos en Guerrero, en la exuberante naturaleza donde flora y fauna rodean su infancia. Kijano surge del apodo infantil donde su extremada delgadez lo relaciona con el Quijote, apodo que transforma y adopta porque “la firma Maciel ya estaba ocupada por mi hermano”. Fraternidad que ambos artistas disfrutan y comparten en la actualidad. Estilos muy diferentes que aceptan con respeto y admiración, visible en el mural de Leonel, en la terraza de la casa de Kijano.
El primer amor de Kijano fueron las matemáticas. Para profundizar su estudio se va a la Unión Soviética, pero allí prefiere dedicarse a estudiar historia; sin embargo, ésa no sería la única ruptura que le deparaba el destino, algo se rompió dentro de él mientras miraba caer la nieve en Moscú, tal vez el recuerdo del cálido ambiente de su natal Guerrero, y aún en la nevada, fue a comprar una plumillas, papel y tinta para dibujar. Quizá ése fue el momento para asumir su vocación de artista.
Kijano se declara “Condenado a ser feliz”, y esa condena se traduce en el mágico juego del color en su obra, en su festiva interpretación de una realidad actual llena de conflicto y sobresalto. Contemplar su obra luminosa, profundamente humana y universal, nos contagia y nos hace cómplices de esa condena.
La —a menudo compleja— composición de la obra de Kijano ofrece tal riqueza que cada parte del cuadro puede ser vista como una obra en sí misma, donde cada detalle responde al todo, a la vez que tiene vida propia.
En cuanto a su discurso plástico, Kijano pinta en series temáticas hasta que considera que la ha agotado. Algunas series, como “El Color de mis Edades”, revelan emociones que van desde la infancia a la edad adulta. Series que poseen títulos sorprendentes como “De Sirenas, Diablos, Diablejos y uno que otro Zilicuije”, a la cual pertenece la obra que compartimos en este artículo, cuyo título es “Música de Sirenas a cargo del grupo de San Xarám”. Otra de sus series se refiere a las vivencias durante el tiempo de la epidemia de Covid: obras llenas de humor que nunca son burlas o críticas, sino parecen cargadas de ternura y comprensión.
Maestría técnica, colorista excepcional, fértil imaginación, cultura, talento innato y una decidida vocación por disfrutar y compartir esa felicidad a la cual se sabe condenado, que no es otra cosa que escoger los momentos de paz y amor que la vida ofrece.

